Verdadera historia de los sucesos de la conquista de la Nueva-España (3 de 3) · Unidad 5 de 56

CAPÍTULO CLXIX. — parte 2

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Y como el Rodrigo Rangel aquello me oyó, como era hombre vocinglero y hablaba mucho, salió de la casilla en que estaba el consejo, é á muy grandes voces llamó á todos los soldados; é dijo el Rodrigo Rangel:

—«Ya es echada la suerte que hemos de ir adelante, que voto á tal (que siempre era este su jurar y su hablar), que Bernal Diaz del Castillo me ha dicho la verdad y lo que á todos conviene.»

Y puesto que á algunos soldados les pesó, otros lo hubieron por muy bueno; y luego comenzamos á caminar puestos en gran concierto, los ballesteros y escopeteros junto conmigo, y los de á caballo atrás por amor de los montes y ciénagas, donde no podian correr caballos, hasta que llegamos á otro pueblo, que entónces lo despoblaron los naturales dél, y dende allí fuimos á la cabecera de Cimatan, y tuvimos otra buena refriega de flecha y vara, y de presto les hicimos huir, y quemaron los mismos vecinos naturales de aquel pueblo muchas casas de las suyas, y allí prendimos hasta quince hombres y mujeres, y les enviamos á llamar con ellos á los cimatecas que viniesen de paz, y les dijimos que en lo de las guerras se les perdonaria; y vinieron los parientes y maridos de las mujeres y gente menuda que teniamos presos, y dímosles toda la presa, é dijeron que traerian de paz á todo el pueblo, é jamás volvieron con la respuesta; y entónces me dijo á mí el Rangel:

—«Voto á tal, que me habeis engañado, é que habeis de ir á entrar con otros compañeros, é que me habeis de buscar otros tantos indios é indias como los que me hicisteis soltar por vuestro consejo.»

Y luego fuimos cincuenta soldados, é yo por capitan, é dimos en unos ranchos que tenian en unas ciénagas que temblaban, que no osamos entrar en ellas; y dende allí se fueron huyendo por unos grandes breñales y espinos, que se llaman entre ellos Xiguaquetlan, muy malos, que pasan los piés, y en unas huertas de cacaguatales prendimos seis hombres y mujeres con sus hijos chicos, y nos volvimos adonde quedaba el capitan, y con aquello le apaciguamos; y les tornó luego á soltar para que llamasen de paz á los cimatecas, y en fin de razones, no quisieron venir, y acordamos de nos volver á nuestra villa de Guacacualco; y en esto paró la entrada de zapotecas é la de Cimatlan, y esta es la fama que queria que hubiese dél Rangel cuando pidió á Cortés aquella conquista.

Y dende allí á dos años, ó poco tiempo más, volvimos de hecho á los zapotecas y á las demas provincias, y las conquistamos y trujimos de paz; y el buen Fray Bartolomé de Olmedo, que era santo fraile, trabajó mucho con ellos, y les predicaba y enseñaba los artículos de la fe, y bautizó en aquellas provincias más de quinientos indios; pero, en verdad que estaba cansado y viejo, y que no podia ya andar caminos, que tenia una mala enfermedad: y dejemos esto, y digamos cómo Cortés envió á Castilla á su majestad sobre ochenta mil pesos de oro con un Diego de Soto, natural de Toro, y paréceme que con un Ribera el tuerto, que fué su secretario; y entónces envió el tiro muy rico, que era de oro bajo y plata, que le llamaba el Ave Fénix, y tambien envió á su padre Martin Cortés muchos millares de pesos de oro.

Y lo que sobre ello pasó diré adelante.