Viaje de SS. MM. y AA. por Castilla, Leon, Asturias y Galicia : verificado en el verano de 1858 · Unidad 170 de 206
Unidad 170 · EL AGUA, AL FUEGO ARDIENTE
Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.
EL AGUA, AL FUEGO ARDIENTE
apaga; y la limosna dada al triste
Á LOS IMPULSOS DE PECAR RESISTE.
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JAMÁS SEAS TAN NECIO
QUE DEL HOMBRE AFLUIDO HAGAS DESPRECIO;
QUE ABATE Y ALZA Á SU PLACER Y MODO
DIOS, QUE LO MIRA TODO.
El brillante estado en que hoy se encuentra este benéfico establecimiento, se demuestra con solo considerar que en el año en que S. M. le visitó habia asilados 148 varones y 103 mugeres y niños, todos los cuales se ocupaban en diferentes oficios, ó en aprender en la escuela, escepto 3 niños inútiles y 32 del contrario sexo. — Imposible parece que los grandes gastos que exije este piadoso asilo se reúnan en su mayor parte de limosna, y por los esfuerzos del prelado y de la Asociación de Señoras.
Traspasaríamos los límites que nos hemos propuesto en esta obra, si nos detuviésemos á dar minuciosa noticia de las demás iglesias, poco notables bajo su aspecto artístico, que en Santiago se veneran. Si la índole de este libro fuese distinta, nos detendríamos á hablar de la iglesia de San Miguel dos Agros, con su moderna fachada y sus buenas estatuas; de la antigua parroquia de San Fiz, cuya primera erección fue debida al Obispo Sisnando; de Santa María del Camino, antiguo hospital de peregrinos; Santa Susana y Santa María la Real de Sar, fundaciones del Obispo Gelmirez, con el tradicional recuerdo la segunda de haber estado en el sitio que ocupó el cadáver de Santiago antes de que sus discípulos le diesen sepultura; el antiguo colegio de la Compañía de Jesús; el de San Agustín, próximo á destruirse; el de San Lorenzo, de inmemorial fundación, donde en modernos tiempos se estableció un cuartel de carabineros; el de Dominicos, llamado de Belvís; el Carmen; las Madres; Santa Clara; el colegio de San Clemente, con su bonita portada, y en el que por los años de 1849 establecióse un Seminario Conciliar; el colegio para niños huérfanos de Ntra Señora de los Remedios; y las capillas y ermitas de las Animas, con sus abundantes y notables esculturas del artista gallego Prado; la Angustia de Arriba y la de Abajo; San Cayetano; Guadalupe, San Silvestre; y algunas otras, mas importantes á la piedad de los fieles que á la investigación artística.
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La histórica Compostela, con sus tristes edificios y su tradicional carácter, que la imprime cierto colorido de misticismo y de veneración, abandonando su habitual calma va á recordar en breve los antiguos recuerdos de su gloria.
Ante su venerado sepulcro , que con la misteriosa estrella adoptó para sus armas, va á llegar en breve la Reina de España.
Pero antes de que las escenas de entusiasmo y de alegría, que por todas partes hemos de escuchar, absorban por completo la atención del narrador, permítasenos presentar el animado cuadro que la ciudad ofrece en las fiestas del Apóstol Santiago, trazado por bien cortada pluma, aunque ignoremos el nombre de su autor (1).
«Son las doce menos cuarto, y es la víspera del Apóstol. La plaza de la Quintana se halla invadida por una multitud bulliciosa y alegre, espirando el momento de las doce. No solo está ocupada esa vistosa plaza, sino todas sus avenidas. Por cualquier parte que quiera entrarse ya es larde. Los previsores han acudido temprano, y de ellos es el espacio. La escalinata , los soportales, las ventanas y balcones, las galerías, los mismos tejados y torres se ocupan por la multitud, ávida de un deseado espectáculo. Inútil es el intento de penetrar. Apiñado está el gentío cual una masa de rocas. Divísanse de lejos dos árboles de fuego con un grotesco personaje cada uno en su cúspide. Pende del balconaje de una galería de la catedral un gran globo hermosamente pintado de alto á bajo, con una inscripción que dice: Al patrono de las Españas. Una ligera barquilla está pronta á surcar los aires tras el brillante globo. Enmedio de la plaza hay un sendero de bombas preparado. Es el rastrero , y también el único punto que está descubierto, merced al temor de la pólvora, y mas aún porque la fuerza armada lo defiende.
Suenan las doce en la enorme campana del reloj de la catedral. Un repique general de la sagrada basílica infunde alegría y contento en los pechos mas entristecidos. Acompañan á este repique todas las campanas de la población, y la del reloj suelta su lengua hasta el estremo de repetir incesantemente las doce.
(L) El notabilísimo artículo describiendo dicha fiesta, que presentamos á nuestros lectores, se insertó sin firma de autor en uno de los números del periódico La Epoca del mes de agosto de 1858.
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Un grito universal de gozo se siente en toda la plaza. Abrese de par en par la puerta del reloj, y salen, precedidos de la gaita y tamboril, los ocho gigantes con nuevos y lucidos trajes, rompiendo por entre el inmenso pueblo que desdeñan. Son gentes de otras épocas, venidas en peregrinación á Santiago, de las parles del mundo conocido al tiempo del hallazgo del santo cuerpo del Apóstol. Sírvenles de guia dos vejetes jorobados, enanos gigantes, prácticos en la tierra, y con sus vestidos y adminículos á la moda se burlan de los galanes y damas mas ajustados al figurín de París.
Mientras recorren la plaza en rededor los gigantes, y danzan la muñeira delante de la Puerta Santa, cada vez que llegan á este punto suben á los aires cohetes mil y bombas reales. Atruenan y hacen temblar los pechos las bombas del rastrero, que estallan enmedio de la plaza de tiempo en tiempo entre enormes chasquidos. Las damas , al estampido de los cañonazos que semeja el rastrero, se encojen y cubren el rostro con el abanico, y procuran huir; pero las masas de gente que están detrás son muros de berroqueña. Blancas cofias, variada suerte de sombreros, monteras empinadas y chatas, blondas y pañuelos, parlamentas y dengues, gorras y cachuchas, mantillas de negro terciopelo y de albo picote, bastones y mocas, junquillos y bordones de peregrino, sombrillas y paraguas como tiendas de campaña, lodo se halla confundido y revuelto en aquel mar de colores, cuyas ondas son las cabezas de la multitud apiñada, que alzando el rostro é irguiéndose en las puntas de los pies, procura ser gigante como los que danzan; pero es loco su empeño, por mas que se auxilie de los brazos y apoye en los hombros del que está delante. Dios ha fijado y medido la estatura del hombre, y así los que están elevados en las torres como los que pisan las lápidas sepulcrales de la Quintana, no consiguen dar una línea mas á su estatura.
El globo se ensancha en el ángulo de la puerta del reloj. Allí se dirijen todas las miradas. Deja ver sus variados y hermosos colores, sus ornamentos é inscripción al inmenso pueblo. Muestras de aprobación y contento se elevan de todas partes de la plaza. El globo se halla á punto de marchar. Así lo quiere la multitud; solo falta cortar la cuerda: pero antes que esto se verifique sopla el viento de las grandes lluvias.
Sube la escalinata de la Platería por cima de todas las cabezas; revuelve la esquina de la gran torre; arremolínase con el globo, que ruje al verse
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combatido, único recurso de los débiles; sostiénese y mide sus fuerzas con el viento; pero cada vez tiene que encojer y plegar mas sus alas, hasta que al fin sucumbe y viene á tierra envuelto en sus propias llamas; y como no son iguales todos los gustos, esto mismo satisface y alegra á muchos curiosos.
Un fuerte triquitrate que sube por los árboles de fuego de la plaza no permite ver el final de la catástrofe del globo. Raudales de chispas, y sonido de aguas, y estallido de grandes truenos se observan en toda la redondez de los altos cipreses, basta que al terminar de arder todas sus ramas , las fantásticas figuras de la cima, que ven cerca el incendio, buscan salida y no la encuentran; dan vuelta al rededor, pero es en vano. El destino las sujetó á un fin angustioso y terrible. Cansadas de sus esfuerzos empiezan á derramar agua y fuego por todas sus coyunturas. El vestido se les abrasa, y una continuada serie de esplosiones arroja por los aires los destrozados miembros de la forma humana.
El repique general no ha cesado; la hora sigue repitiéndose en el gran reloj de la Trinidad; el gentío cada vez mas alborozado y satisfecho ; las bombas reales ponen fin al espectáculo de la Quintana. El gaitero y tamborilero, vestidos á la usanza antigua, rompen por enmedio del concurso, y los gigantes les siguen para dejar esta plaza.
Las paredes del grande estanque de gentes se abren en las boca-calles, y cada una es un caudalosísimo rio que anega la población. Las escalinatas de la Quintana y Platería son asombrosas cascadas de gentío, que llevan á todos los ángulos de la ciudad el regocijo, contento y alegría inesplicable de que se hallan poseídos, y que manifiestan en sus rostros, en sus ademanes, en sus diversos idiomas y dialectos, ya ornado el pecho con la rica banda de la grandeza, ya cubiertos los hombros con la esclavina penitente del peregrino.
El concurso abandona la bella plaza ; mas el arqueólogo y el poeta , el arquitecto y el pintor, que no han tenido tiempo ni espacio para examinar los detalles de ese conjunto hermoso de edificios, sobre todo el ábside de la sagrada basílica, sus cúpulas, sus torres, sus galerías, balconajes y remates, sus escudos é inscripciones, sus portadas y ornamentos, lo bizantino, lo gótico, lo árabe, lo churrigueresco, plateresco, griego y romano, en fin, de las sucesivas construcciones de la catedral, páranse en ese recinto
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sagrado, que fue cementerio algún dia de nuestros mayores, y recojen admirados los apuntes, inspiraciones y dibujos que enriquecerán sus carteras, y que saldrían á luz para ilustración pública en una Galicia artística y monumental, si hubiese una corporación entusiasta por las glorias de este pais, tanto mas desatendido cuanto menos se puede dar á conocer del universo.
Suena la hora de Vísperas. Las campanas llaman al santo templo. Son aquellas campanas, es el bronce mismo que el victorioso Almanzor llevó á Córdoba en hombros de cristianos, y que devolvió San Fernando á Compostela en hombros de agarenos vencidos en la conquista de Córdoba. El interior de la santa basílica está cubierto de ricas colgaduras de terciopelo y oro. No pueden verse los esbeltos pilares góticos que sostienen aquellas seis naves de 270 pies de largo por 204 de ancho , que se cruzan bajo el alto cimborio del templo, entre la capilla mayor y el coro. Los pulpitos, de bronce también, se ocultan detrás de suntuosos brocados, y no permiten ver los bien cincelados bajo-relieves de la historia del Apóstol, que los adornan. Los cirios brillan en las bellísimas, colosales y ricas arañas que se presentan á los lados del altar entre bellas llores, y en los mecheros y ciriales que están bajo la escalinata, sobre la alfombra que cubre los jaspes del pavimento. La suave luz de las preciosas lámparas acompaña el sagrado fuego de la capilla que, como un espejo limpio, refleja en la bruñida plata del altar y trono del Aposto!, en la superficie lisa y fresca de los jaspes del basamento que lo circunda, en la dorada talla de las columnas salomónicas que sostiene, y finalmente, en las rejas de plata y bronce, y en los marcos y cristales que rodean el suntuoso monumenlo del hijo del Cebedeo.
Arrimados á las rejas que cruzan de pulpito á pulpito, y forman calle entre la capilla mayor y el coro, están los penitentes peregrinos, tostado el rostro, crecida la barba, descuidado el cabello. Otros se ven arrodillados en las naves mas sombrías. El resto de la augusta Basílica se halla cubierto por la multitud, que, cansada de los viajes en una estación ardiente, se ve al rededor de los pilares, tendida por las naves, y bajo los arcos de la galería que recorre en lo alto todo el interior del templo. La tarde se ha oscurecido, y el sol del Occidente no penetra por las circulares ventanas de la Soledad sobre el presbiterio de la Gloria: su ausencia da á la iglesia
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un aspecto mas importante y recojido ; aquel aspecto venerable propio de las Catacumbas ó de la cripta en que se guarda el tesoro del santo cuerpo de Santiago el Mayor , á donde en otro tiempo bajaban los reyes , los santos, los sabios y los cristianos todos, regando con lágrimas de penitencia el sagrado sepulcro del Apóstol y primer campeón de las Españas.
La grandeza y magestad del órgano llena de armonía severa las naves del templo augusto. Sube al cielo con las oraciones de los fieles el humo y sacro aroma del incienso. Las redondas ventanas de las altas bóvedas comunican la fragancia de ese aroma, y la suavidad de la oración á los ángeles que vuelan al seno de Dios á presentarlas mas puras ofrendas del corazón contrito y humillado : por eso se elevan tanto las cristianas basílicas; por eso su arquitectura deja de ser esclava de las leyes y reglas, según las cuales se constituyeron los templos del gentilismo griego y romano.
Los instrumentos y voces de la capilla repiten en los versos y acentos del arpa santa de Sion: «El alma huye de la tierra aun antes de su tránsito de la vida material. El espíritu, libre de sus prisiones, camina en pos de los ángeles , penetra en la morada de los serafines , en aquella región de luz cerca del Padre, luz que inunda los espacios de la eternidad, luz que no consume, luz que solo abrasa en amor á los bienaventurados, y á las almas privilegiadas y justas.»
Concl óyese la oración. Agrúpase la muchedumbre de fieles tras el altar del Aposto!, por donde se sube á abrazar su antiquísima imagen, sentada en su trono de plata, en traje de peregrino. Allí, por una escalerilla estrecha, van los romeros á dar el santo abrazo al que no solo amó á los españoles en vida, sino que quiso después de muerto habitar corporalmente en medio de sus predilectos y primeros hijos los gallegos, bajo ese majestuoso túmulo de la santa metropolitana iglesia catedral de Compostela.
El Excmo. é limo. Sr. Arzobispo, los dignidades con mitras en la cabeza cual si fuesen Obispos, los Canónigos y beneficiados, el Cabildo todo, se postran al rededor de ese sagrado túmulo. Patrón de las Españas, guiad al cielo las oraciones del clero y pueblo español , del clero y pueblo cristiano. Sembrásleis la semilla de la fe en estas fecundas regiones: que esa ferviente fe permanezca, y produzca frutos de bendición y de gloria.»