Viaje de SS. MM. y AA. por Castilla, Leon, Asturias y Galicia : verificado en el verano de 1858 · Unidad 50 de 206

Unidad 50 · COS-M-I/WP-XXPONPMX 4 PATR ■ PAT R I A E TR I B ■ POTOT1

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SACRVAA

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dable de la barrera, ora el valor de sus defensores. Fieles á los romanos, ó dueños de su independencia, que recobraron aprovechándose del común trastorno, los godos no pudieron enseñorearse de aquella comarca hasta el reinado de Sisebuto, en el siglo VII; dominación, sin embargo, de muy poca importancia, y que puede decirse se redujo á recibir parias y tributos exijidos por los godos á los astures.

Pero acercábase el dia en que aquellas montañas, cuna de la independencia y del valor, habían de servir para fundar

otra España y otra patria Mas grande y mas feliz que la primera,

según la espresion de Quintana en su trajedia de Pelayo.

Llegó un dia en que, abiertas las puertas del Estrecho por traidora venganza, las huestes sarracenas cayeron sobre los caudillos de la Cruz, y el enojo de Dios hundió en las turbias ondas del Guadalete caballo y caballero. Entonces tuvieron lugar escenas de terror y de sangre, que hicieron huir precipitadamente á las montañas de Asturias, en busca de un asilo, á los destrozados restos de la goda monarquía. Oigamos á este propósito la notable descripción que de aquellas terribles escenas presenta el escritor citado poco hace, siguiendo al Arzobispo D. Rodrigo, y al Pacense, cronista casi contemporáneo. «Ciudades incendiadas, templos profanados, los nobles puestos en cruz, la plebe pasada á cuchillo, niños estrellados contra las piedras, vírgenes y esposas reservadas para la deshonra, el esforzado combatiente sucumbiendo en la batalla, el lijero corredor atravesado de flechas en la fuga, y la tierra toda yerma de vida, húmeda de llanto, inficionada de sangre, huérfana de hijos, cautiva de estraños, y atónita con la catástrofe improvisa. Aparecióse en aquel momento el vencedor musulmán, que mas tarde había de implantarle su espléndida cultura, cual una visión formidable con sus ojos de brasa, su tez negra como tizne, como de fuego sus vestidos de grana, y las rojas riendas de sus caballos, mas veloces que el leopardo sus ginetes, y mas crueles que el nocturno lobo. Henchían los caminos tímidas caravanas de hombres cargados con los despojos de su fortuna, de mujeres estrechando á sus hijos contra el pecho, de trémulos ancianos y doncellas despavoridas, de monjes y sacerdotes escoltando los tesoros de sus iglesias y los venerados restos de los santos, cuyo auxilio

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invocaban, y de vez en cuando cortos pelotones de guerreros, escapados de la matanza ó libertados por honrosa capitulación, que reservaban para mejores trances su valentía. Hospitalidad, y no tributo, venían á pedir á la primitiva raza astura los promiscuos nietos de las razas conquistadoras, que sucesivamente habían traído á su pais el hierro y la tea para subyugarle, sin lograrlo nunca por completo: la unidad de religión y la voz del común peligro hablaron empero mas alto que las antiguas disidencias; y entre refugiados y naturales verificóse la salvadora amalgama que, recibiendo la cultura de los unos y la ruda energía de los otros, dio nuevo sér á la nacionalidad española.»

Faltaba solo un caudillo de colosal esfuerzo y merecido renombre, que levantándose con la superioridad del genio sobre aquella multitud que arrojaba una forzosa inmigración á las montañas de Asturias, agitara gloriosa enseña, y pusiera la primera piedra en la obra inmortal de la restauración.

Y lo hubo en efecto: Pelayo fue su nombre; Covadonga la cuna de la monarquía; la Cruz de la Victoria el glorioso lábaro del vencimiento.

De estirpe goda, aunque algunos pretenden que asturiana; de sangre real, según la opinión mas seguida, como hijo del Duque Favila y nieto de Chindasvinto, ya ejerció el cargo de Espatario ó jefe de las guardias del Rey en la corte de Witiza, de donde desterrado á consecuencia del odio que por causas, no conocidas hoy, se despertó en el monarca contra su familia, hasta el punto de morir su padre Favila á manos del mismo Rey, se ignora si volvió á la corte cuando Rodrigo, en mal hora, alcanzó el trono, ó si permaneció en Cantabria, de donde era Duque su padre, y desde cuyas asperezas pasó á Asturias para realizar la colosal empresa de la reconquista.

Al ver aparecer los refugiados en las quebradas asturianas un joven guerrero envuelto en largo manto, ciñendo tosco yelmo su cabeza, y sin mas acompañamiento que un escudero, todas las miradas se fijaron en él; y en breve su elevada estatura, su larga cabellera blonda cayendo sobre . la espalda á la manera goda, su majestuoso y varonil semblante le dieron á conocer.

— ¡Es Pelayo!

—¡Es nuestro Duque! gritaron los cántabros.

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—¡Es el hijo de Favila, asesinado en Tuy por el bárbaro Witiza! anadian los galaicos.

— ¡Sea nuestro caudillo! prorumpieron lodos en un grito unánime.

Conmovido por tantas muestras de cariño, inflamado por el santo amolde la patria, alzó el noble guerrero la poderosa voz, y con vigoroso acento les dijo (1): «Si es necesario morir, que sea con gloria, que sea como valientes, y cual dignos hijos de los godos españoles; no como tímidos ciervos, que huyen despavoridos al sonido del vígaro del cazador. Muy en breve llegarán aquí los feroces soldados del bárbaro Alkaman, que seguían de cerca mis pasos. Aprestémonos á combatirles, á vengar á nuestros hermanos muertos en Guadalete, á defender á nuestras esposas é hijos, y también á nuestro Dios, escarnecido por los viles seclarios de Mahoma. Derramemos gustosos nuestra sangre por tan sagrada causa, y caiga el rayo del cielo sobre el traidor y el cobarde.»

Sus palabras, inspiradas por el amor de Dios y déla patria, prendieron en el corazón de cuantos las escucharon la llama del entusiasmo ; y como el rojo pendón de los godos hubiese desaparecido en la rola de Guadalete, ' un ermitaño, que vida ejemplar llevaba en la cueva de Santa María, poco después Cueva fonda ó Covadoiu/a, puso en manos del valiente caudillo una cruz de roble, diciéndole :

— lié aquí la señal de la victoria (2).

Y lo fue en efecto. Blandiendo sin cesar el acero la poderosa diestra de Pelayo, mientras su izquierda alzaba como gloriosa enseña la sacrosanta cruz, lanzándose en uno de los primeros dias de agosto de 718 desde su profundo asilo sobre las numerosas huestes sarracenas al mando de Alkaman, enriqueció con sangre de infieles el modesto caudal del rio Deva, haciendo sufrir al muslim caudillo y á sus soldados el martirio de la espada , según la espresion de los historiadores árabes.

Inmediatamente después de aquella memorable batalla, levantado Pe-

(1) Tomamos esta alocución de unos escritos delSr. Caunedo, á pesar de no encontrarla en las antiguas crónicas.

(2) Así cuenta la tradición el origen de la Cruz de la Victoria, añadiendo también, que en el dia de la batalla de Covadonga apareció en los aires una cruz de fuego de igual forma que la del ermitaño, y rodeada de sus palabras: «Hé aquí la señal de la victoria.» Mas detenidamente nos ocuparemos de esta cruz, que se conserva en la Catedral de Oviedo, al recorrer su histórico recinto-

layo sobre el pavés á la usanza goda , tantas y tan señaladas fueron sus victorias, que pasados diez y nueve años de glorioso reinado dejó á su sucesor, no el corlo territorio del valle de Cangas y Cueva fonda , sino un respetable aunque naciente reino, que comprendía en su estension de cuarenta leguas de largo y veinte de ancho, todo lo que se limita por el mar, los rios Deva y Eo, y los Montes Herváseos.

Corlo reinado alcanzó su hijo Favila, que desoyendo los tristes presentimientos de su esposa Froiliuba, murió en estéril cacería despedazado por un oso; y en breve Alfonso, yerno de Pelayo, como marido de su hija Hermesinda, casi cuenta los dias de su reinado por las victorias que consigue sobre los sarracenos. Lugo, Tuy, Braga, Oporto, Chaves, Viseo, Ledesma, Salamanca, Zamora, Astorga, León, los Campos Góticos, Amaya, Saldaña, Simancas, Avila, Segovia, Sepúlveda, Osma, Chin ia. Oca y Miranda pregonan siempre con su solo nombre los repetidos triunfos de Alfonso el Católico , que señalando las huellas de su paso con victorias, y con fundaciones de fortalezas en los límites de la llamada por esta causa tierra de los castillos, alcanzó en su gloriosa muerte que los ángeles entonaran sus alabanzas (1).

Después de Alfonso el Católico, el terrible, el matador de hombres, el hijo de la espada, como le apellidaban los árabes (2), sucedió, no menos rico de valor y de fe que su invencible padre, el impetuoso Fruela, que así conseguía triunfos sobre los sarracenos, como sujetaba los inquietos vascones y los rebeldes gallegos, quienes pasados los primeros momentos del

(1) Al referir este prodigio el cronista de Salamanca, dice que en las altas horas de la noche, mientras los guardias y dignatarios de la corte velaban al augusto cadáver, oyóse en los aires una voz como de ángeles, que cantaba: IIc aquí cómo es arrebatado el justo, y nadie pone mientes en ello: arrebatados son los varones justos, y nadie lo pondera en su corazón. El justo fue apartado del espectáculo de la maldad, y en descanso permanecerá en su sepultura, palabras lomadas del capítulo LVII de Isaías. Sin que nosotros pongamos en duda que Dios obrara este prodigio á la muerte del católico Alfonso, creemos pudo muy bien tener una esplicacion natural, y sin embargo poder escribir de él como lo hace el cronista, que hubiera preferido callar , antes que faltar á la verdad. A la noticia de la muerte de Alfonso, el cual tendría su palacio no lejos de Canicas ó Cangas, probablemente el mismo de Pelayo, los monjes del santuario de Covadonga ó del monasterio de Villanueva, erigidos ambos por el piadoso Rey, debieron dirijirse en fúnebre procesión al Real palacio para acompañar á su última morada el cadáver del monarca. Conforme ála usanza de la época irían entonando sagrados cánticos, y estos, repetidos por los ecos de la montaña en el silencio de la noche, tal vez hicieran creer á los que velaban, que voces de ángeles repetían versículos sagrados.

(2) Laghi, citado por Faustino Borbon.

común peligro, querían alzar sus banderas independientes de los Reyes asturianos. Pero si victorioso alcanzó gloria, y justo renombre como fundador de Oviedo, bien pronto, manchado con la sangre de su hermano Yimarano, muere el fiero fratricida bajo el puñal de sus áulicos instigados por su primo Aurelio, hijo de otro Fruela, hermano de Alfonso el Católico. — Rey pacífico, y mas amigo de gobernar sus estados que de marchará la guerra, Aurelio ciñó la corona, escluyendo de ella al niño Alfonso, hijo de Fruela I; y durante los cortos años que empuñó el cetro, parece que, estinguido en él aquel sagrado amor patrio que animó á Pelavo y Alfonso I, si no hizo humillantes paces con los muslimes, permitió frecuente comercio entre cristianos y sarracenos. El espíritu de volupluoso deleite de las razas de Agar empezó á enervar las costumbres de los indomables asturianos, y aquel estado de culpable inacción fué causa de que los libertos y siervos se levantasen contra sus señores, y de que Aurelio tuviera que vencerles con solileza y maña, ya que no pudiera ó temiese hacerlo con la fuerza.

El asturiano procer Silo le sucede en el trono, y continuando la paz con los infieles á causa de su madre, no sabemos si porque su femenil influencia debilitase el carácter del Rey, ó porque fuese aquella matrona de origen sarraceno, solo dejó cual hechos dignos de consignarse en los anales de la historia, la traslación de la corte desde Cangas de Onís á Pravia, donde erigió un monasterio bajo la advocación de S. Juan Evangelista, y el triunfo que obtuvo sobre los gallegos, nuevamente rebelados y vencidos en el monte Cebrero.

El hijo del asesinado Fruela es proclamado Rey en Pravia por designación de la viuda de Silo, Adosinda, pero en breve el triste refugiado del monasterio de Sanios, en Galicia, encontró fuerte oposición á su reinado en los proceres de Asturias. Maureg.ato, hijo bastardo de Alfonso el Católico, se apodera del cetro con vergonzosa ayuda de los sarracenos, y el contrariado Alfonso tuvo que buscar nuevo asilo en el pais de Alava entre los parientes de su madre Munia, mientras su protectora Adosinda, siguiendo la piadosa costumbre de las reinas viudas de Asturias, tomaba clausura en el monasterio de San Juan de Pravia. — La usurpación de Mauregato escitó de tal modo la indignación de sus contemporáneos, que trasmitida de siglo en siglo, cinco después de su reinado, en las crónicas del Allí se le atribuye el infame pacto de las cien doncellas, hecho histórico no compro-

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bado con ningún género de documentos, y considerado como apócrifo por la crítica fdosófica. Pero si su memoria quedó libre de tal mancilla, es lo cierto que algunos tralos debió celebrar con los sarracenos, cuando le dieron su apoyo; y que en su reinado también tuvo lugar una entrada de moros en Oviedo, que, aunque rechazada, produjo la profanación y ruina de la basílica de San Salvador, fundada por Fruela. Después de un reinado de seis años, odioso á Dios y á los hombres, según la espresion de D. Rodrigo, murió el depravado Rey en Pravia, y allí fue sepultado, dejando en pos de sí triste recuerdo, que en vano pretenden modificar Lucas, llamándole afable, y añadiendo la Crónica general que era home bien razonado , é de buena vida , é de buena palabra.

Varón generoso y magnánimo , según le califican antiguos escritores, aunque de carácter clerical como ordenado de diácono, vencedor de los moros con señalado triunfo en el lugar de Rurbia, en el Vierzo, Yeremundo, de quien infundadamente dice la Crónica general que nun caovo batalla con los moros , nin /izo hueste, ocupó el trono de Asturias por muerte de Mauregato. Yeremundo, que ya fuese hijo del asesinado Yimarano, ya de Fruela, hermano de Alfonso 1, y padre también de Aurelio, con olvido del desheredado Alfonso, fué elegido por los grandes para Rey: aunque temeroso de ejercer dignamente su cometido, aceptó este cargo casi forzadamente; y si bien para continuar su sucesión, prescindiendo de su carácter clerical, se casó con Nunila, según se cree de estirpe vascongada, bien pronto, y antes de cumplir el tercer año de su reinado, apartóse del nupcial tálamo, llamó al legítimo soberano Alfonso, y- volviendo á Dios su corazón y sus votos, y la corona á su sobrino, dejó digno ejemplo á sus sucesores, y dos hijos, Ramiro y García, de los cuales el primero, cincuenta años después, recibía la corona que con digno y agradecido recuerdo le devolvía Alfonso el Casto.

Después de tantas y tan repetidas contrariedades empuñó el asturiano cetro este Príncipe, el que á su virtuosa continencia, sin embargo de asegurarse por algunos que estaba desposado con Berta, princesa de la familia de Garlo-Magno, debió el renombre con que es conocido. Victorioso campeón y esforzado caudillo, bien pregonan su justa fama, la señalada victoria que al tercer año de su reinado alcanzó en Lulos ó Lodos sobre aquel ejército sarraceno que, declarado el algiheb ó guerra santa por Ilixem 1, había invadido, á las órdenes deMusgueit, el territorio asturiano; y querien-

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do volver á las pasadas escenas de la conquista muslímica, devastó los campos, y saqueó lugares, y derribó fortalezas, é incendió monasterios, y sacrificó indefensas víctimas; la incursión atrevida que á los seis años hizo á Lusitania hasta tomar á Lisboa, de cuya victoria envió por despojo á Cario Magno un presente de siete cautivos moros, con otros tantos corceles ricamente enjaezados, y una magnífica tienda de campaña, cuyo acto de admiración y cariño hacia el fundador del imperio de Occidente despertó la suspicacia de los asturianos; la doble victoria que en el trijésimo año de su reinado alcanzó de dos formidables ejércitos sarracenos, mandados por Abd-elKerin y Abdalá-ben-Malehi, destruido el uno en Naharon, y en el rio Anceo (hoy Caldelas) el otro; y el triunfo por último que, ya septuajenario, consiguió sobre el ingrato Mahomad-ben-Abdeljebir, quien después de haber obtenido generosa hospitalidad de Alfonso, cuando sublevado en Mérida contra el Califa tuvo que salvar su vida con la fuga, pagó la generosidad del cristiano apoderándose del castillo de Santa Cristina y corriendo y asolando lodo el pais.

No menos atento el Iley á la organización de sus estados y al engrandecimiento de sus pueblos que á sus victorias, promovió el fomento de las ciencias y las artes; y estableciendo la corle en Oviedo, ciudad que Alfonso miraba con especial predilección por haber en ella nacido, restableció así en la Iglesia como en Palacio todas las prácticas de la corte goda, cercó la ciudad de fuertes muros, fundó las iglesias de Santa María y San Miguel, las de San Tirso y San Julián, el panteón Real, su Palacio, y la antigua iglesia del Salvador, edificada de nuevo y erijida en Catedral, formándose la sede de parroquias segregadas á Britonia, cuyo primer Obispo fue un presbítero godo llamado Adulfo. Acueductos y obras de pública utilidad llevó también á cabo, fielmente secundado en sus dignos proyectos por el arquitecto ó maestre Toida ó Tioda, de goda estirpe.

La invención del sepulcro del apóstol Santiago, verificada en tiempo del casto Rey, sirvió de nuevo estímulo á su genio activo y emprendedor, y en breve, encerrando la sagrada tumba, alzóse la basílica composlelana.

Agobiado al peso de sus años y de sus triunfos, repetido su nombre con incesantes bendiciones por sus pueblos, falleció Alfonso, el Casto, el sobrio, el piadoso, el inmaculado, el querido de Dios y de los hombres, según la espresion de sus contemporáneos, y su recuerdo quedó como perenne testimonio de sus virtudes, venerada con religioso respeto cual la memoria de un santo.

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Hijo de Veremundo el Diácono, de edad mas que madura, viudo y con hijos ya mancebos, hallábase en Bardulia ó Castilla en busca de nueva esposa Ramiro, cuando acaeció el fallecimiento del casto Rey. Llamado por este á la corona, tuvo que combatir al Conde palatino, Nepociano, que auxiliado de algunos vascones y pocos asturianos había usurpado el cetro. Breve y fatal para el Conde fue la duración de su rebeldía. Batido y destrozado su pequeño ejército por Ramiro cerca de Cornellana, prisionero y privado de la vista en tierra de Prámaro (hoy Grado) por los Condes Scipion y Soma, terminó sus dias recluso en un monasterio. Nuevos alborotos inquietan el poder del Soberano; y como siempre acontece, á vuelta de tales trastornos, los ladrones y embaucadores ó hechiceros poblaban lo mismo el llano que las montañas asturianas. Ramiro en breve pacificó su reino. Los ambiciosos Condes Androito y Piniolo, con los jefes ó soldados de aquellas mal avenidas falanges, sufrieron la pena de la ceguera, ó murieron quemados; y á tan terribles medidas debió el Rey la tranquilidad de su reino, y el renómbre con que le conocían, llamándole el de la vara déla justicia.