Viaje en las rejiones septentrionales de la Patagonia, 1862-1863 · Unidad 10 de 56
Unidad de lectura 10
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deteniamosa cadadiez varas, unas veces p ira d tsenredar la carga, otras para descansar. La vejetacion iba disminuyendo considerablemente en'cantidad, calidad i lamafío; plantas de papas silvestres crecían en medio de los coligues; (1) este hecho confirmará el oríjen chileno de esta planta. La haya antartica habia principiado. El único árbol que le acompañaba era el colgué para concluir inmediatamente; el canelo, árbol grande en el pie, aquí no era mas que una planta de ocho a diez pulgadas de largo. De esta manera, subimos otro escalón semejante al primero i llegamos a la cima que estaba toda cubierta de nieve. Algunas hayas, mas pequeñas que las de abajo, mostraban sus tortuosas ramas. Pude esplicarme entonces la diferencia de aspecto que hai entre las ramas de las hayas de la cima i las de abajo; estas crecen al principio debajo de la nieve, arrastrándose por el suelo; se elevan algo en los meses de Febrero i Marzo; pasan asi tres o cuatro anos antes de sobrepujar ala nieve queapreta i peina a las demás ramas que se pronuncian, i entonces desviadas de su dirección, se inclinan hacia el suelo formando una especie de quitasoles de verdura. Marchando por encima déla nieve, llegamos al espacio situado entre el cerro de la Esperanza i el Doce de Febrero, llamados así por los primeros exploradores. En este lugar tuve un espectáculo magnifico: me hallaba a la altura de unos 1500 metros sobre el nivel del mar: mirando hacia el valle del Peulla, tenia a mis pies el boquete ciíiendola base del cerro en que me hallaba i resaltando como una ancha cinta de un verde claro sobre el vcw'm oscuro de los árboles que tapizaban las montanas vecinas: mas al oeste, engastada entre cerros, una parte del lago de Todos los Santos sobre la que reflejaba su cabeza la nevada cumbre del volcan Osorno; densas nubes cubrían la cima del Calbuco: a mi izquierda, el pico imponente del Tronador con sus nieves eternas, dejando escapar los veintisqueros que formón Chusquea valdiviensis < Desván*
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su pié, de un Jado el Peulla i del otro el vio Frió que serpentea en el llano con sus aguas de un blanco turbio, descansa de su rápido curso en la laguna Fria, mancha blanca sobre el verde de la vejetacion i va en seguida a perderse en numerosas vueltas al lago de Nahuelbuapi. Tenia delante de mi dos cursos de agua tributarios de océanos distintos: el Puella corriendo por el lado oeste de los Andes hacia el Pacífico, i el rio Frió dirijiéndose al Atlántico. Cerca de la laguna Fria, pero mas elevado, otro lago pequeño ostentaba como azulado espejo sus cristalinas aguas: era el de los Canqueñes: con cuyo nombre lo bautizaron los primeros esploradcres. Haciendo una media vuelta i mirando en una dirección opuesta, tenia a mis pies el logo de los Huanacos, cubierto casi enteramente por la nieve, i mas abajo apercibía el lago de Nahuel-huapi. Mas al bJste, el horizonte de un azul claro sobre el que dibujaban sus crestas las montanas que rodean el lago, diadema de agua azuleja colocada en la sien de los Andes por la mano poética de la naturaleza. Tenia, pues, delante de mí el camino que debia conducirme por el Rio Negro a las orillas del Atlántico. Tenia a la vista el lado oriental cuya esploracion era desde algunos aíios el objeto de mi pensamiento i el fin de mis deseos.
Atravesamos los campos de nieve que asustaron a los hombres que habían venido anteriormente: yo caminaba adelante para darles el ejemplo; en algunos puntos nos sumíamos en la nieve hasta los muslos, pero luego nos familiarisamos con este ejercicio i con grande algazara principiamos a bajar dirijiéndonos hacia el lago de los Huanacos situado entre el cerro de la esperanza i del Doce de Febrero: su fonna es triangular, estaba cubierto de nieve, solo un pequeño espacie desnudo en el que nadaban algunos patos, indicaba lo que era. Orillándolo por la izquierda, Llegamos a su desagüe que se echa cu el de Nahuel-huapi. En una protuberancia pequeña alojamos, se cortó bastante lena para neutralizar con un buen fuego el Trio de la nieve que nos rodeaba.
i¿re.— La noche fué sumamente fria, i llovió un poco;
entumidos principiamos otra vez el dea luego entramos en la
r ejión de las quilas, despue \ aparecieron los coigües, atravesamos tres
pantanos «-n donde crecía un poco de yerba i que nuestros hombres
o decoraron con el nombre ¡ Potrero de los Huana-
tuvimo para buscar las macheteaduras anti-
que do i : .ni.i, ati irada ; difíciles,
bajamo a una profundidad por donde corre «-I de de In laguna de
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los Huanacos, subimos con mucha dificultad una barranca eecarps> da para entrar en un terreno con meaos declive, lembrado de alerces, ico, no a los once del dia llegamos s las orillas del deseado lago de Nahuet-huapi. A la una devolví la jente para el Peulla, i los carpin ie fueron al bosque en busca éé los materiales necesarios para ¡onstruii el bote.
29 de diciembre, — Los carpinteros se pusieron a la obra i principiamos el boto. 111 mal tiempo no interrumpía el trabajo. La orília en donde nos sncontrábam >s acampados, se llama Puerto Blest,
Le nombre le dio el Doctor Ponck en Uonor del Inte, le
Llanquihue (pie en la época de su espedieion cía don Juan Blest. liste puerto es la estremidad mas occidental de la larga ensenada del (airo: tiene una forma circular, su diámetro mayor es de unos quinientos metros. El cordón que sale del cerro de la Esperanza lo limita al Norte i pronunciándose en un elevado peüon casi desnudo cubierto de nieve en la cima, viene a estrechar la ensenada formando al prolongarse hacia el Este la muralla Norte del lago. Una meseta formada de terreno de acarreo cubierta de alerces, coligues i coiífües rodeando todo el círculo del puerto concluye en el rio Frió. Do cordón que sale del Tronador forma la pared oriental del rio Frió; llega al lago i sigue al oriente formando la muralla Sud de la ensenada. En todos estos cerros, las cimas estaban cubiertas de nieves que los dominan durante la mayor parte del afío. Lo demás del cuerpo desnudo; la vejetacion solo se manifiesta en los declives suaves, en muchos de los cuales se ven masas de arcilla i piedras redondas. Nada hai mas triste que este lugar; las elevadas cumbres apenas permiten penetrar durante algunos momentos la luz d«l sol: así es que la humedad es excesiva i los cambios de temperatura tienen lugar en una escala mui reducida, a causa de la forma del puerto. Hai un eco mui notable, dedia los martillazos del carpintero se multiplicaban de un modo extraordinario, i de noche el canto melancólico de la luíala duraba al «runos segundos. A La izquierdade la ensenada se vacia con ruido el desagüe del pequeño lago del Cántaro.
30 de diciembre. — Los carpinteros continuaron el trabajo, la jente no llegó.
31 de diciembre. — Por la mañana llegó Lsnglier con Pedro i dos peones.
-Me contó que la víspera, viendo la obstinación de la jente
para no ponerse en marcha, había salido solo con Pedro i uno de los
33 i que habiendo acampado al pié de la laguna de ios Huana-
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eos, otros dos le habían alcanzado, i respecto del resto, no sabia decir si se habían puesto en marcha.
Como la construcción del bote avanzaba, creíamos poder salir en tres dias mas. Nuestra carpa estaba cerca del lugar en donde acampó el Doctor Fonck. Recorriendo la orilla hallamos veslijios de nuestros predecesores en la carrera del buen Padre Melendez, el franciscano, i del Doctor Fonck. Llegábamos cuando ya no existia Melendez, tampoco encontrábamos sus cenizas, puesto que habia muerto en Calbuco o Chiloe, pero sí, los rastros de sus virtudes; i sin exajeracion, la palabra virtud no es demasiado, porque para venir por estos caminos con el solo objeto de evanjelizara unos pobres diablos, era preciso tener mas que una fé ardiente. Pero también eil cambio ¿qué de goces no tendrían esos corazones sencillos i creyentes? goces de que estamos privados nosotros, hijos de un siglo de escepticismo. La mas pequeña prueba de buena voluntad que les daban los indios les hacia olvidar al momento todos sus sufrimientos. Coií que satisfacción nos refiere el padre Filope Lagunas de que sus salvajes companeros en el viaje que hicieron de Nahuel-huapi a Chiloé, junto con caminar aprendían el catecismo, i andaban por caminos tan horribles que yo para dar un paso necesitaba toda mi atención, i creo que si al mismo tiempo se me hubiera obligado a aprender el catecismo, jamas habría podido llegara Nahuel-huapi, porque aquí no se camina, sino que se escala. Para encimar esas montanas tan escarpadas, erizadas de coligues, de troncos i con una vejetaeion tan espesa, no serian demasiado las güiras de un gato, ni las seguras patas de un cabro. Todo esto que decimos es a propósito del padre Melendez cuya piedra de moler encontramos cerca de los restos de su piragua, i también al Jado UB venerables reliquias, i la canoa del Doctor Fonck,
el primero que mostró a las sorprendidas orillas del lago de Nahuelhuapi el rottro rubio de los hijos de Arminio. ¡Buen Doctor! que solo i, que se encendía con la nuestra. Pero desgraciadamente para la ciencia, una numerosa posteridad le liga a las pía- :' , Lo-Monit. Cumplido < t>er de buena educación, i de-
nada una I,. i la memoria délos misionero-, vamos a volver
a hablar de no >ü >s. Ll >vió todo el día para concluir el ano. L£n los
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rondones atmosféricas, cuando se piensa que en los ciuda l< . la lluvia solo moja a cuas mal ajestadas. En las poblaciones ano pe proporcionarse un gran número de diversiones i entretenimientos b techos, pero allí la lluvia noa privaba de todo; pe ible, no
podiamosdard «en el bosque sin quedar mo uos.
i eiamos pues obligados a encerrarnos en nu< i to-
car conetantemente la guitarra. No sé quien ha dicho como en chanza que en el paraíso i siempre -rolo paraíso, sin el mas pequeño pedazo de infierno para variar, al fm se aburriría; ¿que seria de él si se hubiera visto condenado a tocar siempre la guitarra?. Luego no nos quedaba otro arbitrio sino permanecer en la carpa o bien ir cerca del fuego a calentarnos oyendo conversar a-la jente. Es verdad que contaban historias bastante curiosas, hablando del peón que se había quedado atrasen el Peulla,prfTa cuidar las cabras, i de la repugnancia que habia manifestado para esa comisión; se pusieron a discutir sobre lo que podia infundirle temor; dijeron que ciertamente este hombre no podia temer a los leones, atraídos por el perfume del cabro i de sus amorosas compañeras, pero si, a los brujos i duendes que parece se complacen en atormentar a los pobres seres humanos.
Como estábamos en el primer dia del año, a falta de otras diversiones, i no teniendo en la vecindad ninguna bella a quien poder ofrecer, como es la moda, nuestra fotografía: fuimos Lenglier i yo, a sentarnos al vivaque de la jente. Uno de los peones que habia trabajado mucho tiempo como maderero referia muchas cosas muí interesantes de los Peuquenes o jenios de la montaña.
Dejemos a un lado por un momento las palabras de hoyas, portezuelos i todos los términos jeográficos i oigámosle hablar.
Los Peuquenes, son unos hombrecitos, que llevan vestidos hechos con hojas de avellano, con costuras, o sin costuras, el cronista no nos dice nada a este respecto: no nos dice tampoco si son impermeables, o no. Estos pequeños leñadores tienen un sombrero de corteza, una hacha i su mango, hechos de palo de avellano; es el avellano que da todo el material del vestido, como la hoja de parra lo dio a nuestros primeros padres. Lo pasa el Peuquen, paseándose en el bosque, derribando árboles con solo un golpe de su hacha de palo, no para alimentar su fuego, porque, como lo veremos mas tarde, le gusta al Peuquen calentarse en el fuego del vecino. Lo que hai, esque el Peuquen derriba árboles, i como muchos honrados chilotes se ocupan en eso, sucede que el Peuquen encuentra colegas. Pero !ai de es-
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tos últimos si tienen la degracia de volver la cara para examinar al Petiquen! se quedan con la cabeza torcida hasta el fin de su vida. Luego no es bueno ser demasiado curioso ni tampoco volver la cara cuando se oyen hachazos en los bosques.
¡Que útil historia.! Si yo tuviera una esplotacion de alerces al rededor de la Colonia, la haria imprimir a mi costa con grandes caracteres a fin que todos pudiesen leerla, niños i grandes, madereros e hijos de madereros, desde el abuelo hasta el nieto, i una vez que la supiesen de memoria, estoi convencido de que, al fin del año, haciendo la suma de los árboles derribados en 365 dias i 366 por lósanos bisiestos, hallaría un aumento notable sobre los años en que nuestros madereros no estaban penetrados del peligro que hai en volver la cara al oir hachazos en la vecindad i de la poca ventaja que se saca con ver al Peuquen.
Este poder fascinador, lo ejerce el Peuquen no solo sobre los hombres, sino que también sobre las mujeres, aunque de otra manera, como se ve por la historia siguiente que cuenta el vecino del narrador: he conocido, o al menos mi abuelo, dice, ha conocido una honrada pareja, cuya paz fue turbada por un Peuquen. El Peuquen había talvez, encantado por medio de algún filtro a una donosa chiIota, casada con un honrado maderero, i venia ilegalmente a tomar parte en el fuego i en el lecho nupcial a vista i paciencia del marido, que embebido en las creencias jenerales del país, no se atrevía ni a moverse, tampoco a respirar temiendo encontrar la mirada penetrante i tan funesta del brujito. Grandes eran pues, las confusiones del pobre hombre, ya hacia un mes que el Peuquen venia sin pudor ni vergüenza a entregarse a sus amorosos pasatiempos i era tanto que al fin la familia podía mui bien aumentarse con un vastago que no habría nido sino medio chilote. A 'grandes males, grandes remedios dijo el buen hombre i se fué a contar sus penas al capuchino, cura de su parroquia, que había heredado ¡unto con la larga barba, distintiva de su orden, el humor alegre de sus antee El capuchino aconsejó al chilote que unjiese iodo el cuerpo de su mujer con cebollas i ajos, i que le sirviese una comida que tuviera muchas de timbres. El chilote ejecuta tan puntualmente la que pues de comer, ni a diez pasos de la mujer, se hubiera visto re volotear una mosca, i a lo noche cuando vino el Peuquen púa celebrar us orjias acosl b radas, e ¡ntiótan apestado, que se pu
vomitar impre contra la mujer, i contra el marido, el cual
ichaba con los ojos cerrados. Le dijo a este las injurias i
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grandes llamándole; chitóte, comilón de papas; al fin. de rabia sefné i no volvió mas. El bueno del marido pudo entóncef vivir tranquilo > algunos meses después la mujer dio a luz un pequeño ser mui singular; en vez déla cotia que tienen todoa loe cristianos, este al nacer, tenia corteza de avellano; era evidentemente el hijo del Peuquen. El buen maderero Be consoló pronto, porque al fin ya no venia mas <il Peuqueu, i cumpliendo con bus deberes con) ugales, nuevemeses naastardela mujer, dio a luz otra criatura; esta vez n<» era ya un pequeño monstruo, como el otro, sino un niño gordote, que al nacer gritaba: papas, papas. Este bí que era bien chilote, i ahilóte basta la punta de las uñas, el grito ese le denunciaba.
¿Qué tal el cuento? I principalmente el remedio recelado por el buen padre capuchino. Esta historia, referida en la cima délo Andes, cerca de un fuego magnifico i en medio de los espesos bosques ¿no tiene acaso un perfume i un color local deque carecen todos ios cuentos ilustrados de los keepsakes? Si Charles Nodier lo hubiese oido habría dicho que era una falsificación de su Trilby, i no obstante mi narrador chilote jamas habia leido nada del autor de los Siete castillos del reí de Bohemia.
Pedro, elhonrado Pedro; animado al oir estas historias para noquedar atrás, se puso también a referir otras. Pero Pedro habia nacido en las orillas del mar, sus historias son todas de sirenas i caballos marinos. La sirena hace un gran papel en la imajinacion de nuestros paisanos del bajo pueblo. Sabéis dibujar o pintar un poco? preguntad a un hijo del pueblo lo que quiere que le dibujéis i contestará: una sirena. En Santiago mismo ¿cuántas chinganas i bodegones tienen por rótulo la sirena con su inevitable cola de pescado? Pedro conocía las sirenas, o si no las habia visto, habia conocido un hombre que le habia dicho que habia visto unas sirenas; i sobre este asunto, refirió la historia de un joven chilote, que a punto de casarse, casi habia caido en las redes de una de esas encantadoras, i no escapó del peligro sino invocando la asistencia de la Santísima Vírjen. Nosotros le preguntábamos si éYy Pedro Oyarsuo, chilote de nacimiento i católico por el bautismo, habia visto sirenas en carne i huesos o por mejor decir en carne i escamas, i contestaba que no, pero que, caballos marinos, habia visto i palpado esos anfibios. Estos caballos marinos, a la voz de un brujo cualquiera, salen del agua ensillados i listos, i se ponen a su disposición; el brujo, sino es el diablo, es uno de sus parientes, que se disfraza con la figura de un honrado cristiano, pero siempre .se le alcanza a ver la estremidad de la cola: estos brujos son mime-
— GOxosos en los alrededores de Cliiloé. AI tio de Pedro le había sucedido una aventura muí curiosa, aventura de la cual nunca quiso hablar sino a la horade su muerte. El tio de Pedro se habia casado pocos meses antes; i habiendo ido a Castro, volvía al lado de su joven esposa, se apresuraba, pero tenia mucho camino que andar todavía, cuando pasando por las orillas de un lago del interior, ve de repente cerca de él a un hombre vestido como los chilotes, es decir con poncho, calzones estrechos de lana, i sin ninguna clase de calzado. En todo esto nada habia de estraordinario, sino lo imprevisto de la aparición: el aparecido cambió algunas palabras con nuestro chilote, i en seguida le propuso conducirle a su casa en media hora (cinco leguas en media hora) bajo la condición que le regalaría inedia libra de yer - ba i un centavo de cigarros; no necesitaba fósforos porque todos saben que para prender su cigarro, le basta al diablo restregar con las uñas la estremidad de su cola que es de materia muí inflamable; luego vio el chilote que trataba con el diablo o uno de sus parientes: sabia muí bien que a ningún cristiano le conviene tener relaciones con esta clase déjente, pero era recien casado, i por supuesto tenia prisa de volver a ver su cara mitad, aceptó. Silbó el individuo i salió del lago, relinchando, un caballo de anca relumbrosa, de pelo fino i adornado de una larga crin; el desconocido montó i a sus ancas el chilote; caminaban como el viento, ya el esposo divisaba su casa, cuando en una vuelta del camino, se siente deslumhrado de repente, se desmaya, i se desliza del caballo.