Viaje en las rejiones septentrionales de la Patagonia, 1862-1863 · Unidad 16 de 56

Unidad de lectura 16

Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.

"En la noche, en la cresta que no habíamos encimado, divisamos dos hombres a cabalo ; no vieron probablamente nuestras señales, porque dieron vuelta i desaparecieron. Eran los queUd. habia mandado en busca nuestra. No creí prudente pasar la noche en donde nos hallábamos; podian pasar indios por allí; fuimos a acamparnos a quinientos metros, a la derecha del sendero, en una quebrada grande en donde /¡miábamos bien escondidos. El fiel Tigre fué puesto de centinela encima de las rocas que la dominaban; allí amarra" mos el caballo, i para mayor precaución, dormimos sin fuego. Al amanecer, fuimos otra voz a la orilla del estero; no teniendo noticias de r<!. i « ;id >-■ que el lugar mas conveniente para nosotros en

iodo caso, ero del bote i de las provisiones, me marché con la

jenl i el lugar del naufrajio. De esta manera si venían porno-

i duda alguna v« ndrian I< s mismos dos indios que nos hallaron primero, pasarían por el misino camino del dia precedente i encontrarían, en marcha, i ni llegaral Limay, segui-

mos 1 1 endero, pero mandé a Soto que a caballo rej i a na-

de! rio; así podiamo, recojer le que la corriente

hubiese arrojado a la . No fué ¡nfructu ¡a medida; Soto

ojió el paquete con I :adas i do co de harina mili poco

mojada. II fin llegamos al enmp del 7. Apenas habíamos

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encendido fuego, cuando vimos desembocar por el tandero que acaba* bamoa de recorrer, unos hombres .1 caballo. Llegando se apearon; n su cabeza venia Q,uintunahuel hijo de Paillacan; nunca había visto a un Pehuenche, no podría decir a l d. !;i impresión que me causó cuando para bajar del caballo, dejó caer suhuaralca i vi Balir del cuero, un cuerpo desnudo, flexible como el de una culebra i de un color cobrizo. Los COmparTeros de Quintunahuel se cebaron con voracidad sóbrelos víveres; yo ofrecí tabaco i una cachimba a Q,uintunahuel. Cargamos en los caballos que traían, los sacos de harina i charqui i nos pusimos en marcha. Quintunahuel me dio un caballo, lo~ Otros se fueron en ancas de los indios; pasamos la noebeen el lugar en donde habíamos pasado el dia anterior i por fin llegamos a los toldos. Aprobé tóelo; habia tomado el partido mas conveniente en esta circunstancia i le presenté al cacique. Lajente tenia hambre; Pascuala, la favorita, les sirvió en un plato de palo, caldo i carne de oveja hervida.

Yo quería ponerme en camino el mismo dia, pero como los peones estaban cansados, esperé la mañana. Esanochellegóun indio Antileghen a los toldos de Paillacan, venia de cazar; traía consigo un barrilito de aguardiente. El ilustre Paillacan celoso partidario del culto del agua de fuego, se seutó en el suelo, teniendo a Antileghen a, su lado: al frente de ellos, me coloqué yo con mi fiageolet; Argomedo tocaba la vihuela; entonces comenzó el concierto i las libaciones. Al principio, Paillacan tomaba solo i aun no pasaba el jarro de lata a su querida Pascuala que estaba sentada a sus espaldas, pero desarrollándose su jenerosidad a medida que el aguardiente le subia al cerebro, convidó a sus vecinos. A la noche mis honrados Pehuenches se hallaban completamente ebrios. Paillacan, loor al coraje desgraciado, habia sucumbido, vencido por las libaciones; i Antileghen, que al son de nuestra música bailaba interminables samacuecas, sucumbe también agobiado por el cansancio i cae con un sueno letárjico encima de un pellón. Le cubrimos con un poncho como se hace en la noche de una batalla con el cuerpo de un jeneral vencido, pero valiente, cuya intrepidez se ha admirado durante el combate.

Qjntunahuel habia resistido mejor que sus mayores, i un poco después me mandó buscar para que bebiese en su compañía i la de su interesante esposa, un poco de licor que habia guardado para él. Pascuala mas fuerte que su noble esposo, o quizá no habiendo bebido tanto, vista la avaricia del cacique en materia de su licor querido, se hallaba también en el toldo de Quintunahuel; su embriaguez tomaba un aspecto triste; lloraba, repitiendo en un tono monótono i cansado:

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••yo soi la mujer de Paillacan, el cacique de los Pehuenches; la hiia del cacique francés de los Tehuelches, la hermana del caciquito francés; mi padre tiene muchas yeguadas, etc. etc." Esa salmodia, dicha con un tonu gangoso, interrumpida por ios hipos de la embriaguez, no tenia nada de agradable, i bendije el momento en que se resolvió a salir del toldo para ir a ocupar el lecho de su viejo marido. Poco rato después, me despedí de Quintunahuel i me fui a dormir.

11 de enero. — El domingo por la mañana, el tiempo era bueno, nos favorecía al principio de nuestro viaje; no salimos al alba porque Antileghen que debía acompañarnos, necesitaba algún tiempo para sacudir los vapores del aguardiente.

Convenida nuestra partida, presenté a Soto i a Diaz al cacique: estos dos hombres se habian ofrecido espontáneamente para quedarse como rehenes hasta mi vuelta. Poca sangre española tenían en sus venas, de manera que cuando los vio el cacique, me dijo que eran tan mapunchéa como el quemas de sus subditos i que preferia le dejase a Vera que era bien parecido i blanco como español.

El muchacho me había ya manifestado su repugnancia para quedarse con los indios i mucho mas desde que había notado en él una especie de entorpecimiento en todas sus ideas con la emoción del naufrajio i los indios. Le dije entonces al cacique que ese muchacho se encontraba mui enfermo de resultas de un golpe que había recibido en el naufrajio, que botaba sangre por la boca i debía ir a curarse a Valdivia: en seguida me fui a buscarlo al toldo vecino, le hice tomar en la boca un poco de sangre de cordero que había en un plato i lo conduje ala presencia del cacique; satisfizo algunas de sus preguntas i al rato después comenzó a toser, concluyendo con botar la sangre: ;it;ió al cacique i convino en quedarse con los otros dos. En seguida nos despedimos i montamos a caballo. La caravana se componía de Cárdenas que nos prestaba sus caballos mediante una retribución pagadera en Valdivia, de Argomedo que obtuvo su líberla intercesión de Uuin'.auahuel, de L "nglier, los tres pe Lntouio Muñoz, Vera, el carpintero Mancilla i yo; nos

acompañaban también dos mozo* de Cárdenos, un tal Villarroel i un cholo de Raneo, 1! lo Guaraman. Antileghen debía coaducirn >ldos de Huincahual en donde \ i\ ia.

I. ■ • I 180 C0miti?a que un me había salido de. Puerto

ntt perfectamente bien pi de equipajes, víveres e ilusiones,

rol o el ni.-' Losti

1 tballo, con un cui ro i una {rasada

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por montura, i como riendas un lazo: gracias a un poncho que había cambiado a Quintanahuel por harina, tenia con que cubrirme; lo demás del i raje consistía en ia cam i a i pantalones: en la cabeza guia sirviéndome de tocado, la elegante boisa de la guitarra: loe víveres rían un poco de harina i una oveja que me había regalado la carica en la esperanza de ser retornada jenerosamentr. a mi vuelta. Las frasadas i los cueros del aparejo de la muía nos iban a servir de cania.

Saliendo de Lali-Cura, asi se llamaba ese lugar, subimos a una mesetade grande estension; estábamos apenas en el medio déla meseta cuando nos alcanzó el viejo Paillacan; tenia muchas ganas de poseer el sombrero que Lenglier habia salvado del naufrajio i venia a hacer una última tentativa para apropiárselo. Le di a entender que mi compañero, teniendo la cabeza enferma, no podia esponerla a iot rayos del so!; i para distraer su atención me saqué una camisa i sé la reíraléicon esto se retiró medio satisfecho. Atravesada la meseta i bajando a una quebrada, nos hallamos en las orillas de un rio bastante caudaloso, llamado Caleufu, en donde un mes después hemos vivido algún tiempo i del cual hablaré mas tarde con pormenores. Allí nos alcanzó la hija de Antileghen que habia acompañado a su padre durante tres meses de cacería. Para montar acaballo las indias se fabrican con muchos pellejos i cojines de lana, una especie de trono de forma cilindrica i bastante elevado; sentadas encima, apenas alcanzan sus pies al pescuezo del caballo. Llevaba ademas un sombrero redondo de paño azul con una semi-esfera de bronce en la cima i en vez de una concavidad para la cabeza, tenia una almohada redonda; todo el aparato sujeto por un fiador de cuentas en la barba i una cinta por detras; una caballada completábala comitiva.

Atravesamos el rio con el agua hasta el pecho de los caballos, entramos en una quebrada, i encimamos una meseta mucho mas grande que la otra, en donde caminamos como veinte o treinta kilómetros sin encontrar el menor accidente de terreno: teníamos delante un gran pico nevado, que mas tarde supimos era el volcan Lagnin. Llegados a la estremidad de la meseta, bajamos a un valle en donde corría un rio; estensos pastales bordeaban las orillas i en la mas cercana estaban los toldos del cacique Huincahual. El cacique me recibió bien i alojé en su toldo. Antileghen, a quien habia regalado alguna harina no quiso quedarse airas en jenerosidacl i me retornó una oveja muí gorda que luego hice matar. Huincahual tenia mas mocetones que Paillacan i muchos entendían ci castellano. Aquí encontra-

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nlos a un dragón de Puerto-Carmen o Patagones, que habia traido a los caciques la invitación para ir a esa ciudad, con el objeto de hacer tratados de paz. Conversé con Huincahual, Anlileghen pasaba la palabra i como estábamos cerca de Huechuhuehuin que cita a cada instante Villarino en su diario, le pregunté si no sabia nada de él; me contestó que su padre le habia dicho haber conocido a este español cuando subió el rio desde el Carmen en unos botes con cañones, trayendo mucho pan duro (galleta); le pregunté también si sabia que habia existido antiguamente cerca de Nalhuel-huapi una misión de cristianos; me dijo que su mujer descendía de los Limaichées que vivían cerca de la misión i que el lugar de ésta se llamaba Tucamalal. Sonidos diferentes de los que habían herido mis oidos en los toldos de Paillacan me hicieron preguntarles si no hablaban por acaso el mismo idioma, i supe que ademas del idioma Pehuenche o Araucano, hablaban también la lengua Tehuelche, porque habia muchos de esta raza.

El estero del Quemquemtrcu en cuyas orillas se hallan los toldos de Huincahual, corre en un valle bordeado por lomas suaves; todo el fondo del valle es tapizado de un pasto alto, en donde pacen en libertad loscaballo3. Este valle como lo vimos en seguida, tiene ocho

0 doce kilómetros de largo i uno de ancho; no lejos está el rio Chimehuin, atinente del Limayi que Villarino UamaHuechun. La leña es escasa; en unas quince leguas, apenas hemos encontrado uno que otro arbusto, por eso, como también por el poco pasto, no están juntos los toldos, sino desparramados a lo largo del valle. Por la primera vez allí vi coser a las mujeres; usan nervios de avestruz o caballo en vez de hilo, i por aguja, uno lezna de zapatero; apesar de la imperfección de esos útiles, cosen con mucha destreza i velocidad. Dormí en el toldo de Huincahual en la misma cama con el dragón arjentino; Lenglicr con Argomedo, en el de un indio viejo llamado Jacinto que al día siguiente contestó a Cárdenas un disparate curioso que referiré: Cárdenas le había comprado un caballo por dos botellas de aguardiente: cuando se hizo el convenio, nuestro viejo Jacinto, tenia ya la calaza encendida, i cuando se trató de pagar, negó todo, ¿pero,

, } voi a perder entonces mi aguardiente? puede conti a mucha sangre fría el Tehuelche; pero tu h mal

al dármelo cuando estaba ya ebrio.

\í ilc enero. -Al amanecer, Hunicahual me rogó que antes de liarme, lo escribiese, una caita para don Romualdo Patino,

1 Cluinchilca, misión de la provincia de Valdivia, «obre un pleito

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cjuc tenia allí un iiulio suyo. El pehuenche había com ttido seguramente alguna picardía cu ese lugar i le Uabian detenido un caballo. ríbí; el lenguaraz de Hunicahual me traducía las palabras del viejo cacique. La carta decía: "que todos los indios en ¡enera] i los de Hunicahual en particular, eran ¡ente honrada, que mantenían buenas relaciones con los chilenos, ¡que en el ínteres de todos debía reinarla paz i la buena fé, que el Elunícahual trataba bien i hacia respetar a los chilenos que venían a comercial- a sus tierras, i era justo que también en la otra banda se respetase a su jente etc.," i después hablaba del hecho. Concluida la carta, la pa?é al cacique para que la fírmase; la firma fué muí simple: se contentó con trazar una pequeña línea en forma tle caracol.

Iba a despedirme de Iluíncahual, penetrado i conmovido por I03 sentimientos de justicia i equidad de este honrado cacique, cuantío me hizo una proposición, que después déla carta que había escrito, me dejó estupefacto: quería el buen hombre, que le dejase dos de mis mozos, ¿cómo esclamé, tu me mandas escribir una carta, en dónde haces lucir tu amor a la justicia i a la equidad, i después me vienes con una proposición que quebranta todas sus leyes: quieres que le dé dos de mis mozes? ¿Crees buenamente que estos honrados chilotes son cosas i no cristianos, que se pueden regalar a un amigo, como se regalaría una yunta de bueyes,? me había escuchado Huincahual, mis ademanes le fueron esplicados por la traducción de mis palabras que le hizo el lenguaraz; me dijo que sentía lo que había sucedido, que él no tenia la culpa, pero sí su hijo, que le había soplado al oído, la idea de esa proposición. Nos separamos buenos amigos.

Por la mañana habia mandado adelante a los tres peones; como a las ocho o nueve nos pusimos en camino. El fiel Tigre, con las patas hinchadas por las espinas que cubren el suelo, nos seguía con trabajo. Caminamos por un sendero en medio del pasto, i anduvimos una hora hasta un estero, tributario del Quemquemtreu, en donde nos refrescamos con agua i harina tostada; un poco mas lejos atravesamos un rio dos o tres veces i entramos en una quebrada, en Jo alto de la cual había una meseta donde soplaba un viento helado. En ese momento pasó cerca de nosotros un indio de cara cobriza, nos acompañó un rato i después seguió adelante: mas tarde encontraremos otra vez a este personaje. La vecindad délas cordilleras, se dejaba sentir ya, tanto por la temperatura, sensiblemente mas baja como por los árboles que eran menos escasos. A la bajada de la meseta, entramos en un manzanal silvestre, i galopando algún tiempo líe-

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sramos al anochecer a una colina adornada de manzanos, i situada un poco a la izquierda del camino. Al rededor de los manzanos, se veían siembras de habas, arvejas i maiz: este lugar era habitado por un indio rico llamado Antinao. Sus toldos estaban una legua mas lejos. Un gran fuego i un sabroso asado de oveja, nos puso en buen estado para pasar la noche. El carpintero i Muñoz, como caminaban a pié, se habían quedado atrás, pasaron sin vernos, alcanzaron a los toldos i hallaron a los indios ocupados en embriagarse; invitados, lueo-o imitaron el ejemplo de sus huéspedes, como lo vimos a la mañana siguiente.

13 de enero. — Al amanecer, llegaron a caballo Antinao i su hermano Coila; estaban en guerra abierta con las leyes del equilibrio, resultado de la borrachera del dia anterior; a pesar de eso, me gustó el primero; tenia la cara despejada, franca, i de color menos cobrizo que los otros indios que ya habia visto: me besó la mano en señal de fraternidad, hice lo misino, i nos invitó a ir a sus toldos. Le dejamos partir adelante i le seguimos. Llegando, encontramos a su hijo vaciando el resto del barril de aguardiente. El carpintero i su companero que se habían embriagado el dia antes, no tenían las ideas mui lúcidas. Antinao les habia hecho promesas magníficas, si querían quedarse para construirle una casa; creyeron que todos los dias se parecerían al precedente, i seducidos por e3te porvenir con color de aguardiente, me pidieron licencia para quedarse hasta mi vuelta: después de muchas observaciones se Ja di. El perro Tigre mas acostumbrado a la sociedad de ellos que a la nuestra, i como estaba mui despeado, se decidió a compartir su suerte. Regalé chaquiraa i cuentas de vidrio a las indias, i viendo unos avestrucitos domesticados, como tenia ganas demandar uno a mi familia en Valparaíso, pedí que me lo diesen como en retorno, i me fué concedido; graciadamente murió a los tres dias. Nos despedimos de Antinao pU8Írnosen marcha; nuestro batallón sagrado se había disminuido de «lo- de bus miembros. Caminamos como una legua faldeando colina , i bajamos a una pradera, a la izquierda de la cual se divisaban alguna de paja. Allí, nos dijo Cárdenas, que vivía el cacique Trun i. Queriami uir adelante, pero habíamos con Lado sin nuestro hue ped, como dice el adajio, o mejor sin el indio

que habían lia áni e cuando nos dejó, habia

alcanzado a los toldos de Tru n en dond , Allí habia

lariua: lanío mas que un individuo llamado Dáonlesii Valdivia, habia contado a w\\ Pehuenche que an

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