Viajes de un Colombiano en Europa, primera serie · Unidad 13 de 76
CAPITULO II. — parte 1
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ASPECTO GENERAL DE LONDRES.
Las grandes calles.--Costumbres diversas,--Miseria y beneficencia. --Contrastes dolorosos.--Reflexiones sobre el pauperismo.
Mi residencia en Lóndres fué tan corta que á decir verdad, no alcancé á ver sino los rasgos generales de su fisonomía. Lóndres es tan colosal, tan complicada en su estructura material, que para recorrerla en todas direcciones y escudriñar sus secretos se necesita un estudio permanente de algunos años. Y sinembargo, qué extraño fenómeno se encuentra en el carácter de esa inmensa metrópoli! Si para averiguar toda la estadística de Lóndres es indispensable una larga observacion, para comprender su estructura general bastan quince dias bien empleados.
París tiene apenas la mitad de la grandeza positiva de Lóndres, y sinembargo, para estimar en todo su valor la capital francesa se requiere mas tiempo que para conocer á Lóndres perfectamente. ¿Por qué?--La razón es obvia: Londres no es absolutamente otra cosa que la metrópoli de la industria y del comercio del mundo,--es decir, el reflejo colosal de una de las grandes faces de la civilizacion; mientras que París es la metrópoli de la civilizacion en todas sus manifestaciones;--es una fisonomía compleja y de mil colores. En Londres todo se reduce al movimiento de la riqueza material, con raras excepciones. En París no solo se ve la riqueza en acción,--sino que tambien se encuentran reunidos todos los tesoros del arte, de la ciencia y de cuanto hay de espiritual y delicado en el refinamiento de la humanidad.
Si la gran capital británica tiene espléndidos jardines y museos, famosos templos, palacios y puentes, parques magníficos, bancos opulentos y multitud de monumentos dignos de atención (generalmente nuevos), los lugares donde esa sociedad debe ser estudiada preferentemente para comprender su condición moral, social y económica, son: la _prensa_, las _calles_ y el _Támesis_. Es allí donde Londres se revela con toda su evidencia, al través de su ruido ensordecedor, á los ojos del viajero que observa y medita sin preocupacion. Si los monumentos públicos acreditan la fuerza y el orgullo del pueblo inglés, las calles de Lóndres y las orillas del Támesis revelan conjuntamente las debilidades y los vicios profundos como las cualidades de esa sociedad, y la prensa su vida política y económica.
Pero para adquirir la idea completa, no basta recorrer las grandes arterias de Lóndres donde está acumulada su vitalidad: al contrario Lóndres tiene dos caras, la una que aterra y acongoja, y otra que deslumbra. Es preciso verlas ámbas casi simultáneamente, y compararlas sin prevencion, para comprender los contrastes asombrosos del conjunto. Quien saliese de Lóndres después de haber estudiado una sola de las faces del coloso,--verdadera esfinge de la humanidad,--llevaría las ideas mas erróneas, creyendo, según la parte de fisonomía que hubiese visto, que Lóndres es todo opulencia maravillosa, todo progreso y bienestar,--ó bien todo miseria, inmundicia y degradacion suprema....
Examinemos, pues, á Lóndres, empezando por sus calles. No debe olvidarse que Lóndres se ha formado por la reunion paulatina de muchas pequeñas ciudades circunvecinas, ó distritos, á la antigua _City del Tamésis_, privilegiada y poderosa, que ocupa casi el centro de la inmensa poblacion actual. Así, aunque la ciudad es una sola en su apariencia, se observa una profunda diferencia entre el centro y los arrabales. En estos reina principalmente la actividad de la fabricacion, mientras que en el interior está la del comercio;--de manera que en aquella parte están aglomerados centenares de miles de obreros, las calles son mas ámplias, las casas mas diseminadas y ménos altas, y se nota por punto general cierto grado de bienestar modesto que está tan léjos de la opulencia y el bullicio como de las miserias de los barrios centrales. Allí se levantan por millares las altísimas chimeneas de las fábricas, el elegante coche aparece rara vez, los carros repletos de mercancías se cruzan en inmensa multitud, la mendicidad es ménos visible, y el trabajo activo se manifiesta donde quiera, sin el espectáculo del lujo y de los suntuosos palacios y almacenes brillantes.
Pasando de esos arrabales al centro de la ciudad hay un terreno de transición generalmente apacible y hermoso, que se compone de barrios aristocráticos y elegantes, establecidos al derredor de parques de una magnificencia agradable, particularmente hácia el oeste de la ciudad. Allí, en las cercanías de los parques del _Regente, San James, Green-Park, Hyde Park_ y otros varios, están los ricos palacios, las elegantes quintas de suntuosas fachadas, las bellas casas de tres ó cuatro pisos nomas, que habitan las gentes acomodadas, los palacios de recreo y de residencia real, y en fin toda la parte de la ciudad destinada exclusivamente al _comfort_, donde en vez de fábricas y almacenes no hay sino paseos, mansiones mas ó menos aristocráticas, calles anchas, limpias y tranquilas, plazas en cuyo centro se mantienen dentro de verjas de hierro bellísimos jardines, y todo lo que puede revelar el buen gusto y la comodidad.
Si las fábricas y las clases trabajadoras sedentarias ocupan los arrabales, y la sociedad elegante está agrupada al derredor ó en las cercanías de los parques, así como en algunas grandes calles del centro, tales como la de _Piccadilly_ y otras vecinas, el gran foco de los negocios y la actividad comercial se encuentran en los barrios centrales. Es recorriendo á _Oxford_ (la calle) _Regent_, el _Strand_ y las calles mas animadas de la _City_, como _Ludgate, Cornhill, Cheapside, etc._, que se puede admirar ese flujo y reflujo de gentes, de coches, de mercancías y de cuanto puede causar ruido; ese hormigueo de mendigos asquerosos frotando sus harapos con las capas suntuosas de las damas elegantes; ese inmenso conjunto de almacenes y tiendas de variedad y riqueza increibles; ese ruido sempiterno y complejo de mil ecos que proceden de las voces mas heterogéneas; ese conjunto grotesco de ventas de víveres, de órganos de Berbería, de artistas callejeros y extravagantes, de saltimbancos brutales y adiestrados en la explotacion de los necios, de pilluelos ladrones espiando toda ocasion de hacer su negocio; ese ir y venir de cocheros insolentes, verdadera canalla entre todos los bribones del mundo; ese espectáculo de oro y mugre, de grandeza y oprobio, de orgullo y prostitucion, de hambre y egoismo, de lujo y aniquilamiento social....
Lóndres tiene dos grandes aristocracias, á cual mas curiosa, que reinan en todos sus barrios: la nobleza, orgullosa en extremo, pero que, no obstante su orgullo, fundado en el nacimiento y la riqueza, tiene cierta elevacion de ideas debida á la instruccion y á la ingerencia activa en los negocios públicos; y la aristocracia monetaria, familia de banqueros y especuladores de bolsa, de comerciantes, fabricantes y usureros que, salidos de la nada, á fuerza de especulaciones laboriosas, cuando llegan á la opulencia suelen olvidar su origen, renegar la santidad del trabajo que les dió fortuna, y sentados sobre pilas de oro como sobre tronos invulnerables, miran con desprecio á veces á la multitud como un enjambre de viles insectos! Esta segunda aristocracia, la mas noble por su origen--el trabajo,--pero la mas odiosa en parte, por su conducta,--el egoismo y el orgullo,--es la que tiene la soberanía en el centro de Lóndres.
¡Y qué contraste el que hacen las carrozas doradas de esos banqueros millonarios y esos nobles opulentos, con los harapos hediondos y ridículos de millares y millares de mendigos! Los unos salen á ostentar su grandeza, y brillan á la luz del sol ó de las innumerables centellas de gas que iluminan las calles, persuadidos de que la turba los admira como semidioses. Su orgullo les hace mirar como animales á sus semejantes que rodean la carroza, hambrientos, agotados de fatiga, degradados por todos los vicios y luego pisoteados en las grandes calles por los caballos que tiran la envidiada carroza. ¡Engaño miserable del orgullo! Esa turba macilenta y enhambrecida ve pasar á los poderosos con un sentimiento de odio profundo que los contrastes envenenan. Cada uno de esos pobres párias de la sociedad se dice con despecho sombrío: «Muchos de estos hombres tienen cien, doscientas, quinientas ó mas libras esterlinas de renta _por dia_, ó cuando ménos veinte,--miéntras que yo apénas puedo conseguir, cuando mejor me va, tres, cuatro ó seis peníques para mantenerme con inmundicias.... Lo que uno de esos señores gasta en uno solo de sus magníficos caballos sería bastante para asegurar la subsistencia de toda mi familia.... Los perros de ese lord son mas respetables y felices que yo; y la querida de ese banquero gasta en sus guantes cada semana mucho mas de lo que mi esposa, que es honrada, gana con sus fatigas de un año entero....»
¡Quién sabe cuántas maldiciones acompañan los suspiros del miserable indigente que así piensa, en tanto que el noble lord medita en el proyecto de una cacería ó en la seduccion de una jóven, ó el banquero egoista va calculando las ventajas de su juego de bolsa!
La noche es el momento mas propicio para recibir el golpe de vista de las calles de Lóndres en su parte mas concurrida. La luz del sol es casi siempre triste y opaca, y solo al reflejo de la iluminacion deliciosa que produce el gas se destacan las figuras con toda su energía y se ven en toda su verdad los contrastes de luz, de sombra y claro-oscuro. Es entónces que _Oxford_ y _Regent street_, el _Strand_, y todas las grandes arterias del movimiento tienen su espléndida fisonomía que pasma. Téngase presente que Lóndres cuenta casi tres millones de habitantes,--que la afluencia de viajeros de todos los puntos del globo es inmensa,--que durante la noche toda la poblacion indigente y la obrera sale á buscar en las calles limosna ó distraccion,--que la circulacion de coches es de 13,000 por hora, por término medio, sin contar los millares de ómnibus y carros, cuyo conjunto asciende en la ciudad á la enorme cifra de 80,000 vehículos de ruedas,--y por último, que la noche favorece las transacciones de todo género y las escenas de galantería á que da lugar la prostitucion,--y se comprenderá toda la complicacion del cuadro inmenso que se ofrece á la vista.
Los almacenes y las tiendas, espléndidamente iluminados por el gas en el interior y el exterior, ostentan la infinita variedad de los valores que contienen, en términos que las muestras nomas, expuestas en las fachadas y entre vidrieras luminosas, representan capitales ó fortunas considerables. El oro, la plata, el cobre, el acero y todos los metales bajo mil formas, brillan donde quiera en moles tentadoras para la multitud,--miéntras que los diamantes, todas las piedras preciosas conocidas y los cristales de imitacion, incrustados en una joyería de inagotable variedad, multiplican los reflejos de la iluminacion, dándoles á las calles no sé qué aspecto de fantasmagoría hechicera ó prodigiosa como los cuentos de las _Mil y una noches_. Todo lo que la industria puede producir, lo que el arte y el refinamiento son capaces de labrar para alimentar la pasion del lujo, y cuanto es posible desear para satisfacer todas las necesidades y todos los caprichos, se ve allí detras de los cristales, realzado por la reproduccion de la luz y por el bullicio de un mundo que fermenta sin cesar, mirando, comprando, codiciando, vendiendo, agitándose en todas direcciones.
El viajero que no está habituado á esas escenas, que viene de las soledades del Nuevo Mundo y trae nociones y recuerdos enteramente exóticos en esa Babilonia del comercio, cree asistir á una representacion fantástica, vivir soñando ó contemplar, al traves de los lentes de un cosmorama, una coleccion extravagante de dibujos chinescos ó de figuras producidas por el delirio de un artista invisible y febricitante. Dichoso el que, trayendo formado su corazon y preparado su espíritu á todas las sorpresas y al estudio atento de todos los prodigios y fenómenos de la civilizacion, tiene la fuerza de resistir, sin dejarse deslumbrar, á esa fascinacion que todo lo desconocido y lo grande ejercen sobro las almas impresionables y sencillas!
En ninguna parte es mas extremoso el lujo que en Lóndres, ni se exageran con mas extravagancia las modas y toda clase de invenciones. Allí falta en general la verdadera elegancia,--la que consiste en la sencillez y el gusto delicado,--y hasta en el modo de insinuarse las gentes de la clase media y de las masas hay un fondo de grosería y de insolencia, no sé qué de tosco y áspero que repele y produce disgusto. Allí faltan ese pulimento y esa gracia que cautivan, y que son siempre el resultado de la educacion social y de los espectáculos que le inspiran á la multitud el gusto por el arte y la espontaneidad seductora en las maneras. Como en Lóndres todo es frio y severo, cuando no sucio, en los edificios públicos, el pueblo no ha podido hacerse fino ni simpático. Y como la libertad individual no está unida á la igualdad social, sino que el orgullo de las aristocracias ha establecido una valla profunda entre las clases, todo el mundo, altivo con su personalidad é insociable, se cree con derecho de ser brusco y ordinario en su porte, sin cuidarse del efecto que produce su modo de insinuarse. Allí se considera tiempo perdido el segundo que se gasta en saludar ó pronunciar una frase cortés y agradable. El interes domina en todo y cada palabra tiene su precio.
Recuerdo à propósito de esto un incidente que me impresionó mucho. Una noche, paseándome por _Regent Street_, tropecé con una mujer hermosísima y lujosamente vestida, que me miró al pasar, como por casualidad. Despues de dar dos ó tres pasos dejó caer un pañuelo de olan, y yo con mis preocupaciones colombianas de consideracion hácia las señoras, tomándola por tal, levanté el pañuelo y quitándome el sombrero para saludarla con respeto, le presenté su perfumado batista. La contestacion fué darme un apreton en la mano, muy significativo, y engarzar su brazo del mio sin decir una palabra. Lleno de admiracion, la miré con estrañeza, apartándome, para hacerle comprender que sin duda se habia equivocado; pero sin desplegar los labios volvió á darme un apreton capaz de magullarme el brazo, Entónces comprendí que estaba al lado de una indigna _loreta_ y le volví la espalda con desprecio. Mas tarde supe que esas bellas y lujosas cortesanas, que se cruzan á millares por las calles de Lóndres, se valian siempre de artificios como el del pañuelo para sus impudentes provocaciones.
Todas esas mujeres son como estatuas, á juzgar por su exterior. Hermosas admirablemente, frias y calculadoras, sin gracia ninguna en su actitud, recargadas de seda, volantes y cadenas (fruto de su degradacion), y siempre con el ojo atento á adivinar al extranjero que pasa por delante para atraerle con demostraciones descaradas, esas mujeres son la ignominia mayor de Lóndres, mil veces mas despreciables que el ratero ó el mendigo borracho á quien pisan al pasar. Feliz el viajero que, sabiendo estimar su propia dignidad y toda la santidad y el espiritualismo del amor, desdeña á esas mujeres,--mercancías que se venden públicamente al mejor postor, sin pensar en el hospital que las aguarda para el tiempo de la miseria, la fealdad y el remordimiento!
Uno de los rasgos característicos de Inglaterra es la tendencia hácia la ostentacion aristocrática, que se manifiesta en todas las clases, y sobre todo ¡quien lo creyera! en los mendigos y las gentes mas miserables. En Inglaterra, y particularmente en Lóndres, el indigente carece de la _conciencia_ de su posicion. Si hay un estado que exija mayor dignidad ó estimacion de sí mismo para soportarlo, es el de la pobreza. El indigente debe llevar en su exterior _la lógica de su indigencia_, que es su dignidad. Pero eso no sucede en Lóndres, la tierra clásica de la _librea_ y la ostentacion. El mendigo se viste como el lord, con la casaca del conde ó baronet, del banquero ó del ministro, con la diferencia de que los vestidos de estos son brillantes, limpios y magníficos, miéntras que sobre los miembros del obrero enhambrecido ó del indigente que pide limosna están asquerosos y hechos hilachas.
He visto innumerables fruteras en las calles con gorras y chales de las señoras aristocráticas;--los limpiabotas cubiertos de oropeles y bordados, y los salta-caños y _chimny-sweepers_ (frotadores de chimeneas) ataviados con casacas y sombreros que en su primera época de servicio activo cubrieron á millonarios y lores del Parlamento. ¿Por qué esos disfraces innobles y ridículos que hacen de la escena pública un carnaval? El espíritu aristocrático y la vanidad los explican. El lacayo hereda los ricos vestidos del amo, ya usados;--el mercader de trapos se los compra al lacayo cuando están viejos;--el remendon y el limpia-botas los toman del ropavejero, ya remendados, y al fin, cuando los harapos galonados empiezan á deshacerse de viejos é inmundos, llegan hasta donde el mendigo ó el salta-caños, en cambio de algunos peniques. ¡Tal es la sucesion de las clases sociales en Lóndres! Ellas descienden de lo mas alto hasta lo mas bajo, sin que en todas las gradas de la escala falten el orgullo, la vanidad y el espíritu de ostentacion é imitacion.
Es increible hasta dónde llega la fecunda inventiva de los vagamundos, los caballeros de industria, grandes y pequeños, y los perezosos é indigentes, para crearse pequeñas manipulaciones y oficios de explotacion de los ociosos, en infinita variedad. Podrian escribirse volúmenes enteros solo para explicar las mas conocidas de esas _pequeñas industrias_ que ocupan á los que quieren vivir en la vagancia, degradándose en las calles con ejercicios que son el deshonor de la sociedad, porque presentan al sér racional como inferior al bruto. Entre esas industrias hay una que tiene verdadera utilidad, pero que provoca la risa por su original extravagancia: la del _hombre-aviso_. Como Inglaterra es el país de los anuncios y los rótulos en supremo grado, no se considera bastante hacerlos circular en los diarios y en los cartulones de las esquinas, y así como hay _individuos-escobas_ y de peor condicion aun, hay _hombres-avisos_. El hombre-aviso es de dos especies: parlante ó _berreante_, y de _bulto_; el primero no tiene mas oficio que andar por las calles dando gritos atroces, que parecen graznidos de un ganso, cuando no berridos de un ternero, haciendo saber al público un suceso industrial cualquiera, con la direccion del empresario ó interesado en el asunto. El segundo es un aviso mudo: el pobre diablo va metido entre un enorme farol de papel ó de género blanco, iluminado durante la noche, en cuyas cuatro faces está escrito en letras monumentales el anuncio de alguna empresa, artículo en venta ó cualquier otro objeto; y la obligacion del portador ó esquina ambulante es vagamundear por todo Lóndres, en absoluto silencio, mostrando su armazon elocuente, y soliendo á veces, por via de figura oratoria, estrellar su farol contra las narices de algun pasante distraido. El _hombre-aviso_ gana por dia tres, cuatro ó seis peniques, cuando mejor le va!