Viajes de un Colombiano en Europa, primera serie · Unidad 22 de 76

CAPITULO V. — parte 3

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Londres tiene también, como curiosidades artísticas, algunas plazas públicas muy notables, no por lo que son en sí mismas, sino por los bellos monumentos que contienen en su centro. De este género son: la espléndida plaza de _Trafalgar_, que contiene la estatua monumental de Nelson, cuya elevacion es de 276 piés, las de Jorge IV, sir Charles James Napier, etc.; la plaza de la Bolsa, donde se levanta la magnífica estatua ecuestre de Wellington; la de _Cheapside_, en cuyo centro está la figura severa y varonil de Robert Peel, el gran reformador inglés; _Hyde-Park_, donde se ven la estatua de Aquiles y otra de Wellington;--y otros cuantos _squares_ que ostentan estatuas consagradas á hombres mas ó menos históricos.

En general esos monumentos son muy severos y sencillos, pero las estatuas ecuestres ó pedestres son de mal gusto y ejecucion artística imperfecta. La contemplacion de esos monumentos de la gloria de los grandes ciudadanos y de la gratitud ó admiracion del pueblo, me causaba profundo placer, porque en Inglaterra esas demostraciones no son obra de los gobernantes, sino de la espontaneidad de la opinion pública, que discierne el premio con independencia.

Un pueblo que sabe honrar la memoria de sus grandes ciudadanos, eternizándola en el bronce ó el mármol, en las plazas publicas, á la vista de todo el mundo, no puede ser jamas esclavo. Su culto consagrado á la figura inmóvil del patricio, mantiene el fuego del patriotismo, el orgullo nacional legítimo, y el estímulo que impele á buscar la grandeza y la gloria en los actos sublimes de abnegacion, desinteres ó heroismo. Y el día de un conflicto popular, la multitud sabe que su punto de reunion es al pié de la estatua venerada, porque ella le recuerda al ciudadano lo que valen el derecho, la libertad y el honor del individuo y de la patria.

Sin embargo del grandísimo interes que encierra Lóndres, esa capital-nacion, millonaria en todos sentidos, no se siente una impresion penosa al dejarla, Cuando uno llega á los últimos suburbios de la inmensa metrópoli (viniendo de Colombia), experimenta una sensacion inexplicable, en la cual hay como una mezcla de miedo y curiosidad, de ilusion fantástica ó fascinadora y duda, Uno se prepara á no encontrar donde quiera sino grandeza y maravillas.

Al salir de Lóndres con direccion á Paris (de cuyas condiciones se tiene por prevencion una idea muy simpática) el viajero no siente ni alegría ni tristeza, sino laxitud, cansancio ó cierta indiferencia. Lleno de desengaños, lleva la impresion del contraste social que se revela en la suprema opulencia y los mas admirables progresos de la civilizacion, al lado de supremos infortunios, horribles desigualdades, y espectáculos de miseria y degradacion increibles y jamas conocidas en el Nuevo Mundo. Así, al dejar á Lóndres se siente no sé qué alivio, porque se ha librado uno de aquel hormigueo de gentes que desvanece, de aquel inmenso ruido que aturde, y de la fascinacion opresora de tanta grandeza (en lo bueno como en lo malo), que le arrebata al espíritu su libertad de acción y su personalidad.

--El 23 de marzo, á las ocho de la noche, esperaba yo en la vastísima estacion de _London-Bridge_ el momento en que debía partir el tren expreso por el ferrocarril de Dover. Las gentes de la Aduana hacían su oficio, pesando los equipajes, sellándolos, etc., de manera que, desentendiéndome de mi equipaje, pude ir hasta París libre de registros é incomodidades fiscales. Al cabo se oyó el silbido prolongado de la locomotiva;--tomamos nuestros asientos en los mullidos vagones, y partimos como el huracán bajo las sombras interrumpidas de las bóvedas del embarcadero y de los _túneles_ del camino ya léjos de la ciudad, la cual parecía un colosal fantasma, de formas extravagantes é indefinibles.

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