Viajes de un Colombiano en Europa, primera serie · Unidad 34 de 76

CAPITULO V. — parte 1

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VALENCIA Y SU VALLE.

Una aduana española.--Del Grao á Valencia.--Estructura y panorama de la ciudad.--Un juicio de aguas.--Tipos sociales y costumbres.

Al acercarse el vapor al seno del vasto golfo de Valencia, pude ver destacarse á lo léjos, confusa pero pintoresca en su llanura, la ciudad de Castellon de la Plana, situada á corta distancia de la costa. Casi oculto el caserío entre la vegetacion de las cercanías, no se distingue sino como una sombra vaga; pero se reconoce dónde está situado. Despues se penetra al seno del golfo, en el puerto del Grao; detestable de suyo, pero artificialmente mejorado en lo posible.

Llegó el momento de tocar con la aduana y los carabineros, esos cuervos marinos del comercio. Honrado por inclinacion y educacion y extraño á todo contrabando, me irritaba en el primer momento, á cada nuevo registro, como si por mi sola figura pudiera estar exento de inquisiciones aduaneras. Los compañeros me decian: «Haga U. como nosotros y no le incomodarán con el registro.» Y las _pesetas_ se deslizaban de las manos de los viajeros á las de los guardas y carabineros, con presteza y disimulo, dando por resultado infalible el paso de los baúles y maletas sin registro. Detesto con toda mi alma las aduanas; pero detesto mucho mas la corrupcion. Así, incapaz de incitar á ninguno á que faltase al cumplimiento de su deber, me resigné á dejarme registrar mis efectos tres veces entre el Grao y Valencia (¡6 kilómetros!). Los guardas me miraban con curiosidad, vacilando en abrir, como si pensaran en decirme: «No sea U. tonto; suelte unas pesetas al descuido, y adelante.»

España es el país de los trabajos y las formalidades inútiles, con el solo objeto de darle ocupacion á la autoridad y de hacer reglamentos que no se cumplen. De ahí resulta que España es el país clásico del contrabando. El sueldo eventual que los viajeros le pagan á cada guarda es siempre superior al que le da el gobierno. Por tanto, el guarda es el mejor y mas seguro agente del contrabando. Como la autoridad, con sus trabas inútiles, está en lucha permanente con el individuo, todo el mundo tiene la conviccion de que es justo burlarse de la ley. Y como el guarda sería un mártir si cumpliese todo su deber, se limita á las apariencias, y tiene interes en dejarse corromper.

No he visto un país donde haya, comparativamente, tantos empleados como en España. Allí, al contrario de un trivial axioma de administracion, se profesa el principio de tener «muchos empleados, y mal pagados.» La empleomanía es una enfermedad endémica; pero la corrupcion oficial que la acompaña es un cáncer. Así se explican la corrupcion general de los partidos y el desgobierno en que vive el país de mas reglamentos y de mas empleados. Es que el _gobierno_ no es la obra de los gobernantes, sino de las instituciones y los pueblos. Mas adelante tendré ocasion de hacer ciertas observaciones importantes de este género, pues Madrid, Málaga, Cádiz y Santander me suministraron la ocasion, como Valencia.

El pequeño trayecto del Grao (poblacion puramente marítima, de 2,800 almas y de regular movimiento) á la ciudad de Valencia, reina de la suntuosa _Huerta_, se atraviesa de dos modos: ó en _tartana_, por la vía carretera, gastando tres cuartos de hora; ó en ferrocarril, en seis ú ocho minutos. Preferí la primera via, por gozar de los encantos del paisaje, porque ver una comarca en ferrocarril es como tomarse un manjar á grandes bocados: ni se le toma el sabor, ni se mastica y digiere.

El camino del Grao á Valencia es una espléndida calle, cuyo pavimento es la arena, cuyo cuadro es una primorosa campiña, y cuyos edificios son cuatro inmensas hileras do álamos y chopos gigantescos; de pompa secular, que enlazando sus ramas de un lado á otra forman una bóveda moviente de 5 á 6 kilómetros. A los lados se destacan graciosas casas campestres en gran número, cubiertas de paja, pulcramente blanqueadas y rodeadas de jardines y huertos perfumados. Detras agitan sus copas de un verde oscuro las moreras, salpican el campo los simétricos viñedos, ú ondean como lagos de verdura los entables de trigos, dominados á veces por las flotantes espigas y las rubias cabelleras de las cañas de maiz. Aquel paisaje es de suyo primoroso; pero cuando se le ve viniendo uno de surcar las soledades del mar, su encanto es indefinible. El corazon late y respira como si sintiese una resurreccion. Es que en el mar el corazon enmudece y el espíritu trabaja solo; miéntras que en la tierra el sentimiento recupera su imperio.

No hay una ciudad que revele tanto como Valencia la lucha de siete siglos en que estuvieron tenazmente empeñadas dos razas y dos civilizaciones abiertamente opuestas. Todo indica allí la imposibilidad anterior de la fusion, y la existencia de una sociedad engendrada entre sangre y odios por el árabe conquistador en el seno de la goda vencida, y luego trastornada por la reaccion de los conquistados sobre los conquistadores. La raza, la lengua, la arquitectura, las costumbres y la industria, son una _mezcla_, no un _amalgama_ de formas heterogéneas, conservando cada cosa su tipo característico. La vieja España y la Arabia moruna viven allí conjuntamente, codeándose, entrechocándose, y rara vez armonizando en realidad. Tal parece como si la guerra de los moros no hubiera terminado en Granada, sino que continúa en Valencia.

Veamos el conjunto de Valencia y su valle, y despues diremos algo sobre los pormenores. La renombrada Valencia, perla conquistada por el Cid campeador, cuya Huerta fué llamada por el historiador Mariana _los Campos Eliseos_, está dividida por el rio Turia (reducido en el verano á _cauce_), y tiene á su derredor muchos arrabales, así como vastas pero ya inútiles fortificaciones. La poblacion interior alcanza á 66,000 habitantes, pero la total es de mas de 106,000. Aparte de su importante y muy valiosa produccion agrícola, de que luego hablaré, y de algunos trabajos de arte, se distingue por su fabricacion de sederías y sus tejidos de lana muy graciosos, tales como las moriscas _mantas_ de colores, que reemplazan la capa ó hacen el papel de la _ruana_, ó _poncho_ ó _sarape_ de Colombia.

Valencia tiene numerosos y regulares institutos de instruccion y beneficencia, que la hacen interesante, y cuenta muchos monumentos en cuyo interior hay verdaderas preciosidades artísticas. Notablemente se distinguen en esto la Catedral y la iglesia de los _Desamparados_ únicos templos que pude visitar.

Para tener una idea exacta de Valencia, ciudad de la mas extraña fisonomía, es necesario subir hasta la altísima plataforma de la octógona torre de la catedral, edificio, singular, independiente del templo y que arranca desde el exterior del muro de la fachada, sobre la plazuela misma. El templo es sin duda interesante en su interior, por algunos detalles artísticos muy bellos, y sobre todo por su asombrosa profusion de mármoles que cubren los muros. Pero el conjunto carece de gusto. Es un templo remendado, construido en el sitio de la gran mezquita, con una mezcla informe de obras góticas en la forma general y complementos del Renacimiento, como la cúpula; donde se ven las ogívas góticas mano á mano con las molduras y los dorados de orden _compuesto_, clamando á Dios unas y otros contra los incongruentes arquitectos. El templo es ademas muy sombrío, de modo que sus adornos interiores pierden por falta de luz gran parte de su valor.

Súbese á la plataforma de la pesada torre por 206 grades de piedra en espiral, y al hallarse en la altura se experimenta de repente una sensacion indefinible. La hermosura del paisaje que de allí se contempla sobrepuja á toda ponderacion, y el que por primera vez (como me sucedia) ve una ciudad como esa, tan esencialmente morisca en sus formas, encuentra poderosamente excitada su curiosidad de viajero.

El espectáculo era simultáneamente grandioso, poético y repugnante. Al tender la vista sobre la ciudad, en derredor, veia el país morisco; y abarcando todo el horizonte, la magnificencia del suelo español y las huellas de una lucha secular de civilizaciones distintas. En el centro de la ciudad lo _pasado_, la historia; al derredor la época moderna.

En efecto, la parte central es la morisca. Calles tortuosas, estrechísimas y en laberinto inescrutable, sucias y con detestable pavimento; casas de una irregularidad absoluta, monstruosas, negras, desmanteladas muchas, semejando verdaderos palomares, agrupadas á la ventura y como encaramadas unas sobre otras.

Y todo ese conjunto informe, semejante á un inmenso monton de peñascos despedazados, dominado por algunas cúpulas moriscas, por una infinidad de azoteas y miradores irregulares, enclavados sobre hileras de ventanillas y troneras y de lienzos de muros dentellados.

Al derredor de lo que fué la Valencia moruna está la Valencia española y los arrabales. Allí hay mas órden en las calles; las construcciones son de arquitectura vulgar y pesada, y se ven pulular por docenas las torres de los viejos conventos de frailes y monjas. Por último, cierran el cuadro de la ciudad las alegres casas campestres, las quintas elegantes, las grandes fábricas y la estacion del ferrocarril, es decir, las señales de la civilizacion moderna, que significa igualmente actividad y comodidad.

Al extender la mirada ¡qué paisaje tan vasto y admirable se registra! Al occidente el cordon de cerros ó montañas desnudas de árboles, que determinan el valle marítimo de Valencia, cerrando el horizonte á distancia de seis ó siete leguas. Al oriente el Mediterráneo, azul blanquecino, tranquilo, surcado por los buques, veleros y reflejando magníficamente los resplandores de un sol casi africano. Encima un cielo purísimo y soberbio de luz y de belleza; y en el fondo del cuadro, hácia todos los lados de Valencia, la llanura mas primorosa del mundo--la opulenta y renombrada Huerta--de donde se exhalan los ricos perfumes del azahar, el jazmin y la rosa, de entre bosques interminables de naranjos ó limoneros que proyectan su oscuro follaje sobre campos de espigas, de simétricas moreras y viñedos, como sobre entables de caña dulce y plantaciones de algodon. Para completar lo pintoresco del paisaje, las innumerables y graciosas casitas campestres, las infinitas acequias de irrigacion (que son las joyas de la Huerta) y los muchos pueblos dispersos en la vasta llanura en situaciones pintorescas, le dan á la escena el tipo de un país eminentemente agrícola y poético. Parece imposible hallar nada tan interesante como la campiña de Valencia.

Habia pasado tres horas en esa muda contemplacion. Al descender de la torre me aguardaba, por una singular fortuna, un espectáculo social que en cierto modo completaba el físico. La plazuela de la catedral, que es muy pequeña, estaba casi llena de gente. Pregunté la razon de aquella pacífica aglomeracion de hombres que tenian el aire de campesinos, y me dijeron que acababa de tener lugar un _juicio de aguas_. La frase me picó mas la curiosidad y seguí preguntando. Hé aquí la explicacion que obtuve:

Los agricultores valencianos gozan de un fuero especial que les fué concedido por uno de sus reyes católicos despues de la derrota ó expulsión de los moros. Ese fuero consiste en el juicio de arbitramento respecto de los litigios que se suscitan entre los agricultores por las aguas ó acequias de irrigacion. En una comarca tan esencialmente agrícola, el agua es el principal tesoro, y ella está distribuida con admirable precision en los campos, mediante una vasta red de canales y compuertas que hacen ir de los rios a todas las campiñas y plantaciones la cantidad de agua necesaria. El gran beneficio del fuero consiste en haber librado á los agricultores de las garras de los abogados y curiales y de la absurda institucion del _papel sellado_.

Cada dos años se reunen los agricultores de la Huerta y eligen los jueces-árbitros de su tribunal, ancianos sencillos, de experiencia en el oficio del cultivador y venerables por su honradez y su buen sentido. Cuando se suscita una disputa entre dos ó mas agricultores por alguna acequia, sea en cuanto á su paso, su extension ó la cantidad de agua, sea en cuanto á la oportunidad del regadío, la cuestion viene al conocimiento de uno de esos árbitros (que muchas veces no saben ni leer) y las partes son convocadas para ir al juicio en cierto dia, llevando sus pruebas testimoniales. El juez, si acaso no conoce (por rareza) el terreno especial de la cuestion, va y lo examina concienzudamente.

El dia del juicio, el tribunal se instala bajo el pórtico de la catedral, al aire libre, como en campo raso. Cada parte relata el asunto y defiende su causa como puede, sin mas abogados que su buen sentido y su justicia. Los testigos son oidos, y el rústico tribunal, apoyándose en los hechos que conoce por sí mismo y las circunstancias probadas, pronuncia un fallo que es irrevocable, que todo el mundo respeta y obedece religiosamente y que jamas se escribe. La expresion de esa justicia sumaria y amigable no tiene mas archivo que la tradicion, porque allí no se falla sobre _dominio_ ó propiedad sino sobre servidumbres y usos de simple irrigacion. ¡Jamas pueblo alguno de los tiempos modernos tuvo institucion mas sencillamente sublime! Ella es á la vez una idea democrática, una elocuente condenacion de las manías reglamentarias de los gobiernos, y una prueba de que la mejor base de la justicia humana está en el buen sentido de los hombres libres guiado por la simple nocion del interes comun. Los abogados y curiales detestan los _juicios de aguas_, y tienen razon, segun su oficio. Pero los agricultores los veneran con mucho mayor razon, y no permitirán jamas que les arrebaten ese _fuero_. ¡Es cosa bien triste que todavía se llame _fuero_ ó _privilegio_ una institucion que no es sino la forma mas profundamente filosófica de la justicia social!

Una reflexion me ocurrió, al observar el alegre grupo de agricultores que ya se disolvia, despues de un juicio que solo habia durado una hora. ¿Por qué ha subsistido esta institucion en Valencia, miéntras que el absolutismo ha destruido casi todos los fueros mas importantes en el resto de España, excepto en las provincias vascongadas? Recordé la reciente lectura que habia hecho de un libro sobre las costumbres de los árabes, y tuve la explicacion del fenómeno. Es que aquella poblacion valenciana, eminentemente morisca, ha encontrado una armonía perfecta entre el arbitramento de los _juicios de aguas_ y las costumbres arábigas. Allí donde falta el antagonismo, las instituciones se perpetúan respetadas religiosamente. El juez de la Huerta, ese rústico _tío_ (como los llaman en España), ¿no es la verdadera continuacion del _Kady_ árabe, que oye y falla patriarcalmente? No hay de estable y fecundo en las sociedades, sobre todo en materia de instituciones, sino lo que está en armonía con la naturaleza humana, esencialmente razonable. En punto á justicia, siempre me atendré mas al juicio del hombre rústico, de conciencia honrada y sencilla, que á la elocuencia literaria de diez Cicerones.

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Valencia es el país clásico de las mujeres hermosas,--tanto que allí es casi difícil encontrar una fea. En las mas espléndidas calles de Paris, Lyon y Marsella, y de Barcelona y Madrid me han mostrado soberbias Valencianas, desgraciadamente..._desgraciadas_. Pero aquellas mujeres, que fascinan todas con su hermosura, no seducen el corazon jamas, no embelesan el alma. Al contrario, hay en esa hermosura no sé qué de áspero y repelente que causa miedo, que hace adivinar las pasiones terribles y la navaja oculta bajo la falda de colores vivos; que hace pensar en la vengativa Italiana, lo mismo que en la mujer africana que cruza los desiertos arenales al rayo del sol sobre la silla de su galante jinete, ó que incita á las voluptuosidades del amor oriental bajo la tienda de la carabana.

La Valenciana domina con su ardiente mirada, pero intimida ó amenaza. Su abundante y sedosa cabellera, recogida en trenzas ó en un moño, y cubierta con un pañuelo de listas, atado en derredor de la cabeza en forma de turbante; sus ojos grandes, negros, ardientes y de mirada profunda, que hieren como la hoja del cuchillo árabe; su aire garboso y audaz; su fisonomía mas que redonda, casi ovalada, cortada por líneas sumamente rígidas; la energía de su voz; lo pintoresco de su estrecho vestido, compuesto de telas fuertes de colores brillantes, bajo las cuales palpita un seno incendiado y se dibujan las formas de una organizacion vigorosa; todo eso hace de la Valenciana (considerada la masa mas numerosa) un tipo especial, que impone la atencion, y que resiste á todas las influencias fusionistas de la civilizacion moderna.

El hombre de educación gusta mucho allí de las intrigas políticas, y tiene al mismo tiempo, por una aparente contradiccion, muy pronunciado el sentimiento artístico. El noble, el individuo de la clase mas alta, es absolutista por excelencia. No tuve tiempo para averiguar la causa; pero establezco el hecho. Valencia es en España la verdadera fortaleza de las opiniones absolutistas. El _pueblo_--lo que en Europa llaman simplemente así, y que en las democracias llamamos el _pueblo pobre_, porque todos somos pueblo,--se deja guiar fácilmente por los absolutistas, miéntras que la idea democrática no se abriga sino en la clase media. Donde quiera he observado, personalmente ó por lecturas, que los pueblos mas ásperos y brutales en sus costumbres son los mas favorables al absolutismo. El pueblo de Paris, esencialmente culto, ha sido siempre el salvador ó por lo menos el defensor de la libertad en Francia. Los bandidos y pillos de Roma y los _lazzaroni_ de Nápoles, magistrales en el manejo del puñal, han sido los mejores apoyos del despotismo en la Italia meridional. Los salteadores de Grecia hacian la guerra á la noble causa que tuvo por mártir al sublime Byron.

Hay en las clases inferiores (en educacion) de Valencia, una distincion que establecer. El agricultor es un rudo tipo, pero es honrado y pacífico. El obrero, el habitante de los arrabales y el ganapan de las calles y del puerto, al contrario, son ásperos en todo, de mala índole, de instintos pendencieros y brutales. Despues de las seis de la tarde es muy imprudente aventurarse á recorrer solo los alderredores de Valencia; y no porque estén plagados de ladrones y asesinos, como han dicho, exagerando mucho, algunos viajeros, sino porque es muy fácil tener una pendencia con un truhan de navaja lista y humor muy _despuntado_, que termine por un drama sangriento, ó cuando ménos por un chaparron de garrotazos. Sobre todo, si alguna hija de Eva anda en el asunto, el galante forastero puede contar con un mal dia. Con las Valencianas de cierta clase se cumplen á la letra las palabras de Cervantes: «hay cosas que es mejor no meneallas,» y mujeres bonitas _que es mejor no tocallas_.

El Valenciano de los arrabales tiene una fisonomía que parece el amalgama del árabe guerrero con el Napolitano. Si en lo moral se distingue por las fuertes pasiones, el sentimiento artístico, el humor pendenciero, y el gusto por la algazara, el baile frenético, la guitarra, la cancion bélico-amorosa y las alegres libaciones, en sus hábitos exteriores tiene todo lo pintoresco de los pueblos apasionados.