Viajes de un Colombiano en Europa, primera serie · Unidad 56 de 76
CAPITULO V. — parte 1
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LA BAHIA DE CÁDIZ.
La isla de León.--Panorama de Cádiz.--Reminiscencias.--Curiosidades y costumbres.--San-Fernando.--Puerto-Real.--Puerto-Santa-María.--Algo mas sobre Cádiz.--El bajo Guadalquivir.
Eran las seis de la mañana cuando fondeábamos delante de Cádiz, casi en el centro de la bahía, y fue necesario aguardar durante dos horas á bordo hasta que llegase el permiso para desembarcar. La Aduana no se debia despertar hasta las ocho, hora en que comenzaron los registros de equipajes y escrutinios de pasaportes, sin excepción de persona. El Español es extranjero en España bajo los umbrales de la Aduana, cuyas uñas inquisitoriales no respetan nacionalidad ni domicilio, escarbando lo mismo el equipaje del que viene de la China ó del Nuevo Hundo, que del que llega de paseo de alguna ciudad española.
Un sol magnífico plateaba las ondas de la bahía é iluminaba las torres, las fortalezas y los grandes edificios de Cádiz, produciéndose en las cúpulas y masas colosales de mampostería los mas vivos reflejos. El espectáculo era admirablemente bello, como era interesante el movimiento del puerto, animado ya por los numerosos grupos de marinos, de mozos de cordel, de mercaderes ambulantes, curiosos desocupados, etc., cuanto por la abundancia de buques anclados en la bahía y de las pequeñas barcas y faluchos de corta navegacion. A las diez de la mañana logramos salir sanos y salvos de la Aduana y fuimos á instalarnos en el hermoso hotel del «Comercio». Estábamos impacientes por trepar á una de las torres mas altas de la ciudad para poder abarcar con la vista todo el panorama, y aunque el sol calcinaba con sus lenguas de fuego la isla de Leon, no quisimos esperar la tarde. Una de las torres de la Catedral «vieja» (edificio algo espacioso, pero de mal gusto y que no valia la pena de un exámen detenido) nos sirvió de mirador.
La escena era enteramente distinta de la que nos había ofrecido el golfo de Algecíras. En la bahía de Cádiz el horizonte no tenia límites, y habia en todo lo que los ojos podían contemplar un maravilloso conjunto de majestad en lo inmenso, de gracia y vitalidad en los pormenores y de grandes recuerdos en el variado aspecto del panorama. Nada mas curioso y excepcional que la topografía de la isla de León y de la punta peninsular que le hace frente para formar la bahía. Cádiz está como un peñasco en el centro de una inmensa llanura: por el oriente la llanura _sólida_, la vastísima costa de la baja Andalucía, completamente plana, extendiéndose hacia el Guadalquivir de un lado, y del otro hacia los lejanos contrafuertes de Ronda, siguiendo la dirección de Medinasidonia;--al occidente, al sur y al nor-oeste los desiertos del Atlántico, llenos de luz y de solemnidad.
La isla de Leon tiene como la forma de un sombrero militar de gruesa copa y con una de sus puntas mucho mas prolongada que la otra. La base está azotada por las ondas del océano; en la punta setentrional demora Cádiz, y la copa se liga al continente por algunos puentes, al este de la ciudad ó villa de San Fernando. Pero la misma isla de Leon se subdivide en dos: la gran masa tiene por centro á San Fernando, miéntras que Cádiz está asentada en un islote ó promontorio, que es como la avanzada rocallosa de la grande isla, describiendo esta un arco caprichoso. Al norte se destaca del continente una península de formas regulares, mas larga que ancha, en cuya base demoran á los dos lados la ciudad llamada «Puerto-Santa-María» y el gracioso pueblo denominado «Puerto-Real,» donde desemboca el río «Guadalete», tan famoso en la historia de la dominación arábiga en España. La bahía, de forma irregular, aunque generalmente circular, queda encerrada entre la isla de León y la lengua de tierra mencionada; pero la punta de Cádiz es tan avanzada que parece como dominando el pequeño golfo de «Santa-Maria».
El paisaje es tan vasto del lado de tierra que con el anteojo se alcanza á ver casi toda la parte llana de la provincia de Cádiz, en la direccion de las extensas llanuras del Guadalquivir y la provincia de Sevilla. A unos 35 kilómetros de Cádiz se alcanza á ver en masa la considerable ciudad de «Jerez-de-la-frontera», tan famosa por sus vinos y sus opulentas y grandes bodegas ó sótanos, y con una población de mas de 51,000 habitantes. Por toda la comarca se ven las llanuras y las bajas colinas cubiertas de viñedos, plantaciones de cereales, olivares, etc., cuyas tintas hacen muy bello efecto en el horizonte lejano. Sin contar mas que las poblaciones vecinas de Cádiz, hay al derredor de la bahía (incluyendo á «Puerto-Santa-María» que es como adyacente) una masa de 114,153 habitantes, de condición esencialmente marítima, aunque productores en industria y agricultura. La bahía tiene como 58 kilómetros de circunferencia.
Como se ve, Cádiz remeda un barco inmenso flotando entre dos bahías, sacudido por las ondas en todas direcciones. Si la situacion hace de esa ciudad la mas bella y poética población de España, su interior, sus curiosidades y sus tradiciones la hacen tan interesante como simpática y graciosa. Cádiz es una ciudad de origen muy antiguo, pues fue una colonia fundada por los Tirios. Los Romanos la conquistaron dos siglos antes de la era cristiana, y en todos tiempos ha tenido la doble importancia de plaza mercantil y de guerra. Si hoy es la primera plaza fuerte de España, erizada de castillos y defendida en todas direcciones, como plaza mercantil es muy inferior á Barcelona. Mientras que la capital catalana y Málaga, Valencia, Alicante y Gibraltar le disputan el tráfico que gira hácia el Mediterráneo, Sevilla, Coruña, Santander y Bilbao le hacen competencia del lado del Atlántico. Su poblacion, que en tiempo de la dominación española en América no bajaba de 100,000 habitantes, hoy está reducida á poco mas de 70,000.
Cádiz me interesaba por sus tradiciones bajo todos aspectos. De allí salieron las mas importantes expediciones españolas, tanto en la época de las colonizaciones emprendidas sobre el Nuevo Mundo, como durante la terrible guerra de la independencia de «Colombia,» Méjico, Perú, Chile, Buenos-Aires, etc. La libertad colombiana no tuvo en ninguna parte enemigos tan implacables como en Cadiz, residencia de la famosa compañía que tuvo el monopolio del comercio entre Europa y varias colonias hispano-colombianas. Y cosa singular, que prueba cuánto los intereses del monopolio influyen en la política de las naciones!--esa misma población gaditana que tan cruda guerra hiciera á la revolución del Nuevo Mundo, era en la misma época el refugio de los patriotas españoles y el arca de salvación para la nacionalidad de España, en su heroica lucha contra Napoleón y el despotismo.... Cuántos males ha sufrido el pueblo español, por no haber comprendido desde entonces que la causa de la libertad y del derecho era la misma en España que en Colombia, y que los patriotas de uno y otro mundo debían aliarse como hermanos en vez de hacerse la guerra!
Otros recuerdos me asaltaban en Cádiz. Aparte de sus defensas heroicas contra los Ingleses, en 1626, 1772 y 1797, y contra los Franceses en 1811; aparte también de sus interesantes episodios políticos, su constitución liberal de 1812 y la heróica revolución de 1820 encabezada por Riego y Quiroga, Cádiz me hacia recordar que allí había nacido ese feroz brigadier Enrile, _pacificador_ de espantosa memoria en mi patria; y que allí murió miserable, hambriento y lacerado por mil amarguras, en el fondo de un calabozo, el ilustre y generoso Miranda, guerrero de la revolución francesa y mártir de la independencia colombiana, tratado por unos con suprema ingratitud y por otros con una fría crueldad!
La faja de altas murallas (dobles y aún triples en algunas partes) que rodea completamente á Cádiz, tiene una circunferencia de 7,500 varas españolas. Así, por donde quiera que el viajero pretende buscar una salida tropieza con una masa enorme de piedra, soldados y cañones, viendo al pié las ondas espumosas del océano estrellándose con violencia en los bancos de arena y los peligrosos arrecifes que avecinan la isla y sirven de asiento á castillos y fortificaciones. Si la vista sobre la bahía es pintoresca y variada, la que se tiene sobre el océano, al sur y sud-oeste, desde el paseo de la «Alameda» es de una majestad imponente. Desde el primer momento, Cádiz me habia ofrecido muchas semejanzas de aspecto con la ciudad de Cartagena en «Nueva Granada». _Semejanza_ no es el término propio: es no sé qué _analogía_ vaga en la configuracion de la isla y las bahías, en la estructura exterior de la ciudad; algo de muy armónico en el estilo de las fortificaciones, en la atmósfera y el cielo. Al recorrer el hermoso paseo de la Alameda, las plazas y las calles, y observar las gentes allí, la comunidad de tipo me pareció evidente. En cada elegante gaditana creia ver una hija de Cartagena: el acento, los modales, la soltura, el garbo lleno de gentileza y _dengue_, el ojo negro y dulce, la sonrisa de adorable coquetería, la tez de un moreno suave y pálido, el andar mesurado y señoril, la amabilidad y la franqueza insinuante, y un no sé qué de voluptuoso en el vestir, en las formas delicadas pero expresivas y en el juego del inevitable abanico,--todo contribuia á producirme una ilusion que me hizo pensar en la patria.
El sol se hundia como una brasa fulgurante en las ondas de un horizonte infinito; la Alameda estaba poblada de paseantes y habia por do quiera una encantadora animacion. El escenario parecia una gran canasta de flores flotando entre los remolinos de un torrente. El mar producia al pié de las murallas sus formidables chasquidos, lanzando nubes instantáneas de espuma, miéntras que centenares de paseantes vagaban por en medio de las arboledas y los lindos jardines de la «Alameda», casi bajo los balcones y las celosías de las espléndidas casas que dominan los malecones y terraplenes. Los techos reverberando,--los pintorescos balcones verdes y azules,--las altas y elegantes azoteas de estilo morisco,--los arbustos cuajados de flores y perfumes,--los grupos animados de una poblacion en que se veian tipos muy variados,--los mármoles resplandecientes de las casas mas lujosas,--los lejanos castillos destacándose sobre las ondas,--las montañas, confusas en lontananza,--el mar encrespado y sacudiéndose bajo su manto de luz crepuscular,--el sol, enorme por un efecto de óptica, como bañándose en el océano,--la brisa agitando suavemente los árboles,--el cielo de una hermosura extraordinaria;--todo aquello me llenó de encanto, de embriaguez, dejándome en el alma una hondísima impresion que nunca olvidaré.
El tiempo me faltaba para hacer observaciones detenidas. España es un país que no puede ser bien estudiado en ménos de tres años, y yo solo pódia disponer de tres meses para recoger impresiones, reparando en las cosas mas salientes é importantes. Ningun monumento me pareció en Cádiz digno de especial atencion bajo el punto de vista artístico. Lo que hace de esa ciudad una poblacion interesante es su posicion, su conjunto, su estilo particular de construcciones, su aire social, sus recuerdos históricos y su valor económico.
Cádiz, que tanto habia decaido como plaza mercantil desde que perdió la explotacion de Colombia, comienza á recobrar su animacion, gracias á las nuevas líneas de vapores, á notables mejoras en las vias de comunicacion hácia el interior de la Andalucía, y al despertamiento económico que ha tenido España desde 1855. Sus exportaciones consisten en sal, aceite, vinos, frutas secas y otros artículos andaluces;--es una plaza importante de escala y depósito, y fabrica algunos objetos de bellas artes, así como los de aplicacion á la marina. La pesca le procura considerables utilidades. Asentada sobre una roca viva, ya que le faltan las aguas corrientes las tiene superiores en sus vastas y numerosísimas cisternas. Posee hermosos hospitales y un gran número de institutos de enseñanza, beneficencia, crédito, comercio y navegacion.
Desde luego que el clima, la influencia de la dominacion morisca y el gusto español, han determinado en Cádiz el mismo género de construcciones que en casi toda la península y especialmente en las Andalucías. Asi, las calles son en lo general ó en su mayor número angostas y sombrías, tortuosas, desiguales y llenas de capricho. Pero hay allí un sello particular de elegancia y gusto que no se encuentra en ninguna otra de las grandes ciudades españolas, exceptuando á Sevilla. Se siente un vivo placer al recorrer casi todas las calles de Cádiz, ó al reposar bajo la espesa sombra de las magníficas arboledas de las plazas de «San Antonio» y de «Mina». Aparte del interes que excitan los corrillos de gentes de todas condiciones y las tiendas elegantes llenas de curiosidades, donde quiera se camina de sorpresa en sorpresa al recorrer las mejores calles, las que no empedradas ricamente embaldosadas.
Por todas partes los graciosos balcones, las discretas celosías, veladas en su interior por finos cortinajes, tras de cuyos pliegues se alcanzan á ver medio escondidas algunas caras primorosas como apariciones ideales; los aéreos miradores de cristal, empinados caprichosamente sobre los techos; las ventanas con enrejados de hierro curiosísimos; las vastas azoteas adornadas de jarrones con flores y pequeños arbustos bañados por el sol y agitados por las brisas marinas. Pero nada tan curioso, tan deliciosamente bello y suntuoso como las casas de los mas ricos propietarios, en las principales plazas y calles, verdaderos palacios de hadas, de un orientalismo encantador. En todas ellas una portada magnífica de mármol ó rico jaspe, trabajada con esmero; un zaguán que parece la antesala de una suntuosa habitación, con el pavimento y los muros de mármol, el techo estucado y la puerta interior de soberbios cristales con labrados de arabescos y bellos colores. La puerta está siempre abierta durante el dia. Os acercáis, y un criado desciende la escalera al punto y os invita con la mayor atención á visitar la casa, aunque la familia esté presente. Si aceptáis, el propietario (algún opulento negociante) se presenta, y con una obligante cordialidad casi irresistible,--al ver que sois extranjero--os repite la invitacion, os ruega que subais, os pregunta si quereis tomar un refresco, etc.
Yo había visto espléndidos palacios y suntuosos hoteles en Francia, en Inglaterra, en Barcelona y Madrid; pero no tenia idea de casas tan preciosas, tan romanescamente orientales como las que visité en Cádiz y Sevilla. Pasais adelante del zaguan, y os encontrais en un patio cuadrado y claustrado, en cuyos cuatro costados se levanta el edificio, cubierto por una alta cúpula de cristal que lo hace parecer un invernáculo. A los lados, en el piso bajo, se ven los vastos salones destinados á los negocios ú oficinas del propietario; en el fondo hay un elegante pasadizo que conduce á los patios interiores (los verdaderos _patios_), destacándose á los lados, ya en caracol, ya en ángulos rectos, las escaleras monumentales que conducen á los tres, cuatro ó cinco pisos de la casa. Desde la base hasta la cúpula de cristal se proyectan en todo el interior del patio-salon tantos órdenes de balcones continuos y claustrados cuantos pisos tiene la casa. No hay un pavimento en ese patio cubierto (que es como la sala central), en las escaleras, los balcones interiores y todas las piezas del edificio, que no se componga de soberbias baldosas cuadradas de mármol blanco y azul, ó negro ó jaspeado; no hay un balcon, una puerta, una baranda que no tenga mil arabescos y primorosas molduras de un gusto exquisito; no hay una pared que no esté ricamente estucada y labrada. Cada _patio_ tiene en el centro una preciosa fuente de mármol con surtidores que refrescan el aire, y en todo el recinto se ven grandes jarras de gaspe, de porcelana, etc., conteniendo arbustos delicados, macetas de jazmines, rosas y claveles, naranjillos en flor, enredaderas ó parásitas, que embalsaman aquella atmósfera embriagadora. Se cree uno soñando con algo de los _Cuentos orientales_; y para que el deleite sea completo para el amador de bellas artes, cada patio de esos tiene unas cuantas estatuas de mármol y ostenta en sus muros diez ó doce hermosos cuadros de pintura.
La luz del sol, cayendo verticalmente á medio día, ó entrando debilitada por la parte baja, prodúce los mas extraños efectos de brillantez, de sombra y claro oscuro; y por la noche, cuando el interior está iluminado por el gas, ese museo-jardin en cuyo centro murmuran las aguas del surtidor, es de una hermosura arrebatadora. Es allí donde se reúnen las familias, se reciben las visitas y se goza en las tertulias domésticas, durante las horas mas calurosas en los meses de estío, cuando no tiene la preferencia la azotea.
En Cádiz el mármol está prodigado en todas partes. En los grandes hoteles, en los numerosos y espléndidos cafés, en los teatros, las iglesias, las plazas y todos los monumentos hay un lujo de pavimentos que admira. El café de «Apolo», uno de los mas bellos y originales que he conocido, divierte y llama la atención al viajero, y da una idea del carácter ardiente, cordial, voluptuoso y expansivo de la población gaditana. Durante las primeras horas de la noche, las plazas de San Antonio y Mina (la primera sobre todo) y las grandes calles adyacentes, tienen mucha animacion y ofrecen los mas curiosos cuadros de costumbres. Las mujeres de Cádiz son generalmente bellas, picantes y atractivas: eso, y la condición mercantil de la ciudad, hacen la desgracia de ellas en las clases mas expuestas á debilidades y seducciones. Así, la prostitución tiene en Cádiz proporciones que espantan. Es inaudito el número de mujeres desgraciadas en ese género de establecimientos de corrupción, y de _expertas en la infamia_ que especulan con la dirección de esas casas, que son la ignominia de las sociedades europeas. Contáronme cosas qué me aterraron, y anécdotas respecto de personas de la _alta_ sociedad que, al ser ciertas, darían una idea muy triste de la moralidad gaditana. No quiero creer todo lo qué se me dijo por algunas personas; y sinembargo llevé de Cádiz, bajo ese aspecto, dolorosas impresiones.... Mucho podría decir sobre lo que he observado en las grandes ciudades españolas; pero el asunto es repugnante y escabroso, y el mundo colombiano, por fortuna, no conoce ciertas cosas que es mejor que ignore siempre. Hay tantos sofismas en la civilización europea...tantas miserias que deshonran el progreso y hacen aveces tener vergüenza de lo que hace la humanidad.... En España hay un contraste singular: la religion no es libre: el que no es creyente católico no puede tributarle culto á Dios;--pero la prostitucion no solo está legitimada por la ley, sino que la autoridad la reglamenta y dirige con esmero!
Bastaría para juzgar de la organización de ese país (cuyo pueblo tiene admirables cualidades características y graves defectos de educación) el hecho simple de estos dos contrastes: la ley especula con el juego por medio de las _loterías_, pero restrinje el _trabajo_ inocente y fecundo; mantiene y dirige la _prostitucion_, pero oprime la _conciencia_ y condena a prisión al que distribuye la Biblia y los Evangelios sin las notas del padre Scio!!
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