Viajes de un Colombiano en Europa, primera serie · Unidad 69 de 76

CAPITULO III. — parte 2

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La provincia de Santander, muy rica por sus extensos bosques naturales y casi totalmente montañosa, es una de las mas bellas comarcas marítimas de España. Su poblacion total alcanza á 214,441 habitantes, distribuidos en las campiñas y en numerosos pueblecitos, con excepcion de la capital, que cuenta 28,907. La hoya, que tiene por base ó centro la bahía de Santander, es una de las mas bellas formaciones orográflcas que he visto en España.

Una península montañosa de 65 kilómetros de circunferencia se avanza hácia el Océano, formando un semicírculo por el lado nordeste, cerrado al opuesto por otro órden de montañas cuya costa determina la formacion completa de la bahía. En el fondo de ese semicírculo demora la elegante ciudad de Santander, recostada contra las faldas de las montañas que, descendiendo en ondulantes gradaciones, cubiertas de plantaciones y coronadas de bosques naturales, vienen á bañar en las ondas del mar cantábrico sus estribos ó colinas relucientes de verdura, destacando por la costa sus peñascos gigantescos que producen donde quiera graciosas y pequeñas ensenadas. Al frente se extiende una línea semejante de rocas que orillan la ria y el mar, con multitud de primorosos vallecitos y colinas tapizados de sementeras y casas de campo cuyo núcleo es el pueblo de _Santoña_, puerto militar y de comercio con unos 1,800 habitantes. Detras se van levantando las montañas en anfiteatro hasta producir las más graciosas formaciones y los mas pintorescos paisajes.

Santander es una ciudad fortificada, sin que por eso pueda llamarse una plaza fuerte. Ella es esencialmente comercial, en términos que después de Cádiz y Sevilla es el puerto mas importante que en la actualidad tiene España en el Atlántico. No ha muchos años que vegetaba en la inaccion, apesar de sus ventajas hidrográficas, siéndole superior el de Bilbao; pero el canal de _Castilla_ por una parte, que le ha acarreado las harinas del interior, y por otra el reciente ferrocarril, las nuevas carreteras en varias direcciones, y sus comunicaciones por buques de vapor con los demas puertos del Océano y con los de Cuba, le han procurado un desarollo rápido y que no se detendrá en mucho tiempo.

La ciudad, por falta de terreno suficiente, se ha extendido á lo largo de la costa, en un triple cordon de casas; de manera que es larga y angosta, con sus bonitos arrabales desperdigados caprichosamente sobre las colinas entre huertos y graciosas alamedas. La parte antigua, sin ser repugnante ni fea, tiene un terreno desigual, y es allí donde se ven la catedral, la cárcel, el teatro y otros edificios públicos. La parte moderna, muy elegante y simétrica, es como la fachada de la ciudad, extendida á lo largo de los muelles del puerto, desde la estacion del ferrocarril hasta el extremo sud-oeste. Se compone de tres calles paralelas, muy pulcras y regulares, destacándose para dominar la bahía una larga fila de casas muy hermosas, de aspecto frances moderno, perfectamente iguales, de muros de piedra y cinco pisos, y adornadas de graciosos balcones, con algunos miradores y gabinetes volados.

Todo tiene en Santander un aspecto agradable y simpático de frescura, actividad y progreso. La dársena y los muelles son obras estimables, la abundancia de tiendas y almacenes es considerable, el movimiento comercial y marítimo reina en todas partes, y en la bahía se balancean numerosos buques de vela y vapores con banderas de todas las naciones principales. Los hoteles y cafés, los círculos de sociedad, los paseos públicos, el teatro, etc., etc., revelan bien que los habitantes de Santander comprenden el buen gusto, la necesidad del _comfort_ y todos los progresos del espíritu moderno. Debo exceptuar lo relativo á los alimentos, en que se conservan los antiguos hábitos de repetir las comidas, teniendo una frailesca á medio día, asi como la suculenta cena á las nueve de la noche.

Las costumbres tienen allí un doble sello, porque son como el término medio, ó mejor dicho, la transición de lo español á lo francés. Así, las señoras llevan conjuntamente la mantilla española y la manteleta ó el chal frances, ó bien una combinacion de ámbas piezas; y usan para salir á la calle indiferentemente la _gorra_ parisiense ó el bellísimo tocado español, tan sencillo como propio para hacer lucir una rica y negra cabellera. Los hombres mantienen frecuentemente la capa, á despecho del _paltó_ que va debajo; y las gentes de las clases obreras (las mujeres campesinas sobre todo) gustan mucho de las telas de colores vivos que contrastan. En las habitaciones, en la estructura de las casas y en casi todas las manifestaciones sociales, se ve patente la invasión de lo frances, la modificación que produce el contacto frecuente con el extranjero.

Santander no tiene monumentos que merezcan mencion especial: su Catedral, sin ser despreciable, no es realmente una obra artística. Allí lo que interesa es el movimiento comercial é industrial. Santander envia las harinas castellanas á la Habana y algunas veces á Inglaterra, y exporta tambien algunos vinos y otros artículos de poco valor. Tiene una manufactura considerable de tabacos, por cuenta del Estado, algunas fábricas de papel de colgaduras, de quincallería y de lonas y cordajes para la marina. A pesar de la falta de terreno para las construcciones fáciles, esa ciudad está destinada á prosperar mucho, gracias á su ferrocarril, sus comunicaciones marítimas y el canal de Castilla. Sus riquísimos bosques le prometen á la provincia una fecunda explotacion de maderas de construccion.

Santander me ofreció una nueva prueba del contraste que hay en toda España entre la generosa benevolencia y el espíritu hospitalario de la sociedad por una parte, y el espíritu inquisitorial, reglamentario y embrollon que, por otra, distingue á la administración española, entrabada en su accion y entrabando la de todo el mundo por las mas viciosas instituciones. Habia perdido en la diligencia, en Alar-del-Rey, una cartera de viaje conteniendo todos mis valores y papeles, y al caer en cuenta de ello me encontré en Santander sin los elementos indispensables para viajar: dinero, pasaporte y recomendaciones. Un generoso compañero de viaje me suministró cuanto pude necesitar, sin tener ninguna garantía de mi parte, y su excelente familia me favoreció finamente y me abonó para obtener nuevo pasaporte; miéntras que, gracias al telégrafo, un estimable banquero de Madrid me hizo dar los fondos necesarios para volver á París. ¡Pero qué de diligencias y dificultades para lograr el consabido pasaporte! Papel sellado, peticiones escritas, declaraciones, ratificaciones, filiacion y la intervencion de cinco ó seis empleados diferentes fueron indispensables para probar que _yo era yo_ y tener licencia para salir de España con destino á Francia.

En honor de la probidad española debo decir que mi cartera pareció intacta, en la misma diligencia, al cabo de algunos días, y me fue benévolamente remitida á París. No se crea que este es un ejemplo aislado. Salvo en algunas regiones oficiales y en todo lo que se refiere al contrabando (delito de orígen oficial tambien) la probidad española tan proverbial no ha disminuido en nada. En cuanto á la hospitalidad, ella es una virtud universal en España. Allí no es inhospitalaria sino la legislacion en todos sus ramos.

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