Viajes y cuentos · Unidad 45 de 117

Unidad 45 · EL DORADO 93

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EL DORADO 93

cuidó en su desamparo, y Sánchez Paniagua, de origen italiano. Detrás de ellos una docena de hombres armados de arcabuces; á la cabeza Gómez de Cifuentes, su Capitán, caballero hijodalgo de la ciudad de Avila, y con él dos hombres que revelaban su vida monástica. Eran Las Casas, fraile dominicano, y Juan de Legaspes, clérigo regular. Un soldado junto á ellos llevaba el recado de decir misa: la casulla de manta, el alba de lienzo y el calis de plomo.

Luego iba García Zorro con el estandarte real. La gloriosa bandera estaba hecha jirones: los castillos almenados y los leones rampautes se veían manchados y despedazados por las zarzas y las flechas. Seguía en pos la caballería, caballería de á pie; pues los caballos iban sueltos y sin cabestro, para que no se despeñaran en aquellos precipicios. Yá no eran los brutos sino sesenta; veinte habían muerto en el camino. En dos ocasiones los soldados mismos los mataron para comer su carne. Los pobres animales estaban flacos, temblorosos, con la mirada triste, llenos de garrapatas ; se podían contar los huesos de sus costillas. Caminaban lentamente, como pensativos, con los cascos adoloridos, pues pisaban ahora terreno pedregoso, después de tintos días de andar entre pantanos. Varias veces habían permanecido horas enteras con el agua á la cincha, y se habían alimentado con cañabravas. Aflado iban los jinetes cuidando sus pacientes corceles: primero, Lázaro Fonte, un valiente joven de Cádiz al lado de su pobre zaino ; después un malagueño arrogante, Suárez Rondón, junto á su rocín; luego H«r-

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nán Pérez, Díaz Cardoso, Marcos Fernández, Gil López, Ortega el bueno, Núñez Pedrosa, Colmenares, Juan de Céspedes y muchos más. Por todos, sesenta y dos. En medio de ellos el General Quesada, pálido, demacrado, casi moribundo. Aquel día yá no iba, como en los anteriores, cargado por los soldados; la enfermedad, qnolo había tenido al borde déla tumba, parecía ceder, y sentía él recobrar las fuerzas. Sus ojos miraban ansiosos hacia adelante, y sus manos acariciaban á veces su espesa barba negra. A su lado Juan del Junco, el segundo Jefe, y Pedro del Azebo, su Secretario. Todos estaban aquel día silenciosos. Soplaba un viento frío que los hacía tiritar. Al fin, cerraban la marcha los más fatigados. Con ellos iba un asno que subía melancólico, moviendo las orejas. Su historia era interesante : un día, allá en Santa Marta, cuando luchaban al lado del Adelantado Lugo, contra los indios taironas, habían oído el rebuzno de un asno sobre un alto pefión, donde estaban atrincherados los hermanos Arobaro y Marubara ; grande extranoza les produjo aquello, pues sabían que el jumento no era animal indígena ; Malatesta, soldado conocedor de las fábulas mitológicas, opinó que era el asno de Sileno caído del Olimpo ; cuando fueron apresados los indios, y el asno con ellos, se supo que había sido hallado en un navio que encalló en aquellas costas, y que después de que asesinaron los salvajes á los pasajeros, subieron al bruto á aquellas breñas por medio de cuerdas. El pobre animal, sin un compañero de su es-