Viajes y cuentos · Unidad 65 de 117

Unidad 65 · 134 VIAJES Y CUENTOS

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va, y cubierta por un gran toldo de algodón. El General pudo desde aquel lugar contemplar el inmenso valle que se extendía adelante: era un mar de verdura, lleno de caseríos que alzaban al cielo sus techos á manera de alcázares; algunas lagunas, como espejos, se veían á trechos en los verdes campos; al Oriente se levantaban moles inmensas, ramal de alguna enorme cordillera, y al Poniente, en el confín del horizonte, se distinguían las cabezas blancas de unos nevados. Quesada, conmovido, se acordó de Espafia; aquel valle se parecía á la vega de Granada, las colinas le recordaban las de! Suspiro del Moro, los cerros se asemejaban á Sierra Elvira, el Funza se deslizaba como las ondas del Genil. Y ese cielo azul, y ese aire puro, y esa tierra fértil, eran los mismos de Andalucía. Entonces resolvió llamar Kueva Granada á la tierra que conquistaba, y Valle de los Alcázares á la sabana que se extendía ante sus ojos como inmenso manto.

Varios indios de las cercanías resolvieron venir á rendir tributo al jefe de los invasores; le trajeron oro, esmeraldas, mantas, legumbres y pieles, y al llegar ante él se volvían de espaldas, como lo hacían ante el Zipa, en señal de respeto, para no mirarle el rostro; y á los pies le quemaban perfumes. De Cajicá fue el ejército á Chía, lugar donde residía el heredero de la corona, y allí fueron recibidos en paz. El Padre Las Casas les recordó que en aquellos días celebraba el Cris- .tianismo la pasión y muerte del Redentor; y en medio de aquel pueblo idólatra, jefes y soldados se prosterna-

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ron, durante la sagrada semana, ante los dos sacerdotes, á oír los divinos oficios.

Después fueron á Suba. El Cacique de aquel pueblo los recibió con cariño, y días después se convirtió al Catolicismo y fue bautizado por Las Casas. Luego pasaron por Bacatá (1), donde estaba el palacio del Zipa. Este había huido á los montes sin dejar huella de su camino.

Sus riquezas habían sido ocultadas de extraño modo. Las sacaron en una noche oscura, las llevaron á una caverna lejana y pusieron sobre ellas montones de tierra; luego fueron degollados los conductores, para que nadie supiera el lugar que guardaba tan grandes tesoros.

Estaba en Bacatá, cuando entraron los conquistadores, la hermosa Zoratama, la gentil doncella que estuvo en Guatavita el día del último baño del Cacique en la sagrada laguna. Sus parientes habían huido con el Zipa, y ella quedó allí guardando la rústica choza. Miraba con asombro á aquellos hombres blancos, robustos y valientes, y escuchaba sus palabras, tratando de comprenderlas. Se fijó especialmente, desde el día que llegaron, en Lázaro Fonte, el valiente gaditano: ¡qué ojos los de ese hombre, tan audaces y tan negros; qué apostura tan guerrera; qué musculatura tan fuerte! Zoratama veía con admiración el yelmo, la coraza, la cota de malla y la espada de aquel jinete más bello y más fuerte que todos los guerreros de su tribu.

(1) Hoy Funza.