Al-Hamar, el nazarita: leyenda oriental · Capítulo real 10 de 14
LXXIV
Texto completo de esta unidad literaria, reunido aunque el lector la divida en 3 tramos técnicos para mejorar el rendimiento.
LXXIV.
El puente vacila : el príncipe oscila , perdido el sentido demente, transido de horror.
LXXV.
Ya toca la opuesta ribera: ya poca carrera le cuesta. ¡Valor! Ya llega: le ciega el pavor. ¡Ah! ¡Dadle
LEYENDA DE AL— H A1YIAR.
favor!
¡Salvadle,
Señor!
LXXYÍ.
Ya falto de aliento vé el último salto violento á que hórrido fallo
brindándole
está:
ligero
el caballo
certero
quizá
le dará.
LXXYIÍ.
Saltó, Pasó con bien, y allá cayó de pié. Salvo fué. ¡Oh!
LIBRO DE LOS ESPIUITUS.
¿quién
vé do vá?
látiro U
No hay mas que un solo Dios (1). Él solo es grande, solo infinito , omnipotente solo. Nada hay que para ser no le demande licencia: él pesa la virtud y el dolo, y el premio envía ó el azote blando. Todo lo oye y lo vé de uno á otro polo . y cosa no hay por elevada ú honda, que á su mirada universal se esconda.
II.
No hay mas que un solo Dios, cuya creencia luz és y salvación: do quier la marca brilla de su poder y de su ciencia. Dios solo es triunfador (2); solo Monarca del universo es él: su omnipotencia con ley universal todo lo abarca : su presencia inmortal todo lo inunda , todo lo vivifica y lo fecunda.
III.
Él los mundos arregla ó desordena según su escelsa voluntad divina: él al tiempo dirige: él encadena los elementos á sus piés: domina el huracán: tras el nublado truena: luce á través del alba purpurina: entapiza con nieve las montañas , y abrasa con volcanes sus entrañas.
IV.
El murmullo del agua, el són del viento, el susurro del bosque estremecido por sus inquietas ráfagas, el lento arrullo de la tórtola, el graznido del cuervo vagabundo, todo acento por ave, Gera, ó éco producido, el nombre santo de su Dios pronuncia , su gloria canta, su poder anuncia.
Él los errantes astros encamina; él azula la atmósfera serena; él crea y él destruye, alza y arruina: él, infalible juez, salva y condena. Él solo ni envejece, ni declina: él solo el hueco de los mundos llena: el orbe encima de su palma cabe; solo él no yerra nunca: solo él sabe.
LIIIRO DE í. AS NIEVES.
No hay mas que un solo Dios. Los que le niegan con altivez blasfema, palidecen cuando al umbral de su sepulcro llegan: los que en su ciencia ruin se ensoberbecen, y de él se mofan, al morir le ruegan. Por él existen y por él perecen todos. No hay mas que un Dios: ante su nombre ¿qué es el orgullo y el saber del hombre?
Siglo, que audáz el de la luz te llamas, y por miles de plumas y de bocas el manantial de tu saber derramas; siglo de ciencia, que el error derrocas, la virtud premias y el ingenio inflamas; siglo, que dices que á la cumbre tocas de la dicha, que el mundo civilizas y tu raza de sabios divinizas;
VIII.
siglo de prensas , y de bolsa y ágio que intentas difundir hasta la luna en carros de vapor el gran contágio de la ciencia , y parar á la fortuna con tus empresas mil... ¡siglo de plágio , que en solos nueve lustros en sí aduna mas maestros, artistas y doctores que hubo en ciento estudiantes y lectores!...
122 LEYENDA DE AL-HAIYIAR.
IX.
¿de dónde vienen los que nacen? ¿Dónde ván los que mueren? ¿Dónde, en qué lejano lugar se acuesta el sol? ¿En cuál se esconde la luna de su luz? ¿Cuál es la mano que les guia á los dos? Habla, responde, orgullo necio del saber humano , hojea el libro de tu ciencia osada: ¿qué es lo que sabes de tu origen? — Nada.
No hay mas que un solo Dios, que nada ignora, y él conoce las puertas de la tierra : abre las de la cuna y de la aurora , las de la noche y de la tumba cierra. Más allá de las dos él solo mora , él solo sabe lo que allá se encierra. De allá viene, allá vá quien nace y muere, porque su voluntad asi lo quiere.
XI.
Mas detente ¡oh Espíritu divino! ¡oh Arcángel de la Fé! Tú, cuyo paso buscando un dia al corazón camino ahogó á las Musas y aplanó el Parnaso : único fuego que de el cielo vino , calma tu inspiración en que me abraso: no ensayes en el arpa del poeta los cantos del salterio del Profeta.
XII.
Mi limitada comprensión humana , mi ruda voz y tosca poesía eleve, sí, tu inspiración cristiana, y dignas sean de la patria mia. Enaltece mi ingénio, porque ufana pueda hijo suyo apellidarme un dia , y de mi nombre, si al olvido vence, la tierra en que nací no se avergüence.
XIII.
Mas dejemos al siglo ir desbocado de los pasados siglos tras la herencia , en el carro de el oro arrellanado , ó suspendido en alas de la ciencia. Dejémosle seguir la ley de el hado según su voluntad ó su conciencia, sin que perturbe su insensata orgía el himno audáz de la creencia mia.
XIV.
Tiéndeme pués tus alas de zafiros, y lejos de él traspórteme tu vuelo donde sus carcajadas y suspiros no desgarren del aire el puro velo. De él á través con luminosos giros álzame adonde con eterno hielo cubriendo su cerviz Sierra-Nevada salutíferas auras dá á Granada.
LEYENDA DE At-HAMAK.
XV.
Llévame á los recónditos asilos de aquellas misteriosas soledades cuyos mónstruos de nieve vén tranquilos nacer y perecer razas y edades. Muéstrame las cavernas y los silos donde ván á dormir las tempestades, por cima del peñón desconocido en que suspende el águila su nido.
XVI.
Del Supremo Hacedor la sábia mano no creó sin destino esos lugares inaccesibles al orgullo humano: ni envueltos en sus mantos seculares de nieve espían sin cesar en vano esos gigantes blancos tierra y mares. Subamos pués sobre las áuras leves al misterioso alcázar de las nieves.
ttarrarion.
£co catoievco (Segunda parte.)
XVII.
En las desiertas cumbres, que la sierra á las legiones de la luz levanta, paso al cielo tal vez desde la tierra: allí , donde árbol , animal , ni planta ni vegeta, ni vaga, ni se encierra bajo la eterna nieve, y se quebranta cuanto vida ó calor toma del suelo al peso de una atmósfera de hielo,
se abre por las montañas un camino, mas bien un tajo, que sus breñas parte como una faja de planchado lino, el cual dirige al colosal baluarte de la nieve: y jamás tan peregrino sendero supo fabricar el arte, ni inspirarle á la mente mas risueño maga oriental en hechizado sueño.
LEYENDA ÜE AL-HAMAR.
XIX.
A ambas orillas de su senda blanca labra caprichos mil el aire helado, que el ámpo trae que el remolino arranca, dejándole do quier cristalizado. La agua congela y el vapor estanca, y cincela sutil filigranado de el hielo en el cristal, cuyas labores descomponen la luz en mil colores.
XX.
Mas como sus espléndidos reflejos se estrellan de la nieve en el alfombra , y en el mate cristal de sus espejos mata al calor la blanquecina sombra , todo es blanco do quiera, cerca y lejos: todo el pais descolorido asombra con su igualdad la vista: es blanco el suelo, blanco el espacio puro , blanco el cielo.
Y allá del peñascal en la estrechura, por el lugar do empieza este sendero á blanquear en el fin de la llanura, comienza á negrear bulto ligero. Crece... se aclara como vá la altura ganando. Es un mortal: un caballero moro , y conforme lo velóz que sube parto fué su corcel de alguna nube.
LIBRO DE LAS NIEVES. 127
XXII.
El ámpo de la nieve no desflora con el herrado casco en su carrera , y al ver la forma aérea y voladora de ginete y corcel, se les tuviera mejor por ilusión fascinadora que por séres de vida verdadera: pues ¿quién sino fantásticas visiones osaran arribar á estas regiones?
XXIII.
Mas ¿quién bajo los pliegues vé espumosos del mullido tapiz de copos leves? ¿Quién conoce los séres vaporosos, que la región habitan de las nieves? ¿Quién sabe qué destinos misteriosos les dio aquel , que con dos palabras breves cuando hfto el orbe, al hielo cristalino del sohsu destructor puso vecino?
XXIV.
Él solo, Óios. Recóndito misterio envuelve los contornos liminag^s de aquel helado y silencioso imperio escondido entre rocas seculares. Solo él vé lo que encierra este emisferio, por entre cuyos blancos valladares la árdua ascensión al último acomete, cual suelta nube, el Arabe ginete.
128 LEYENDA DE AL— HA MAR.
XXV.
De peñón en peñón, de risco en risco, el tortuoso camino vá siguiendo sobre su negro potro berberisco, y á los nublados bajo de él vá viendo fermentar en sus vientres el pedrisco de invisibles torrentes al estruendo, y según sube hacia la azul esfera vá aflojando el caballo su carrera.
XXVI.
¿Quién és? — Vuela perdido en la distancia: su forma es vaga sombra todavía. ¿Dó vá? — ¿Y quién su poder ó su arrogancia sabe? Tal vez á la mansión del dia. Génio, tal vez allí tiene su estancia: mortal, de un filtro acaso se valdría. Mas ya trepa al confín; ya poco á poco modera su corcel su ímpetu loco.