Al primer vuelo · Unidad 23 de 30
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--Pero, alma de Dios--le dijo Fuertes para sacarle del negro desaliento en que le veía sumido--, ¡cómo se ha de prescindir de ese detalle si en la situación en que usted se halla y para el caso que usted teme, es él toda la cuestión?
--¡Toda la cuestión?
--Toda la cuestión, Leto, o yo no sé lo que traigo entre manos. Si por excesiva condescendencia, primero, y después por una distracción de usted, estuvo Nieves a punto de perecer, y usted la salvó con riesgo de la propia vida, ¿qué mil demonios le ha quedado a deber al señor don Alejandro ni al lucero del alba tampoco? Ahora, que la lección le sirva de escarmiento y que haya su sermoncito con espantos para arreglar a él la conducta venidera, ya es distinto, y hasta me parecería muy al caso; pero, esto ¿qué le quita a usted ni qué le pone?
Leto, con la cabeza baja, se atusaba las barbas, miraba al suelo sin ver lo que tenía delante de los ojos, y no daba señales de convencerse. Volvió Fuertes a machacar sobre el mismo yunque, y nada: Leto sin resollar. Al cabo se enderezó y dijo:
--Eso que a usted se le ocurre es algo; pero no todo ni la mitad siquiera; y apurándolo, un poco, nada.
--¡Nada?
--Mire usted, señor don Claudio: yo quiero dar por hecho que don Alejandro Bermúdez, al enterarse de todo, no solamente me disculpa y me perdona, sino que me sienta a su mesa; que, Nieves se queda tan satisfecha y tranquila como si nada la hubiera ocurrido, y que a mí no me duelen pizca los comentarios irrespetuosos y las fábulas y las zumbas de las gentes... ¿quiere usted más? Pues con todo ello quedaba la cuestión, para mí, en el mismo punto en que ahora se halla.
--¿Qué es lo que pretende usted entonces? ¿Qué es lo que quiere?
--Lo que quiero yo--respondió Leto con los ojos espantados y la melena erizada--, es que considere usted que la hija de don Alejandro Bermúdez, yendo confiada a mi cuidado en un barquichuelo gobernado por mí, por una imprudencia mía ha estado a punto de perecer... ha debido de ahogarse... ¿Puede usted considerar esto? Pues imagínese usted ahora que esa criatura se hubiera ahogado esta mañana, como debió de ahogarse, don Claudio, como debió de ahogarse, se lo vuelvo a repetir... y póngase usted en mi lugar por un instante...
--Hombre--dijo aquí don Claudio frunciendo el ceño y atusándose nervioso los bigotes grises--, tomadas por ahí las cosas, cierto que no era envidiable la situación de usted al volver a Villavieja.
--¡Qué volver!--exclamó Leto con la más candorosa naturalidad--. No habría tal vuelta; porque Nieves no habría perecido sin perecer antes yo que la sostenía... Pero ella, ella, don Claudio, ¿por qué había de perecer así? Este es el caso tremendo; lo demás son accesorios que no tienen otra importancia que la que reflejan de él. ¡y quiere usted que no piense en ello... y que no me horrorice al pensarlo? Pues suponga usted, por último, que se entera del suceso don Alejandro. ¿No es natural que este buen señor se meta en las mismas suposiciones en que yo acabo de meterme? ¿No es natural que, metido en ellas, se horrorice también? Y ¿no es natural igualmente que me tiemblen a mí las carnes, por miedo a esos justificadísimos horrores del señor de Bermúdez? Llámeme nervioso, chiquillón y visionario, como me lo llamó usted en la botica por muchísimo menos de lo que ahora sabe... Este clavo podrá arrancarse mañana u otro día, o me iré acostumbrando a él; pero, hoy por hoy, se le regalo al hombre más duro de entrañas; y a ver cómo se las arregla con la herida.
Don Claudio Fuertes, que había continuado atusándose los bigotes, con la cabeza algo gacha y los ojos muy parados, en cuanto acabó de hablar Leto metió las manos en los bolsillos del pantalón y dio media docena de paseos maquinales, sin rumbo determinado y mirándose las puntas de los pies. De pronto se detuvo, se encaró con Leto, y rascándose suavemente la cabeza con dos dedos, le habló así:
--O yo no soy perro viejo, o me he olido hasta la calidad de ese clavo, cuanto más la hondura de la brecha que ha abierto en usted. Natural es que le duela, natural es que usted se queje; pero como le duele a usted en varias partes, porque el clavo es largo y atraviesa muchas cosas sensibles, confunde usted los dolores; y a veces, creyendo estar quejándose del bazo, resulta, para el que oye, que lo que a usted le duele es el hígado... A mí me dejan sin cuidado esas equivocaciones, que ni siquiera me sorprenden, porque, como lo he dicho, soy perro viejo y hace dos meses que andamos juntos; pero no a todos les sucederá lo mismo; y por lo que pueda tronar, le aconsejo que haga de tripas corazón cuanto antes... y sobre todo en Peleches.
Se le cambió el color oyendo esto al hijo del boticario, de resultas de un aleteo y dos volteretas de _algo_ que sintió en las honduras del pecho; protestó con energía de la _sencillez_ de su pesadumbre, y rogó a don Claudio que se explicara con mayor claridad, para acabar de entenderle y de desengañarle; pero el comandante se hizo el sueco, y con dos golpecitos en la espalda y otra cordial alabanza de su valeroso arranque, dio por terminada la entrevista, despidiéndose de Leto «hasta la noche» y recomendándole mucho que no faltara.
--XX--
En Peleches
Rayana la hora de comer, don Alejandro Bermúdez hizo un montón con las cartas que había escrito en toda la mañana sin levantar cabeza; se restregó las manos muy satisfecho, como aquél que alivia la conciencia de un gran peso; dio unas pataditas para desentumecerse mientras guardaba las gafas de oro en el estuche, y salió del gabinete a la sala; precisamente en el mismo instante en que entraba Nieves en ella para ir al suyo, en traje de campo, algo agitada de respiración, y hubiera jurado don Alejandro que un tantico desencajada de semblante y despeinada, a lo que podía verse por debajo del ala del sombrero, muy caída sobre los ojos...
--¡Torna!--dijo Bermúdez, parándose delante de ella--: ¿habías vuelto a salir?
--¿Vuelto?--repitió Nieves muy azorada--. Sí... no... Vengo ahora, papá.
--¿De dónde, hija?
--Pues de pasear...
--¿Desde que yo te dejé?...
--Desde que tú me dejaste. Cabal.
--¡Canástoles con el paseo! Pues ¿hasta dónde has llegado?
--Hasta... hasta donde siempre... sólo que, verás, me estuve en el banco en que tú me dejaste en la Glorieta, lee que te lee hecha una tonta, y me bajé después muy despacio hasta el Miradorio... Viéndome allí ya, como estaba la mañana tan hermosa, alargué el paseo hasta cerca del muelle; pero cuando más descuidada estaba, oigo el reló de la Colegiata, me pongo a contar, ¡Dios mío! y cuento las doce. Entonces tomé la cuesta muy corriendo; y por esa me ves algo agitada. ¿Te he hecho esperar, papá?...
--No, hija; esperar, precisamente esperar... no.
Mientras Bermúdez respondía así, con aspecto y ademanes de extrañeza, Nieves, inquieta y nerviosa, le miraba... le miraba... como codiciando algo que no se atreviera a pedirle.
--¿Me dejas darte un beso?--le preguntó al fin.
Y sin aguardar la respuesta, con los ojos empañados y casi llorando, se colgó del cuello de su padre.
--Pero, hija mía--le dijo éste, costándole trabajo desprenderse de ella--, ¿a qué vienen esos extremos ahora? ¿qué te pasa?
--Nada, papá,--respondió Nieves dominando su emoción--; sino que como nunca me ha ocurrido... venir sola tan tarde, y te habré tenido con cuidado... Me lo perdonas, ¿verdad?
--¡Si no he salido de mi gabinete en toda la mañana, alma de Dios, ni contaba con que estuvieras tú fuera de casa!... ¡qué cuidado ni qué?... Ahora lo sé porque tú me lo dices...
--Pues tanto mejor entonces--dijo Nieves esforzándose por echar el punto a broma--. De todas maneras, me perdonas el pecadillo, ¿no es cierto?
--Naturalmente--respondió Bermúdez sin acabar de salir de su extrañeza ni cesar de mirarla de arriba abajo--. Pero, mujer--añadió tras una breve pausa--: ¿dices que no has vuelto a casa desde que nos separamos en la Glorieta?
--Sí.
--Pues si yo juraría que te había dejado allí vestida de color de barquillo, y ahora lo estás de blanco con rayas azules.
Aquí tuvo Nieves que emplear toda la fuerza de su buen ingenio y de su voluntad, para fingir una carcajada con que salir del apuro en que la puso la observación de su padre.
--¡Estás en tu juicio?--exclamó después de reírse bastante bien.
--¡Yo lo creo que lo estoy!--respondió su padre empezando a dudar--. Y ¿por qué no he de estarlo?
--Porque lo del vestido que dices, fue ayer.
--¡Ayer?
--Ayer, sí... ¡Cuando yo te lo aseguro!
Don Alejandro concluyó por encogerse de hombros.
--En fin... ¡si tú lo aseguras!...
Y no se atrevió a decir más.
En la mesa tampoco fue Nieves, en opinión de su padre, la de todos los días. Comió muy poco y se distraía a cada paso. Don Alejandro no la quitaba ojo.
--¡Canástoles!--pensaba sin cesar--. En esa cara hay algo de extraordinario: ese mirar no es suyo, ni ese color, ni esa expresión de sobresalto, ni... ni ese vestido es el que llevaba puesto esta mañana paseando conmigo, ¡ea! aunque lo diga quien lo diga... Hasta en el pelo, ¡canástoles! si me apuran un poco, encuentro ya algo que me extraña: parece más apelmazado y obscuro...
También le llamaba mucho la atención Catana. Juraría que se cruzaban entre las dos ciertas ojeadas recelosas de tarde en cuando... Además, la rondeña paraba en el comedor lo menos que podía, huyendo siempre de encontrarse con la mirada de su amo. Acosó a Nieves a preguntas sobre una multitud de cosas traídas por los cabellos, y las respuestas fueron siempre al caso; pero... pero aquel tonillo de voz, aquel reír a veces sin venir a pelo, o aquella seriedad marmórea cuando estaba indicada la risa... Nada resultaba natural; todo, todo era pegadizo y contrahecho allí... Nieves no había sido nunca aquello.
La sobremesa fue más breve que de costumbre. Se le antojó al padre que la hija estaba deseando levantarse, y se levantó él para darla gusto.
--Voy a anticipar un poco la siesta hoy--la dijo por disculpa--, porque con el madrugón y la tarea de esta mañana, me estoy cayendo de sueño.
En cuanto Nieves se fue del comedor, llamó él a Catana con una seña; y llevándosela al rincón más escondido, la preguntó por lo bajo:
--¿Qué tiene la niña hoy?
La rondeña recibió la pregunta como el diablo una rociada de agua bendita, y contestó bajando mucho la cabeza:
--Ná, zeñó...
--¡Yo digo que tiene algo!--afirmó con energía desusada el manso Bermúdez.
--Po zi zu mercé lo zabe, zabe má que yo.
Y no dio más lumbres la rondeña, ni tampoco la cara una sola vez, por más que se la buscaba don Alejandro con gran empeño en cada pregunta que la hacía.
Con todos estos misterios, se le aguzaron las aprensiones. Se encerró en su cuarto y se dio a cavilar sobre ellas. Peor. Hasta los granitos de arena se le antojaron montañas. La intranquilidad le consumía. Era indispensable poner a Nieves en la precisión de aclarar aquel misterio; pero ¿cómo? ¿por buenas? ¿por malas? ¿mandándola venir? ¿yendo él a buscarla? Y si resultaba al postre que todo era una pura alucinación suya y que Nieves tenía razón, ¿qué pensaría de él? ¡Qué disgusto para la pobre niña!... Pero ¿y si había algo?
En estas dudas mortificantes, salió de su cuarto y se dirigió poco a poco y refrenando mal sus impaciencias, al saloncillo donde suponía que estaría ya Nieves, y estaba, en efecto, haciendo labor, en su sitio de costumbre, junto a la puerta del balcón. Hora y media permaneció allí Bermúdez sin adelantar un paso en sus proyectos. Midiendo y pesando gestos, palabras y actitudes de Nieves, a ratos se afirmaba en que sí, y a ratos le parecía que no. No sabiendo a qué atenerse, abstúvose de indagar por derecho cosa alguna, y salió del saloncillo tan a obscuras como había entrado en él, pero menos intranquilo; porque viendo y oyendo a su hija, le parecía imposible que en ella cupiera misterio por el cual debiera él alarmarse.
--Supongamos--pensaba andando hacia su gabinete--, que hay algo que no quiere declararme ahora: ¿qué será todo ello? Alguna niñería de las suyas que me hará reír cuando se descubra... Por de pronto, ese dolor de cabeza de que se me ha quejado y dice que siente desde esta mañana, ya justifica su inapetencia y ciertas salidas de tono que parecen distracciones: si a esto se añade el sobresalto y la agitación con que la pobre vino al mediodía desde el muelle, y que lo de Catana puede ser una aprensión mía, nada más que una aprensión, y lo del vestido... ¡Canástoles!... esto del vestido es de lo más raro que puede darse; ¡pero lo afirma de un modo!...
A las seis llegó don Claudio, como todos los días... Y también en don Claudio vio Bermúdez algo de sospechoso y de alarmante: también miraba y hablaba con recelo, como si anduviera a media luz en el terreno que pisaba. No parecía sino que iba a una visita de duelo, y que intentaba conocer el estado de los ánimos para acomodar al de ellos el temple del suyo propio. ¿Cuándo se había visto cosa igual en el despreocupado comandante?
--Hoy nos quedamos sin paseo, don Claudio--habló Bermúdez sin quitarle ojo para no perder el más mínimo gesto de su amigo--; digo, me quedo yo.
¡Ni la menor señal de extrañeza en don Claudio Fuertes! ¡Como si le pareciera excusada la noticia!
--Pues lo siento,--respondió algo retrasado, pero maquinal y fríamente.
--Nieves anda algo malucha hoy... y no saliendo ella...
Tampoco le sorprendió esta otra noticia al señor don Claudio Fuertes. Como si contara ya con ella, dijo muy sosegadamente a su amigo:
--Cosa de nada, por supuesto, sin consecuencias...
--Un dolor de cabeza--repuso don Alejandro, mirando de hito en hito al otro--, que cogió esta mañana...
--¿En dónde?--preguntó don Claudio después de carraspear.
--En el paseo--respondió Bermúdez, sin dejar de mirar a su amigo--. Le alargó algo más que de costumbre, y volvió un poquito sofocada.
--¿De dónde?
--¡De donde!... Pues ¡canástoles! del paseo; ¿no se lo estoy diciendo a usted?
--Quería yo decir que por dónde había paseado.
--Pues por donde acostumbra cuando yo no voy con ella: por estas alturas... hasta el Miradorio... Primero habíamos paseado juntos por la costa hacia la mina... Yo la dejé leyendo en la Glorieta, y me vine a casa a despachar mi correspondencia atrasada... Cuando acabé, al mediodía, la vi entrar en su gabinete, de vuelta del paseo y muy apurada, porque no sabía que era tan tarde... Por lo visto se enfrascó en la lectura; y con la agitación y el sobresalto... y el sol... ¡Si yo la contaba en casa dos horas hacía!
Aquí ya se reanimó don Claudio y volvió a su tono y maneras habituales:
--En resumen--dijo a su amigo--, que por efecto del paseo, o del sol, o de su apuro por creer que estaba usted con cuidado, o por un poco de cada cosa, Nieves llegó con dolor de cabeza y sigue con él.
--Justamente,--respondió don Alejandro, muy sorprendido por lo súbito del cambio en el humor del comandante.
--¿Y por supuesto--añadió éste--, estará levantada y tan campante?
--Tan campante y levantada--repitió Bermúdez--, y haciendo labor en el saloncillo.
--Pues ¿qué pito tocamos aquí nosotros entonces?--exclamó Fuertes hecho un cascabel--.
--Vamos a acompañarla y a darla conversación... Digo, si no la molesta, o yo no estorbo.
--¡Qué estorbar, hombre, ni qué canástoles!--respondió Bermúdez que no deseaba otra cosa desde que había pescado _algo_ también en don Claudio. A ver si a fuerza de acumular factores allí, salía siquiera una chispa de luz.--Ya estamos andando.
Y se fueron los dos al saloncillo.
En el cual no ocurrió nada, absolutamente nada de que pudiera tirar el avispado Bermúdez para descubrir lo que andaba buscando.
Hasta que, ya de noche, llegaron a la tertulia el boticario y su hijo... y le hundieron un codo más en el piélago de sus aprensiones. ¡Qué cara la de don Adrián, y qué voz, casi llorosas, y qué aspecto tan cobardón y azorado el de Leto! Ni el uno ni el otro articularon palabra clara al saludar a don Alejandro; y Dios sabe qué término hubiera tenido aquella escena a no desenlazarla don Claudio Fuertes de este modo:
--Aquí, caballeros, no hay otra novedad que un levísimo dolor de cabeza que ha cogido Nieves esta mañana en un largo paseo, a pie y al sol: una verdadera temeridad... cosas de chicas jóvenes, muy fiadas de su resistencia. Pero ya está casi bien, y desde hace un instante, de codos en ese balcón, tan entretenida que ni siquiera les ha oído llegar a ustedes.
Los dos farmacéuticos parecían haber revivido con las oficiosas advertencias de don Claudio Fuertes; pero, en cambio, el receloso Bermúdez entró en nuevas confusiones, porque si sospechoso le había parecido el aire de las palabras del comandante, más sospechosos le resultaban los efectos causados por ellas en el ánimo de los dos Pérez. No podía negarse que existían cuatro fenómenos, cuatro cosas raras, cuatro síntomas extraños, que, aunque independientes entre sí, convergían en un punto común a todos ellos: el caso misterioso de Nieves. Si a Nieves le había ocurrido algo, Catana, Fuertes y los dos farmacéuticos lo sabían. Esto ya era un hallazgo: el de un camino nuevo y más llano para ir en busca de la verdad. Pero ¡qué pena le daba el haberle descubierto! ¡De qué buena gana hubiera lanzado en medio de la tertulia el enigma de sus mortificaciones para que se le devolvieran aquellos amigos resuelto y aclarado en el acto: por caridad, si a las buenas se prestaban, o por deber, si le obligaban a usar de su derecho por las malas! Pero ¿y si no tenían bastante fundamento sus sospechas? ¡Qué campanada tan imperdonable! Optó por dejar las cosas como estaban, pero sin perderlas de vista.
En cuanto Nieves oyó pasos y barruntó que podían ser los de Leto, se salió al balcón y se puso de codos sobre la barandilla. Nada tenía el suceso de particular, porque la noche estaba, muy calurosa. Hízose la desentendida a la llegada de los dos Pérez; y sólo cuando la saludaron desde la puerta, se volvió hacia ellos para contestarlos, pero sin separarse de la balaustrada.
--Dispénsenme--les dijo--, que les reciba con tanta confianza, porque en lo obscuro y al fresco, como estoy aquí, se me alivia mucho el dolor de cabeza.
Don Adrián se atrevió a indicarla dos remedios infalibles para curarse de él, y Leto, para explicárselos mejor, se llegó hasta ella... Hablando, hablando, se fueron volviendo los dos de espaldas a la tertulia; y puestos ya ambas de codos sobre la barandilla, dijo Nieves a Leto, bajo, muy bajo:
--Papá no sabe nada.
--Ya lo he conocido--respondió Leto entre palpitaciones de su corazón y estremecimientos de sus fibras--. ¡Qué miedo traía de que lo supiera, Nieves!
--No sé--replicó la otra, tampoco muy firme de voz--, si hubiera sido mejor que lo supiera, porque está muy receloso; y ni encuentra sosiego el pobre, ni puedo tenerle yo viéndole así.
--¿De qué recela?