Al primer vuelo · Unidad 24 de 30
Inicio — parte 24
Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.
Esta unidad sigue disponible para lectura, pero no se incluye en el índice de búsqueda porque forma parte de una continuación técnica, contiene metadatos editoriales, repite un título o no alcanza entidad suficiente como página independiente.
--Verá usted: sucedió lo que dijo Catana que podía suceder: que llegáramos a casa sin que él hubiera salido de su cuarto, donde estaba encerrado toda la mañana escribiendo. Ya se sabe, cuando coge una tarea de esas, que la coge de tarde en tarde, siempre hay que entrar a llamarle para comer. Pues bueno: llegamos sin que nos viera nadie, guardó Catana el contrabando de la ropa mojada, y yo me fui corriendito hacia mi gabinete; pero al entrar en la sala, ¡zas! salía él del suyo, y me pescó. Aunque muy sobrecogida, me disculpé bastante bien; y ya se había tragado el embuste que urdí en el aire, de un paseo muy largo después de haber estado leyendo muchísimo tiempo en la Glorieta, donde él me dejó, cuando, hijo, mirándome y remirándome, se empeña en que el vestido que yo tenía puesto era distinto, ¡ya la creo! del que llevaba por la mañana... Tan cogida me vi entonces, que estuve sí canto o no canto; pero dominándome un poco, probé a negar, y negué, con la mayor desvergüenza, que hubiera cambiado de vestido en toda la mañana. Por de pronto le dejé en dudas y no aguardé a más. Pero ¡ay, Leto! cuando salí a la mesa... figúrese usted con qué ánimos saldría y con qué ganas de comer y con qué trazas; pues, por mucho que quise componerme y arreglarme de manera que se borraran las marcas de lo pasado, ¡eran tan hondas! Con todo esta y lo receloso que él había quedado, y, para ayuda de males, con el poco disimulo de Catana al servirnos, el pobre hombre se puso en ascuas y pregunta va y zancadilla viene, y ojeada a Catana y ojeada a mí. Se acabó aquello, yo no sé cómo, y empezó otra indagatoria en el saloncillo... hasta que se cansó, poco antes de llegar don Claudio. Y yo a todo esto, niega y ríe sin cuenta ni razón y muerta de pesadumbre por la violencia en que vivo y los malos ratos que estoy dando al pobre papá... Y, otra cosa, Leto, ¡qué sé yo lo que le pasará por la cabeza? Porque lo que menos sospecha él es la verdad; y como el caso es que yo he faltado de casa toda la mañana, y no quiero declarar lo que me ha sucedido, ni puedo convencerle de que no me ha sucedido nada... ¿No le parece a usted que lo más llano sería descubrirle?...
--¡No lo descubra usted, por todos los santos del cielo, Nieves!--la suplicó Leto con el alma entre los labios.
--Pero ¿por qué, hombre de Dios? ¿No le parecen a usted de peso las razones que le he dado?
--Sí que me lo parecen; pero yo también tengo otras que no dejan de pesar en contrario sentido.
--A verlas.
¡A verlas! Temo que le parezcan a usted razones de egoísmo, Nieves; porque lo cierto es que se dan un aire, así de pronto... En primer lugar, el señor don Alejandro es incapaz de que la desfavorezca; y al pensar de usted cosa que la desfavorezca; y al ver que usted sigue negando y ha vuelto a ser en todo y por todo lo que antes era, como volverá a serlo desde mañana, en cuanto esta noche duerma con sosiego algunas horas, que sí las dormirá aunque al principio la desvelen algo las pesadillas, se le disiparán todas las aprensiones y acabará por reírse de ellas. Le juro a usted que si yo no lo creyera así, le aconsejaría que esta misma noche le descubriera usted la verdad.
--Pero puede descubrirla alguien que la sepa, como ha de saberse, y venga por ahí con la mejor intención; o en la calle cuando él salga...
--Ya está previsto el caso y conjurado el riesgo en lo posible; y si no alcanza el conjuro... entonces será ocasión de explicárselo todo como se pueda, y de calmarle.
--¿Esa es una de las razones?--le preguntó Nieves.
--¿No le parece a usted de algún peso?--preguntó a su vez el otro.
--Lo que no me parece es egoísta...
--La egoísta va ahora--dijo Leto armándose de resolución--: óigala usted: el día en que el señor don Alejandro sepa lo ocurrido, se quedó el espacio sin aire y el cielo sin sol para mí.
--¡Qué exageraciones, hombre! Y ¿por qué?
--Porque ese día, en justo castigo, se me cerrarán a mí las puertas de esta casa.
Temió Leto que esta aclaración de las otras dos hipérboles sonaran demasiado recio en los oídos de Nieves, y se apresuró a decirla:
--La ruego a usted que no dé a estas palabras otro alcance que el muy modesto que llevan: las mayores bondades de usted conmigo no harán jamás que yo confunda los puestos ni las distancias: desde el suyo humildísimo goza el más pobre de la tierra los beneficios del sol y del aire que le dan la vida... No sé si habrá acabado usted de comprender lo que he querida decirla.
No le sacó Nieves de la duda con palabras, por de pronto, ni con un gesto, porque, si le hizo, Leto no pudo pescarle en medio de la obscuridad que los envolvía; pero tras un breve rato de silencio, oyó que le decía la hija de don Alejandro Bermúdez, siempre muy bajito:
--Tenemos fama de exageradores los andaluces; pero ¡cuidado que usted!... Y además de exagerador, es visionario: ¡pensar que han de dejarle sin aire y sin luz por un hecho que otros publicarían a voces para darse importancia!... ¿Por quién toma usted a mi padre, Leto? ¿Tantos harían por su hija lo que hizo usted esta mañana?
--¡Si eso--replicó Leto con mucha vehemencia--, no fue hacer Nieves, sino deshacer; enmendar en parte una brutalidad mía anterior. ¡Si lo saliente del caso ese no está en haberme arrojado yo al mar detrás de usted, sino en haber consentido en llevarla a escondidas en mi barco, y sido causa luego de que usted cayera! ¿Qué importaba ya mi vida, ni cien vidas que hubiera tenido disponibles, después de poner en peligro la de usted? Y por aquí, por este lado, es por donde habría de ver el caso don Alejandro, y le verá cualquiera que discurra con serenidad.
--¿De manera--observó Nieves con una ironía que se transparentaba perfectamente en el acento de la voz y hasta en el modo de volver la cabecita hacia Leto--, que si como fui a escondidas en su _yacht_ y caí por culpa de usted, voy por encargo expreso de mi padre y caigo por culpa mía, en la mar me quedo sin auxilio de nadie?
--¡Eso no!--replicó Leto al instante y con una viveza que ardía--. Yo me hubiera tirado lo mismo detrás de usted; sólo que en ese caso el hecho hubiera tenido la poca importancia que no puede ni debe tener hoy.
¡Si Leto hubiera podido ver entonces la cara de Nieves!... En cambio oyó que ésta le decía:
--Es usted muy mal juez en causa propia, está visto. ¿Quiere usted dejar ese caso de mi cuenta? ¿Quiere usted que quede a mi arbitrio el descubrir o no descubrir a papá el misterio que con tantos afanes anda buscando el pobre?
--Yo no quiero más--respondió Leto--, que lo que usted quiera... Al fin y al cabo, entre usted y yo, la razón no puede vacilar...
--Será porque me pertenezca--replicó Nieves--. De todos modos, muchas gracias por los poderes que me da, y óigame dos palabritas en respuesta a aquello de los puestos para tomar el aire y el sol. En casos como el que citaba usted y temía que me ofendiera, no admito arribas ni abajos; porque, si a medirnos fueramos, ¿quién sabe, Leto, a quién le correspondería en justicia el puesto más elevado? Es posible que volvamos a hablar despacio de esto mismo... A mí no me pesaría. Por ahora, quédese como está el asunto; es decir, en que le he comprendido a usted, y en que no es el que usted merece el puesto con que se conforma para tomar el sol y el aire... Otra cosa: ¿oye usted la mar?... ¿No parece que está relatando la historia por lo bajo, para que se entere papá, y murmurando contra usted porque la dejó sin la presa que ya estaba devorando? Toda la tarde he estado sintiendo la misma ilusión en los oídos... ¡Pícara memoria, qué malos ratos me está dando!... Si yo pudiera arreglarla a mi gusto, borraría lo amargo en ella; y entonces ya sería otra cosa bien distinta... Temí que no, viniera usted esta noche, Leto. ¡Como le dejé tan preocupado y es usted tan... especial!... Por otra parte, casi sentía que viniera, pensando en que al verle entrar de pronto... ¡qué sé yo? ¡Depende de tan poco el que papá, con lo receloso que anda, me haga declararle la verdad! Por ese temor, en cuanto sentí los pasos de ustedes, me vine aquí con un pretexto... Lo peligroso para mí era la primera impresión. Además, tenía deseos de que habláramos algo. Ya ve usted, después de lo sucedido, ¿qué cosa más natural? Y ese poco que habláramos, no había de ser a gritos delante de la gente, ¿verdad, Leto?... Pues cuénteme usted ahora todo lo que le ha pasado desde que nos despedimos en el _yacht_.
¿Por qué extraña combinación de sensaciones y de ideas, llegó Leto a imaginarse entonces que, contemplados los enojos de Bermúdez contra él a través de la parrafada de Nieves, adquirirían proporciones colosales? En esta alucinación metido y disponiéndose a responder a Nieves, le sorprendió la voz del propio don Alejandro, diciendo desde la puerta del balcón:
--Niña, que te va a hacer daño el relente.
Los dos de la barandilla se volvieron cara adentro. Nieves, más serena que Leto, respondió al punto:
--Al contrario, papá: me va sentando muy bien.
--Se te figurará a ti--insistió secamente Bermúdez--; pero yo sé que te hace daño...
--Tiene razón don Alejandro--se permitió decir Leto como si tratara de congraciarse con él--. Dentro estará usted mejor.
Y pasaron los dos al saloncillo, donde se aburrían soberanamente los tres señores mayores.
La tertulia se acabó poco después...
Al bajar a la villa convinieron don Adrián y el comandante en que el pobre don Alejandro andaba en vilo. No había habido modo de interesarle en ninguna conversación. Leto no se había enterado bien de ello, porque se había pasado la mayor parte del tiempo en el balcón, «demasiado tiempo» en opinión, muy recalcada, de Fuertes; porque en la tirantez de espíritu en que se hallaba el buen señor, hasta los dedos se le antojaban «huéspedes.» También esto de los huéspedes se lo recalcó mucho don Claudio a Leto. El cual disculpó su conducta con el deseo que le manifestó Nieves de permanecer allí, por temor a las pesquisas incesantes de su padre, y de hablar sobre lo más conveniente para todos, entre decirlo o callarlo.
--Y ¿en qué han quedado ustedes?--preguntole, Fuertes con la mayor sencillez del mundo.
Tan escamado estaba Leto con la _nariz_ del comandante, que se sobresaltó con la pregunta, pensando que iba enderezada _a otra cosa_ de las que se habían tratado en el balcón y llevaba él guardadita en la memoria y paladeaba a ratos con avidez para endulzar los amargores de sus recuerdos de la mañana. Pero se repuso al instante, y contestó:
--En que ella haga lo que le parezca más prudente.
--Muy bien acordado, ¡caray!--observó entonces don Adrián Pérez deteniéndose para dirigirse a sus dos interlocutores, que también se detuvieron--. Verdaderamente la situación moral del excelente amigo, no es para prolongarla mucho tiempo... eso es... ni tampoco la nuestra, no, señor, ni tampoco la nuestra... Puede vencer las aprensiones que le inquietan; pero pudiera no... y las aprensiones comprimidas son pólvora que al fin revienta, ¡caray! y entonces, lo que pudo curarse con dos cuartos de ungüento, es una carnicería... Y hay que huir de estos extremos... eso es... mayormente cuando el asunto, bien mirado, bien mirado, eso es, no vale la pena, como en el caso presente; sí, señor, como en el caso presente. ¿De qué se trata en fin y remate?... Eso es, ¿de qué se trata? Pues, ¡caray! a todo echar, de una futesa... de una muchachada, eso es... Que el señor don Alejandro se entera de ella... se entera de ella, corriente... que se incomoda un poquito... eso es, y te echa a ti, Leto, un rifirrafe, y otro rifirrafe a su hija... Pues pongámoslo en lo más... y que haya rifirrafe: para mí igualmente, ¡caray!... y hasta para usted también, don Claudio... eso es, sí, señor, un rifirrafe para cada uno... ¿Y qué?... Por más vueltas que le demos, siempre saldrá en limpio, en limpio, eso es, lo que antes dije: una muchachada... que servirá de gobierno para en adelante, y que se acabarán esos recreos peligrosos para ella... ¡muy bien acabados, caray! ¡Ojalá tuviera yo influjo bastante para obligarte a ti a lo mismo! Eso es... Pues ya está el señor don Alejandro desfogado y satisfecho, ya estamos nosotros tranquilos, tranquilos y satisfechos igualmente, eso es, y las cosas en su centro, y la paz restablecida en Peleches. Pues pongámonos en el otro extremo, y que el señor don Alejandro comienza a ver torres y montañas, ¡caray! y a sospechar de todos. Ese caballero no merece, no merece, eso es, una mortificación tan grande por motivos tan pequeños: tan pequeños, sí, señor, si somos buenos amigos suyos, buenos amigos, ¡caray! ¿No le parece a usted, señor don Claudio?
--Al pie de la letra, señor don Adrián--respondió el comandante rompiendo la interrumpida marcha--, y me permito aconsejar a Leto que si la interesada no resuelve sus dudas en este mismo sentido, influya con ella con todo su prestigio, para que lo haga así, por la cuenta que les tiene; y a usted, Leto, en particular.
--¡Eso es, caray, sí, señor, eso es!
Y no se habló más del asunto, ni de otro tampoco en aquella ocasión, entre los tres tertulianos de Peleches.
--XXI--
Al día siguiente
Durante las primeras horas de la alta noche, Nieves se despertó muchas veces: aun dormida oía aquel borboteo de la mar relatando el suceso a todo el mundo y reclamando la presa que le habían arrebatado de las fauces; pero estaba en la flor de la vida, a la edad en que las heridas no ahondan tanto como duelen; su quebranto físico era grande, porque el batallar del día había sido de prueba; y al cabo, la rindió un sueño reparador y tranquilo del que no despertó hasta bien entrada la mañana.
Pero el bendito de su padre no pegó el ojo en toda la santa noche. ¡Lo que él se revolvió en aquella cama buscando posturas para ahuyentar las quimeras que le desvelaban! ¡Los espacios que él recorrió con la imaginación en tantas, tan largas y tan calladas horas! En ocasiones, hasta se dolía de haber permitido tomar tan altos vuelos a «la loca de su casa».
--No tanto, ¡canástoles! no tanto--se decía--, que tan malo es pasarse como no llegar. Que hay algo, no tiene duda; pero ¿por qué hemos de echar las corrientes hacia ese lado y no hacia otro? ¡La condenada malicia humana que jamás se arrepiente ni se enmienda!... No estoy conforme, no, señor, ni puedo estarlo. Hay que buscar por otra parte, y con juicio, y con equidad... y con lógica...
Y se daba de nuevo a cavilar; pero por donde quiera que echara sus cavilaciones, siempre, tenían el mismo paradero. Había tomado ya un vicio su máquina de discurrir; y en cuanto se ponía en movimiento, un poco más acá o un poco más allá, caía hacia el lado de siempre. Y este vicio era una idea que se le había metido entre los cascos en fuerza de indagar precedentes, amontonar supuestos y analizar indicios. No creía haber descubierto el caso limpio y morondo; pero sí su progenie, su parentesco. Comprobado este hallazgo, no era imposible encontrar lo que buscaba y cuyo valor positivo no era otro, estaba bien seguro de ello, que el misterio en que se lo envolvían. De todas suertes, existiera o no, halláralo o no lo hallara, de los desbroces hechos ya en aquel terreno había resultado una enseñanza para él, que no debía ser olvidada: había pecado, estaba pecando de optimista en determinadas cosas muy delicadas de por sí; y por grande que fuera su confianza en la virtud de ciertos principios fisiológicos, eran mayores los riesgos que se corrían en el caso actual, a la menor equivocación. Y en la duda, abstenerse. Lo primero que había que hacer, era un cambio de costumbres en su casa: más disciplina, más hogar, menos égloga. Bueno era el aire puro y libre; pero no en tanta cantidad ni a todas horas; bueno el ejercicio de las fuerzas físicas, buenas la holgura y la despreocupación campestres; pero con discreción y sin menoscabo de otras leyes y de otros respetos muy atendibles y muy racionales. Por suerte de don Alejandro, aquel cambio de costumbres podía hacerse, se haría forzosamente sin necesidad de que se traslucieran sus sospechas ni sus arrepentimientos, ni se ofendieran pundonores ni delicadezas de nadie: con la venida de su sobrino Nacho. Desde el momento en que Nacho se alojara en Peleches, hasta por cortesía estaban obligados él (don Alejandro Bermúdez) y su hija a acomodar sus costumbres a los gustos del forastero, que de fijo los tendría muy diferentes de los que venían privando allí. Por su cuenta, Nacho no tardaría una semana en llegar a Peleches; de un momento a otro esperaba carta suya que se lo confirmara, desde Madrid.
--Y en viniendo él--concluyó Bermúdez, volviéndose hacia el otro lado, todo cambiará de aspecto y marchará como una seda por donde debe marchar... Sí, señor, ¡canástoles! aunque el demonio se empeñe en otra cosa, que no se empeñara, porque no hay razón de fuste para que se empeñe.
Llegó el día, moviose la gente del solariego caserón, púsose a su faena cada cual, apareció Nieves en escena a media mañana; y tan en su centro acostumbrado, en tan completa serenidad, tan semejante a sí misma la halló su padre, que sintió como remordimientos de haber caído en las aprensiones que le tenían sin sosiego veinticuatro horas hacía. «¡Ah, pícaras suspicacias!--se decía viéndola trajinar y revolverse tranquila, descuidada y risueña.¡Condenadas flaquezas del meollo, que así arrastráis por los suelos los más hidalgos propósitos y las esperanzas mejor puestas!... Sin embargo--añadió por final de su _confiteor_--, no se ha perdido todo en esta batalla innoble y deshonrosa para mí, puesto que he sacado de ella una enseñanza que no se paga con dinero, ni con la mala noche que me ha costado... Porque la enseñanza queda, ¡vaya si queda, canástoles!... Porque lo que no ha sido, pudo, puede y podrá ser».
Como esta evolución del ánimo de Bermúdez se le reflejó en la cara, y se la tornó risueña y apacible, y fueron también risueñas y apacibles sus palabras, Nieves renunció al propósito con que se había levantado de revelarle el secreto, en la mejor forma que pudiera, si continuaba el pobre hombre en las torturas de la víspera.
Todo iba, pues, a pedir del deseo en aquel día; y para que nada le faltase a don Alejandro, hasta recibió carta de Nachito; de Nachito, que anunciaba su salida de Madrid al día siguiente. Se detendría cuatro en la capital; y enseguida, de un tirón, a Peleches. Sacó Bermúdez la cuenta por los dedos, temblones de gusto... Era jueves... Al anochecer del martes le tendría allí... ¡Canástoles, qué fortuna!... A Nieves con la noticia...
Estaba en el saloncillo muy descuidada; se la espetó de golpe su padre, y como un golpe en la espinilla la recibió.
A don Alejandro se le alargó la cara medio palmo.
--Mujer--la dijo plantado delante de ella, con la carta en una de las manos, caídas al desgaire--, va ya picando en historia este delicado particular. Si no son cuatro, no bajan de tres con ésta las veces que has recibido las noticias de tu primo como el diablo la presencia de la cruz; y ¡qué quieres que te diga?... me disgusta, me... vamos, que no me parece bien, porque no es justo... en fin, ¡qué canástoles! que hasta me desazona un poco...
También se desazonó un poquito Nieves con esta reprimenda de su padre, a juzgar por el ceño que puso y otras señales que se le notaron; pero se dominó pronto y respondió con entereza, aunque en calma: