Al primer vuelo · Unidad 25 de 30

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--Es que das tú tanta importancia a eso que llamas delicado particular, que todo te parece poco para él. A ti te entusiasma; pues a mí no: ya te lo he dicho en otras ocasiones. Esto no es un pecado, papá. ¿Quieres que reciba esas noticias dando brinquitos y batiendo las palmas? Pues te engañaría si hiciera eso. ¿Me quieres hipocritilla y mentirosa, o me quieres llana y a la buena de Dios? ¿Me has visto alguna vez más entusiasmada que ahora con tu sobrino? Pues si me quieres sincera y llana y nada hago ahora que, en rigor de verdad, pueda saberte a nuevo, ¿por qué te enfadas conmigo cuando no recibo esas noticias con la alegría que tú?

--¡Si no me enfado, hija mía!--replicó don Alejandro dulcificando el tono de sus palabras y la expresión de su semblante--, lo que se llama propiamente enfadarme... ni siquiera te pido que te alborotes de alegría; y me conformo con mucho menos: con que no te causen disgusto estas noticias. Pues ni eso poco me concedes: ya ves que no puedes concederme menos... y es natural, muy natural, que lo sienta; y sintiéndolo, que te lo diga; lo cual no debe extrañarte, porque también tú me querrás sincero antes que falso... ¿No es así, Nieves?... En este supuesto, todavía tengo que decirte más, y te digo que es cierto que nunca te vi entusiasmada con tu primo; pero que también es verdad que lo de ese disgustillo de que te acabo de hablar, es cosa nueva en ti: desde que estamos en Peleches.

--Como que antes de estar en Peleches nosotros no se había tratado de su venida.

--¿De manera que vienes a confesarme explícitamente--dijo don Alejandro volviendo a nublársele un poco la cara--, que te disgusta la venida de tu primo?

--Precisamente la venida por sí sola, no, repuso Nieves sin amilanarse con la consecuencia sacada de sus palabras por su padre.

--Pues ¿qué es lo que te disgusta entonces?--preguntó Bermúdez seriamente interesado ya en la conversación.

Nieves, luchando con resolución contra ciertas dificultades fáciles de presumir, que hallaba en la empresa en que se había empeñado, respondió, jugueteando con la tijerita con que cortaba las hilachas del bordado en que se entretenía:

--Me disgusta... o mejor dicho, no me gusta, algo que tiene que ver, o que puede tenerlo, con la venida esa.

--Y ¿cuál es ese algo? Será cosa nueva también, como el disgusto.

--No por cierto.

--Y ¿cómo no te ha disgustado antes de ahora?

--Porque la veía más de lejos, y no me apuraba.

--Pues no te entiendo, hija mía.

Nieves pinchó con la tijera muchas veces el bordado, que ninguna culpa tenía de sus apuros, y se calló; pero su padre no se satisfizo con tan poco, y añadió a lo dicho:

--Si me hicieras el favor de explicarte... Porque el caso lo merece.

--¡Yo lo creo!--respondió Nieves sin titubear.

--Pues entonces...

--Quería yo decir--repuso ella algo a rastras--, que si esa venida no fuera más que... venir por venir... vamos, una venida como otra cualquiera...

--Ya estoy--observó don Alejandro rascándose la coronilla con un dedo--. Pero eso es volver adonde estábamos antes... Lo que yo necesito es que me expliques el algo especialísimo que trae consigo esa venida.

Aquí volvió Nieves a pinchar el bordado con la tijera, y además se puso a balancear con la otra mano el bastidor que tenía sobre las rodillas. Su padre entonces, lleno ya de alarmante curiosidad, arrimó una silla a la de su hija y se sentó pidiendo, casi por el amor de Dios, una respuesta. Nieves le contestó, armándose de la mayor firmeza que pudo:

--Mira, papá, yo hablaría contigo de muy buena gana sobre ese asunto, y muy despacio, porque lo merece bien, como tú has dicho; pero no me atrevo, no sé... Soy una mozuela sin experiencia y sin arte... Tengo acá mi modo de ver y mis ideas... pero nada más: en mis adentros y a solas, me lo explico y lo siento bien; y si me pongo a explicártelo a ti, temo decir lo que no debo y callarme lo que debiera decir... Es falta de costumbre... y de valor. ¿No te parece esto muy natural?...

--Muy natural--confirmó su padre, que ya estaba en ascuas, arrimándose más a ella--; muy natural y disculpable en una niña tan bien educada como tú; pero como el punto es de importancia, de muchísima importancia, y una de las cosas que con más empeño te he enseñado yo es a que te acostumbres a ver en tu padre al mejor de tus amigos, espero que has de vencer enseguida esos reparos, para que acabe yo de entenderte; y si lo crees necesario, hasta te lo suplico... Conque ya te escucho, hija mía. Habla, ¡habla por el amor de Dios!

Y habló de esta manera Nieves, con mayor frescura de la que ella se había imaginado:

--Una vez, en Sevilla, te empeñaste en saber si me interesaba mucho o poco la venida de Nacho a vivir con nosotros aquí. Fue unos días antes de ponernos en camino. ¿Te acuerdas?

--Sí que me acuerdo: adelante.

--Pero me lo preguntaste de un modo tan particular, que me aturdí. Tú tomaste aquel aturdimiento mío como mejor te pareció, y así quedaron las cosas... ¿No es cierto, papá?

--Puede que lo sea... ¿Y qué más?

--Por algo que te dejaste decir entonces--continuó Nieves con voz bastante insegura, pero con bien hecha resolución--, y otras señales que yo conocía desde mucho tiempo atrás, sospeché que entre mi tía Lucrecia y tú había... ciertos planes que tenían mucho que ver con la venida de mi primo a España... Con franqueza, papá: ¿los había o no los había? ¿los hay o no los hay a la hora presente?

Respingó sobre la silla don Alejandro al sentirse acometido tan de golpe y tan de lleno por aquella pregunta, y, después de unos instantes de silencio, preguntó él, a su vez:

--Y si yo te dijera que los hay, ¿qué me responderías tú?

Sin vacilar respondió Nieves:

--Que esos planes tienen la culpa de que yo no me entusiasme con la noticia que me has dado.

--¡Canástoles!--exclamó aquí Bermúdez, saltando otra vez sobre la silla--. ¿así estamos ahora?

--¿Cuándo hemos estado de otro modo, papá?--repuso Nieves que por momentos iba alentándose--: ¿cuándo me has oído cosa en contrario?

--Mujer, tanto como en contrario, no te diré; pero creerte enterada y perfectamente consentida, eso sí.

--Enterada, pase; pero consentida, no, papá: registra bien la memoria.

--¡Canástoles! harto consiente quien se calla y deja hacer... Tanto más, cuanto que llegué a creer que vosotros, por vuestra parte, estabais proyectando lo mismo que nosotros.

--Pues ese ha sido tu error.

--Admitido; pero ¿por qué no me has sacado tú de él?

--Porque ni tiempo me diste para ello la única vez que hubiera venido al caso, como viene ahora.

--Pero observo que ahora te apura, y antes no te apuraba. ¿Por qué así?

--Ya te lo he dicho: porque lo veo muy de cerca ya.

El pobre don Alejandro no cabía en la silla, de inquieto y de nervioso que le ponía aquel desencanto que sufrían sus candorosas ilusiones. Algunos recelillos habían arraigado en su magín, tiempo hacía, de que el asunto no caminara, por el lado de Nieves, al paso a que deseaba llevarle él; pero aquellas repugnancias expuestas con tanta entereza y a tales horas, rebasaban mucho de la línea de sus cálculos. Del montón de reflexiones que le llenaron atropelladamente el cerebro, sacó estas pocas, que le parecieron las más llanas y más propias del momento:

--Demos de barato, hija mía, que yo he estado viviendo en una equivocación continua sobre ese particular, con el mejor y más honrado propósito, y ten entendido que te quiero demasiado para que, con cálculos o sin ellos, llegara yo nunca a desatender tus repugnancias en asuntos de tanta entidad; porque una cosa es que lo que se cree útil y conveniente y beneficioso para ti, se persiga y se acaricie, y otra muy distinta la imposición forzosa de ello, que en mí no cabrá jamás; en este supuesto, ¿qué mal hallas en la venida de ese pobre chico, ni a qué te compromete, para que tanto la temas?

--La temo, papá--respondió Nieves al instante--, porque barrunto que Nacho viene para algo más que conocernos, y porque le creo enterado por su madre de esos propósitos vuestros que se conocen ya hasta en casa de Rufita González... ¿No se lo has oído más de una vez? ¿Quién se lo ha dicho sino tú tío, el padre de Nacho, o la tía Lucrecia... o Nacho mismo? Porque para supuesto, me parece excesiva la matraca de esa simple en cuanto me ve.

--¡Vete tú a saber!... ¿Te ha insinuado él algo a ti?

--Lo suficiente para darme otra prueba de que está bien enterado; y no me ha hablado con mayor claridad, porque en ese punto siempre le he tenido yo a raya. Pues bien: figúratele ya en Peleches con esas intenciones y muy pagado de lo mucho que se le desea; y considérame a mí con las manos atadas por los respetos que tengo que guardar a los proyectos consentidos y ensalzados por ti. Con todo esto y lo pegajoso y azucarado que él es, no hay remedio, papá: o tiene que darme a mí muy malos ratos, o tengo que dárselos yo a él peores. De cualquier modo, la cosa no es divertida.

--¡Canástoles!--saltó don Alejandro entonces--. Es que tú das por hecho que ese chico ha de serte molesto y aborrecible; y ¿por qué no ha de resultar todo lo contrario después que le trates?

--Porque es imposible eso,--respondió Nieves con un acento de convicción tan absoluta, que dejó suspenso a su padre.

--¡Imposible!--replicó éste después de observar con gran fijeza a Nieves que parecía algo pesarosa de su arranque--. Y ¿por qué ha de serlo? ¿Qué motivos hay para que lo sea? Hasta ahora todo te parecía simpático en él. La mayor tacha que le ponías era su lenguaje; y no porque te sonara mal, sino por extrañarte el sonido. ¡Bien poca cosa tenías que tacharle! Pues de ayer acá, todo ha cambiado en el pobre chico, como si para mirarle te pusieran un velo negro delante de los ojos. ¿Es verdad esto? ¿sí o no? Respóndeme, hija mía, pero acordándote de que te has alabado hace un momento de ser llana y a la buena de Dios.

--Otra exageración tuya, papá--dijo Nieves eludiendo la respuesta terminante que se la pedía--. No es ese el caso.

--Corriente--añadió Bermúdez tomando nueva postura en la silla--. Pasemos también por eso, y quédense las cosas donde y como tú quieres ponerlas. Pero bueno o malo, blanco o negro, ya está tu primo llegando a las puertas de Peleches: ¿qué hacemos con él? ¿se las cerramos? ¿le dejamos entrar?

--Tampoco se trata de eso, papá: repáralo bien.

--¡Otra te pego! Pues ¿de qué se trata, hija mía?

--Se trata de responder a una pregunta que me hiciste al principio. Querías saber por qué no me alegraba yo con la noticia que me diste, y ya lo sabes. No se trata de otra cosa.

--Perdona, hija del alma--repuso Bermúdez con una sonrisilla muy amarga--. Me has explicado, a tu modo, las repugnancias o disgusto, o lo que sea, que te produce la noticia que te he dado; pero el por qué, la causa generadora de todo ello, te has guardado muy bien de declarármela.

Algo vivo y muy sensible debió herir en los adentros de Nieves esta salida de su padre, porque no halló reparo que ponerle ni serenidad bastante para suplir con un ademán o un gesto la falta de una palabra.

--¡Ay, Nieves!--la dijo Bermúdez entonces moviendo desalentado la cabeza--: tampoco yo soy lo que fui en el modo de mirar ciertas cosas; también tengo, de poco acá, mi correspondiente velo que me cambia los colores. ¡Si supieras qué fantasmas veo algunas veces, y con qué claridad en otras! Por de pronto, veo que no he vivido solamente en el error que me citaste, sino en otros muchos; y voy temiendo que uno de los mayores ha sido el de traerte aquí tan de prisa y con los fines con que te traje.

--Pues si eso ha sido un error tuyo--saltó Nieves emocionada, nerviosa, con la sinceridad de lo que decía bien reflejada en sus ojos--, a tiempo estás de enmendarle. Volvámonos desde mañana, desde hoy, si es posible, a Sevilla. Puede que hasta te lo agradezca yo mucho... Créeme, papá, porque te lo digo de todo corazón...

--¡Eso es!--dijo Bermúdez casi aplanado ya--, huidos... ¡huidos, Nieves!... ¿Y de qué... o de quién, hija mía? ¿Del pobre mejicanillo? Tiene muy poca sombra ese para infundirte tanto miedo. Algún otro coco habrá de mayor talla por ahí... sabe Dios en dónde. Pero ¿qué te importa a ti que le haya o no le haya? dirás tú. Y con muchísima razón. A mí ¿qué me importa, ni qué motivos hay, ni quién soy yo para que me importe?

El pobre don Alejandro se conmovía por momentos; y Nieves, que se lo notaba en la voz, acabó de perder la poca serenidad que le quedaba, y rompió a llorar de firme con la cara entre las manos. Acudió su padre a consolarla, y ella entonces le echó los brazos al cuello.

--¡Pobre papá!--le decía entre besos y lágrimas--, tú no mereces que yo te dé un mal rato... y sin causa ni motivo... porque no los hay... yo te lo aseguro... Es que sucedió lo que temía... que no sé dar a esas cosas serias su propio valor... cuando quiero explicarlas; y no hay más... Yo no haré sino lo que a ti te agrade... ¿Te parece mucho dejarme libre la voluntad en esos planes vuestros?... Pues ni eso te pediré. Y te juro que nunca trataré de imponerte la mía, aunque me fuera en ello la vida entera... ¡Qué más he de decirte? ¿Lo encuentras poco todavía... para perdonarme... y para quererme como siempre me has querido? ¡Virgen María!... ¡Papá del alma!... ¡Si tú supieras!...

Bermúdez no podía contestar a Nieves con palabras, porque no hallaba medio de articular la más sencilla. Suplía esta deficiencia pasajera apretando o aflojando los abrazos a su hija; y así se entendieron los dos tan guapamente.

Por remate de la escena, que fue larga, logró decir con regular firmeza don Alejandro mientras enjugaba las lágrimas de Nieves con el pañuelo.

--¡Ea, se acabó esto, canástoles! Y ahora, a su cuarto la niña para refrescarse la cara, y sobre todo los ojos, que se nos han puesto como dos puños... ¡Y unos ojos tan bonitos!... ¡Por vida de!... ¡Vaya, vaya!... Se nos va a lo mejor el santo al cielo; se deja uno ir detrás a lo tonto, y luego suceden estas cosas tan desagradables... ¡Canástoles!... ¡como si no hubiera tiempo de sobra en la vida para irse diciendo los secretillos más guardados, poco a poco y cuando mejor nos convenga! ¿No es así, hija del alma?... Conque a recogerse y refrescarse un poquito.

Nieves, que estaba deseándolo, complació bien fácilmente a su padre; el cual, al verse solo y al reconocer su herida, observó que con el final de la reciente escena había desaparecido el clavo, pero dejando la punta dentro.

Cerca del anochecer, llegó don Claudio Fuertes. Mandole pasar don Alejandro a su gabinete, y allí se estuvieron encerrados los dos hasta la hora de cenar; porque Nieves se acostó muy temprano; y con este pretexto, despidió Catana desde la puerta, cumpliendo las órdenes de su señor, a los dos Pérez cuando llamaron a ella a la hora acostumbrada de todas las noches.

Don Adrián sorprendido y Leto atolondrado, bajaron hasta muy cerca de la botica sin decirse una palabra. Allí fue donde el boticario padre enderezó estas pocas al farmacéutico hijo:

--Verdaderamente es raro, ¡caray! sí, señor... es raro. Ni siquiera de cumplido, hombre: «pasen ustedes un momento... avisaré a don Alejandro...» para hacerle el homenaje de amigos... eso es... Pues nada, Leto... portazo, ¡caray! ¿Se habrá sabido aquello? ¿Habremos caído en desgracia?... Si es de cuidado lo de ella... por lo mismo; y si no lo es, igualmente... Vamos, que no hallo razón para el... llamémosle desaire, eso es, inmerecido... Y no me duele por desaire, no, señor: me duele como síntoma, como síntoma de un enojo... eso es, del señor don Alejandro... ¡Caray! con lo que yo le estimo y le... ¿Lo ves tú de otro modo, Leto?

--Falta saber--dijo éste--, si a don Claudio le ha pasado lo mismo que a nosotros; y eso lo sabré mañana, si no lo averiguo esta misma noche.

--Me parece bien pensado, hijo; muy bien pensado... eso es.

--Y si resulta que no ha habido portazo para él, démonos usted y yo por muertos en Peleches.

--¡Caray, caray!

--XXII--

Un incidente grave

En buen grado de tensión estaban las impaciencias de Leto para dejadas así hasta el día siguiente, sin el riesgo de un estallido! En cuanto entró en la botica le dijo a su padre:

--Me voy a buscar a don Claudio.

Y se fue. Le buscó en el Casino: no estaba allí. En su casa: tampoco. Anduvo por los sitios en que solía vérsele paseando algunas veces: ni la menor huella de él.

--Pues está en Peleches sin remedio--se dijo consternado--. Mi desgracia es indudable.

Enderezó los pasos hacia la botica; y al entrar en la plazuela, vio, entre las sombras del fondo, junto a la desembocadura de la Costanilla, un bulto negro que se movía hacia él.

--Es la silueta de don Claudio,--pensó dirigiéndose a su encuentro.

Lo era efectivamente. Se reconocieron; y dijo al instante Leto:

--He andado buscándole a usted por todo Villavieja.

--Y yo venía dudando--dijo a su vez el comandante--, si colarme ahora en la botica para hablar con usted delante de don Adrián, o dejarle recado para que se viera conmigo en mi casa.

--¿Luego tiene usted algo grave que decirme?--observó Leto casi afónico y temblándole todas las entrañas.

--Tanto como grave--repuso Fuertes--, no; pero algo que les conviene saber a ustedes por más de un concepto, sí.

--«A ustedes»--pensó el mozo repitiendo con cierta fruición estas palabras de don Claudio--. Luego no va conmigo solo el cuento; y no yendo conmigo solamente, puede ser otro cuento distinto del que tanto miedo me da. A salir de dudas--. Pues hágame usted el favor--dijo a su amigo, lo bastante bajo para que no lo oyera nadie más que él--, de referirnos lo que haya, sea malo o pésimo, pues bueno, ni casi regular, no lo espero; porque desde el portazo que se nos dio esta noche en Peleches, estamos mi padre y yo que no nos llega la camisa al cuerpo...

--Lo presumía--respondió Fuertes--, y por eso no me ha chocado oírle a usted decir que anduvo buscándome por toda la villa... Porque yo estaba dentro cuando ustedes llegaron, y sabía lo que había de suceder, si llegaban, desde un rato antes por haber oído el recado que dio don Alejandro a Catana... Situaciones que el demonio prepara y no puede uno remediar. Al caso.