Al primer vuelo · Unidad 8 de 30
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--Me dolería haberla molestado con este rasgo de franqueza, y la suplico que me perdone si he tenido esa desgracia; pero conste que no rebajo una tilde de lo dicho, porque yo no falto a la verdad por ningún respeto humano. A lo que íbamos, Nieves: hasta es posible que algunas de las visitas que reciba la diviertan a usted; pero diviértase con ellas o no, usted, el señor don Alejandro, y yo si les sirvo de alguna cosa, continuaremos trazando planes para hacer usted aquí la vida a su gusto, y hasta poniendo en planta la parte de ellos que no estorbe a la etiqueta obligada en estos tres o cuatro primeros días... Otra cosa y para gobierno de ustedes: en Villavieja se come a la española neta, de doce a una, y se cena de nueve a diez... Y a propósito de estos particulares: mi condición de viudo con casa abierta, me ha hecho entender un poco en los prosaicos menesteres de la vida. Desearía haberlo demostrado a satisfacción de ustedes en el abasto provisional que hice para su cocina y despensa. Puedo jurarles que puse en ello los cinco sentidos.
--Todo está en su punto, señor don Claudio, y nada falta ni sobra... ¡Para declararlo Catana como lo declaró anoche al tomar posesión de sus dominios!... De dos artículos de ello muy importantes, la manteca y el café, no hay que hablar, porque están a la vista las muestras, y ya hemos convenido en que son excelentes...
--Lo celebro de todo corazón, porque tengo, un poquillo de vanidad en ser competente en ese delicado capítulo de la vida doméstica... Respecto a lo demás de la casa...
--Ya le hemos dicho a usted que tampoco tiene pero.
--No lo he olvidado; pero no voy a tratar de eso precisamente, sino de algo que no ha podido hacerse por falta de tiempo, y se podría hacer ahora más despacio y enteramente a su gusto. De esto y otras cosas parecidas quisiera yo hablar con usted cuanto antes.
--¡Qué canástoles, hombre! ¿Tan urgente es el caso?
--Urgente, así en absoluto, no señor...
--Pues entonces, ¡qué demonio! empleemos la sobremesa en puntos de más enjundia... Deme usted alguna noticia más de las gentes de nuestro tiempo. Verbigracia, del famoso boticario...
--Yo, con permiso de ustedes, los voy a dejar. Eso de las visitas me tiene con cuidado, y temo que me falte tiempo para arreglarme.
--Pues adiós, hija mía.
--Buen provecho, y hasta luego.
--A los pies de usted, Nieves.
--¡Ea! ya está usted empezando.
--¿Por dónde?
--Por donde usted guste o más rabia le dé.
--¿Se permite murmurar, ahora que estamos solos?
--¿De quién, hombre malévolo?
--Del primero que salte en la conversación.
--¡Como si supiera hacer otra cosa el inocente!
--Gracias por la lisonja.
--Es justicia, créalo usted... Pero ¿y si el que salte en la conversación no da motivos?
--Aquí todos le dan, poco o mucho, en diferentes sentidos.
--¿Hasta el pobre boticario?
--Ese es hombre aparte, no solamente en Villavieja, sino en todo el mundo sublunar.
--En fin, allá usted, que yo lavo mis manos...
--Pero no le disgusta el tema...
--Hombre, yo no he dicho...
--Las cosas claras, don Alejandro...
--¡Canástoles! pues ¿qué más claras las he de poner?... Venga de eso, o de lo que mejor le cuadre... y a ver qué le parecen estas regalías para fumigar la conversación.
--La vitola es de primera.
--Pues a prender fuego a ese ejemplar... Ahí va la cerilla.
--Gracias, señor don Alejandro.
--Aguarde usted un poco. ¿No le sabría mejor el tabaco mojando la punta en ron, pongo por caso, o en coñac?
--Es posible, o en un chapurradito de los dos. No había dado yo en ello, ¡vea usted!
--¿Sabe usted si lo hay en casa?
--Respondo de que vino a ella un buen surtido de esa clase de menesteres.
--¡Catana! ¡Catana!... ¡El ron y el coñac... y unas copitas con ello!
--VII--
Visitas
Lo anunciado a este propósito por don Claudio Fuertes y León en casa de don Alejandro Bermúdez, se cumplió casi al pie de la letra. A las once de la mañana, precisamente en el instante en que esa hora sonaba en la torre de la Colegiata, se sentaban en el estrado de Peleches Rufita González y su madre, las «parientas» de la casa, con todos los útiles de visitar encima: guantes, abanico, sombrilla y tarjetero, y los trapos mejores del baúl.
--Nosotras--decía Rufita después de los acostumbrados saludos; porque es de saberse que su madre apenas desplegaba los labios sino para sonreír continuamente y decir a todo «justo»--, teníamos noticias exactas de su venida a Peleches este verano, no solamente por don Claudio que tanto nos distingue porque nos aprecia muchísimo, sino por la misma tía Lucrecia que nos lo escribió por el último correo, al darnos parte de que vendría también mi primo carnal, Nachito, a conocernos a todos sus parientes... vamos, a ustedes y a nosotras, ya que no podía venir ella por haber engordado una barbaridad, ni tampoco el tío Cesáreo, que tiene que estar siempre a su lado, porque no se puede valer de por sí sola, de puro gorda que está... Por supuesto que de esta venida del primo, muy corrida por aquí, y de saberse también que se ha carteado conmigo... ¡uff! han sacado los murmuradores horror de cosas: que si hay planes arreglados, ¡vea usted!; que si debe vivir con nosotras, porque es hijo de un hermano de mi madre; que si vivirá en Peleches, aunque es sobrino de ustedes _solamente_ por parte de la suya; que si, por sus caudales atroces, estaría mejor arriba que abajo, por otros particulares que conoce bien la pobre tía Lucrecia y no habrá olvidado tampoco el tío Cesáreo, más propio y hasta más decente sería vivir abajo que arriba... Vamos, lo de siempre que la murmuración mete la pata en negocios ajenos... Pero nosotras, gracias a Dios... ¡y a buena parte vienen a hacer leña!... ¿eh, mamá?... nosotras bien conocemos que para alojar a una persona de la importancia de Nachito, no somos todo lo... vamos, todo lo principales y ricas que se requiere, por más que en educación y en sentimientos no tengamos que envidiar a las señoras más encumbradas; y por lo mismo que conocemos esto, no nos chocaría que mi primo se encontrara más a gusto en Peleches... ¡Ah! pues deje usted, que no falta quien dice que viene a casarse con usted, Nieves... usted sabrá si es cierto, ¡ja, ja, ja! Verdaderamente que no tendría nada de particular que así resultara después de conocerla a usted, tan elegante y tan bonita... Ya ve usted, comparada con una pobre villavejana como yo... ¡ja, ja, ja! la elección no podía ser dudosa... ¡ja, ja, ja!... Pues a lo que iba al principio, porque las palabras se enredan, se enredan... Sabiendo nosotras que venían ustedes, nos dijimos (se entiende, mamá y yo): ¿y qué hacemos? La cortesía y el parentesco de familia nos mandan que los visitemos; pero otras razones que tampoco son de olvidar, nos dicen: hay que dormirlo y rumiarlo bien, porque si con el mejor de los deseos que una lleve a esa casa, le dan a una un disgusto gordo por todo pago, ¡zambomba! Conque en esto, consultamos el caso ayer mismo con don Claudio; y, naturalmente, nos aconsejó que viniéramos, respondiendo él de que seríamos bien recibidas... ¡Pues no faltaría más! como nos dijo el señor de Fuertes: «¿qué tienen ustedes que ver con lo que en otros tiempos hubo o no hubo entre los de arriba y los de abajo, siendo ya eso puchero de enfermo y ustedes unas señoras en toda regla, que no van a pedir a nadie media peseta para los panecillos del almuerzo?» Conque al saber que ustedes habían llegado anoche, nos dijimos: vamos a saludarlos y a ofrecerles la casa y nuestros respetos, porque arrieros somos... y casi parientes además; y esta mañana nos echamos encima lo primero que tuvimos a mano... Porque nos gusta mucho a mamá y a mí andar decentes, eso sí, pero sencillitas, muy sencillitas, como ustedes pueden ver... lo que no quita que tengamos siempre de reserva alguna cosilla de más lujo, por si acaso truena gordo a lo mejor... Al revés que otras de aquí, que se llevan el cofre entero cada vez que se echan a la calle, ¡uff! Porque ustedes no pueden figurarse la bambolla que hay en Villavieja, y los humos que gastan y el tono que se dan ciertas gentes... Vamos, cuatro zarrapastras, Dios me lo perdone, que estarían mejor barriendo las escaleras o acarreando sardinas desde el muelle... ¡Ya verán ustedes, ya verán! sobre todo usted, Nieves, si no trae bien atascados los baúles y no saca un vestido nuevo cada día a la Glorieta o a los Arcos... ¡ja, ja, ja! y si le saca, que luego se le copian y la miran de reojo y la despellejan viva. Son atroces, ¡ja, ja, ja!... Que diga mamá si empondero ni tanto así... Porque, hija, ¡nos tienen sacudida cada patada en la boca del estómago!...
Y así durante quince minutos, sin que nadie pudiera meter baza en la conversación. Para Nieves, la garrulidad de Rufita era de una novedad asombrosa: estaba como fascinada escuchándola; pero más fascinada todavía viendo la multitud de cosas que movía a un tiempo: la lengua, la cabeza, los ojos, el abanico, la sombrilla, los pies y las asentaderas. En cambio, su madre apenas movía cosa alguna más que los labios para sonreír, el abanico muy poco a poco, y la lengua para decir de tarde en tarde: «justo.» Don Alejandro estaba poco menos suspenso que su hija delante de aquel espectáculo; pero no tan tranquilo como ella, porque le tenía en ascuas el temor a ciertas y determinadas alusiones de Rufita González.
Cerca ya del mediodía se levantaron las dos; y eso porque se oyeron rumores de nuevos visitantes que entraban en el pasillo.
--Sobre el particular del primo Nacho--dijo Rufita despidiéndose--, repetimos a ustedes que, por nuestra parte, no habrá camorra ni cosa que se le parezca. Si él quiere quedarse en Peleches, que se quede; si quiere venirse con nosotras, que se venga. No estará tan bien alojado como aquí, ni tendrá tan guapa mesonera, ¡ja, ja, ja! pero le daremos cariño largo y lo mejor de lo de casa; y... algo es algo, ¡ja, ja, ja! De todos modos, no es puñalada de pícaro todavía, y pueden ustedes ir formando su composición de lugar para cuando volvamos a vernos. Porque hemos de volver a vernos, ¿no es verdad? Por lo pronto, cuando nos paguen ustedes la visita... y muchísimas veces más, como es natural entre personas de familia. ¿No es verdad, don Alejandro? ¡Ja, ja, ja! Adiós, Nieves. _(Un par de besos.)_ Toda de usted, señor don Alejandro... Despídete, mamá, y vámonos. _(Se despide la mamá como puede, y salen las dos.)_
A la puerta del estrado se cruzaron con las Escribanas que entraban, muy arrebatadas de calor y un tanto airadas de semblante. Antes de salir de casa se habían picado las chicas por diferencias de opinión sobre lo que debían de ponerse para hacer aquella visita. Al fin se vistió cada una de ellas como mejor le pareció; pero todo el camino fueron tiroteándose a media voz unas a otras. Aún duraba la resaca cuando se cruzaron con las parientas de «los de Peleches» a la puerta misma del salón. Por eso y por la mala ley que las tenían, más que de saludo fueron de mordisco las palabras y los gestos con que las pagaron sus muestras de cortesía.
Se sentaron todas después de muchos remilgos de exagerada etiqueta, y la Escribana madre fue quien habló la primera. Se habían creído obligadas a dar la bienvenida y ofrecer sus respetos a los señores de Peleches, no solamente por la posición que ocupaban ellas en la sociedad de Villavieja, «aunque humilde, de alguna importancia», sino por lo íntimo de las relaciones que siempre hubo entre su difunto marido y la casa de Bermúdez. (Puro embuste.) Por otra parte, había entre las personas «propiamente decentes» de allí, verdadera necesidad de cultivar un poco el trato de las gentes bien nacidas y de buena educación, porque «ustedes no saben cómo se va poniendo esto de día en día... ¡atroz! ¡les digo a ustedes que atroz!» Y no estaba la culpa precisamente en el empeño de las de abajo en subirse muy arriba, sino en algunas que por haberse tenido siempre por de lo más cogolludo, no podían sufrir que otras tan buenas como ellas, por donde quiera que se miraran, se pusieran a su lado; y no pudiendo asombrarlas ni siquiera deslucirlas en tanto así... ni competir con ellas, si bien se miraba, en dinero, ni en elegancia, ni en educación, se dejaban pudrir entre cuatro paredones viejos, o andaban al revés de todo el mundo. Y claro estaba: los sitios que dejaban desocupados ellas «en la buena sociedad», los iban ocupando «otras atrevidas del zurriburri»; se hacía de ese modo «una mezcolanza atroz», y luego, las gentes que no entendían mucho de estas cosas, a todas las medían por un mismo rasero. Quería la Escribana madre que Nieves lo tuviera todo muy en cuenta para que no se dejara engañar «por la pinta» y supiera «a quién se arrimaba». Éste era un favor que ella quería hacerla con el buen deseo de evitarla muchos disgustos... Por de pronto, no citaba nombres; pero los citaría si Nieves lo creyera necesario...
La mayor de las hijas, pensando que caería bien allí un escrupulillo forzado, una atenuación irónica a lo dicho por la madre, apuntó cuatro palabras en este sentido; pero enseguida se las tachó con otra ironía la escribanilla segunda; replicó la primera con una pulla a su hermana; intervino la menor con una zumbita mortificante para las otras dos, y volvieron a salirles a las tres los rosetones encarnados en las mejillas, a temblarles la voz y los labios, y en las manos los abanicos, que crujían y se despedazaban entre los dedos convulsos... La Escribana madre, bien conocedora de aquellos síntomas, para conjurar la tempestad, más o menos sorda, que barruntaba, reía a carcajada seca los dichos de sus hijas, queriendo que los tomaran por chistes Nieves y don Alejandro, que se miraban atónitos delante de aquella singular escena.
Por fortuna para todos, entró don Ventura Gálvez, el párroco de Villavieja, hombre de pocas teologías, pero de mucha moral, risueño, sencillote y bondadoso como él solo. Era ya viejo, aunque bien conservado, y el único resto de lo que fue Cabildo de la Colegiata de Villavieja antes del Concordato que los suprimió. Quedóse allí como coadjutor de la nueva parroquia, y a los pocos años ascendió a párroco. Le estimaba mucho don Alejandro, y le dio un abrazo apretadísimo. Tuteaba a las Escribanas, porque eran hijas suyas de confesión y pertenecían además a una de las congregaciones que dirigía él, y les dijo algunas cuchufletas en cuanto las vio allí muy emperejiladas. Con esto se conjuró la tormenta que amagaba estallar. Llevando don Alejandro la conversación al terreno de don Ventura, habló éste del estado en que se hallaba la Colegiata: bastante bueno. Según los inteligentes, porque él no lo era, el templo, sin ser un monumento de gran importancia, valía la pena de ser atendido, aun sin considerarle, como le consideraba él ante todo, como casa de Dios. Era relativamente moderno, de estilo greco--romano, bien lo sabía el señor Bermúdez; y aunque no rico por su ornamentación, de cierta grandiosidad aparente... Para Villavieja, como la Catedral de Toledo. Los dos coadjutores (que ya vendrían a ver a don Alejandro, quizá en aquel mismo día) le ayudaban con celo y hasta con entusiasmo, y resultaban de ese modo bastante esmeradas y solemnes las funciones del culto. Para el vecindario que tenía Villavieja, en rigor, en rigor, se necesitaba mayor personal que el que tenía la parroquia; pero habida cuenta de los tiempos que corrían, no se estaba mal del todo.
Gracias a los buenos sentimientos de los villavejanos, en el templo no se carecía de nada de lo principal... con excepción del órgano, que a lo mejor no sonaba, de puro viejo y remendado. Se trataba de adquirir otro, y ya se habían tanteado voluntades con bastante buen éxito... Don Cesáreo, el marido de doña Lucrecia, había ofrecido una cantidad considerable, y mayor, si fuere necesaria. Dios era la Suma Bondad y cuidaba de todos, particularmente de los villavejanos, entre los cuales no arraigarían nunca las malas ideas... Últimamente había caído allí una semillita de cizaña... cosa de nada; pero que, como todo lo malo, fructificaría si no se exterminaba a tiempo: el hijo de un tabernero mal aconsejado; un chilindrín presuntuoso, un tal Maravillas, que con el polvo de las aulas, o de los garitos, en la ropa, se había echado a predicar entre la gente menuda unas doctrinas endemoniadas, que corrían el peligro de tomar algún arraigo, por lo mismo que no eran entendidas ni del predicador ni de los oyentes. Por eso había que vivir alerta. ¡Semejante mequetrefe, ignorantón y atrevido! Últimamente andaba empeñado en la obra, que llamaba él redentora, de publicar un periódico, que se imprimiría en la capital, porque allí, en Villavieja, no había imprenta todavía... ¡Tendría que leer lo que dijera ese periódico escrito por un trastuelo que discurría y pensaba como Maravillas, en una población de tan sanas ideas como Villavieja!
Se habló mucho de esto; se fueron las Escribanas, y entraron, casi unos tras otros, el juez de primera instancia, el abogado Canales, Codillo con sus hijas, el médico don Cirilo, las Corvejonas y algunos notables más de la villa. Apenas se cabía en el testero del estrado donde recibían los señores de Peleches; y a estas apreturas y al respeto que infundían allí los personajes graves, se debió, para suerte de los de casa, que ni las Corvejonas ni las de Codillo estuvieran en el lleno de sus papeles, como habían estado en los suyos respectivos las Escribanas y Rufita González, y se marcharon pronto.
Cuando se sentaron a la mesa, muy corrida ya la una de la tarde, los de Peleches, Nieves sentía quebrantos en el cuerpo, como si hubiera rodado por una montaña; y además estaba medio asustada con las cosas de aquellas mujeres tan parleteras, tan maldicientes y tan feroces. Le aterraba la idea de un trato frecuente con ellas, y pidió por misericordia a su padre que la librara de ese suplicio.
Don Alejandro se reía de buena gana de estos temores de su hija, y la entretuvo mucho explicándole la verdadera substancia de aquellas cosas que la asustaban por no conocerlas tan bien como él. Desmenuzolas convenientemente; separó a un lado lo que en ellas había de malo por resabios de localidad y faltas de verdadera educación, y a otro lo que era sano y noble, honradísimo y muy estimable en el fondo, y demostró a su hija, sin gran esfuerzo, que, cultivando por este lado y con sumo tino y con poca frecuencia el trato de aquellas personas, hasta llegaría a quererlas. De todas suertes, ella había ido a Peleches para hacer una vida a su gusto, sin agravio ni ofensa de los demás, y esa vida haría allí.
Por la tarde continuaron las visitas, que subían a Peleches sudando el quilo, porque aquel día achicharraba el sol. Dígalo la Indiana madre, que se presentó con vestido de terciopelo, el mayor lujo de todos los cofres de la villa, arreglado por cuarta o quinta vez del que le regaló su Martín al casarse con ella.