Al primer vuelo · Unidad 9 de 30
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Cerca ya del anochecer y cuando en Peleches no se esperaba a nadie, llegaron los Vélez de la Costanilla. Eran tres, lo único que quedaba ya de los Butibambas de Villavieja: un señor don Gonzalo, alto, huesudo y pálido, con la cabeza calva y la cara muy rasurada, tieso corbatín y levita negra muy ceñida, bastante pasada de moda y de uso. Juanita Vélez, doncella cuarentona, larga y enjuta, por el estilo de su padre, lacia de pelo, de buenos ojos y muy regulares facciones, vestida de finas telas, pero muy antiguas; presuntuosamente simple el corte de su atalaje, pero también algo anticuado; y, por último, Manrique, el menor de los Vélez, hermano de Juanita, un giraldón desvaído y soso, con la boca muy grande y los dientes amarillos, mucho pie, largas piernas y bastante nuez. Era abogado por lujo, y por lujo consumía su juventud encerrado en el caserón de la Costanilla, por hábito de tener en poco a las gentes de Villavieja.
Aquella visita fue pesada y melancólica, y además muy molesta para Nieves, que estuvo incesantemente entre las miradas de los dos hermanos: las de Juanita, inquisidoras y mordicantes, y las de Manrique, voraces y hasta desvergonzadas. Se cruzaron pocas palabras entre los tres; y de esas pocas, las de Nieves fueron monosílabos; las de Juanita, impertinencias, y las de Manrique, sandeces. Don Gonzalo, que leía _La Época_, habló un poco con don Alejandro de las audacias de los partidos extremos y de la decadencia de la aristocracia española por influjo necesario de las nuevas corrientes, de las que no se apartaba lo que debía y a lo cual la obligaban sus gloriosas tradiciones y la altísima misión que le estaba encomendada por la Historia, y hasta por la Providencia divina... Esto le llevó como una seda a trazar un croquis de su vida en aquel centro minúsculo en que bullían y se agitaban, en las debidas proporciones, los mismos instintos malos y las mismas concupiscencias que en las grandes capitales. A Dios gracias, había logrado conservar hasta la fecha todo su prestigio y en la misma fuerza en que le había heredado de sus mayores. No concebía, en su clase, la vida de otro modo, ni podía acomodarse a ciertas artimañas y componendas con las clases inferiores, como hacían otros... porque así les iba mejor. Era cuestión de dignidad nativa, y no había que disputar sobre ello.
No pensaba en semejante cosa el tuerto Bermúdez, que le escuchaba sin pestañear y bostezando a ratos; y eso que podía jurar que lo de las artimañas y las componendas con las clases inferiores, iba con él porque era rico y del solar de Peleches, y vivía en Sevilla, y tenía negocios y amigos de muchas castas en varias partes, incluso Villavieja; sabía también que los Vélez de la Costanilla le detestaban con cuanto le pertenecía, y que si venían a visitarle entonces era sólo por darse lustre y venderle la fineza; sabía además que el resoplado Vélez, con todos aquellos pujos de idealismo aristocrático, era, so capa, el mayor y más funesto intrigante que había en Villavieja, con excepción del otro, de Carreño, el de la Campada, que allá salía con él en intrigas y en agallas; y sabía, por último, que era relativamente pobre y pobre vanidoso, vivía retraído y envidioso y maldiciente, lo mismo que sus hijos e igual que todos sus fidalgos progenitores. Lejos de pensar en contradecirle en nada el campechano Bermúdez, a todo le dijo «amén» por ser ese el camino más derecho para llegar al fin de la visita, que era lo que más deseaba entonces.
Túvole al sonar las nueve de la noche; y los Vélez de la Costanilla se despidieron y se marcharon con el mismo insípido ceremonial con que se habían presentado en el solar de Peleches.
En cuanto se vio Nieves a solas con su padre, le dijo:
--Creo que estoy mala, papá, y que si vienen más visitas esta noche, me muero.
--Y yo también--respondió don Alejandro, recorriendo el salón a grandes pasos para desentumecerse--. Pero no tengas cuidado, que no vendrán; y si vinieran, perderían el viaje y el tiempo, porque voy a dar órdenes para que se cierren las puertas, como si nos hubiéramos muerto o zambullido ya en la cama... Pero dime antes: de todas las visitas que nos han hecho hoy, ¿cuál te ha parecido la más molesta?
--La última--respondió Nieves sin vacilar--. Ésta de los Vélez. ¡Ay, qué estampas de escaparate! Siquiera las otras...
--Justo, resultan divertidas.
--Eso es.
--Pues aún te faltan otros ejemplares de primera: los Carreños de la Campada, rivales de los Vélez de la Costanilla, que acabas de conocer... y lo que Dios nos tenga destinado, hija mía; porque al paso que vamos hoy, no es fácil adivinar lo que sucederá mañana. De todas suertes, la batalla ha de durar pocos días... Recuerda lo que don Claudio nos dijo.
--Sí; pero ¿y los del pago?
--Esos no te apuren: se toman a nuestra comodidad, o no se toman... o se corta por donde convenga; y que arda Troya si es preciso. A nosotros, ¿qué? Por de pronto, cenaremos para cobrar fuerzas; y con eso y el descanso de la cama, amanecerá Dios mañana y medraremos... ¡Catana! ¡Catana!...
Se presentó la rondeña a los pocos momentos, con una carta en la mano, y mientras se la alargaba a su señor, la dijo éste:
--Que se cierren los portones de la calle y que nos preparen la cena a escape... ¿Quién ha traído esta carta?
--Un mandaero.
--¿Espera la respuesta?
--No, zeñó.
Abriola don Alejandro, que ya había entrevisto al pendolista en la bastarda algo temblona del sobre; leyó la firma ante todo, y dijo a Nieves:
--De quien yo me presumía por la letra.
--¿De quién, papá?
--Del famoso farmacéutico. A ver qué se le ocurre al bueno de don Adrián.
«SR. D. ALEJANDRO BERMÚDEZ PELECHES.
»Mi amigo, señor y dueño: hallándome imposibilitado de salir hoy de ésta su casa por la torcedura de un pie (cosa de poca importancia); ausente mi hijo desde que se fue esta mañana a hacer una de las suyas, y no queriendo ser el último de sus buenos amigos en dar a ustedes la bienvenida, se la mando en estos renglones.
»Mientras llega la ocasión de dársela de palabra, tengo un señalado placer en repetirle que soy de usted verdadero amigo y seguro servidor q. s. m. b.
»ADRIÁN PÉREZ.»
--Así habían de hacerse todas las visitas--dijo Nieves--, para que no resultaran pesadas.
--Pues precisamente es la de este perínclito boticario de las pocas, si no la única, que yo hubiera recibido hoy con verdadero placer. Tanto, que mañana mismo he de ir yo a verle.
--¡Ay, papá!--exclamó Nieves alarmada de veras--. ¿Y si vienen visitas estando yo sola?
--Ya se elegirá una hora conveniente--respondió su padre para tranquilizarla--. Y a mayor abundamiento, te llevaré conmigo, y tomaremos el aire de paso, y estiraremos los tendones; y si vienen visitas, que vengan; y si se amoscan... mejor... ¡canástoles! ¡Viva la libertad de Peleches!
Y se fueron al comedor, triscando como dos chiquillos después de salir de clase.
--VIII--
En el casino
El de Villavieja tenía bien poco que ver y mucho menos que admirar. Esto ya se sabe por referencia de don Claudio Fuertes; pero una cosa es saberlo de oídas, y otra muy diferente verlo con los ojos de la cara; subir por su escalera angosta, entre la tienda de Periquet y el _Bazar del Papagayo_; sentir estremecerse los peldaños desnivelados, debajo de los pies; abocar al vestíbulo mal oliente, obscuro, casi tenebroso de día, con algunas perchas desiguales y una bastonera de listones, larga y estrecha; echarse a la ventura por cualquiera de los dos pasadizos que arrancan de allí, uno a la derecha y otro a la izquierda, con el suelo esponjoso y temblón, de puro viejo, y ver aquí un cuarto lleno de cajones vacíos, de quinqués desvencijados, de montones de periódicos de desecho y de vasijas quebradas; más allá un tabuco con honores de secretaría, conteniendo un estante de pino con papeles y algunos libros de cuentas, cuatro sillas ordinarias y una mesa con tapete verde, cartapacio de badana y escribanía de azófar; un saloncillo después con una mesa larga con media docena de periódicos encima y buen número de sillas alrededor, un armariote entre dos huecos de la pared con algunos libros maltratados y varias colecciones de la _Gaceta_, un reló de caja en un testero, y en el de enfrente un calendario debajo de un gran anuncio encuadrado de los chocolates de Matías López, y dos quinqués, con reflectores de latón, colgados del techo sobre la mesa. Todo aquello era el «gabinete de lectura». Frontero a él, es decir, en el otro extremo del corredor y con luces a la plaza, el gran salón: la mejor pieza del Casino; salón de tertulia, de tresillo, de billar y de café al mismo tiempo, y de baile cuando llegaba el caso. Entonces se arrimaban a la pared las sillas de paja y las cuatro butacas descoyuntadas y bisuntas que ordinariamente andaban de acá para allá al capricho de los desocupados; se amontonaban las mesitas y los veladores en el cuarto obscuro ya conocido, y en la _leonera_ y otro cuarto más por el estilo, que había a su lado, o en la cocina, y se convertía la mesa de billar en mesa de ambigú vistosamente adornada, en la cual se destacaban y lucían mucho las pilas de azucarillos y las bebidas refrigerantes en la cristalería de Periquet; se encendían las dos docenas de velas correspondientes a otras tantas palomillas de quita y pon que había a lo largo de las paredes y en cada cara de los dos pies derechos del medio; y con esto y unas colgaduras de tul de tres colores en las puertas, y unas guirnaldas de flores contrahechas, serpeando poste arriba en los dos mencionados, y con quemarse allí unas pastillas del Serrallo, o medio real de alhucema, resultaba el salón muy oriental y hasta espléndido, en opinión de los más descontentadizos y exigentes villavejanos.
La mesa de billar, por razón de la luz que necesitaban de día los jugadores, estaba en una de las cabeceras del salón, cerca de uno de los tres balcones que daban a la plaza. Los tresillistas, por alejarse todo lo posible del ruido que de ordinario se hacía en la mesa y alrededor de ella, entre jugadores, choque de bolas, cántico del pinche, matraqueo del bombo, que era de hojalata, y comentarios y disputas de mirones y tertulianos, ocupaban la cabecera opuesta, a más de treinta pasos de distancia, porque el salón era enorme. Tenía el servicio de la casa, desde tiempo inmemorial, ajustado a una tarifa votada en junta general de socios, con asistencia del contratista, un cafetero establecido en la calle trasera, en un local de muy mala traza; pero, según fama, cumplía bien sus compromisos, y hasta gozaban de mucho crédito sus géneros, su diligencia, y particularmente sus limonadas en la estación de verano.
Y no había otra cosa digna de mencionarse en el Casino de Villavieja.
Aquella tarde, o más bien, aquel anochecer, había, como de costumbre a tales horas, poca gente en el gran salón. En las mesas de tresillo, nadie; en los veladores inmediatos, lo mismo; en el sofá de gutapercha jironeada y en las cuatro butacas contiguas a él, Maravillas y dos «chicos de la redacción», hablando u oyendo leer, muy por lo bajo, a uno de ellos unos papelucos. Cerca de la mesa de billar, tomando café arrimados a un velador, el fiscal y dos amigos; y jugando _chapó_, con el estrépito de siempre, el Ayudante de Marina y Leto Pérez el farmacéutico: el primero sin corbata y con el cuello y el chaleco desabotonados; el segundo lo mismo, y además en mangas de camisa; licencias muy justificadas en aquella ocasión, porque tal era el calor que hacía, que «se asaban los pájaros», al decir del hijo del boticario sin apartarse mucho de lo cierto.
A pesar de este calor y de la peste que daban los dos reverberos de petróleo colgados sobre la mesa, recientemente encendidos, aunque a media luz todavía por recomendación del conserje, muy encarecida al muchacho que apuntaba; a pesar de esto, y de llevar más de dos horas jugando, ni el Ayudante ni Leto mostraban señales de cansancio. Particularmente Leto, parecía endurecerse y animarse con la pesadumbre del calor y los esfuerzos de la brega. Le faltaba tiempo para todo: apenas se detenía su bola, largaba el tacazo y tomaba la contraria casi al vuelo; agarrado a la baranda, veía correr las tres, porque a no estar en mano una de ellas, a las tres ponía en movimiento disparatado, y las seguía y arreaba con los ojos; y como siempre _hacía_ algo, cuando no lo hacía todo, palos, carambola, pérdida y dos billas, con un estruendo espantoso (porque el paño tenía heridas y recosidos, y las bolas desconchados, y sonaban sobre el tablero como si llevaran clavos de resalto), las sacaba de las troneras y plantaba los palos antes que el pinche acabara de cantar el golpe. Al Ayudante le daba siete tantos y la salida, si la quería; y así y todo le llevaba de calle, porque no había defensa posible contra un modo de jugar como el de Leto. Y cuidado que el Ayudante jugaba bien; pero como no lograra pegar al otro a la baranda, cosa perdida. Con una cuarta de taco que pudiera meter en la mesa el farmacéutico, golpe hecho por donde menos podía esperarse. Para una fuerza inicial como llevaba su bola, no había nada seguro en la mesa, ni en las inmediaciones las más de las veces. El Ayudante desfogaba sus contrariedades llamándole san Bruno, y chiripero, y leñador y otras cosas parecidas. Leto le concedía que le salía bastante más de lo que tiraba; pero no que estuvieran bien aplicados los calificativos aquellos. Y sobre eso porfiaban a cada instante y apelaban al juicio de los mirones, ¡y daba Leto cada carcajada y decía cada cosa!...
Porque aunque todo lo tomaba con calor, rara vez se incomodaba. Tenía eso de bueno, por de pronto; amén de la estampa, que no era mala por ningún lado que se la mirase. Al contrario, reparando mucho en ella y sabiendo mirar, había momentos en que resultaba hasta hermosa. Leto era fornido, sin ser basto ni mucho menos; ágil y bien destrabado de miembros, de mirar noble e inteligente, sano color y correctas facciones; la barba, de un matiz castaño obscuro, nutrida, suave y bien _puesta_; el pelo semejante a la barba; los dientes sanos y blanquísimos; la boca no grande y fresca, y el cuello, que entonces estaba al descubierto, limpio, blanco y redondo como una pieza de mármol. Pues siendo así al pormenor, sólo en determinados momentos, como se ha dicho, resultaba, en conjunto, hermoso en el sentido estético de la palabra. La razón de este contrasentido, que pocos trataban de investigar (uno de ellos don Claudio Fuertes, que tan conocido le tenía, y, sin embargo, se le pintó a don Alejandro de la manera indecisa que se vio en su carta), la hallaría un fisiólogo de tres al cuarto con sólo reparar cómo jugaba y discutía y razonaba y se conducía en todo, con relación a los que le oían o le miraban, el hijo de don Adrián Pérez, y la irá conociendo el lector según le vaya tratando.
El caso es, a la presente, que Leto llevaba de calle al Ayudante; que el Ayudante se picaba; que Leto se defendía a su manera; que el fiscal y sus colaterales les embrollaban el pleito para enzarzarlos más en él; que el pinche dio una vuelta a los tornillos de los reverberos, porque ya no se veía lo necesario para jugar la última mesa comenzada del último partido; y que en este estado de cosas se marcharon los dos amigos de Maravillas; se sentó éste junto al velador más próximo al billar por el lado de _cabaña_, y «variando de conversación», preguntó el fiscal al mozo farmacéutico que engredaba la suela de su taco en aquel instante, después de haberse limpiado el sudor de la frente con una manga de su camisa, si había ido a visitar al _Macedonio_.
--Y ¿quién es el Macedonio?--preguntó a su vez Leto candorosamente.
--Me parece que bien claro está--replicó el otro muy serio--. El señor de Bermúdez Peleches.
--No veo yo esa claridad...
--Hombre--añadió el fiscal repantigándose en su silla y metiendo los pulgares por las sisas del chaleco--: un Alejandro que tiene por hermanos a un Héctor y un Aquiles, no puede ni debe ser otro de menor talla que el de Macedonia, el _Magno_, que llamamos la Historia y yo. Además, según mis noticias, es tuerto como su ilustre padre, el jumista Filipo. Otro rasgo de familia...
Se celebró mucho la ocurrencia por todos los presentes, incluso Maravillas, que por aquella vez no usó la sonrisita a que le obligaba de continuo su papel de librepensador propagandista; por todos, menos por Leto, que se quedó mirando de hito en hito al fiscal... hasta que de pronto soltó una carcajada.
--¡Carape!--exclamó enseguida--, que está de molde el apodo.
--Gracias, muchacho--dijo muy serio el fiscal.
--Vamos, que quedará como otros muchos.
--No lo dije por tanto; y hasta lo sentiría, porque tengo los mejores antecedentes de ese caballero, y en especial, de su hija. Dicen que es cosa excelente... Pero ¿en qué quedamos? ¿ha ido usted o no ha ido a verlos?
--¡Yo!... ¿a qué santo?
--Al santo de que ha ido media Villavieja... ¡Canario, cómo se conoce que tienen guita larga!
--Pues mire usted... (Allá va eso, Ayudante... Vaya usted contando: la carrerita del medio, carambola y billa... Aguarde usted, que también el mingo se va a colar... ¡Se coló!... Dos y seis, ocho; y seis, catorce. Apunta, muchacho.) Pues iba a decir que, sin que yo tenga personalmente nada que ver con ellos, ni los conozca siquiera más que de oídas, es lo cierto también que, por una casualidad, no estuve ayer en Peleches de punta en blanco, y que por poco más de lo mismo, no he subido hoy allá.
--¡No le dije yo? A ver eso, hombre.
--Y ¿qué ha de verse? Lo que le dije al principio: que nada tengo que hacer en Peleches, y que por eso no he ido.
--Como decía usted que por una casualidad...
--(Apunta eso más, muchacho... y no se queme, Ayudante. Ya sabe que soy un segador chiripero.) Lo decía por mi padre.
--Ahora lo entiendo menos.
--Mi padre es muy amigo de don Alejandro desde que éste andaba por acá. Ayer se torció un pie.
--¿Quién? ¿don Alejandro?
--No, señor: mi padre.
--Corriente.
--Torciéndose un pie... poca cosa... ya está casi bien. (¡De maestro, señor Ayudante, de maestro! Pérdida con tres palos, y cubierto yo; y además pegado como una ostra... ¡Carape!... Vamos, un tanto más para usted...) Pues torciéndose un pie mi padre en un hoyo de la botica, no pudo subir ayer a Peleches a saludar a ese señor; y no pudiendo subir, le escribió una esquelita a última hora de la tarde, al ver que yo no volvía.
--¿De dónde?
--De voltejear por afuera. Porque él había pensado que hiciera yo la visita en su lugar... (Otro golpe bueno, Ayudante. A ese paso, me la lleva usted. Pero ya nos veremos un poco más allá. Estamos veinticuatro por diez y ocho... ¿no es así? Me faltan doce... cuestión de un golpe o dos... ¡Ajá!... Apúntame esos cinco tantos por de pronto.) Al volver ya de noche, me lo contó mi padre con lo de la torcedura, que ocurrió después de salir yo de casa donde le dejé arreglándose para subir.
--¿Adónde?
--A Peleches... ¡Y quería que yo le acompañara!... Como ha querido hoy que subiera a decirles que todavía continuaba él sin poder salir de la botica...
--Y bien querido.
--¡Quite usted allá, hombre!... ¡Pues soy yo a propósito para esas embajadas y esos!... Todavía ayer, si hubiera estado en casa, por complacer a mi padre y no tener disculpa de fuste para lo contrario... ¡pero hoy, estando él ya para subir de un momento a otro, y después de la carta de anoche!... (¡Carape!... se me pasó la bola... Vaya otro respirito más para la agonía de usted, Ayudante.)
--Pero ¿por qué se resiste usted tanto a complacer a su padre en un asunto tan hacedero y llano y hasta gustoso?