Américo Vespucio · Unidad 6 de 21

CAPITULO III.

Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.

Situacion de la España--Reinado de Don Fernando y Doña Isabel--Anarquía--Guerra cívil--Fanatismo--Restablecimiento de la Inquisicion--Influencia del Clero--Expulsion de los judios y moros--Odios entre España y Portugal.

Nos es necesario echar una ojeada sobre el País á que se dirigía Colon y sobre los sucesos de la época en que debía llegar.

El reinado de Enrique IV, llamado _el impotente_, había sido funesto para Castilla; él mismo había abierto las puertas de la mas escandalosa anarquía rebelándose contra su padre. No eran mejores los ejemplos de su vida privada; había agotado las fuerzas de su juventud en la mas desenfrenada crápula. Sin mas sucesion que su hija Juana y aun su legitimidad desconocida al extremo de llamarla el pueblo y los nobles la _Beltraneja_, á causa de las intimidades ostensibles de Don Beltran de la Cueva con la Reyna, fué este desgraciado vástago en vez de solucion de las cuestiones de sucesion, causa de trastornos y de guerras.

De ánimo débil, pasó por sucesivas humillaciones que despretijiaron su autoridad y hacían que tomase colosales proporciones la anarquía. Hizo primero reconocer á su hermano Don Alfonso como sucesor al trono, cediendo á las imposiciones de la nobleza y desconociendo los derechos de su hija.

Muerto Don Alfonso á los quince años de edad, se hizo por las mismas imposiciones, el pacto llamado de los _Toros de Guisando_, en que fué reconocida su hermana Doña Isabel con derecho á la sucesion del trono pretendiendo salvar su autoridad, con una claúsula por la cual esta no se casaría sin asentimiento del monarca. Todos estos resultados venian precedidos de intrigas, asonadas y crímenes.

Llegó el descontento al extremo de quererse destronar al monarca para levantar á Doña Isabel, como ya una faccion había proclamado á Don Alfonso, pero la futura soberana de España tuvo la discrecion de no prestarse al movimiento.

El matrimonio de la simpática princesa con su primo el infante de Aragon, Don Fernando, Rey de Sicilia, es un idilio que pocas veces ocurre en la crónica de los reinos. Don Enrique pretendió que la princesa se casase primero con el principe de Francia, despues con Pedro Giron, altivo y rebelde noble que puso esa condicion á su sometimiento y por último con el Rey de Portugal. La princesa resistió con energía todas estas imposiciones porque amaba á Don Fernando de Aragon y solo con él consentiría en un enlace.

Para evitar las persecuciones é intrigas de la Corte hizose venir al Infante secretamente, corriendo serios peligros y con la proteccion de los nobles que le eran adictos en Castilla, celebraronse las nupcias que unian por lo pronto dos ardientes corazones y que mas tarde debian unir dos reinos, formando uno tan grande que en él jamas el sol tendria ocaso.

Muerto Don Enrique IV en Diciembre de 1474 fué, en la ciudad de Segovia, proclamada Reyna de Castilla Doña Isabel, no sin que al mismo tiempo ambiciosos viniesen á disputarle el trono, so pretesto de sostener la causa de Doña Juana. La actividad que en esta lucha demostró la nueva Reyna, probó que ambicionaba ardientemente el poder y que tenia grandes aptitudes para sobrellevarlo.

Doña Juana habíase esposado con Don Alfonso V Rey de Portugal y este invadió á Castilla, sostenido por los nobles adictos á ella y trabóse una guerra de sucesion que probó la impericia militar de unos y otros. Por último, vencido el Portugues, retiróse á su Corte y la infeliz Doña Juana, despues de haber sido heredera de un trono, novia de tantos ambiciosos y desposada de un Rey, concluyó por buscar la paz del alma en un Monasterio.

Fallecido en Enero de 1479 el Rey de Aragon Don Juan II, fué elevado al trono Don Fernando y produjose así la unidad Española.

En todo este movimiento vése por único actor á la casualidad. A Don Enrique sucederle debia su hija Juana y en defecto de ella, su hermano Don Alonso, jóven sensato, que apesar de su corta edad tuvo bastante carácter para rechazar mas de una infamia; hubiese sido un buen Rey y no llegó á ser sinó una esperanza frustrada sin que falten historiadores que atribuyan al veneno su prematura muerte. En tal caso Doña Isabel hubiese sido otra monja como Doña Juana ó hubiese optado por ser Reyna de Portugal, casandose con el viejo monarca que la pretendia. Entónces la union de los Reinos de Aragon y Castilla efectuado _ipsofacto_ por su matrimonio con el Príncipe, no se hubiese realizado, sin que hubiesen tenido lugar muchos de los sucesos que vamos á referir.

Prescott en la historia de los Reyes Católicos, dá al reinado de Doña Isabel un orígen electoral, cosa que en verdad no es asi, pues toda la autoridad de Doña Isabel se derivó del célebre pacto de los _Toros de Guisando_, infringido no obstante por la misma agraciada en la cláusula que exigía la intervencion de Don Enrique en su matrimonio. Si casualidad fué todo, pocas veces ha dado orígen á tanto bien y á tanto mal.

A situacion tan espantosa, como la dejada por el reinado que caducaba, requeriase un gobierno enérgico y justo, que salvase el principio de autoridad, desconocido por la terrible anarquía que destrozaba la Península Ibera y los Reyes Católicos, que muchos y muy grandes errores debian cometer, eran no obstante justos y enérgicos.

Todos los historiadores están contestes en el tétrico cuadro que ofrecía la España al morir Don Enrique. La seguridad de las personas y de las cosas era mayor entre las hordas salvajes que en sus campos y aun en sus ciudades; los mismos nobles mandaban desde sus castillos robar y asesinar á los viajeros; el feudalismo estaba en su apojeo; los tribunales por prevaricaciones escandalosas ó por miedo no servian sinó para alentar la injusticia y el crímen; la industria decaida, el comercio abatido; una crísis espantosa á causa de que cada noble acuñaba la moneda á su antojo, depreciándose esta al extremo de que las transaciones se hacian, como en los tiempos primitivos, por trueque ó cambio.

El Clero era un poder, el único poder, la única autoridad, al extremo de que criminales vestian el hábito sin profesar para escudarse y quedar impunes. Los maestrazgos de las órdenes religioso-militares, recibian del Papa su autoridad; no se sometian al Gobierno y acumulaban grandes riquezas. En fin, si se quiere una imágen del cáos, busquese en esa época de la historia de España, sobre todo en Castilla y Andalucia.

Los Reyes Católicos acometieron la tarea de domar esa anarquía y ya con rigor, ya con blandura; ya confirmando fueros y derechos á las ciudades, ya despojando á los nobles de sus derechos feudales, ya reconciliando los magnates enemistados, ya sometiendo á los que gobernaban por su cuenta incluso al altivo conde de Cádiz, ya prestigiando los tribunales de justicia, ya reformando los procedimientos y leyes civiles; en pocos años, la misma admiracion que nos ha causado el desquicio del gobierno de Don Enrique, nos asalta al ver las reformas obtenidas por los Reyes Católicos. Apesar de su energía, Doña Isabel nada hubiese conseguido sin la union del Reyno de Aragon; habiase allí refugiado lo mas sensato y patriota de la nacion Española; su constitucion liberal, su riqueza de que era emporio el puerto de Barcelona, todo eso reflejaba prestigio sobre ella y era un contrapeso poderoso; los nobles y el pueblo mismo de Castilla, sabían que en un caso dado, un ejército Aragonés vendría á apoyar á la Soberana y véase en esto una demostracion de como la anarquía, hija siempre de la desmembracion social, cesa cuando la unidad se restablece.

Dos episodios citaremos para demostrar que estos Soberanos si bien dotados de grandes cualidades, no eran aptos para mejorar la situacion del Pais.

Los obispados de España se proveian sin anuencia del Soberano, y si los Reyes Católicos reivindicaron ese derecho, no se descubre en ello sinó la influencia del Clero Español, interesado en esa reivindicacion porque era pospuesto por prelados de Roma. Los Reyes estaban sometidos á esa influencia al extremo de que el confesor de Doña Isabel, nuevamente nombrado, Fray Fernando de Talavera, cuando por primera vez fué á ejercer su ministerio, permaneció sentado para escuchar la confesion:--La costumbre es--dijo Doña Isabel--que ambos permanezcamos arrodillados.--Nó--exclamó el confesor--yo soy ministro de Dios y este su tribunal y V. A. debe permanecer de rodillas y yo sentado. La Reyna se arrodilló.

Doña Isabel tenia, no hay duda grandes condiciones pero no era superior á su época, estaba muy á su nivel. La España debía permanecer siempre con los gérmenes de la anarquía, contenidos pero no extirpados; el fanatismo debia acrecentarse tanto mas cuanto mas quisiese hacerse de la religion elemento social.

Es asi que el restablecimiento de la Inquisicion hizo á este poder mas irresistible que en las épocas anteriores. Algunos historiadores para disculpar á Doña Isabel dicen que fué á requisicion del Papa que se hizo este restablecimiento; no hay tal, existen aun los documentos que prueban que fué á peticion de la misma Doña Isabel que se dió la bula que debia levantar en Torquemada, el déspota, el tirano mas cruel de los tiempos pasados y futuros.

Estos dos episodios prueban que, ó los Reyes Católicos no eran tales como los representa la historia, sinó crueles y sanguinarios ó que estaban tan dominados por el Clero como Don Enrique lo estaba por los nobles rebeldes. Destruido un feudalismo, levantaban otro cien veces peor; quitada á los nobles la _horca y cuchillo_, ponian en manos de los Inquisidores la tea para encender las hogueras del martirio.

No faltan historiadores que fascinados por el prestigio de los grandes acontecimientos que la casualidad hizo producir en el reynado de Doña Isabel, quieran atenuar esta mancha, echando la culpa á la época. Nó, la moral y la justicia son eternas y no tenemos otra regla para juzgar los hechos de cualquier tiempo. No fueron menos graves otros errores cometidos por los Reyes Católicos; la expulsion de España de los Judios y de los Moros, las persecuciones inhumanas contra esos desgraciados, el saqueo de sus propiedades, son hechos que bastan para borrar la poca gloria que se les atribuye en la unidad de España y en el descubrimiento de América.

La misma guerra contra los Moros refugiados en Granada, no se llevaba con tanto celo al principio; fué necesario que algunos nobles por si y ante si la iniciasen con la toma de Alhama, para decidir al Monarca á ponerse en campaña y en toda esa guerra cuesta discernir el fanatismo del amor patrio.

Ni faltaron tampoco los estragos de la guerra cívil en este Reynado, bastando para comprobarlo que citemos el movimiento separatista que inició en Galicia el mariscal Pardo de Cela, siendo necesario que se enviase allí un ejército que sufrió un reves y que no pudo triunfar sinó á merced de una traicion por la cual, aprisionado el separatista, fué ahorcado sin piedad.

Tal era la situacion en que Cristóbal Colon debia hallar á la España, agregando que los antiguos odios entre esa Nacion y Portugal habian recrudecido con la guerra de sucesion de Doña Juana, á causa de la invasion á Castilla por el Rey Don Alfonso, en proteccion de esas pretensiones.