Amor y Ciencia, comedia en cuatro actos · Capítulo real 3 de 13

ESCENA III

Texto completo de esta unidad literaria, reunido aunque el lector la divida en 1 tramo técnico para mejorar el rendimiento.

ESCENA III

Sor Elísea.— Natalia, Varona. Natalia es señora fin— chada y adusta. Viste con severa distinción traje negro,, de mañana. Varona, elegante maduro, traje de rigurosa» verano.

Varona. — (Afanado, presuroso.) Perdone la santísima Elísea: novenimos más que á preguntar...

Natalia.— ¿Es cierto lo que me ha dicho la cocinera, que se agrava Cristín?

Elísea. — Desgraciadamente, no puedo desmentirla mala noticia.

Natalia. — (Con extremos de pena, las manos en la cabeza.) ¡Jesús^ Jesús... y Jesús!

Varona. — -Ya saben Paulina y usted, ya sabe también el Marqués, que estamos á su disposición para cuanto se ofrezca.

Elis?a. — Gracias. La pobre Paulina se ha echado en ese sofá.

(Señalando á la derecha.) ¡Qué noche ha pasado la pobre f

Yo ruego a ustedes que hablen bajito. Natalia. — (Displicente, á su marido.) Eres tú el que chilla. Varona. — ¡Yo, mujer!

Natalia. — (A Elísea.) Habrá usted oído que ha llegado á esta ciudad un médico eminentísimo... (Varona le tira de la falda con disimulo, indicándole que calle.) Un profesor de universal renombre...

Eliska. — No sé... (Varona y su mujer se miran: él la incita al silencio.)

Natalia. — Ha llegado, sí. (A Varona, con severidad.) ¿Pero, hombre, qué, qué quieres decirme? Varona.— Que hables bajito, Natalia.

Natalia. — (Bajando la voz.) Digo que en casos críticos de vida ó» muerte, no me fío yo de sabios más ó menos auténticos. Ya sabe usted, Elísea, que la ciencia... ha fracasado.

Varona. — (Repite, por miedo á su esposa, la idea de ésta.) Debe-

IDOS declarar y declaramos el terminante fracaso de la ciencia.

Natalia.— En estos trances, me atengo á la intervención divina: Dios, con soberana libertad y justicia, salva ó condena, según nos conviene.

Elísea. — (Muy impaciente, buscando un pretexto para marcharse.) Sin duda... pero...

Natalia. — Usted, que es una santa, no puede ignorar que las medicinas de más virtud están en la Farmacia de la Fe y en los formularios de la Piedad.

Elísea. — (Mirando á la puerta de la derecha.) Cierto, ciertísimo. . .

Natalia.— Y no podré ocultar á usted que ante la desdicha de esta casa, me asalta un recelo...

Elísea. — (Distraída, por decir algo.) ¿Qué?

Natalia.— Temo que no sea Paulina bastante religiosa para penetrarse de la eficacia de la Fe como remedio corporal.

Varona. — Sí que es religiosa. (Natalia le hace callar con mirada despótica.)

Elísea.- Religiosa es... Yo la instruyo, la catequizo... Natalia. — ¿Y qué efecto le hará, pregunto yo, la llegada de

ese hombre? Elísea.— ¿Quién?

Natalia. — El sabio, el médico sublime, el taumaturgo... ¿No sabe usted, bendita Elisea, que ese portento es...? (Nuevo tirón de Varona, más fuerte.)

Elísea. — (En el colmo de la impaciencia.) Dispénseme...

Natalia.— No he dicho nada. '

Juana. — (Aparece súbitamente en la puerta de la derecha.) Hermana

Elisea... Elísea.— Voy...

ESCENA IV Los mismos. — Juana; después Paulina.

Juana.— La señora se ha despertado. Elísea. — ¿Y el nene?

Juana. — No está bien. Ya vuelve la fatiga. La sefiora se afecta horriblemente. Tenemos que sacarla de allí.

Elísea.— Y obligarla á tomar algo. Está desfallecida.

Juana.— A nosotras no nos hace caso. Sólo á usted obedece.

Elísea. — (Viendo venir á Paulina.) Aquí viene. (Entra Paulina con expresión de cansancio, de insomnio, de abrumadora pena. Viste matinée sencilla, elegante.) Paulina, hija mía, tendré que enfadarme, tendré que reñirte si no eres razonable.

Paulina.— ¡Y Solís, que no viene!

Elísea. — Ya vendrá el médico. Espérale aquí, y no te muevas

hasta que yo te lo permita. Paulina.— Bueno.

Elísea.— Estos amables amigos tienen mucho gusto en acompañarte.

Paulina.— (Afectuosa.) jOh, Natalia!

Natalia. — (Adelantándose, la besa con afectado cariño.) Amiga del alma, el padecer empieza lastimando y acaba por ser fuente de regocijo.

Juana.— (A Elísea.) Mándele usted que coma.

Elísea. — Le mando que tome algo y que esté serena y confiada, pues no hay peligro todavía. (Se van Elísea y Juana.)

Varona, — (Saludando á Paulina, que llega al centro, cogida del brazo de Natalia.) El comer es tan necesario como el creer,

Natalia.— No tanto, no tanto.

Varona. — Bien: un poquito menos. (Paulina se sienta.)