Amor y Ciencia, comedia en cuatro actos · Capítulo real 2 de 13
ESCENA PRIMERA
Texto completo de esta unidad literaria, reunido aunque el lector la divida en 1 tramo técnico para mejorar el rendimiento.
ESCENA PRIMERA
Sor Elísea, junto á la mesa, ordenando diferentes objetos qi:e hay en ella; Nicolás, que entra por el fondo con medicamentos en paquetes y botellas.
Elisfa. — A ver, Nicolás: ¿trae usted todo?
Nicolás. — (Consultando las recetas.) Creo que no se me ha olvidado nada. (Mostrando un frasco ) La poción...
Elísea. —Clorhidrato amónico... ¿Y el suero Roux?
Nicolás. — (Entregando un frasco en una cajita.) Me parece que es esto. (Da luego una botella pequeña.)
Elísea.— Benzoato de cafeína... para inyecciones. Bien.
Nicolás. — (Da una botella grande.) Agua de...
Elísea. — Tintura de eucalipius. Nada tan eficaz como esto. Cuantas veces lo empleé para formar una atmósfera húmeda, antiséptica, me dió excelente resultado.
Nicolás. — jAnda! Como que es usted una gran boticaria y una gran médica.
Elísea.— No tanto, Nicolás. Pero seis años en la Farmacia del Hospital de Niños y dos en la asistencia de las criaturitas, algo enseñan...
Nicolás.— Ya, ya.
Elísea. — ¿Hay algo más?
Nicolás. — Nada más. Los juguetes que me encargó la señora no los he traído por no entretenerme. Volveré...
Elísea, — ¿Para qué? ¡Si aquí tiene Cristín juguetes de sobra! Además, ¡ay! el pobre ángel con nada se entretiene ya.
Nicolás.— ¿Está peor el niño?
Elísea. — Peor está, Nicolás. (Muy triste.) Hemos luchado con ese terrible mal, con el monstruo que ahoga sin piedad á los pobres niños... Dios no quiere darnos la victoria... Cúmplase la santa voluntad.
Nicolás.— ¿Y usted, Sor Elisea, teme...?
Elísea.— Ayer tuve esperanza. Hoy... no diré que la he perdido, porque la esperanza no acaba nunca de abandonar el alma del cristiano... La arrojamos, y vuelve... Pero... qué sé yo... desde anoche veo en Cristín esa seriedad particular de los rostros de niño cuando dicen; aadiós, que me voy... que me vuelvo... allá...» He visto en mi Hospital infinidad de casos. jCuántas veces, aleteando en las cunas, me han dicho: «adiós, Elisea,» y, en efecto... se han ido!
Nicolás.— (Enérgico.) Pues ahora no. Sor Elisea es una santa, y mientras esté aquí, ¡canastos! en esta casa no entrará la muerte.
Elísea. — Está usted fresco. ¿Quién pone puertas al campo del morir?
Nicolás.— Usted, que vino aquí traída por los ángeles.
Elísea. — No me trajeron los ángeles: me trajo el afán de asistir al hijo de Paulina, atacado de enfermedad tan perra. Aunque mi sobrina y yo no nos tratábamos por... por... Esto no hace al caso...
Nicolás. — (Comprendiendo.) Ya...
Elísea.— Dije: «allá me voy, y los resentimientos que se los lleve el aire.» Traía la ilusión de salvar al nene, porque... ya me las entiendo yo con este condenado maL ( Afligida.) Pero esta vez parece que no me valdrá mi experiencia. ¡Pobre Paulina! ¡Si quisiera Dios...! (Reza en silencio.)
Nicolás. —Pida, pida, hermana, que á usted no le dicen que no.
ESCEN.\ II Los mismos. — Teresa; después Juana.
Teresa. — (Por la izquierda, con ropa de cama.) ¿Mudamos ahora
la ropa de la camita? Elísea.— No, Teresa. Luego se verá. ¿Pero tú no has descan- / sado?
Teresa. — Un par de horitas. Voy á relevar á Juana, que estará
muerta de sueño . Elísea.— Aguarda. (Recogiendo las medicinas.) Llévate esto allá. Nicolás.— (Mirando por la derecha.) Ya sale Juana. Elísea. — (A Juana, que sale por la derecha.) ¿Se ha despertado
Paulina?
Juana. — No, señora: ahí está (Señala por la derecha) descabezando un sueño en el sofá.
Elísea. — (Bajando la voz.) Hablen bajito. No sé cómo Paulina resiste... Más habituada á los goces fáciles que al rigor de las penas, parecía incapaz de este trabajo heroico. Pero es madre, y con eso se dice todo. (Pausa.) ¿Y el niño?
Juana. — Respira mejor. Ahora duerme.
Elísea.— Ni un momento me le dejéis solo.
Teresa.— Ahora yo. (A Juana.) Vete tú á descansar.
Juana. — (Ayudando á Teresa á recoger las medicinas.) Yo no descanso. Hoy es día de guardia permanente. ¿Verdad, Sor Elisea?
Elísea.— No sé... Quiera Dios que te equivoques... En ftn, idos allá.
Juana»— (Recordando.) [Ah, qué cabeza? Me pidió Gristín ese
juguete... (Mirando los juguetes esparcidos.) Elisf.a. — ¿Cuál?
Juana. — Un clonm.., con unos pavos... Elísea. — (Buscando.) ¿Dónde están esos dichosos pavitos...? Nicolás. — (Que encuentra el juguete en un estantillo.) Aquí están.. Juana,— (Recogiendo el juguete.) Venga... Para cuando despierte.
Elísea. — Pst... silencio... andad con cuidado. No despertéis á la pobre Paulina. (Se van de puntillas Teresa y Juana por la derecha.)
Nicolás. — Hermana Elisea, se me olvidó decirle que muy de mañana, como de costumbre, fui á casa del señor Marqués. Entrando yo en el jardín, el Marqués que salía...
Elísea. — ¿A la calle tan temprano?
Nicolás. — El por qué del madrugón lo sé por mi primo Florencio, que es su ayuda de cámara. (Con misterio.) Parece que ha llegado á esta ciudad un célebre doctor de Madrid... el más sabio, el más amañado del mundo para robar enfermos á la muerte.
Elísea. — (Sospechando, interesándose.) ¿Y cómo se llama? El nombre, Nicolás; el nombre de ese prodigio.
Nicolás. — No me dijo Florencio el nombre... Sólo sé que el señor Marqués supo anoche la llegada del grande hombre, y salió tempranito...
Elísea. — ¿En busca de él?
Nicolás. — No, señora: en busca del médico de casa, señor Solís...
Elísea.— Querrá celebrar consulta. (Oyendo pasos en el jardín.)
Alguien entra. ¿Será el señor Solís? Nicolás. — (Mirando.) Son los vecinos de al lado, los señores de
Varona.
Elísea.— ¡Vaya, qué horas de visita! (Entran los de Varona. Nicolás se retira.)