Antaño i Ogaño: Novelas i Cuentos de la Vida Hispano-Americana · Unidad 10 de 28

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--Puede ser así, dijo un poco despechado don Guillermo, pero yo no especulo con la mentira, ni quiero elevarme en alas de una ambicion innoble, atropellando los fueros de la verdad i de la justicia.

--Decididamente usted es un leso, esclamó el juez, a no ser que sea uno de esos locos de atar que traen el caletre trastornado por las ideas revolucionarias, i que pretenden reformar el mundo, haciéndole olvidar la relijion i renegar de la obediencia pasiva a sus tutores naturales, sin cuyos bienes no hai órden ni sociedad posibles. Contra esos locos obra nuestro poder, i miéntras tengan este sagrado asilo los jenios del pasado, habrá esperanzas de que no cundan las ideas nuevas i de que se rehabiliten con todo su esplendor en América el espíritu i las costumbres de los afortunados tiempos de la colonia. Milagrosamente tenemos ardientes servidores en el pais, cuyas entrañas habitamos, i no hai peligro de que los locos de la libertad logren desencantarla del poder de la _Mentira_, de la _Ignorancia_, del _Fanatismo_ i de la _Ambicion_, que son los cuatro poderosos monstruos que la guardan, devorando a cuantos tienen la locura de encararseles i de combatir con ellos.

--Yo deseo hacerlo, replicó con entereza i vivacidad don Guillermo, i sin hierro ni fuego venceré a esos monstruos, i les arrebataré su presa.

El togado i el golilla se rieron con desprecio, los demonios estiraron sus cabezas para mirar al ingles como a una cosa curiosa, i éste quedó impasible i sereno, como el que revela naturalmente i sin esfuerzo lo que pasa en su conciencia.

El juez entónces, tomando un aire sério i ceñudo i ahuecando la voz, dijo:--Yo conozco la especie de locura que usted padece, pero como cuantos han venido con ella a estas rejiones, han curado milagrosamente con una simple costura, le condeno a usted a sufrirla, con la calidad de que cuando se canse de ser _imbunche_ i se sienta domado i dispuesto a servir a nuestra causa, avise para que se le descosa. Pero si hai en usted una tenacidad sobre natural que le mantenga firme en su locura, a pesar del _imbunchaje_ de un año, irá usted a probar si puede desencantar a su diosa.

Un balido jeneral de las cabezas circunstantes sirvió de aplauso a esta sentencia definitiva. El juez i el escribano se eclipsaron en la roca, i una mano poderosa que apareció de lo alto pegada a un brazo colosal, agarró del cogote a don Guillermo i desapareció con su presa.

XI.

Los imbunches.

¡Feliz mil veces el que nace con alma de cántaro! Para ese, el coser i hacer albardas todo es dar puntadas; i no ha menester de que a él le peguen ninguna para ajustarle a un molde. El que tiene el alma vacía se amolda a todas las ideas, o mejor dicho, recibe en su vacuidad cuanto le derraman. ¿Qué mas le da que el mundo marche al oriente que al poniente, que triunfe Dios o Lucifer, que el hombre viva en libertad o muera en la esclavitud? Para él todo es uno, porque en este número se encierra toda su filosofía.

En la Cueva del Chibato no se hacia imbunches a esa clase de hombres, porque los jenios del pasado encuentran en ellos su mejor cosecha. La gran mayoría de los seres humanos nace para la esclavitud, o por lo ménos para servir de pasto o de sosten a los tiranos. ¡Qué amarga es esta verdad! ¡Qué terrible! ¡Qué ofensiva al orgullo del hombre! ¿Pero se puede acaso dudar de ella en presencia de los millones que viven sometidos a la voluntad de un déspota, i de los millares de servidores, santificadores i cantores que halla el despotismo donde quiera que el infierno lo vomite?

Deciamos, pues, que contra esa gran mayoría no ejercian su poder los jenios de Espelunco, sino contra los rebeldes que naciendo un poco mas alumbrados, se enamoran de la libertad i sirven a su triunfo. Pero como entre éstos hai variantes, como en todas las plantas de una misma familia, sucede que muchos de los que no nacen para esclavos, son palomos a nativitate, porque tienen la condicion de seguir al primero que les hace _pió, pió, pió_ i les arroja algunas migajas. Admirable poder del hambre sobre la naturaleza, poder que modifica hasta los instintos de la organizacion. Para éstos no habia en el pais de Espelunco ni costuras, ni suplicios, sino migajas i buen grano, pues los palomos tienen alas para trasmigrar de rama en rama en busca de su alimento.

Las costuras se reservaban solo para los espíritus fuertes, para aquellos que conciben la verdad, que la aman i la proclaman, que la sirven i se hacen crucificar por ella.

En esto estaban perfectamente de acuerdo los usos de la Cueva con los del mundo que habitamos. Alguien ha dicho con mucho acierto que en todos tiempos se ha sacrificado o quemado a los pocos hombres que han sabido alguna cosa i que han sido bastante locos para dejar desbordar sus almas i para revelar al pueblo sus sentimientos i sus miras; i no hai nada de estraño en ello, puesto que en todos los tiempos los sacrificadores i los quemadores no han podido sostener su autoridad sino a la sombra de la mentira.

El buen corazon revela la verdad a los ignorantes, i la ciencia descubre a los sabios la razon de las cosas; pero como el poder de los reyes i de los presidentes no tiene corazon, o si lo tiene, lo tiene malo i corrompido; i como anda siempre atras de la ciencia, ha sucedido siempre que los amantes de la verdad i de la razon han sido despreciados i sacrificados como locos o perturbadores del órden de cosas que se apoya en la mentira i en el mal. No parece sino que los gobiernos tuviesen constantemente a su oreja un Mefistófeles que les estuviera gritando a toda hora:--«Despreciad la razon i la ciencia, esas fuerzas supremas del hombre; dejad al espíritu de la mentira que os afiance en sus obras de ilusiones i de encantamentos;»--pues vemos en todas partes i en todos tiempos, que los que mandan se esfuerzan por sostener el error, cerrando los ojos a la luz de la ciencia que les descubre la verdad i que les revela la injusticia de sus leyes i de sus actos. ¡Ai del que tiene espíritu fuerte para proclamar la verdad! La persecucion i el sacrificio son su lote, i si tiene bastante fortuna para escapar con vida, el desencanto i el cansancio completan la obra, agotando su fé, inhabilitándole para siempre: son raros los que salvan de ese naufrajio.

Ese es el mundo; pero en Espelunco se habia perfeccionado el sistema: allí se habia sustituido la aguja a los medios ordinarios de persecucion usados por el despotismo vulgar. La aguja, este antiquísimo instrumentillo, que en los tiempos modernos ha sido tan perfeccionado, servia a los jenios del pasado para secuestrar completamente, para anular a los hombres animosos que no nacieron para la esclavitud, ni para ceder al hambre como los palomos. ¡Cuánto ganarian los gobiernos si adoptaran ese plan! Anulando a los amigos de la verdad i de la justicia, anularian tambien la libertad; secuestrándolos, no en una cárcel, sino en la sociedad misma, inhabilitándolos por medio del desprecio i del olvido, convirtiéndolos en verdaderos párias, los desarmarian i se ahorrarian de sacrificarlos pomposamente en un destierro, en un calabozo o en un patíbulo. Allá en la Cueva se hacia esto fácilmente imbunchando a los rebeldes: acá, al aire libre, se puede tambien imbuncharlos, sin coserlos, pues basta agotarles el espíritu por medio de una perpetua hostilidad.[11]

[11] Esto era lo que sucedia en Chile a la época en que se escribia esta pájina, i es lo que sirve de tema a la alegoria del cuento.

No sino, cosed a un infeliz mortal todas sus avenidas, todas sus entradas i salidas. Mantenedle así algun tiempo contrariado en todos sus instintos naturales, en todos los usos i costumbres que su organizacion le imprime, i vereis cómo su espíritu se agota, su fé se disipa, sus fuerzas se aniquilan. Esa era la suerte a que estaba sentenciado nuestro valiente don Guillermo, i los demonios, ayudantes de la justicia ordinaria de aquel pais embrujado, le habian arrancado del De Profundis en que fué interrogado para conducirle al barrio de los imbunches.

XII.

Tambien hai brujas hechiceras.

¡Qué órden tan admirable reinaba en el pais de Espelunco! Allí estaba el modelo del buen gobierno, no a lo Felipe II, que era lo que en otro tiempo se llamaba buen gobierno, sino del buen gobierno a la moda, que consiste en esclavizar al pueblo i en apretarlo hasta hacerle saltar la sangre i las lágrimas a nombre de la libertad en el órden[12] i de los progresos i felicidad universal. Bien decia Mefistófeles: «La civilizacion que pule al mundo se ha estendido hasta el diablo: no se trata hoi de cuernos, de cola, ni de garras.... A ejemplo de los jóvenes, he adoptado, desde muchos años ha, la moda de las pantorrillas postizas.»

[12] Este era el lema de la política de entónces.

Tal ha hecho el despotismo civilizado. Es preciso ser mui torpe para despotizar hoi como el rei Bomba, para presentarse al pueblo con cuernos, garras i cola, o con otras deformidades o adefesios a la laya, cuando se puede dominar tan bien a la sombra de una palabrota, como:--«El imperio es la paz;» «Viva la federacion, mueran los salvajes unitarios;» «El principio de autoridad;» «La libertad en el órden i el órden en la libertad;» o si no, gritando como los moros que invadian la España:--«Viva la relijion, vamos robando.»

Los Jenios comprendian bien i hacian mejor su tarea. El barrio de los imbunches era un gran seminario, donde se preparaban buenos ciudadanos, pacíficos, modestos i mansos, como bueyes. A los tontos no hai necesidad de prepararlos, a los egoístas tampoco, a los ignorantes ménos, a los palomos basta arrojarles migajas; pero a los que nacen con el espíritu chispeante, es necesario apagárselo, i para ello era un escelente medio el imbuncharlos. Allí estaban los imbunches, inermes e inertes, andando a tientas i a topetones, bajo la direccion de las brujas que los cosian i que los dirijian en sus pasos dentro de aquel limbo de preparacion. Mejores directores no podian haber hallado los Jenios, si es que condicion de las brujas sea el ser engañadoras, embusteras, rabiosas, envidiosas, cobardes i aleves.

Cuando Mr. Livingston cayó allí arrojado por los demonios, torbellinos de brujas se revolvian a flor de tierra tirando hebras de hilo de una madeja sin cuento que se disputaban, se quitaban, arrojaban i enredaban; otras enhebraban convulsivamente sus agujas, i algunas las esgrimian en ademan de dar puntadas, haciendo visajes horrendos. Todas chillaban como micos, ahullaban como perros, mayaban como gatos, i gritaban i silbaban i pifiaban.

Un enjambre de brujas se echó sobre don Guillermo, cuando le vieron caer como llovido i en la misma situacion en que debió encontrarse el padre Adan, cuando se halló de repente en el paraiso, estupefacto, abismado i sin alientos para tener malicia, ni pudor, ni virtud, ni esperanza, ni fé, ni caridad. Ese interregno del alma, esa evaporacion del espíritu producida por el espanto, realzó la belleza natural del ingles, bañándole de un candor apacible, de una inocencia inefable, como la que forma aureola al niño hermoso que descansa desnudo en el regazo de su madre.

Las brujas se lo arrebataron i disputaron con una algazara propia de moros encarnizados en un combate: cual le tomaba en sus brazos, ésta le hacia saltar por el aire, aquella le peloteaba, la de mas allá volaba con él bien aferrado, hasta que una turba la alcanzaba i se lo quitaba para volar con él en direccion opuesta. Todas preparaban sus agujas, algunas le tiraban sus puntadas i todas se enredaban i estorbaban por coserle las primeras.

Pero una bruja hermosa, que tambien las hai; bruja que no merecia el nombre de tal, sino el de hechicera, porque cautivaba con sus ojos que habian robado algo a la esmeralda, porque prestijiaba con sus movimientos graciosos, i con una cabellera castaño claro capaz de enredar el alma como una mosca en la telaraña, se apodera de repente del neófito. La caterva la sigue con furor, pero ella con sus hechizos, con sus untos o sus polvos, no se sabe cómo, se convierte, i metamorfosea al ingles en un abrir i cerrar de ojos, en pájaro, i ámbos a dos tienden el vuelo, dejando el torbellino de brujas viejas i de brujas niñas revolcándose de rabia. Muchas repitieron la misma metamórfosis, pero aunque hubieran volado como el halcon, ya no era posible alcanzar a la bella pareja que se remontaba i se perdia de vista.

XIII.

Lucero.

Mr. Livingston hacia de pájaro a las mil maravillas. Volaba i mas volaba al lado de su pareja, sin abrir siquiera el pico para preguntarle a donde le llevaba o para darle las gracias por su salvacion. Talvez dudaba él de poseer el habla o temia desencantar a su salvadora dando un gorjeo como el cuervo, o algun graznido como el pavon de Juno. No se habia ensayado en todas las costumbres de su nuevo estado i aceptaba su papel de pájaro volátil simplemente con toda la buena fé de un ingles honrado, i por eso no se atrevia siquiera a pensar. Fuera de esto, la novedad del encanto i el placer de dar un vuelo le traian arrobado; i en verdad que no era para ménos: verse cortando raudo los aires, dulcemente mecido por un par de alas que se balancean, es una delicia inefable que absorbe el pensamiento i apaga la gratitud i todos los sentimientos que sirven de lazo entre los hombres que andamos. Los pájaros no deben sentir, ni deben tener vigor para pensar cuando van ejecutando una operacion tan estupenda como es el volar. Sin duda esa es la razon por que no se les ve hacer las funciones serias de la animalidad, sino cuando se asimilan al hombre usando de sus dos piernas.

Así lo juzgó despues don Guillermo, cuando recordó que viendo el mundo de Espelunco, allá a lo léjos, mecerse en su atmósfera inflamada, no recibió con esa vista mas impresion que si viera a Júpiter por el tubo de un telescopio; i de aquí concluyó que para pensar, discurrir i sentir como hombre, era necesario tener la forma humana, i que fuera de esta forma el pensamiento i la sensacion cambian de naturaleza.

Otra cosa fué cuando ambos pájaros, poniendo fin a su vuelo, posaron en tierra sus piés humanos, viéndose convertidos instantáneamente en hombre i mujer situados a la puerta de un inmenso edificio. Ambos se miraron con curiosidad, despues con ardor, fascinándose el ingles con la vívida luz de los ojos de esmeralda de Lucero; i sintiendo un simultaneo latido en el corazon, se abrazaron i se estrecharon como dos amantes antiguos que se encuentran despues de una larga ausencia.

Al primer respiro que desahogó su pecho, Mr. Livingston, mirando con avidez a su pareja i asaltado por un recuerdo, le tomó la mano cariñosamente, i le dijo:

--Anjel mio, mi salvadora, ¿quién eres?, dime; tú no eres Julia ¿no es cierto?

--Nó, yo soi Lucero, respondió la hechicera: así me llaman las tias, desde que me trajeron del mundo i me enseñaron su oficio.

--¿Cuánto tiempo ha que estas aquí?

--Desde el primer año de mi edad, fuí robada de mi casa. No he conocido a mis padres i cuento ya veinte años de vida, veinte años que han sido para mí veinte siglos, i que serán una eternidad mas, si un hombre que me ame no me desencanta.

--¿Qué es necesario para desencantarte? Yo te amo; no, no, te adoro, te has hecho dueño de mi alma. ¿Qué he de hacer para salvarte, Lucero de mi vida?

--¡Ah! ¡se necesita mucho! ¡Un gran sacrificio! El que me ame ha de peregrinar veinte años sin cesar entre dos grandes ciudades de mi patria, para hallar, al fin de tres mil viajes que ha de hacer en los veinte años sin que la falte ni sobre tiempo, el talisman del PATRIOTISMO que se ha perdido en una de esas ciudades. El dia del hallazgo será dia de gloria, de contento, de paz i de fraternidad; i yo podré volver a ejercer en mi patria mis funciones, pues soi el hada del noble sentimiento perdido. El hombre que acometa tan alta empresa ha de tener un corazon formado para el amor, i no para el odio, profundas convicciones, ardiente fé en el porvenir i perseverancia incontrastable......

--Si no es necesario mas, yo soi ese hombre, esclamó con entusiasmo Mr. Livingston: ponme en camino i fia en mí, Lucero, si no se necesita otra cosa.

--Sí, hai algo mas: el hombre de que hablamos ha de pronunciar de cierto modo en cada una de las dos ciudades tres palabras sacramentales, cuantas veces llegue al término de un viaje.....

--Dímelas, interrumpió con viveza don Guillermo.

--Nó, tratemos primero de tu salvacion; despues debo probarte, i cuando tenga en tí plena confianza, sabrás esas palabras.

--¿I cómo vas a salvarme?

--Voi a pedir a los Jenios tu libertad.

--¿Qué no sabes que estoi sentenciado? Los Jenios me forzarán a cumplir mi condena, a no ser que me permitan cumplir la promesa que he hecho de desencantar a la Libertad, venciendo sin hierro ni fuego a los cuatro monstruos que la aprisionan.

Una sonrisa inefable iluminó el bello semblante de Lucero, i luego, con la ternura que inspira a una persona esperimentada la candorosa inesperiencia de un niño, tomó las dos manos de su amante i con dulzura le dijo:

--Nó, piensa primeramente en hallar el Patriotismo perdido; despues esa virtud celeste, por sí sola, completará lo obra de vencer sin hierro ni fuego a aquellos monstruos.

--Entónces es indudable, replicó Mr. Livingston, que los Jenios me someterán a la sentencia que sobre mí pesa.

--Tampoco; no lo temas, le dijo Lucero: los Jenios practican aquí lo que inspiran a sus adeptos de allá arriba: aquí la voluntad que forma las leyes está sobre las leyes, i éstas no se dictan sino para los indiferentes i para aplicarlas sin piedad a los enemigos; pero para los que las hacen i sus amigos son una regla elástica que se alarga i se encoje como conviene, conservando su forma. Un medianero rara vez deja de alcanzar lo que se desea, cuando pone en juego ciertas influencias; su empeño se convierte en interpretacion, cuando hai necesidad de salvar las formas, o simplemente en mandato, cuando la lei no se opone abiertamente. Así caen las leyes i las sentencias, i así caerá la que te condena, cuando yo haga valer mis relaciones i el interes que hai en tenerme siempre grata para que no anhele volver al imperio que me corresponde como hada del patriotismo.

--Soi tuyo, Lucero de mi alma; me entrego con amor a tu poder i sabiduría. Sálvame, que yo te pagaré con un inmenso amor; i aunque emplée toda mi vida en salvarte, moriré contento, si tú mantienes en mi ancianidad el fuego de mi corazon.

--Nó, tu alma i tu corazon no envejecerán, si te alienta mi amor; i aun cuando el tiempo blanquée tu cabeza i desgaste el vigor de tu cuerpo, yo le volveré su juventud i su hermosura con el primer abrazo que te dé allá en el mundo.

XIV.

El alcázar de los Jenios.

¡Ai, desgraciado del que nace feo! ha esclamado algun poeta dominado del númen de la verdad, mas que del estro de la poesía; i en realidad que no es una ilusion poética la desgracia que trae consigo la fealdad. ¿Qué feo inspiró jamas un amor a primera vista? El feo que logra ser amado, lo consigue siempre a fuerza de mañas, o de bondad de corazon, o de injenio: por eso las mujeres que se ven conquistadas por un feo se escusan amenudo con un--«¡pero si es tan bueno!»--u ocultan su vergüenza bajo el prestijio de la habilidad o del talento de su feo. ¡Mas qué será, Dios mio, del que ademas de tener la fealdad en su cara, tiene la pobreza en el corazon i menguado el entendimiento! A ese solo puede salvarle el capricho femenil, i si no sabe esplotarlo o si no es capaz de aprovecharse de las estravagancias de una mujer, no le queda otro mundo que la celda de un convento, ni otro amor que el de Dios.