Antaño i Ogaño: Novelas i Cuentos de la Vida Hispano-Americana · Unidad 9 de 28

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¡Lo que son las mujeres, Dios mio! ¡Qué admirable poder tienen para hacernos olvidar lo que mas nos interesa! Si el estudiante deja sus libros i muchas veces cuelga sus estudios por seguir un palmito de rosa; si el marido deja sus lares en completo abandono, arrastrado por unos ojos que le hacen comprender la sabiduría de la poligamia; i si hasta los viejos dejan a un lado la salvacion de su alma por perderla en una mujer que los aguanta, ¿qué mucho es que un narrador deje a su héroe estirado en el agua, miéntras da cuenta a sus oyentes de una Julia que se habia atravesado en su cuento?

Previa esta escusa, vamos ahora a ver como se encuentra tirado largo a largo don Guillermo, ya no en la playa, sino en el suelo de un De profundis, que no sabemos si es cuarto o cueva, o si es un sepulcro o un cajon de coche u otra cosa parecida. Es aquello una cavidad rectangular donde el cielo, las paredes i el suelo son de pura piedra azuleja, sin grieta, ni abertura, ni puerta, ni ventana. Por dónde ha entrado allí el cuerpo de nuestro amigo, no lo sabemos. Por dónde entra ahora una vislumbre rojiza que alumbra la estancia, tampoco. ¿Qué sitio es aquel, a qué casa, palacio o cárcel pertenece? ménos. Pero ya que nada sabemos, observemos; pues la observacion es el principio del saber.

Mr. Livingston parecia vivo: su cara estaba hácia arriba i sus facciones enérjicas i regulares tenian un tinte sañudo que revelaba ira. Su cuerpo hermoso i esbelto tenia el aplomo de una persona que duerme.

De repente levanta una pierna i la posa sobre la otra; estira un brazo, luego el otro, como desperezándose, i los cruza sobre el pecho a diferencia de Durandarte que, alargando uno de los suyos, decia: «paciencia, i barajar.» Un hondo suspiro anuncia que ya vuelve en sí. Abre los ojos, discurre la vista por la estancia: se toca, se siente empapado i lleno de arena; busca su reloj, no lo halla; mete sus dedos al bolsillo del chaleco, no encuentra su dinero; requiere su meñique en busca de un anillo de oro que llevaba destinado a la cita, i ve que habia desaparecido. Todo le anunciaba que habia caido en poder de bandoleros i que lo del chibato, cuyo recuerdo se le avivó al instante, no era mas que una farsa de Caco.

La prudencia le aconsejó entónces un reconocimiento del sitio. Se levantó, lo vió i tocó todo, i se persuadió, de que estaba en una hermeticidad de viva piedra, que no tenia salida alguna i aun le pareció ver escrito de color oscuro el terrible

Lasciate ogni speranza, voi che entrate.

Abrumado, confuso, sin poder darse cuenta de su situacion, se quedó en pié, estático, la vista fija, la boca entreabierta i los brazos cruzados sobre el pecho. Pero Mr. Livingston estaba constipado, i fué repentinamente asaltado de un furioso estornudo que le hizo dar señas de vida. Instantáneamente se cuajó toda la roca de cabezas humanas que estornudaban a reventar. El ingles se espantó; aparta sus ojos de las murallas, mira al cielo i lo ve apiñado de cabezas estornudantes; baja la vista i ve el suelo cobijado de caras que todavía estornudan.

Don Guillermo cerró los ojos, recapacitó un poco, i juzgó que era juguete de una ilusion. Mas sereno, volvió a mirar, i advirtió que todas las caras le hacian guiñadas, visajes i muecas, i que le sacaban unas lenguas largas, húmedas i amoratadas. ¡Qué horror! Volvió a cerrar los ojos, i un momento mas de reflexion, le dió nuevo valor. Entónces meditó, apeló a todos sus recuerdos científicos i trató de indagar cuáles eran los medios naturales que podrian producir aquel fenómeno. El no queria consentir en que aquello fuese una cosa sobrenatural, ni abandonaba la presuncion de hallarse en una guarida de bandidos, que trataban de aterrorizarle despues de haberle robado. La calidad de la luz que le alumbraba i la singular arquitectura de aquel De profundis o caverna le sujirieron la idea de que cuanto veia era un efecto de óptica producido por algun hábil prestijitador que habria entre los ladrones.

La dificultad estaba esplicada. El ingles abrió entónces los ojos mui tranquilo, i casi risueño volvió a mirar las caras que siempre le sacaban la lengua i le visajeaban. Dió unos cuantos pasos, i le pareció que pisaba en carne viva. Se acercó a la muralla de enfrente, i dirijiéndose a la cara mas atroz que le pareció, trató de apretarle las narices, pero la cara le tiró un tarascon, haciendo una horrible contraccion de enojo; los dientes se chocaron como las muezas de una tenaza, i Mr. Livingston vió que habia escapado sus dedos merced a su lijereza. Esta realidad que destruia su esplicacion científica, le contrarió i le enfureció de tal modo, que dando a fondo un trompis a toda fuerza contra la cara que le hacia frente, se hizo pedazos el puño en la roca, como si no existiera aquel tapiz de cabezas humanas que veian sus ojos.

Mas su furia, no tanto por el dolor, se convirtió en nuevo espanto, cuanto porque observó que al dar su trompis, todas las cabezas habian achatado i estirado sus narices hácia la boca i habian echado barbas largas i cuernos retorcidos, convirtiéndose en cabrones de todos colores i aspectos. Aquellos cuernos se tocaban, eran una realidad visible como la que presenta a la simple vista cualquier animal cornudo. No habia remedio. Falto ya de ciencia i de coraje, nuestro héroe se declaró vencido, con el dolor de no poder repetir el dicho de Francisco I en Pavia, dicho que tantos otros repiten aunque no venga al caso, i que habria sido una blasfemia en esta ocasion, porque no era mui digno de un ingles el dejarse vencer por chibos, ni mui honroso para un amante rendido el caer agoviado bajo un diluvio de cuernos.

Don Guillermo se sentó en el suelo, entrelazó sus manos delante de sus rodillas, inclinó la cabeza como para ocultar su impotencia, i esperó resignado lo que sucediera.

IX.

Comienza a aclarar.

El corazon humano es mui leal, no hai duda; pero no sabemos por qué el de Mr. Livingston palpitó al recuerdo de Julia, cuando su dueño habia quedado poco ménos que en cuclillas, al aspecto de tantos cuernos. A esa hora tal vez la bella almendralina, imposibilitada ya para tomar el velo de monja, i durmiendo en el brazo izquierdo de su primo i marido, soñaba con el ingles, pagando el primer tributo a la infidelidad conyugal. ¡Pero quién es dueño de un ensueño! ¡Ni quién es árbitro de los augurios del porvenir! El cuadro que se representaba a los ojos del amante abandonado podia coincidir con el que pasaba por la imajinacion dormida de la infiel querida; pero si era una amenaza para el marido, bien podia ser tambien un emblema de lo que sucedia el amante. Talvez aquello no era otra cosa que una espresion de la doble infidelidad de Julia, que traicionando a un querido, soñaba con traicionar tambien al otro. En todo caso, ello no seria mas que una corroboracion de la teoría del emperador romano sobre las Julias.

Mr. Livingston estaba realmente abatido. Amaba de buena fé, aunque no habria querido casarse de buenas a primeras. Al fin era comerciante i sabia que no se debia comprar sin muestras, sino cuando la especie es mui barata i no cuesta tanto como la libertad de un soltero. En eso meditaba, i no sabiendo si habia hecho bien o mal, desahogó su incertidumbre, sacudiendo la cabeza i dando un suspiro. No tan pronto abrió los ojos, cuando vió que se adelantaba hácia él un hombre de fraque negro como él, que marchando hendia la roca de la muralla como si fuera una nube o una sutil neblina.

Era el recien venido un hombre de regular estatura, flaco i nervudo, de pelo de color incierto por las canas que se le entreveraban, i de patilla angosta i mas canosa que la cabeza. Sus ojos grandes daban a su cara un aspecto agradable i risueño.[7] Restregándose las manos como con gusto, le dijo con familiaridad:

[7] Retrato del abogado Don José Felipe Gándara, notario de Valparaiso, cuyo carácter jovial se trata de pintar en el diálogo.

--¿Cómo va, don Guillermo?

--¿Quién es usted? contestó éste sorprendido de hallar allí quien le conociera.

--Soi un escribano, añadió el otro sonriéndose.

--¿Qué tiene que hacer conmigo i en este sitio un escribano?

--Es que va a venir el juez del crímen a interrogar a usted.

--¡El juez del crímen! ¡A mí, que no soi delincuente! ¡Que soi por el contrario víctima de un atentado atroz!

--No se asuste usted... Estos tienen la costumbre de entregar al juez del crímen a todos los que caen en sus manos. Pero ya se reformará eso: están pensando en someter a consejo de guerra a todos los que son de otro color. Ya eso será mas llano i ménos molesto para nosotros, porque un fiscal militar no tiene mas que atender a su formulario, para sacar culpable al interrogado, i sea o no inocente, pone su conclusión fiscal pidiendo que se le pase por las armas.

--¿Pero, por Dios, de qué se trata? esclamó Mr. Livingston desesperado al oir hablar de procesos i acusaciones.

--Tranquilícese usted, le dijo amablemente el escribano; sométase a todo lo que le manden, hágase el leso no mas, i verá como lo pasa bien. Cuando me atraparon a mí, quisieron hacerme imbunche para que hiciera mi noviciado, pero yo me allané a todo, i luego me dieron el mismo puesto de escribano que tenia allá en el mundo.

Estupefacto Mr. Livingston, preguntó con voz ronca de terror.--¡I qué! ¿Acaso no estamos en el mundo?

--Nó, en el de allá arriba, nó. En el de aquí abajo, sí; respondió el escribano.

--Luego estoi en una cueva de ladrones, esclamó el ingles; ya lo creia yo al encontrarme sin mi dinero ni mis alhajas.

--Nó, no son ladrones. Le han quitado a usted eso, porque los jenios están mui necesitados. ¿No ve usted que tienen que hacer tantos gastos? Antes están pensando ahora en aumentar los derechos de importacion, en ponerlos a la exportacion de la plata i demas productos del pais, i aun en restablecer la bula de la Santa Cruzada para aumentar las entradas, porque de otro modo es imposible conservar el órden.

Al oir esta respuesta del escribano, don Guillermo quedó mas confuso que cuando se desengañó de que las cabezas i caras que le burlaban no eran efecto de la óptica. Se calló aterrado, i el escribano le miró con compasion.

Despues de una larga pieza de silencio, miró al curial como implorando una esplicacion, i preguntándole adonde estaban.....

El escribano le comprendió i le dijo:

--Estamos no se adónde, don Guillermo, pero dicen que este pueblo es el de los jenios de la colonia, que se han refujiado aquí desde la revolucion de la independencia, i que desde aquí trabajan por inspirar a los de arriba, por conquistar prosélitos i por hacer la contra-revolucion para reconquistar su poder. Yo no sé lo que haya en esto de cierto; yo veo todo lo que se hace aquí, i sé que es una pura picardia; pero...

--¡I cómo no huye usted! le interrumpió el ingles sublevado en lo mas noble de su corazon, al oir aquel lenguaje.

--Es imposible. Esto no tiene salida.

--¡Por qué no resiste usted, por qué se somete a servir a la iniquidad!...

--Qué quiere usted, don Guillermo, si le pagan bien a uno, i uno es pobre. No hai mas que aguantar.

Nuestro amigo vió que esa era la filosofía de todos en el mundo de donde venia, i comprendió que en aquel mundo subterráneo se encontraba con conocidos. El escribano era hablador, como muchos de su oficio; se revelaba sin embozo, i censuraba sin cautela a sus soberanos, como muchos empleados públicos vituperan al gobierno de que dependen, sin perjuicio de votar por él en las elecciones i de obedecerlo ciegamente en los mismos actos que le vituperan. Su filosofía es la del escribano: ¡que quiere usted, somos pobres i nos pagan! ¡Como si la pobreza autorizara la maldad!

Pero con todo, Mr. Livingston no podia todavía atar los hilos que recojia. Lo que le descubria la afable locuacidad del interlocutor, quedaba oscurecido por la redundancia. Era necesario hacerlo que tuviese mas precision en sus respuestas.

--Por fin, insistió el ingles, ¿en qué pais estamos?

--En el pais de _Espelunco_,[8] replicó el escribano con alguna solemnidad, voz que se deriva de la latina _Spelunca_, que significa _Cueva_. Aquí se usa mucho el latin, pues para ser buen Espelunco, es necesario siquiera poder leer los salmos del santo rei profeta i asistir a maitines.

[8] Anagrama de la palabra _pelucones_, con la cual se designaba a los fundadores del partido conservador que, por sus antecedentes en la época de la colonia, eran mas retrógrados i mas aferrados al viejo réjimen.

--¡Cómo! ¿Se usan tambien esas cosas por acá?

--Sí, señor, todo lo que va en derrota por allá arriba tiene aquí su refujio, principalmente la relijion.

--¡Hum! I dígame usted, ¿qué papel hace aquí ese chibato que me ha atacado a mí esta noche, i qué son esa multitud de cabrones que habia en estas murallas cuando usted entró?

--Ese chibato es el diablo, i los que se asomaban por aquí son sus ayudantes, que jeneralmente sirven de público en este tribunal para preparar el ánimo de los neófitos.

--¿Cómo se comprende esa asistencia de los demonios con las cosas relijiosas de que usted me habla?

--¡Oh! Eso es mui fácil de comprender. Como aquí se sirve a Dios, trabajando para que triunfe el espíritu antiguo tan atacado por la revolucion, es sin duda lícito poner en juego al diablo i todas las cosas, porque todo depende en este mundo i el otro de Dios. Fuera de que el diablo no hace aquí nada que no sea bueno: su oficio es reclutar jente, como le ha reclutado a usted, i luego abatirles la soberbia para que se rindan por el terror. Hai muchos dóciles como yo, que al instante nos allanamos a servir la causa. Hai otros mas renitentes, porque no han nacido con vocacion para ser Espeluncos: a esos se les somete al procedimiento de imbuncharlos, lo mismo que a los chicos que se pescan, a los cuales se les hace imbunches para contar despues con mas seguridad con sus servicios.

--Tenga usted la bondad de esplicarme ese procedimiento i su objeto.

--_Imbunchar_ se llama coserle al paciente con hilo fuerte i buena aguja todos los agujeros, salidas i entradas de su cuerpo, teniéndole así cierto tiempo de noviciado, privado de los cuatro sentidos mas peligrosos, que son ver, oir, oler i gustar, hasta que, olvidado del uso de esos sentidos, se le puede imprimir el carácter e inclinaciones de un buen Espelunco.[9] El tacto esterno se les deja libre, porque hai una tradicion entre los Jenios de la colonia, segun la cual no podrá desencantar a la libertad del encanto en que ellos la tienen, sino el hombre que sea capaz de vencer sin fuego ni hierro i solo con el empleo de sus fuerzas corporales a cuatro monstruos que la guardan. Por aquí verá usted que no hai peligro en dejar a los neófitos el uso de sus manos, brazos i piernas.....

[9] Tal era lo que se referia en la conseja popular de la Cueva del Chibato, i lo que significaba la palabra _imbunche_. En lengua araucana hai una palabra de la cual se ha tomado aquella, i es _ivumche_, que traduce el diccionario de Febres así: «los que consultan los brujos en sus cuevas, donde los crian desde chiquitos para sus hechicerías o encantos: a estos llaman los indios--_ivúmcoñi_.»

La palabra del escribano fué interrumpida por la repentina aparicion en la estancina de todas las cabezas cornudas que se habian ántes ocultado.

X.

El interrogatorio.

Aquellas palabras i la variacion de escena hicieron creer a don Guillermo que soñaba. Cuando el entendimiento por sí solo no puede darse razon de un fenómeno, se rinde al prestijio del misterio i cree en lo sobrenatural; pero hai hombres, como nuestro ingles, que por educacion i por carácter rechazan toda intervencion sobrenatural en las cosas de esta vida, i cuando no comprenden un hecho porque sus luces no les alcanzan o porque su corazon no ayuda al juicio, lo llaman ensueño o lo creen una ilusion del arte. Era esa la situacion de don Guillermo en los momentos en que el juez del crímen se acercaba a él hendiendo la roca, como la habia hendido el escribano, cual si fuera una neblina.

Era de aspecto sério el nuevo personaje, de cara pelada i llena, de ojos capotudos i despreciativos, i de boca que anunciaba soberbia en sus pliegues. Tenia este hombre un aire glacial i por su sequedad i sus maneras parecia como hecho a propósito para el oficio.[10]

[10] Se trata de pintar el que entónces era juez de lo criminal en Valparaiso, i despues uno de los sostenedores mas fervientes de la política del gobierno absoluto, cuyos efectos se diseñan en este cuento.

--¿Promete usted decir verdad en todo lo que se le pregunte? fué lo primero que dijo, clavando una mirada amenazadora en don Guillermo; i habiendo éste respondido afirmativamente, agregó: está bien, pero tenga entendido que si no declara la verdad, le hago azotar por mano del verdugo.

A semejante amenaza, se enrojeció el rostro del ingles i sus ojos brotaron fuego; pero reprimiendo su furor, se limitó a observar que él era súbdito de S. M. la reina de la Gran Bretaña.

Esta palabra pronunciada con noble orgullo hizo a los demonios que presenciaban el acto mirarse i sonreirse complacidos, como si entre ellos i los hijos de la poderosa Albion hubiera alguna simpatía.

El juez, haciendo un mohin de desprecio, agregó:

--No hai Gran Bretaña que valga, le azoto a usted si no declara o si me anda con insolencias. Diga usted, ¿quiere seguir aquí su jiro de comercio, con tal de que sirva relijiosamente a la causa del órden, como sus paisanos, i combata enérjicamente todas las innovaciones que se hacen en nombre de la libertad i todas las pretensiones que se dirijen contra el espíritu antiguo de nuestra madre patria?

--Nó, respondió secamente don Guillermo.

--¿Cree usted en la libertad?

--Sí.

--¿Cree usted en la república?

--Sí.

--¿Seria usted capaz de servir a estas ilusiones perniciosas i de sacrificar a ellas sus intereses de comerciante?

--Sí, i mil veces sí

--Que se le peguen cincuenta azotes, dijo el juez, dirijiéndose bruscamente al escribano.

--¿Por qué? preguntó Mr. Livingston.

--Porque miente, dijo el juez: un ingles como usted no puede pensar así.

--Un ingles imbécil, concedo, agregó don Guillermo: el que solo piensa hacer dinero, puede sacrificar a su negocio la libertad i el bienestar de sus semejantes; pero el ingles que ama el nombre de su patria, hará en cualquiera parte del mundo lo que sus antepasados hicieron para conquistar la libertad de que goza la jeneracion presente, i sacrificará sus intereses por alcanzar que la humanidad entera conquiste lo que la Gran Bretaña desea, o por lo ménos lo que ésta tiene ya conquistado.

Tan enérjica respuesta hizo al juez refocilarse en su silla, al escribano rascarse la frente, i a los cabrones de la muralla repiquetear con sus cuernos por efecto de un movimiento horizontal de duda o compasion que hicieron con la cabeza.

I mirando de hito en hito a don Guillermo, el juez le preguntó:

--¿Entónces dice usted la verdad?

--Nunca digo sino la verdad pura, fué la respuesta.

--¡Luego es usted leso! le dijo el juez como sorprendido.

--Segun i conforme: yo llamo zonzos a los que ocultan la verdad o mienten, no a los que dicen la verdad, porque en la verdad no hai peligro, ni el decirla trae los males de que va aparejada la mentira, dijo el ingles con aplomo.

--Usted es un iluso, replicó el juez sonriéndose malignamente; no tiene mundo, no es hombre práctico ni positivo. ¿No sabe usted que está en un pais donde nadie puede vivir sino en el órden, i que viene de un pueblo como el que está arriba, donde basta hacerse el abogado o el secuaz de lo atrasado i del espíritu de órden antiguo para abrirse paso a la fortuna, al poder i a todo lo que hai de grande en la realidad de las cosas prácticas?