Antaño i Ogaño: Novelas i Cuentos de la Vida Hispano-Americana · Unidad 18 de 28

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En efecto. Desde este instante nos hablamos i nos comunicamos como si hiciera largos años que nos tratábamos. Eramos uno.

Seis largas filas de contradanza, infinitos grupos de cuadrillas se organizaban en aquel vasto recinto, cubierto de luces i de flores que enbalsamaban el ambiente, i a mí me parecia estar sola con él.

Nada veia, sino su dulce fisonomía; nada escuchaba, sino sus encantadoras palabras al traves de los vivaces compases de la música.

Cuando paseábamos, yo reclinada en su brazo i lánguida de emocion, se abrian para darnos paso aquellas turbas de oficiales brillantes i alegres, que parecian saludar con entusiasmo una nueva aurora de amor que se levantaba; i yo entónces veia la aprobacion i el aplauso en todos los semblantes.

Si era tan simpática la union de nuestros corazones, ¿por qué fué despues tan cruelmente desgarrada, por qué he venido a llorarla en una casa de locos?

¡Oh! El amor feliz es simpático, no hai duda; pero cuando la desgracia lo hiere, todos apartan de él sus miradas. La sociedad no gusta de la desgracia, no quiere que la imájen del dolor se le presente en su camino. Por eso hace hospicios. Por eso no se acuerda de los que lloran, i los deja rezagados a un lado de la senda, para que mueran léjos de su vista.

Su caridad consiste en tener depósitos para que el dolor se albergue léjos, mui léjos de su bullicio.

¡Maldita sociedad! ¡Amasijo de egoismo, de estupidez i de fatuidad! Yo no te necesito para llorar. El horrible crímen que tronchó los lazos de mi amor fué tu triunfo. Si no lo aplaudiste, como aplaudes toda infamia, lo aprobaste; o callaste de miedo, ¡lo que es peor! La virtud que habia estrechado aquellos lazos fué la víctima. ¿Cuándo has tendido tu mano a la virtud? Jamas, sino cuando esperas que te aplaudan, ¡o cuando ganas!

La virtud que tú respetas es la que te humilla, la que te amenaza, esa virtud que te habla a nombre de Dios, ¡i que a nombre del infierno te esclaviza! ¡Qué bien te conocen tus amos, los que te despotizan!...

VI.

Hoi ha leido al doctor algunas pájinas de mi diario.

--¡Bien! esclamó. Dejadla escribir, sor María. La pluma, el llanto i el sueño van a curarla pronto. Ya lleva una semana de mejoría, i todo se debe a...

--Acabad, doctor, agregué yo. ¿A qué se debe?

--Dejadme mirar vuestros ojos. ¡Ah! Estais tranquila...

¿No es así? Parece que ese apóstrofe que lanzasteis a la sociedad os desahogó. Lanzad cuantos os vengan a la imajinacion. Vaciad vuestra alma en el papel. Prefiero verla en tinta, ántes que en lágrimas...

--Dejad las chanzas, doctor. ¡Decidme a qué se debe todo!...

--¡Eh! Ya vais a tomar otro barreno. Todo se debe a que os quité de la vista al que habiais tomado...

--No entiendo, doctor. Por piedad, hablad claro. Ya sabeis que la mejor panacea que tomo es vuestra conversacion, i ella no ha sido jamas enigmática. La claridad de vuestras ideas es lo que ha iluminado mi espíritu. Hablad, hablad...

--No tengais aprensiones, señora. Principiad a curaros de vuestra susceptibilidad. Lo que he dejado de deciros es una nimiedad. Atendedme, pero prometedme no preocuparos. He notado que muchas veces os causaba el acceso un pobre loco que paseaba libremente por estas galerías, i he dispuesto lo pongan en otra parte. Eso es todo. ¿Comprendeis?

--¡Un clérigo!...

--Sí, un clérigo. Sentaos. Perdeis el color, ¡Dios mio! Fijaos bien en mis palabras. Desechad recuerdos. Ese clérigo os recordaba algo, pero no es él quien puede haberos hecho mal. Es un pobre que tiene la rareza de haber pasado de tonto a loco. Nunca ha salido del Brasil. No podeis haberle hallado en otra parte.

--No por cierto. Es que se parece a otro que a decir verdad no me ha hecho mal; a otro que ayudó a bien morir a...

--¡Señora! Fijaos en mí. No recordeis nada. ¡Agua, sor María! El pomo...

--¡I despues se reía!...

--¡Tomad un poco de descanso! Hablemos de otra cosa. Es un rico olor el de ese pomo, ¿verdad? ¡Venid, venid a la ventana, el emperador pasa! Va a la Lagoa, al Jardin de Plantas....

Este es el diálogo que he tenido con el doctor esta mañana. Lo he copiado por encargo suyo. Quiere ver si es exacto i darme en premio patente de sanidad. Si os falta un ápice, me dijo, si hai inexactitud, es prueba de que aun estais mal. Yo no recuerdo si mediaron otras palabras. No sé que refirió sobre la visita del emperador al jardin...

--¡Oh! ¡si tuviera yo una persona que me hablara así, como ese viejo doctor, tan alegre, algunas horas todos los dias! El portugues me parece una lengua hermosísima en su boca. ¡Qué bien habla! ¡Como resplandecen sus lucientes ojos en su negra cara i bajo esa cabellera blanca como la nieve! Es un médico mui sabio. Es médico de locos...

¡Qué diferencia con sor María! Siempre me habla de Dios en su jerga gabacha, sin salir de su tema. Quiere convencerme de que Dios prueba a sus criaturas mandándoles fuertes pesares, horribles pasiones, grandes dolores. ¡Qué ocupacion! Yo habria preferido que no me probase! Si él sabe que soi débil, ¿por qué me puso entre el crímen i el amor? ¿Por qué no inspiró mejor al criminal, para ahorrarme el dolor en mi inocencia, para ahorrarme la locura!...

¿Esta monja sabrá mi historia tal vez? En mis raptos de dolor se me habrá escapado. Siempre alude a lo mal que hace una mujer cuando ama sin reserva, i sin temor de Dios, a un hombre. ¿Será necesario amar a medias, sujetar el amor al temor de las iras de Dios?

Talvez se podrá hacer eso, cuando se ama tranquilamente, sin obstáculo, a un hombre que debe ser esposo; o cuando se ama a un hombre con quien no podremos unirnos jamas; i es necesario que la razon prevalezca para salvarnos de una vergüenza, de una deshonra...

¿Pero era alguna de esas mi situacion?

Yo respeté las leyes de Dios i del honor, miéntras mi amor era aplaudido de todos, miéntras mi madre lo bendecia, i Fructuoso era mi prometido. Entónces corrian felices nuestros dias. Fructuoso me trataba libremente i queria hacer bendecir nuestra union ántes de que se emprendiera una nueva guerra. Se decia que los chilenos trataban de declararla a la Confederacion.

Un dia llegó mi hermano, del ejército. Yo temblé; sabia que odiaba entrañablemente a mi prometido. Fructuoso desapareció durante largos dias. Yo estaba llena de angustias. Mi madre se mostraba severa: mi hermano mústio i sañudo. Al fin, recibí furtivamente una carta que conservo en la memoria:

«Mi Pepa querida, ídolo mio, insisto en escribirte, aun que no me contestes. Tal vez no has recibido mis cartas; pero creo que esta llegará a tus manos. Tu madre me ha intimado romper toda relacion contigo. Tu hermano se ha atrevido a declararme que me matará si intento verte. He tenido que sufrir el ultraje. Es tu hermano. Por conservar tu amor, toleraria que él me matara.»

«Somos nuevos Romeo i Julieta, pues mi tio i tu hermano son Mantegon i Capuleto. Esto lo dice todo. ¿Qué haremos? Necesitamos ponernos de acuerdo. Pienso que la nueva campaña que se anuncia pueda obrar un cambio eficaz.

«Yo partiré al Perú i despues de la guerra, tal vez tu hermano se saciará de honores i de poder, i los pagará concediéndome tu mano. Mi tio, estoi seguro, lo olvidará todo por nuestra felicidad.

«Alma mia, mi Pepa, ten valor. No para reñir, nó; una lucha ahora romperia para siempre nuestras esperanzas. Confia i espera. Mas es necesario que ordenemos de acuerdo nuestro plan, para vencer a nuestro enemigo.

«Si no puedes escribirme, está todo perdido. Es preciso que nos veamos. Habla con esa buena amiga que te entregará esta carta con un millon de cariños de tu--Fructuoso.»

Esa carta me lo revelaba todo. No sé por qué me reí al leerla, si de furor o de amor. ¡Mi hermano! ¿Qué títulos tenia él para dominarme así? ¿Era mi padre? ¿Por qué me hacia la víctima de sus odios? Mi anciana madre podria cederle. Yo, nó, mil veces nó. Desde ese momento lo miré frente a frente, desafiándolo, i delante de él mismo interpelé a mi madre sobre su intimacion a Fructuoso.

La señora calló i se deshizo en lágrimas. El quiso tratarme como a un soldado, haciéndome callar i obedecer. ¿Para qué recordar aquel ardiente diálogo? El tuvo que callar i aceptó mi declaracion de guerra con su mirada i un movimiento de cabeza, sin decirme una palabra. Tal vez no quiso aumentar el dolor de mi madre que tenia su cara cubierta con el pañuelo en que enjugaba su llanto...

VII.

Ayer estuve mal. Los recuerdos que escribí el dia anterior me hicieron daño.

El doctor ha estrañado mucho el quebranto, i como es mi confidente, tuve que confiarle la causa. Leyó i me consoló. El quiere que me habitúe a hacer estos recuerdos con tranquilidad, que tenga valor i serenidad para afrontar el pasado. Su conversacion me ha fortalecido, i él me ha prescrito que la narre aquí: es su receta.

--No recordeis, me ha dicho, esa catástrofe que tanto os espanta, i que yo no quiero saber. Contadme solamente vuestro amor. Su recuerdo puede ser un bálsamo para vuestro corazon. ¿Os visteis con Fructuoso?

--Sí, muchas veces, a pesar de la vijilancia de mi hermano, que me tenia rodeada de guardianes i de espías.

--Los guardianes son temibles. Los espías nó.

--Con efecto, los espías fueron pronto mios o de Fructuoso. Los guardianes se olvidaban de su cargo, cuando se ausentaba mi hermano.

--¿I vuestra madre?

--Ella me queria, me hacia justicia, i tal vez se imajinaba que al fin se santificaria nuestra union. Pero no creo que supiera que Fructuoso me veia.

--Era peligrosa vuestra situacion. Una jóven no puede exponerse jamas a un amor clandestino.

--Lo sé, ¿pero tenia ya lo culpa? ¿Deberia yo apagar, aniquilar mi amor, en obsequio de los odios de mi hermano? ¿Deberia someterme a su capricho i condenar a mi amante a un eterno olvido? ¿Qué razon habia para exijirme tal sacrificio? ¿Qué conveniencia? Mi amor no habria sido amor, si hubiera cedido a semejante obstáculo... Al contrario, él se exaltaba i se hacia mas ardiente a presencia de tal injusticia.

--Comprendo. Era lo natural, sobre todo cuando no mediaba el respeto al amor o al interes de nuestros padres que en ocasiones merece el sacrificio de una hija amante.

--¡Oh! si esa hubiese sido mi situacion, Fructuoso mismo me habria fortalecido para arrastrarla. Era tan noble, tan leal; i me amaba tanto que, apesar de no ser otra la causa de nuestra desgracia que un capricho indigno de respeto, él me trataba siempre como a la esposa que queria recibir pura i honrada.

--¡Admirable jóven!

--¿No es cierto? Si, ¡era admirable, era adorable!..... El primer beso que estampó en mi frente fué tan puro como su amor, i no se ocultó de nuestra amiga confidente.

--¿I cómo creeis no haberos salvado de una vergüenza?

--Por que al fin fuí madre... Si ello es mi vergüenza, no la siento. Si es una falta, la he purgado mui severamente...

--Nó, no lloreis, amiga mia, haced vuestros recuerdos con tranquilidad. Referídmelo todo.

--La última noche, víspera de la partida de Fructuoso a la segunda campaña al Perú, la pasé en sus brazos, desvanecida, extasiada... No tengo ideas fijas... Ni quiero tenerlas... ¿Fuí débil? No lo sé. Pero, ¡Dios mio!...

--¡Basta, no lloreis! Yo os absuelvo con toda la efusion de mi amistad paternal.

--¡I vos llorais tambien, i no quereis que yo llore! Todos me han absuelto. ¡Mi madre, mi pobre madre tambien! ¡Ménos mi hermano!...

--¿Volvisteis a ver al padre de vuestro hijo?

--Sí. Fructuoso volvió con los restos de ejército de Yungai. La campaña habia sido desgraciada. Mi hermano se aprovechó de aquella inmensa desgracia de la patria para llenar su ambicion. Se hizo poderoso...

--Se frustró el plan de vuestro novio...

--Sí, pero él creyó alcanzar mi mano a fuerza de constancia. Se sometió a todo, continuó en el servicio bajo las órdenes de su enemigo, con la esperanza de reducirlo a fuerza de sumision i lealtad... ¡Ah! ¡no puedo mas! ¡Doctor mio, me viene a la memoria aquella horrible catástrofe! ¡Favor, piedad! . . .

--Llorad, llorad ahora. Venid aquí, a la ventana, respirad la brisa del mar, enjugad vuestros ojos... Tomad este calmante, que os hará dormir dulcemente. Vamos a olvidar todo eso. Solamente os prescribo que me narreis otro dia, con calma, vuestro matrimonio, vuestra peregrinacion al Plata, cosas así, que os sean gratas, que no os hagan llorar. Recostaos. Yo i sor María vamos a velar vuestro sueño...

VIII.

¡Mi hijo! ¡ah! ¿vive aun o muere? Nada sé de él. ¿Se parecerá a su padre? ¿Será bello, valiente, noble, como él? ¡Tener un hijo, saber que vive, i no conocerlo, no saber como es, no haberle oido jamas!... ¿Hai una cosa mas rara?

Mi voto mas ardiente es que mi hijo no sea jamas el satélite de un déspota. El debe vengamos, i para vengamos tiene que ser el azote de todos los tiranos, ¡el paladin de la inocencia i de la justicia!

¡Los tiranos! ¿Hai nada mas horrible? ¿Hai nada mas irracional? ¿Cómo es necesario ser para vivir odiando, para vivir matando, para vivir en lucha constante con todos i con todo, con la justicia, con la honra, con la amistad, con el amor?... ¿Cómo se esplican esos odios tenaces, fervientes, implacables, que la política aborta, i que, unidos en una alma de fiera, producen lo que se llama un déspota? ¡I para estos locos no hai hospicios! ¡Solo hai honores, riquezas, sumision, humillacion, vileza! ¡Ah! ¡que mi hijo. Dios mio, no sea jamas, el siervo de una locura semejante!...

Si él tiene en su alma una chispa de la mia, sabrá ántes morir que someterse a esa infamia, que es propia, solamente de esa turba de tontos i egoístas que llaman pueblo.

Yo, ¡jamas me sometí, jamas me humillé! Si el cielo no pone en mi camino a un hombre de gran corazon, que, por amor o por lástima, me sacara de la esclavitud; ¡juro que todavía jemiria en ella, pero sin someterme!

--Tu matrimonio esta arreglado, me dijo un dia mi hermano, ¡consiento en él!...

--¡Hola! ¿Consientes? le contesté yo, lo mismo daria que no consintieras, si él, tan caballero, como es, quiere salvarme de tu opresion.

--¿Todavía estás loca? Yo no te oprimo.

--Pero has asesinado mi corazon, me has vuelto loca. Mi desgracia es tu obra. Sacrificaste mi amor en aras de tus odios.

--Quise vengarte i salvarte de la perdicion.

--¿Vengarme? ¿de qué? ¿de ser amada? ¡Hipócrita! ¿Salvarme de la perdicion? ¿Quién me perdió si fuí perdida?, sino tu infamia, tus odios, ¡tu venganza!...

--Te perdió quien te sedujo, i el que seduce a una niña es un criminal.

--Tú lo dices. ¿I el que seduce a las esposas de los servidores, de los amigos? ¿I el que no se sacia jamas de seducir, prevalido del poder?...

--Ese tiene el derecho de hacer todo lo que dices, porque puede.

--¡Pero no debe asesinar a azotes al que supone amante de su mujer! ¡Ni debe matar a sus propios hijos, por suponerlos de otro hombre! Ni debe asesinar al esposo de la hermana...

--¡Estás mas loca que nunca! Te haré encerrar otra vez, en el acto, hasta que te vuelva la razon...

--¡Oh! Nó; ahora no. Soi la prometida de un hombre jeneroso, que me salvará, i ¡a quien tú no podrás asesinar!...

--¡Loca! ¡Necia! ¡Ese hombre sabrá tu historia repugnante i te abandonará!

--Ya sabe mi historia desgraciada, no repugnante, i a pesar de eso me toma por esposa i me salvo de tí...

--¿Quién se la ha referido, dí, habla?...

--Solo un infame puede imajinar que una mujer desgraciada sea capaz de engañar al hombre noble que se compadece de ella i que liga a ella su suerte. ¿Te imajinas que yo callaria i no revelara mi pasado al amigo jeneroso que me ofrece su mano? ¿Crees que yo le haya mentido amores, o le haya ocultado la verdad? Le he abierto mi corazon, le he presentado mi pasado. ¡Todo lo sabe, ménos, sí, te lo juro, ménos tu crímen!...

--¡Ah! ¡Respiro! Has obrado como quien eres, como la hermana de un hombre como yo...

--Si hubiera obrado como tu hermana, habria mentido, habria engañado, habria traicionado, habria...

--Calla, Pepa. Tu odio a mí te pierde. Esa es tu locura. Sé racional por tu propio interes. Vamos a separarnos. El dia de tu matrimonio será para mí el principio de mi descanso. No volvamos a hablar. ¡Por nuestra santa madre, te pido que me olvides!...

--¡Perdonarte, sí. Olvidarte, no! ¿Cómo puede olvidar la víctima a su verdugo?

--Muriendo.

--Matándola. Tú debes saberlo. ¿Por qué no me has muerto a mí? Harto lo he deseado. He deseado mas. He querido matarme yo misma. Desde que tú asesinaste mi corazon, hace ya algunos años, no he tenido otro anhelo...

--No estarias ahora de novia.

--Sí, no estaria ahora obligada a asirme de esa única tabla de salvacion. Si quieres, la trueco por la muerte. Me caso por salvarme de tí. Por conseguir lo mismo, me mataria, dejaria con gusto que me mataras; i talvez seria mejor. ¡Quién sabe lo que me va a suceder!

--¡Eso no me importa!--dijo él dando vuelta las espaldas, i retirándose despechado, talvez furioso.

Yo quedé desahogada. Hacia años que no hablaba con él, que ni lo miraba siquiera.

No sé cuánto tiempo habia pasada encerrada, sin mas asistencia que la de dos cholas, que cuidaban de mí, i que a menudo lloraban conmigo... Decian que estaba loca. Tomaban por locura mi dolor; pero era porque no se queria que mis lamentos revelasen la verdad. Al fin me sacaron a la sociedad. ¿Seria porque habia dejado de lamentarme? Talvez. Ya entónces mi dolor era mudo, impotente, resignado, no hacia daño...

En la sociedad, fuí muda. Tenia la relijion del dolor i me encerraba para rendirle culto, el culto de mis lágrimas. Todos me compadecian, i no disimulaban su compasion. Cada cual se esmeraba en protestarme sus buenos deseos. ¡Qué consuelo! El desgraciado sabe bien lo que valen los buenos deseos de los felices. Le dan risa. Solo estima las simpatías de otros desgraciados.

¿Mi marido lo seria? ¿Por qué simpaticé con él? ¿Por qué me comprendió él, i se intimó conmigo? Tal vez porque era jeneroso, i no sabia mentir los buenos deseos con que ofenden los afortunados.

El dia de nuestro enlace volví a hablarle, a decirle la verdad, porque aun era tiempo de que desistiese de tomarme por esposa. El se reia con aquella injenuidad que le hacia tan amable. Me dijo que le bastaba que yo le tomase como libertador, aunque no lo amara, que su oficio era libertar, i que en esta vez lo ejercia conmigo porque me amaba. Si soi capaz de libertar a los que no conozco, me agregó, ¿con cuánta mas razon no me sacrificaria por libertar a la mujer que amo i a quien elijo por compañera de mi vida? Pepa, tranquilizaos, ¡me vais a deber amor i libertad!

Así fué. Cumplió como caballero. Pero como el cielo no me ahorró dolores, tambien me arrebató a mi libertador...

IX.

¡Oh, qué sublime! ¡Todo está iluminado por la luz de la borrasca!

Son las dos de la mañana. Es imposible dejar de contemplar este espectáculo, por mas que el doctor me ordene dormir en paz toda la noche, sin levantarme.

La tempestad asusta. A mí me deleita. Una luz verdosa, pero vivamente ajitada, intermitente, fosfórica ilumina todo el horizonte. Es un relámpago perpetuo. El trueno no acaba, redobla en todos los ámbitos, i solo es sobrepujado por el estampido de los rayos que caen acá, allá, mas léjos, en todas direcciones, describiendo violentos ángulos con su fuego, i bordando las nubes con cintas i culebrillas rojas i azuladas. Es un solo trueno, un solo relámpago, pero los rayos i centellas son a millares.

El mar ajita sus olas, que parecen de fuego i de esmeralda. Es una esmeralda en combustion, que se liquida i hierve. Sus resplandores dibujan la ribera, e inundan los edificios i los árboles, que parecen fantasmas que danzan i se ajitan convulsivamente.