Antaño i Ogaño: Novelas i Cuentos de la Vida Hispano-Americana · Unidad 19 de 28

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La lluvia es un torrente que se desploma. ¿Por qué no hunde este asilo i la ciudad misma bajo su peso? ¡Cómo reiria el _Gigante_! ¡Ese Gigante recostado sobre la sierra que circunda la bahía! ¿Estará en este momento siempre tendido, siempre dormido? ¿No se ajitan, ni se desplegan su enorme nariz i su puntiaguda barba con una risa atroz?

¡No, ya el cielo se apaga, el trueno se retira, la tempestad corre, i solo deja en pos el torrente que se desprende de las nubes!

¡El pecho se ensancha! ¡Qué grato es respirar este ambiente húmedo i fresco! ¡Qué léjos se oye el trueno! ¿Por qué pasa con tanta lijereza la borrasca? Ya el mar no se vé. ¡Se oye solamente, como se oyen rodar los torrentes que bajan de la montaña!...

¡Imájen de la vida! El cielo tropical es el remedo de nuestra vida. Aunque seamos de los polos, de las alturas o del llano, nuestra vida tiene borrascas como las de este cielo. ¡Cuando las borrascas son perpétuas, oh, viene la locura!...

¿No ha bastado para enloquecerme una sola que demoró sobre mí mas de lo que debiera? ¡I aun hoi todavía pesa sobre mi corazon!

Ayer escribia para mi doctor la historia de mi matrimonio. Ese episodio fué en la borrasca de mi vida el viento que refresca, pero el trueno no cesó. Aunque a lo léjos, su estampido no se apagó, como se ha apagado ahora el de la borrasca que acaba de pasar.

El cambio de vida, la variacion de la escena reaccionaron en mí favorablemente. Viví consolada, pero siempre triste. El bullicio de la sociedad me distrajo, sin impresionarme. Las nuevas relaciones me impusieron deberes que me fastidiaron i que por lo mismo distrajeron mi dolor.

Mi llegada al Plata fué de buen agüero. Llegué en dias de fiesta, que a mí me parecieron de alarma, de conflicto. Las calles se veian llenas de jentes que corrian, de corrillos que discutian, de transeuntes que se atropellaban, de pesados carretones que asordaban el aire, de carruajes que volaban. Todo era por que se aproximaban las dos de la tarde, hora en que el cañon del Parque anunciaba que estaba abierto el carnaval. Aquellos dias de agua, de ruido i de algazara, de mascaradas, de bailes i saraos me impresionaron vivamente; pero me iniciaron en la vida alegre de aquella risueña cuidad, vida que restituyó la calma a mi espíritu, aunque no cauterizó jamas su herida.

Cuando pasó la novedad de mi instalacion, cuando mis ojos se habituaron a aquel inmenso horizonte, cuando se me hicieron familiares el rio, la pampa, los boscajes de la ribera, entónces mi imajinacion me trasportó al Illimani. Yo no veia lo que me rodeaba. Solo veia a mi patria, sus altas cumbres, sus torrentes, sus profundos senos... Una cruel memoria volvió a atormentar a mi pobre corazon.

X.

Un afan, al cual nunca me habitué, i un amor cuyos encantos se disiparon, fueron la principal ocupacion de mi vida durante aquellos años de calma.

El afan de disimular el tenaz recuerdo de mi pasado. El amor del ánjel que vino a consagrar mi union, el amor de mi linda hija.

Dedicada a los deberes de mi estado, tenia siempre en mi alma la punzante espina de mi dolor. Nada lo calmaba, i a todo instante vivia en mortificante alarma, temiendo que mi marido sorprendiese mi pena. Conversaba, sin ideas fijas; trabajaba, absorta en mis recuerdos; paseaba sin ver el paisaje, dormia despertando sobresaltada de temor de que mi ensueño me denunciara; i cuando oia música, huia con cualquier pretesto, para que las lágrimas no me traicionaran.

¡Qué afan tan crudo! Era mi locura. Todos lo veian al traves de mi triste semblante, de mis lánguidas miradas, i me preguntaban qué tenia, qué sufria, haciéndome estremecer con esta terrible pregunta. Solo mi marido no me lo preguntaba jamas. Lo sabia todo.

Entre tanto mi hija crecia, i sus gracias, su anjelical belleza, crecian con ella. ¿Pero mi maternal cariño bastaba a consolarme? Nó. Miéntras mas dulce i graciosa me parecia, mas temia que ella, como yo, llegase a ser víctima de un amor desgraciado. Miéntras mas cariñosa era conmigo, mas me recordaba a mi otro hijo, perdido para siempre. No sabia como inspirarla, como dirijirla. Su enseñanza me era grata, pero su educacion, la formacion de su espíritu me arredraba, porque temia contajiarla con mi locura...

Esta niña, me decia su padre, solo hace su voluntad. No hai quien la dirija.--Déjala que goce, le contestaba yo, es única i puede ser la reina de mi casa. ¡Quién sabe que porvenir la espera!

Ella no fué desgraciada, como yo lo temia. Su primer amor fué bendecido por nosotros. No hubo un tirano que la sacrificase a sus venganzas. Mi ambicion fué satisfecha. Pero parece que con ello tomó nueva fuerza mi antiguo dolor.

¿Por qué sucede esto? me preguntaba yo. ¿Es acaso envidia de la felicidad de mi hija lo que aviva en mí el dolor de mi desgracia? Nó, no era envidia. La hija que se emancipa por el matrimonio no pertenece ya a su madre. Es la rama de un árbol trasplantada a otro terreno feraz; ésta i el árbol paternal son dos seres distintos, por mas que la sávia de su vida sea una misma. Desprendida de mí aquella parte de mi sér, separado de mí aquel ánjel, que no debia jamas participar de mi dolor, yo tambien me sentí libre para sufrir, i mi terrible recuerdo, comprimido por tan largo tiempo, volvió a dominar mi corazon. El temor de disgustar a mi marido se disipó. Me habia habituado a creer que él era el único de quien no podia ocultarme, i naturalmente pasé a no poner cuidado en disimular delante de él.

Los años no habian bastado. La edad habia sido ineficaz. ¿Pero qué pueden los años, ni la edad, cuando se ama a una sombra ensangrentada, cuando se ama a un cadáver destrozado en medio del bullicio i de la curiosidad de un pueblo? ¿Es ese un amor que se apaga, un amor que se olvida? ¿Hai algo en el mundo, algo en la vida, que sea capaz de hacer olvidar la imájen de un patíbulo?

Mi linda hija pudo eclipsar esa imájen. El eclipse terminó. La imájen brilló de nuevo. Sola yo, mi recuerdo empezó. Me faltó la fuerza para dominarlo. Me entregué a él, i las forzosas ausencias de mi marido quitaron toda valla a mi dolor. Los dias huyeron de mí. No los sentí, no los ví, no supe si pasaban. Solamente recuerdo que algunas veces me rodeaban en mi lecho mi marido, mi hija, mis amigos, que me trataban como enferma, que se alegraban de poder hablar conmigo, i me preguntaban qué sentia, qué necesitaba.

No sé cuanto tiempo pasó así, ni recuerdo cómo llegué aquí. Pero ahora debo estar sana, puesto que siento los dias, veo la luz, respiro la brisa del mar por la noche, siento las tempestades i me recreo en ellas, escribo i lloro, sabiendo lo que hago. El doctor tambien lo dice, que estoi buena...

¡Oh! El entra, le mostraré mi última frase...

XI.

Mucho temo que ella sea tambien la última de su diario. ¡Pobrecita! Pobre mujer, tan noble como desgraciada.

Yo talvez tengo la culpa. He apurado demasiado.

¿Cómo es posible que un médico viejo i esperimentado, como yo, haga esto?

Pero ella estaba ya en la plenitud de su razon. Se habia habituado a escribir con calma sus impresiones, sus recuerdos; i hablaba conmigo, abriéndome su corazon i su clara intelijencia, con tanta lucidez, que me imajiné que ya era tiempo de probar su situacion. La prueba era sensible. Me proponia hacerla que me refiriese con calma la catástrofe cuyo recuerdo le habia causado la locura.

Lo hizo así aunque con rapidez, sin detalles, porque era necesario no apurar demasiado su sensibilidad. Pero al fin su tierno corazon estalló... La furia ha reaparecido. La fiebre la devora. Su estado es alarmante.

Miéntras velo su vijilia, ese sopor que la fiebre causa en su cerebro, voi a continuar su diario. Ella tendrá placer de ver trazado por mí su terrible diálogo, cuando mejore. Tal vez, leyéndolo una i otra vez, a mi lado, con mis consuelos i reflexiones, se acostumbre a afrontar su espantoso recuerdo.

--Ved lo que acabo de escribir, me dijo ayer, cuando entré a verla.--«El doctor tambien lo dice, que estoi buena.»

--Sí, le contesté. Efectivamente, hace tiempo que no sorprendo en vos ningun síntoma de vuestro mal. Ahora mismo leo aquí que decis que amais a una sombra ensangrentada, que recordais un patíbulo; i a pesar de eso, veo que continuais vuestra narracion con toda cordura. Esto es un progreso inmenso.

--¿Lo creis así? Pues entónces estoi buena. Escribí eso sin llorar, i recordé sin estremecerme el último instante de mi amor. Podria referíroslo, aunque talvez lloraria...

--Lo que no seria peor. Hace dias que no llorais, me parece...

--Eso no. Lloro diariamente, i casi siempre despierto por la noche llorando, porque sueño con Fructuoso muerto.

--¿Nunca dejareis de representárosle así?

--¡Jamas! No puedo recordarlo jamas, sino en sus últimos momentos.

--¿Qué murió a vuestro lado?

--¡Oh! No...

--No contengais vuestras lágrimas. Desahogad el corazon, pobre amiga mia. ¿Tal vez hubo jente bastante temeraria que os hizo la historia de su muerte?, o vos lo fuisteis para oirla o leerla. ¿Pero no seré yo tambien un temerario al haceros hablar de esto?

--Nó, no, doctor. Es preciso que lo sepais todo. Lo necesitais para curarme. Si hubo temeridad, solo fué de mi parte. En la víspera de aquel terrible dia, presté el oido imprudentemente a una conversacion que ciertos infames satélites de mi hermano tenian en una antesala.

Uno se jactaba de haber prestado una declaracion en las mismas palabras que estaban en el papel que se le habia dado. Otro le reprochaba que esa fidelidad podia ser causa de que fusilaran al coronel injustamente. No será mia la culpa, replicaba el primero; he cumplido con la órden que se me dió, aunque sé que el coronel es inocente, i que si lo fusilan es en castigo de su amor... No por conspiracion, pero a mí, ¿qué me importa? Al contrario, me darán un grado, para que calle...

Esta conversacion me hizo estremecer. Hacia muchos dias que no sabia de Fructuoso, que no hallaba noticias suyas. Mi inquietud fué terrible. No comí, no dormí; lloré, me desesperé, i llegué al estremo de intentar salir a la calle esa noche, a las tres de la mañana, en busca de Fructuoso. No lo conseguí. No pude forzar ninguna puerta, ni escalar ningun techo, ni seducir a ningun sirviente, a ningun soldado...

Al dia siguiente, apénas se abrió mi casa, salí para ir a la iglesia. En la puerta de calle, un soldado me detuvo, diciéndome que no se podia salir. Todo fué inútil. Nadie me obedeció, nadie me oyó siquiera.

Volví a mi aposento, llorando amargamente. Me eché en un sofá, fuera de tino, llena de dudas, de aprehensiones, de temores, que desechaba o admitia, que combatia o aceptaba. Un coronel, víctima inocente. Pueden haber varios. ¿Por qué ha de ser Fructuoso? Pero será fusilado en castigo de su amor... ¿Acaso los amores no son parte principal de la política de mi hermano? ¡Habrá tantos castigados por causa de su amor! ¿Por qué ha de ser precisamente Fructuoso?...

I estas reflexiones eran justas en ese momento. La plaza, las calles estaban de fiesta: destacamentos militares con sus músicas, jentío, bullicio, gritos, silbos, risas de alegría. Todo era movimiento i algazara. No era dia de castigo, no era posible que se tratara de ajusticiar a nadie. ¿El pueblo podia estar tan alegre?

Casi me tranquilicé. Pero temblaba de acercarme al balcon, aunque la curiosidad me devoraba. La música habia cesado, el bullicio se apagaba. Yo daba un paso al balcon i dos atras. Algo me sujetaba. No sabia qué. La angustia me sobrecoje de nuevo. Me reprendo. ¡Qué cobardía! ¿Por qué me formo fantasmas? ¡Estoi loca! ¡Vamos, serenidad!...

¡Un redoble! Una voz de mando, ruido de armas! Silencio... Un tambor sordo se acerca, tocando una marcha que aun ahora me retumba en el corazon--tan--tamatan--tan... ¿Qué será? ¿Por qué ese silencio? ¡Ese tambor siniestro!...

Me lanzo a la ventana. Miro: era él, Fructuoso, sí, Fructuoso, rodeado de soldados; un clérigo con un Santo-Cristo en las manos le acompañaba i le hablaba. El marcha sereno, firme, airoso. Al pasar me saluda con la mano, llevándosela al corazon. Pasa... Yo no creo lo que veo. No lo comprendo. No me lo esplico. No sé, no...

--Basta, basta, amiga mia, no continueis.

--Sí, no continué. Me desvanecí. Me doblé, me desplomé sin vida; pero veia, oia, sentia... Silencio profundo. Una descarga, música, bulla...

--¡Oh, estoi despierta! Era todo ilusion. Me levanto, pero como de una pesadilla, con un vértigo que me despedaza la cabeza. Miro, veo gran movimiento; allí, allí, donde mismo le habia conocido seis años ántes, bizarro, deslumbrador; sí, allí donde el sol me habia iluminado su bello semblante; allí mismo estaba sentado en un banquillo, su bella cabeza inclinada hácia atras, su pecho desgarrado, cubierto de sangre...

Todos pasaban. El clérigo, rodeado de varios, con el crucifijo en una mano, un libro en la otra, accionaba con viveza i reia a carcajadas...

Sí, reia como yo... ¡Ahaaaa, jajaja!...

--No, Pepa, amiga mia, no riais...

--¡Qué no veis que es la carcajada de las lágrimas!... ¡I vos no reis, vos! ¡Ahora! todos rien, el clérigo, los hombres, las músicas, los niños. ¿No los veis? ¡La sangre hace reir, las lágrimas hacen reir, el gusto hace reir, el dolor hace reir!... ¿I por qué no? ¿Qué le importa al mundo que muera un hombre querido, un hombre inocente? ¿No mueren los malvados? ¿Por qué no han de morir los buenos? Todo da risa, todo da llanto. ¿I qué diferencia hai entre el llanto i la risa? ¡Oh! miradle, allí, venid a la ventana i vereis que no miento. ¿No es verdad que está lleno de sangre? ¿No es verdad que rodean el patíbulo muchos curiosos, que se retiran, unos callados, otros hablando, riendo; sí, todos rien, como el clérigo, como su Santo-Cristo, como yo. ¡Aha-ja-ja-ja!...

--Sor María, ayudadme a levantarla; pongámosla en su lecho; está desmayada...

XII.

Me fué imposible contenerla. Su narracion nerviosa, intermitente, violenta, no me daba lugar. La impresion misma que me causaba, me impedia dominar el caso: la sensibilidad triunfaba de la ciencia. Yo no era médico en aquel instante. Su delirio la abatió, i a mí me despertó. Pero todo fué inútil, ineficaz, en aquel momento de crisis. La fiebre ha sobrevenido. El letargo cerebral ha dominado. ¡Ah! ¡si él bastara a restablecer el organismo! La reaccion suele restablecer las funciones... Pero la debilidad, la atonía...

¡Oh! no, ella despierta, se incorpora, se sienta, su mirada no está turbada. Voi, amiga mia...

XIII.

Sí, fuí a su lecho...

¡Pero para recojer su último suspiro!

--Doctor, me dijo, estoi buena. Me habeis vuelto la razon, pero para morir. Me siento morir... No con el corazon desgarrado por las balas, como él. ¡El mio está sano para consagrarle su último suspiro!... ¡Dios bendiga a mis hijos! Dios los salve de la infamia, que es la locura de los cuerdos...

Su voz se apagó. Su busto cayó dulcemente sobre el lecho. Era un cadáver...

MERCEDES.

I.

Corria el año 1831, i Alejo cursaba estudios mayores en Santiago de Chile. Hacia cuatro años que habia llegado a esa ciudad, niño aun, solo, sin guia i armado de una recomendacion que le aseguraba la asistencia que un estudiante forastero puede necesitar en una gran ciudad para completar su carrera.

Vivia en un barrio apartado i solitario, algo mas, un barrio peligroso; i aunque él era valeroso, o a lo ménos indolente, cuidaba sin embargo de que las sombras de la noche no le tomaran fuera de su casa. Todos los vecinos hacian lo mismo.

Las historias de los peligros de aquella calle venian de mui atras. Se contaba que en otro tiempo una viuda la cuidaba de noche, viuda terrible, espantosa, que perseguia a todos los transeuntes. Un respetable vecino de Santiago, don José Olmedo, salia una madrugada al campo por esa calle, su caballo se espantó al enfrentar un matorral, i miéntras don José le afirmaba las espuelas, la viuda saltó a las ancas, saliendo de entre las ramas. El jinete quiere derribarla i su brazo se estrella con un cuerpo de bronce, duro i helado, que le hiela a él la sangre i le heriza los pelos. El caballo no podia correr a pesar del látigo i la espuela: solo marchaba jadeando i casi doblándose con el peso de la viuda. Al salir de la calle, la vision se desmontó tranquilamente i desapareció.

Hacia tiempo que los vecinos no tenian noticias de la viuda; pero casi todas las mañanas, cuando Alejo salia hojeando su libro para recordar la leccion, las comadres del barrio le referian que el penitente habia desnudado a alguno o le habia herido, o se habia contentado con quitarle la bolsa.

Entónces estaban en uso unas bolsas de tejido de malla, que eran una comodidad para el penitente.

Este recorria la calle con el busto desnudo, un fustan blanco a la cintura i la disciplina en la mano; pero llevaba una máscara. Los vecinos sentian desde su encierro los azotes que se descargaba sobre las espaldas, i los que se arriesgaban a transitar por allí los oian desde léjos. Al encontrarlos el penitente, los detenia con esta frase sacramental:--La bolsa o la vida.--El transeunte largaba la primera i confiaba a la lijereza de sus piernas la segunda.

Alejo hacia bien en encerrarse temprano. ¿Qué curiosidad podria tener de ver a un penitente, él que habia visto tantos en sus cuatro años de residencia en la capital?

Aislado, desconocido, habia seguido a las turbas con su libro debajo del brazo, para ver fusilar al teniente Villegas en la plaza de San Pablo, a los oficiales Trujillo i Paredes en el Tajamar; a un negro del Pudeto en el Basural, por atentado de lujuria contra su señora.

Luego habia estado en la plaza por la madrugada, i en el cuartel de San Pablo por la tarde, el dia de la sublevacion de la escolta de coraceros. Ese dia se habian cerrado las aulas, pero el café de la _Nacion_ habia abierto sus mesones de balde a todo el mundo, inclusos las estudiantes. Alejo habia llenado con toda servidad su deber; sin abandonar su libro i sin dejar de hacer honor a cuanta botella se habia destapado, estuvo en el ataque de la tarde colgado a una reja de ventana para verlo en todos sus detalles. ¿Que mas podia haber hecho?

En la derrota de las tropas cívicas en la Aguada, él estuvo divertido detras de unas tapias; i al dia siguiente fué de los que mas gritó en la plaza, unido al pueblo, contra el batallon sesto i los dragones vencedores de la víspera.

Durante la campaña del ejército del Sud en Ochagavia, a fines de 1829, Alejo, aunque el colejio estaba cerrado casi todos los dias, llegaba a sus puertas relijiosamente con su libro estrechado al pecho. ¿Las hallaba con llave? Seguia de paso redoblado hasta los Olivos de Ovalle, donde acampaba el ejército constitucional, i allí pasaba hasta la tarde, siguiendo con vivo interes todos los encuentros diarios, los tiroteos de avanzadas, las escaramuzas i los asaltos. Al anochecer estaba encerrado, estudiando con toda atencion, i sin curarse del penitente de su calle.

Alejo hallaba a Santiago mui divertido, mui alegre, i no tomaba a lo sério nada de lo que veia. Solo dos cosas le habian impresionado vivamente, un muerto i una casa misteriosa. Ninguna relacion habia entre ambas cosas, pero en su memoria estaban asociadas. El recuerdo del muerto le hacia estremecer i le asaltaba a menudo, sobre todo en la cama. La casa misteriosa le causaba una curiosidad que rayaba en inquietud.

II.

Era una mañana fria del invierno de 1828. Alejo entraba a la plaza de la Independencia por la calle de las Monjitas, recitando de memoria su leccion i apresurando el paso para llegar a tiempo al colejio. El frio le hacia dar diente con diente, pero él, mui en cuerpo, estrechaba sus codos para abrigarse i apretaba las manos sobre el pecho.