Antaño i Ogaño: Novelas i Cuentos de la Vida Hispano-Americana · Unidad 21 de 28
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Ya se puede comprender qué haria en aquella sociedad, sin tutores ni directores, un jóven como Alejo, que no los tenia de su parte, porque parece que sus padres le habian lanzando solo a aquel gran mundo, confiando quizá demasiado en su juicio i en su aficion al estudio.
Pero Alejo creia que podia ser buen estudiante i tener un amor, aunque fuese platónico, para entretenerse agradablemente. I con efecto, él nunca faltaba a sus deberes, a pesar de que amaba locamente, i de que jugaba al billar en el café, poniéndose a veces su mejor camisa, para jugar una partida a fraque quitado, como lo hacian los elegantes de la época en las noches de verano. Alejo usaba diariamente el fraque, como todos, i para tiempos frios no le faltaba su chaqueta ricamente encordonada, para debajo del capote de pañon con tres o cuatro esclavinas sobre la espalda.
No habia nadie que no le conociera, quien no gustara de su osadía i despercudimiento; pero él preferió a los tertulianos del café de la Nacion, porque eran pipiolos, i por supuesto jente mas abierta que la que rodeaba las mesas del gran patio del café de Hévia, donde no se hablaba mucho de amores ni de política. Aquí solia llegar con otros estudiantes, i regularmente veia al fabricante de tacos de billar, solo, fumando, pensativo i tocando alguna marcha sobre la mesa con sus dedos encorvados.
¡Qué hombre tan seco, tan verde de cara, tan anguloso, tan militar en su porte! ¿Quién es este? decia siempre Alejo a sus compañeros. ¡Quién sabe! respondian los otros con desden, porque entónces no habia costumbre de averiguar quién era un vecino a quien se le ocurria andar por la calle, o entrar al café, o pasearse en el tajamar. Con ménos poblacion, Santiago era ménos curioso de saber la vida i milagros de sus habitantes.
VI.
Eso así, Alejo tenia una costumbre contraria, la de seguir la pista a Ramiro i al viejo albino, para conocer quiénes eran, de dónde venian i adónde iban. Diariamente saludaba con gran cortesía al albino,--¡Dios lo guarde, señor don Miguel!--Pero a Ramiro, no se atrevia ni a mirarle de frente.
El albino le contestaba cariñosamente, i a fuerza de oirle saludar, ya le conocia desde léjos cuando le encontraba por la mañana, o le veia, a pesar de sus ojos de sangre, arrodillado cerca de él en la Merced, oyendo misa. Siempre que Alejo podia, entraba a la Merced a observar al viejo, i cuidaba de pasarle la mano mojada en agua bendita, cuando, al salir del templo, se acercaba don Miguel a la pila.
Un domingo salieron juntos, saludándose como antiguos amigos.
--Parece que llevamos el mismo camino, dijo el viejo.
--Como no, señor don Miguel, le respondió Alejo; si somos vecinos, i yo lo conozco a usted tanto, i lo quiero de gracia.
--Dios se lo pague, amiguito. Eso prueba buen corazon, i su Divina Majestad premia siempre a los niños que honran a los pobres viejos ciegos, como yo.
--No diga usted eso, señor; usted no es un pobre viejo, sino un caballero de respeto que merece honra i consideracion.
--¡Qué bien hablado el muchacho! Tú no debes ser de estos tiempos, hijito; pues eres el único de quien oigo tales cosas. Todos los dias me empujan i me insultan en la iglesia i en la calle. No oigo otra cosa: allá va la lechuza--quita allá lechuza...
--Vea usted que desvergüenza! Disimule usted, señor don Miguel, no haga caso de eso.
--¡Oh! si yo les hiciese caso, ya estaria loco, como mis hermanos. Se lo ofrezco todo a Dios, i paso mi camino; llego a casa i me encierro hasta el otro dia. De casa a la iglesia, i de la iglesia a casa. Hace muchos años que no salgo de aquí, ni sé cómo está la ciudad.
--Pero el señor Ramiro sí que anda mucho, ¿Me parece que vive con usted?
--Sí, a veces llega a comer o a dormir. Como es casado con mi sobrina Mercedes...
--¡Pobre señorita! Tan sola que lo pasa. No se la ve nunca. ¡Parece que no hubiera mujer en la casa!
--Así es. Ni ella ni su madre se mueven, ni siquiera a misa. O son judías o locas. Yo no las entiendo. La Mercedes no baja de su cuarto, ni siquiera a comer. Los domingos suele bajar a saludarnos.
--¿Qué hace sola?
--Se lleva leyendo, i siempre manda buscar papeles, como ese que llevas en la mano. ¿Qué papel es ese?
--El _Trompeta_, continuacion del _Defensor de los Militares_, señor don Miguel. Un papel mui bien escrito, que le gustaria mucho a la señorita Mercedes.
--¿De los militares? ¡Será de los insurjentes! ¿Cómo pueden defender a esos condenados?
--Nó, señor, no se trata de insurjentes, sino de los caidos, de los nuestros, que tarde o temprano han de volver...
--Los nuestros no caen, niño de Dios. ¿Qué estás creyendo tú en los triunfos de los insurjentes? ¡Dios no lo permita! Dios no lo permita, repetia el albino, abriendo la puerta de calle, i cerrándola despues de él i de Alejo, que se habia deslizado con él del modo mas natural.
Al entrar en la salita, el viejo fué interrumpido en sus imprecaciones contra los insurjentes por otra vieja que le preguntaba a quién traia. Miguel presentó a Alejo, como vecino i antiguo conocido, i la señora hizo que el jóven se sentara cerca de ella.
La sala era pequeña i tenia una tarima, como de un pié de alto, que cubria una tercera parte de su ancho, i estaba colocada desde la puerta de entrada hasta la cabecera de la pieza. Sobre la tarima se estendia una alfombra de motas de todos colores, mui espesa i blanda, i a la orilla de la pared corria una hilera de taburetes forrados en baqueta. Al estremo se sentaba la señora sobre unos cojines de filipichin rojo. El resto del ajuar eran taburetes de brazo arrimados a la pared, i una mesa de nogal, de patas arqueadas i talladas, que sustentaba, al arrimo de la pared, un rico crucifijo de marfil, dos urnas a los lados con la Vírjen i San Juan, i algunas conchas de perla que servian como de floreros. Los ladrillos del piso estaban soplados.
El albino arrojó su capa i su sombrero i se sentó en la tarima de medio lado, afirmando su mano izquierda de plano sobre la alfombra. Una muchacha de pollera azul le pasó mate i un pan blanco, que el viejo partió con trémula avidez.
La señora tenia su blanca cabeza cuidadosamente peinada. Un paño blanco doblado en triángulo le ceñia el cuello i cubria el seno, formando armonía con un estrecho vestido de angaripola de fondo rojo oscuro, con flores blancas i azules. Su semblante era dulcísimo i lleno de inocencia.
VII.
Doña María, que así se llamaba aquella amable matrona, hizo a Alejo un fuego graneado de preguntas, i en dos por tres le averiguó sus antecedentes i consiguientes, su pasado, presente i porvenir, i hasta sus intenciones; congratulándose mui cordialmente de que el muchacho no fuera insurjente i de que se le mostrara afecto a la causa, como se decia entónces, i firmemente persuadido, como lo estaban la vieja i el viejo, de que Quintanilla se mantenia fuerte en Chiloé, i de que los patriotas habian sido deshechos en abril del año treinta sobre la misma Cancha Rayada, donde lo habian sido en marzo de 1818.
Alejo se portaba sériamente, i aunque era un patriota exaltado, i mas que eso, un pipiolo intachable, se hizo el godo i juró por el rei Fernando. El mate, entre tanto, pasaba de mano a mano entre el viejo i la señora, i Alejo sintiéndose mas fuerte en su repugnancia a la bombilla, que en su patriotismo, habia resistido tenazmente a las invitaciones que se le hacian para que aceptase un matecito. La sirvienta debia cebarlos mui sabrosos, porque los tomadores se mostraban complacidos i hacian gargantear la bombilla de lo lindo.
Entre mate i mate, doña María esclamó:--«¡Mira, chivata, todavía no le has llevado el chocolate a tu amita!»--Su merced dijo que bajaria a tomarlo aquí--respondió la muchacha.
Al acabar la frase, una lijera sombra se deslizó en la sala, i ántes de que nadie se fijara, Mercedes estaba saludando a su madre i abrazándola. Miéntras la señora le contestaba i la reconvenia por que no habia bajado el dia anterior, Mercedes en pié, puesta blandamente su mano derecha sobre el hombro izquierdo de su mamá, se quedó mirando con sorpresa, pero con graciosa dulzura, a Alejo, que en pié tambien i lánguido de emocion esperaba un saludo.
--Siéntese usted, caballero, le dijo Mercedes, rechazando con la mano a la muchacha que le presentaba el chocolate, i señalándole la mesa para que colocase el plato. Luego saltó de la tarima i fué a sentarse frente a frente de Alejo, en un taburete al lado de la mesa.
--Aquí tienes, dijo la señora, a un vecinito nuestro, que se ha hecho amigo de Miguel. Pobre niño, solo i forastero...
--Estoi reconociéndolo, replicó Mercedes con viveza.
--¿A mí, señorita? añadió Alejo sorprendido.
--A usted, caballerito. ¿No vive usted mas arriba, casa de...?
--Justamente, señorita; pero estraño tener la dicha de que usted me conozca.
--¿Por que? ¿No pasa usted tantas veces al dia por mi ventana?
--Pero como la ventana está siempre cerrada...
--I los postigos tienen vidrieras, que dejan ver para fuera, i hasta me permiten verlo a usted estudiando entre los peñascos del cerro... ¿No tiene usted allá su estudio?
--¿Entre los peñascos estudia don Alejo? preguntó la señora, riéndose.
--¡Qué lindo nombre! esclamó Mercedes. ¿Usted se llama Alejo?
--¿Le gusta a usted de veras? contestó éste.
--¡Mucho! ¡Tengo los recuerdos mas gratos de un Alejo que me ha gustado tanto! ¿Conoce usted _Alejo o la casita en los bosques_? Justamente aquel dia, hace meses, ¿recuerda usted? aquel dia en que usted miraba desde los peñascos del enfrente, yo leia esa novela i estaba afirmada en la puerta de mi balcon, gozando de aquella tarde tan deliciosa...
--Yo era entónces actor en otra novela que podria titular--Alejo i la casita misteriosa, replicó el jóven con intencion.
Una graciosa risotada de Mercedes, que le hizo descubrir sus dientes de plata mate i su boca de corales, dejó frio i casi avergonzado al pobre enamorado. Mercedes comprendió, i agregó:
--Escríbala usted. Yo me rio porque recuerdo que en aquel instante era tambien personaje de otra novela que ideaba. ¿Qué papel tiene usted en la mano?
--El _Trompeta_.
--¡Ah! mi papel. ¿Trae mucho de bueno?
--No he leido mas que una graciosa letrilla que tiene este estribillo:
«El uno se llama Diego, El otro José Tomás.»
--Tenga usted la bondad de leerla.
Alejo leyó con esa voz fresca i plateada de un pecho bien organizado, con aquella uncion que se les derrama a los enamorados. A cada verso Mercedes reia i apostillaba con agudeza, i cuando acabó la lectura esclamó:
--¡Qué bien lee usted, Alejo! ¡Oh si yo tuviera quien me leyera así!...
--Nada mas fácil, señorita. Para mí seria una dicha ser su lector en las horas desocupadas que tengo, en la noche por ejemplo.
--Usted ganaría en eso, dijo doña María, pues dejaria de ir al café, i no lo pasaría tan solo. Figúrate, Mercedes, que no tiene con quien hablar en su casa, ni amigos en el barrio, ni niños conocidos, i se ve obligado a ir al café, a riesgo de adquirir malas costumbres, o de que una noche lo encuentre el penitente, i...
--Sí, añadió Mercedes, véngase usted a casa, no tiene mas que llamar a la puerta.
--Que siempre está cerrada, dijo la señora, desde que murió el finado...
--I que no se abrirá, segun dice su merced, hasta que vuelvan a gobernar los godos, añadió Mercedes. Pues ahora ya están en el gobierno. ¿Qué son ese Diego i ese José Tomás de que habla la letrilla? ¿No son i han sido godos toda su vida?
--No está en eso la monta, dijo el albino que hasta entónces habia permanecido callado; lo que importa es que se sometan a su señor natural, porque nosotros ni el reino ganaremos nada con que ellos sean realistas, si se usurpan el poder real.
--¿Para qué estamos con esas? esclamó doña María, la puerta no está cerrada de dia sino por tu marido, ¡que no quiere que nadie entre en la casa!...
Mercedes se puso pálida i un lijero tinte violado coloró sus párpados; pero mostrando una habilidad ejercitada, se echó a reir, i probó con hechos convincentes que todos tenian la culpa del encierro misterioso: su mamá por el duelo, su tio i su mamá de miedo a los ladrones, ella por hábito de soledad i encierro, su marido por celos infundados; i en fin, todos porque se sentian mejor en el aislamiento de su pobreza...
Alejo, mostrándose satisfecho con las esplicaciones, afectó una injenuidad infantil, i les refirió, causándoles gran hilaridad, que él habia vivido tan preocupado con aquel encierro, que durante algunos años, la _Casita misteriosa_ habia sido su pesadilla.
--¡Ya está deshecho el encanto, disipado el misterio! acentuó Mercedes con gracia fascinadora. Puede usted venir a la _Casita misteriosa_ como a la suya; la puerta se abrirá apénas usted la toque, i adentro hallará jente pobre i sencilla que le ofrece cariño i amistad.
Alejo lució su donaire espresando sus agradecimientos, i creyendo oportuno aquel momento para retirarse produciendo buen efecto, hizo una despedida tan graciosa, que dejó encantados a los ancianos i fascinada a Mercedes.
VIII.
I ya era tiempo. La visita se habia prolongado un tanto. Pero Mercedes estaba tan encantadora, que el dia entero no le habria bastado al estudiante para admirarla i adorarla.
I en efecto que Mercedes era bonita.
Sus ojos coronados de crespas i largas pestañas, i algo relevados, despedian luces a torrentes, i su aire espresivo, su habla viva i dulce la daban un atractivo tan poderoso, que casi no se podia estar con ella, sino oyéndola i admirándola.
Vestia entónces traje celeste de anchas i enfaroladas mangas, i de falda tan alta, que dejaba ver un pequeño pié calzado de zapato de cabritilla bordada, i su pierna cubierta de una rica media de seda encarnada, sobre la que cruzaban anchas cintas negras, sujetando el calzado. Una bufanda de punto, crespa i elástica, de seda rosa i verde, apénas velaba su ancha escotadura, cayendo desde el cuello a la falda. Su pelo profuso, negro i sedoso estaba arreglado en gruesos crespos sujetos en peinetas sobre las sienes, i atras recojido en trenzas al rededor de una peineta de carei tan ancha como su cabeza i alta, en forma de corona de condesa.
Mercedes no salia de casa, pero diariamente consagraba a su tocador algunas horas, teniendo a menudo que desnudarse, por la noche, sin que otros ojos que los suyos hubiesen gozado de su tocado i de su belleza.
Su salita, adornada con ajuar moderno, tenia en un rincon un tálamo matrimonial de bronce, que parecia poco usado, i al lado una pequeña alcoba que le servia de dormitorio a ella sola.
Todo estaba allí bien colocado, todo limpio i brillante, i las flores vivas, cuidadosamente colocadas en ramilletes sobre pequeños floreros, embalsamaban el ambiente.
Los libros, únicos compañeros de aquella preciosa solitaria, se veian en las mesas i en las sillas, i uno o dos estaban siempre en el costurero de caoba, revueltos con cintas i muselinas, con carreteles i almohadillas.
El marido solia llegar. No era su costumbre; i cuando llegaba a aquella perfumada estancia, era para dormir la siesta, entre una i dos de la tarde, o para pasar la noche solo en el tálamo.
Cuando llegaba, Mercedes estaba siempre recojida en su alcoba.
Nunca se veian, cuando mas se oian. ¿Por qué esa incomunicacion? No lo sabemos.
Lo cierto es que Ramiro, cuando estaba en casa, solo charlaba con la suegra i el tio, i no subia a dormir la siesta, sino cuando aquellos se dormian ántes, i no le prestaban una almohada para echarse sobre la alfombra de la tarima.
Ramiro tuvo noticias de la nueva amistad, i oyó callado i hosco los elojios que su suegra hizo del vecino. Despues subió a los altos con pesados pasos, se acercó a una de las mesas de arrimo donde habia tintero i algunos cuadernillos de papel, tomó la pluma i con buena letra española trazó esta línea:
«¿Hai otra vez moros en la costa? ¡Cuidado!»
No volvió hasta los cuatro dias a la misma hora, i acercándose a ver lo que habia escrito, halló debajo, de puño i letra de Mercedes, esta respuesta:
«El tigre sueña. Tiembla de una paloma. ¡Qué risa!...»
El semblante cetrino del fabricante de tacos se puso anaranjado, i eso fué lo único que reveló su vergüenza, porque no se movió un solo músculo de su cara, i sus ojos quedaron firmes i airados como siempre.
Dió la vuelta i se echó a la cama, donde permaneció despierto, pero inmóvil, por mas de una hora.
Se levantó, se acercó de nuevo a la mesa, volvió a leer, i salió, sonriéndose i meneando la cabeza.
Ninguno de sus movimientos se habia ocultado a Mercedes.
Durante aquellos cuatro dias, Mercedes, sin embargo, no habia podido olvidar a la paloma con la cual soñaba el tigre.
Mercedes soñaba tambien con ella, i casi no se habia apartado del postigo de su ventana, con el libro o la costura en la mano, pero sin leer una línea, ni dar una puntada.
¿Qué se habria hecho Alejo? No le habia vuelto a ver.
IX.
Era que Alejo tenia el pudor del niño, i mas que todo se estimaba demasiado para arriesgarse a pasar por importuno. Su eclipse no era efecto de un cálculo de enamorado. Nadie sufria mas que él, eclipsándose en aquellas circunstancias; pero tuvo bastante fuerza para no hacerse sentir de Mercedes, i hasta para no pasar por su balcon en esos dias, sin embargo de que de noche no apartaba su vista de la luz que alumbraba la estancia de Mercedes, hasta que las vidrieras de la ventana dejaban de reflejarla.
No sabia a qué horas debia hacer su segunda visita, i esta fué una cuestion que le preocupó tanto, que por resolverla no estudiaba ni atendia a las esplicaciones de su profesor. Al fin se decidió por las horas del medio dia, i se acercó una vez temblando a tocar la puerta de calle.
La muchacha le abrió, i en cuanto le reconoció le dijo:
--Suba arriba, señor, que mi amita Mercedes me ha mandado que le diga que allá lo recibe.
La sangre de Alejo estaba paralizada. Un vértigo le turbaba la cabeza i la vista. Al subir la escalera dió unos cuantos tropezones con paso pesado, de modo que Mercedes se perturbó, i arrojando el libro que tenia en las manos, se levantó murmurando esta frase:--«¡Ramiro a estas horas!» i corrió a encerrarse en su alcoba, donde se puso en acecho.
Al entrar a la estancia, Alejo respiró, ensanchando sus pulmones con aquel ambiente embalsamado que se respira en el hogar de una mujer bonita i elegante. Se apretó los ojos, casi los enjugó, volvió en sí, i no viendo a nadie, se apoyó en el sillon de Mercedes. Levantó un pañuelo que habia caido, lo acercó dulcemente a sus lábios, respiró su aroma i quedó extasiado. El pañuelo se le desprendió i volvió a caer en el momento de aparecer Mercedes, radiante i llena de contento, en la puerta de su dormitorio, saludándole con toda la espansion de una mujer que comprende que es adorada.
--¡Qué mal cumple usted! dijo Mercedes tomando su asiento i señalando otro a Alejo. ¿Ahora no mas se acuerda usted de que me prometió ser mi lector?
--No he tenido tiempo, murmuró Alejo avergonzado.
--¡Hola! ¿Le falta a usted el tiempo para mí? I de noche, ¿qué hace usted?
--Señorita, dijo Alejo con viveza, no sé disimular, no soi para rodeos. No he venido de...
--De cortedad, acabó Mercedes.
--Algo mas, de vergüenza, de miedo talvez.
--¡Miedo! ¿A qué, a quién? preguntó Mercedes un poco sobrecojida.
--No lo sé. Es lo cierto que no deseo otra cosa que venir aquí, i sin embargo no puedo. Hai algo que no me esplico i que corta a cada instante mi determinacion.