Antaño i Ogaño: Novelas i Cuentos de la Vida Hispano-Americana · Unidad 20 de 28
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Al enfrentar al pórtico de la cárcel, un grupo de curiosos le llama la atencion. Rodeaban un cadáver que estaba estendido de espaldas sobre el empedrado. En ese tiempo se esponian allí los muertos que se encontraban abandonados. Hoi parece que es costumbre conducirlos al hospital, como a los enfermos.
Alejo se acercó, miró i quedó absorto. El muerto era un jóven de veintidos años, de elevada estatura, bello i elegante; pelo negro, abundante i sedoso, como sus patillas; largas i crespas pestañas. Su traje era rico i esquisitamente arreglado: pantalon bombacho, al uso de la época, de color tórtola i menudamente plegado en la cintura; fraque azul de botonadura dorada, camisa bordada i chaleco amarillo. Una gruesa cadena de oro, terminada con tres enormes sellos de lo mismo, pendia de la relojera del pantalon i se estendia hasta el suelo en que yacia el cadáver.
No habia sangre. ¿Cómo habia muerto?
Uno de los soldados de la guardia satisfizo la curiosidad.
--La herida está en la espalda, dijo, i debe haber sido de daga, porque es mui chica i no tiene sangre.
--Pero ¿dónde fué encontrado?
--En la calle de Santa Rosa afuera, cerca del Cequion, añadió el mismo soldado; i los serenos de la calle han declarado que tarde de la noche vieron salir en un caballo colorado a un hombre flaco, que llevaba a otro por delante, sujetándolo con mucho trabajo, porque se iba para los lados como borracho. Despues volvió solo el mismo hombre en su caballo.
--¡Pobrecito! esclamaron algunos, ¡Dios lo haya perdonado! ¡Tan niño! ¡Tan buen mozo!
Alejo callaba, siempre absorto, i devoraba todos los detalles del cadáver con sus miradas, ¡Esta cadena! decia para sí, yo la he visto, pero ¿a dónde? Todos las usan iguales, mas una noche yo he encontrado a un jóven alto como este, que me llamó la atencion porque iba de prisa i llevaba una cadena parecida que se cimbraba i sonaba al andar. ¿Seria este mismo? ¿Cuándo fué eso? Sí, hace pocas noches, cuando se me pasó la hora viendo jugar una partida de billar en el café de la Nacion. El jóven iba, sí, por mi calle. ¡Ah! El penitente, ya estoi. Pero no, el penitente le habria quitado por lo ménos el reloj.
Alejo se retiró del pórtico despues de largo tiempo i siguió su camino, siempre absorto en sus reflecciones. ¡Nó, no puede ser, decia continuando su monólogo; hai tantos iguales! ¡Fuera malos juicios! Yo no he de ser el juez de este crímen. ¡Qué jóven tan hermoso! ¡Qué bien vestido! Debe ser mui conocido. ¡Pues sí, yo creo haberlo visto muchas veces!...
Balbuceando estas i otras frases, llegó al colejio. La hora habia pasado. Alejo volvió a su casa dominado de la misma impresion. No pudo estudiar. El cadáver estaba tenazmente a su vista. En la tarde se le pasó tambien la hora, i faltó al colejio. Por la noche se sintió mal, tomó la cama; pero su sueño fué una larga pesadilla con el muerto.
En 1831, todavía tenia viva la imájen del cadáver, i no habia acontecimiento de los muchos que habia presenciado, en aquella época ajitada, que le hiciera olvida al muerto. Lo mas raro es que jamas habia podido adquirir la menor noticia que le aclarase el misterio. Muchas veces habia escuchado con interes las conversaciones del café sobre el muerto, pero lo único que habia sacado en limpio era que nadie, ni la misma justicia, habian podido adquirir dato alguno sobre el asesinato. El jóven habia sido mui conocido i estimado; pero Alejo no habia sabido de él otra cosa que su nombre. Se llamaba Manuel P.... Todo lo demas que habia oido eran conjeturas, como las que él mismo habia formado. El nombre de su calle no habia figurado jamas en las hablillas del café.
III.
Aquel muerto habia quitado muchas horas al estudio i al sueño de Alejo.
No se las habia quitado ménos la casita misteriosa de su barrio. Pero ¿qué tenia de particular esa casa? Nada. Unicamente se distinguía de los demas caserones vetustos del barrio, interceptados por anchos solares tapiados o aportillados, en que tenia al frente un altillo, un solo balconcito, que eternamente estaba cerrado. Así lo estaba tambien la puerta de calle, que era talvez la mas alta i decente de toda la calle.
Alejo conocia a todos los vecinos, o mejor dicho, sabia quiénes eran. Pero siempre que preguntaba quién vivia en la casita, le respondian que unos viejos godos, Como la mayor parte de los propietarios del barrio. Su nombre no lo sabian, o las vecinas se disputaban entre sí sobre cuál era el verdadero.
Cualquier jóven habria pasado por alto estas menudencias.
Pero Alejo era curioso, i sobre todo mui inclinado a lo misterioso. Regularmente se sentaba en el umbral de su puerta de calle a leer o estudiar, pero atisbando siempre la casita, i jeneralmente despues de largas horas, tenia que entrarse, sin haber visto nada, sin haber siquiera sentido moverse las puertas de la casa misteriosa.
Al fin se propuso olvidar esa pesadilla, i se impuso el deber de no mirar a la casita; pero sus ojos le desobedecian, la curiosidad le vencia, i él tenia que renovar con juramento todos los dias su propósito.
Un domingo de otoño, Alejo subió al cerro de Santa Lucía a tomar su paseo de descanso. Los rayos tibios del sol de la tarde inundaban la ciudad i la campiña, i el aura ténue i deliciosa refrescaba el ambiente. Las arboledas i las viñas amarillaban al lado de los verdes potreros, al Oriente i al Sur; el rio corria solitario i serpenteaba a lo largo del tajamar, dejando a la orilla opuesta un blanco pedregal que se iba a perder en las lejanas arboledas de San Cristóval; i al poniente estendia la ciudad sus largas calles de techos brillantes, sobre los cuales se alzaban los templos i uno que otro edificio público. ¡Hermoso panorama! Alejo estaba embebido, i sobre todo no podia apartar sus ojos de los claustros del Cármen Alto, que tenian para él el atractivo del misterio por su soledad, apénas interrumpida de tarde en tarde por el bulto de una monja que se escurria a lo largo de un corredor. Alejo pensaba en la austeridad de aquel aislamiento, i esta idea le recordó aquella casita, que tambien estaba aislada allí en su barrio.
La tenia a sus piés, la dominaba con su vista. ¡Prodijio! ¡qué veo! esclamó Alejo.
En efecto, un batiente de la puerta del balcon estaba despejado. Se afirmaba contra la hoja una mujer que, leyendo un libro, estaba como escondida, dando su frente al cerro, pero sin que saliese ni siquiera el ruedo de su vestido al balcon. Desde la calle era imposible verla. Pero desde los altos peñascos en que estaba sentado Alejo, se la veia como era, pequeña de estatura, pero mas bella que el lucero que aparece al alba coronando los Andes.
Alejo creia verla tan bien como si la tuviera a su lado; veia el jiro luminoso de sus grandes ojos sobre el libro, sus lábios entreabiertos, su perfilada nariz, su tez de rosa; creia sentir su respiracion i ver las oscilaciones de su ancho seno, que apénas estaba velado a medias por el corpiño gracioso de su vestido.
El sol llegaba ya a su ocaso i Alejo no sentia el tiempo. Solo despertó de su arrobamiento cuando la bella lectora cerró su libro, paseó sus ojos por el cielo, suspiró mirando a los peñascos en que estaba Alejo, i como sorprendida juntó violentamente la puerta.
Desde entónces, Alejo estableció su bufete de estudio en los peñascos de Santa Lucía; pero jamas volvió a ver a aquella mujer, que ya era ídolo de su alma. El misterio se complicó.
IV.
Alejo tenia una alma tan ardiente como sensible. Estaba en la edad en que se ama todo, si se tiene un corazon bien puesto, como el suyo. Los espíritus tímidos o apocados no conocen esa época de la vida. La pasan entre la fé ciega i el miedo, habituándose al cálculo. Calculan para defenderse contra los fuertes de su círculo. Calculan para ocultar sus inclinaciones i sus sentimientos de miedo de que se les castigue en esta o en la otra vida. Calculan, en fin, para pasarlo bien con Dios i con los hombres, porque temen al uno i a los otros. En ellos prende de veras el santo temor de Dios, que es el arte de saber vivir.
I ellos son despues los hábiles, los afortunados en la sociedad. El corazon jeneroso i desprendído, el espíritu independiente i noble, que no aprendió a calcular desde temprano, que se dejó arrebatar por el ideal de lo bello, de lo bueno, de lo justo, entra a la sociedad a luchar, no a eludir las batallas de la vida, a sacrificarse, no a medrar.
Alejo era de estos últimos, i su juventud despuntaba entre el ardor de las pasiones jenerosas i el anhelo por lo grande, por lo desconocido, lo maravilloso, lo bello. Su curiosidad por aquella casa misteriosa se habia satisfecho, convirtiéndose en un amor, tanto mas ardiente, cuanto era imposible. Desde entónces compartió su tiempo entre sus libros i su bella desconocida; pero a menudo era ésta la que ocupaba mas su espíritu, i su imájen andaba siempre barajado con los temas de sus estudios.
Todos los dias ideaba i abandonaba nuevos proyectos para penetrar el misterio, para llegar hasta aquel ánjel de sus ilusiones. Pero en vano. El tiempo trascurria, i él no adelantaba.
Habia momentos de desesperacion, de cruel desengaño, pero su amor volvia con mas violencia i le reanimaba. Hacia un bello aprendizaje de constancia, que talvez, mas tarde, debia servirle en mucho, aunque no fuera mas que para investigar una idea, como ahora investigaba un amor de niño.
Salia una mañana de su barrio a la hora de costumbre, a las siete, i tuvo un encuentro que habia dejado de llamarle la atencion, porque era casi diario. Pero esta vez iba enardecido, casi iracundo.
El insomnio de la noche le habia fastidiado, i pasaba por uno de aquellos instantes de decepcion, que le habrian hecho incomodarse del aire.
Al salir a la calle encontró a un viejo a quien encontraba siempre casi en el mismo sitio.
Era un viejo albino, de ojos colorados, como los de un conejo blanco. Sombrero bajo i una capa cuesco de lúcuma, que jamas se apartaba de sus hombros, hiciera frio o calor, i que cubria su cuerpo vestido de chaqueta i de calzon de pana negra. El calzon se ajustaba a la rodilla con una hebilla de acero i dejaba libres unas medias blancas como la nieve, que terminaban en zapatones de pana igual a la del traje.
--Esta estampa me choca, murmuró entre dientes Alejo. Es un viejo brujo que debe vivir por este lado. ¡I que no haya sido yo capaz de averiguar quién es! Lo he de seguir, aunque falte a clase.
Dicho i hecho. Volvió sobre sus pasos, i tuvo que acortarlos al tenor de los del viejo.
--¡Que haya todavía estafermos a la laya! pensó Alejo. ¡I conservan sus vestidos! ¡Todo pasa sobre ellos, como sobre esa piedra de esquina!
Distraido así, se acercaba en ocasiones demasiado al viejo, i paraba para tomar distancia. Pero en una de las veces en que mas se le habia acercado, sin saberlo, el viejo paró, sacó una llave, abrió una puerta, i al entrar se encontró con otro hombre flaco, seco, de color verdoso, que le dice:
--Buenos dias, Miguel, ¿ya oíste tu misa?
--Sí, Ramiro, contestó el albino, i te encomendé a Dios.
Ambos se cruzaron, la puerta se volvió a cerrar, i Alejo estaba en el mismo umbral, convertido en estátua de piedra. Ramiro le miró al soslayo i dijo:
--¿Qué quiere este babieca?
Pero siguió su camino.
Cuando volvió Alejo de su vértigo, de su pasmo, esclamó:
--Luego esta escena se repite todos los dias! ¡I miéntras yo estoi en el colejio!... ¡Qué estúpido! Nunca he acechado a estas horas. ¡Tal vez ella tambien sale!...
La puerta en que esclamaba de este modo, la puerta que se habia abierto i cerrado, para dar paso a Miguel i a Ramiro, era la puerta de calle de la casita del misterio.
Alejo echó casi a correr para alcanzar a Ramiro, que tenia tranco largo, porque era alto i de largas piernas, i le llevaba mucho adelantado.
Queria verle de cerca, saber a dónde iba i averiguar quién era.
A las cuatro cuadras estuvo cerca de él; pudo estudiarle. Llevaba fraque verde oscuro de angostas puntas que le pasaban de las corbas, i de ancha solapa cuyos pequeños picos se le veian desde atras recostados sobre los hombros. Sombrero alon de campana, pantalon de brin blanco, i grueso garrote por baston.
Alejo acortó el paso i guardó una respetuosa distancia. A dos cuadras de la plaza, en la calle de la Catedral, Ramiro se paró, abrió una puerta de par en par, i entró. Alejo pasó despues, mui quedito, i vió que aquel cuarto era una fábrica de tacos de billar i de otros útiles de lo mismo.
--Este hace tacos i tambien bolas, dijo para sí. ¿I aquel _chonchon_ de ojos de ají ¿qué fabricará? ¡El misterio se aclara! ¡Paciencia i esperar! Yo no tengo que barajar como Durandarte en la cueva!...
V.
En el poco tiempo trascurrido desde que le atrapó el amor en las rocas de Santa Lucía, Alejo se habia transformado. Su alma habia abandonado aquellos vagos horizontes en que revolotea el alma de un jóven, cuando es ardiente, como las mariposas amarillas de verano en un jardin.
Tenia un horizonte fijo, volaba el rededor de una sola flor.
I esa flor le hacia pensar sériamente.
No solo eso: le hacia tambien calcular sus propias fuerzas; i como entre las que el amor emplea, figuran en primera línea las de los atractivos personales, el espejo pasó a serle tan importante como sus libros, i el sastre entró a ser uno de sus primeros ausiliares. Tenia la esperanza de que su bella desconocida le mirase i le viese en la ocasion ménos pensada.
Dejó de vagar por las calles en las horas de ocio. Dedicó las primeras de la noche al café, i casi abandonó las relaciones de sus camaradas de estudio.
El café de la Nacion i el de Hévia, que acababa de establecerse en la plaza de la Independencia, eran entónces de la primera sociedad. Los comerciantes i los jóvenes de mundo los invadian a todas horas. Los aristócratas i sus retoños acudian a refrescar por la noche, i a pasar algunas horas en tertulia. Para éstos, aquellas casas hacian el oficio que hoi desempeñan los clubs.
La juventud de Santiago no estaba por esos años tan adelantada como ahora. Quizá la aristocracia tendria en ella algunos estafadores que la representaran. Talvez no faltaban cortabolsillos elegantes, de esos que, llevando nombre i fisonomía de caballeros, despojan de su reloj al primero de los suyos que encuentran beodo, o que escamotan su portamonedas al primero que entra en una partida de juego por aturdirse i pasar mejor su noche. Eso es de todos los tiempos i paises, i las familias que se dicen nobles no se preocupan de tener en su seno un calavera, porque saben que para él no se han hecho las leyes. Lo que era desconocido entónces entre los jóvenes era ese tipo aristocrático del letrado injerto en jesuita, que profesa i mantiene la relijion de sus padres, ardiendo en odios piadosos, i que no vé el progreso ni halla la libertad fuera de la iglesia romana.
Aquellos jóvenes no adoraban al Papa, ni al becerro de oro. Eran mas bien jentiles que sacrificaban a Venus, a Terpsícore i a Baco; eran unos perdidos que no sabian especular, haciéndose los santurrones o los siervos del poder para enriquecerse i hacer carrera. No hablaban ni del confesor, ni de sermones, ni del retiro de los domingos, ni de los herejes, ni de los gobiernos ateos, ni de los escándalos de los impíos.
Hoi se sabe vivir mejor.
Un devoto, o como se dice un _pechoño_, no solo cuenta con los respetos, sino con la proteccion de todos los poderes i de los potentados. Un rico con solo serlo, es respetado, aplaudido, adulado: nadie tiene que averiguar como llegó a la fortuna. Para él todos los aplausos, todos los elojios, todas las atenciones; así como para el que ejerce algun poder, sobre todo si tiene un gran poder. Para el verdadero mérito, hai siempre alguna palabra de desprecio, siempre algun desden, si no alguna calumnia. ¿Qué mérito puede haber sin poder o sin riquezas? ¿Prueba que lo tiene quien no ha alcanzado a hacer fortuna, quien no ha logrado un alto empleo?
En aquel tiempo, un usurero, un estafador de los que amasan riquezas a costa de los sudores i de las lágrimas de los pobres, i quizá de algo mas, era simplemente un ladron, i no se le estimaba de otro modo. Las lenguas andaban sueltas, no al oido, sino al aire libre, contra los bribones, porque siempre el brazo estaba listo para sustentar las sentencias de la opinion. El arte de don Basilio no estaba todavía en uso. La calumnia i la maledicencia andaban solo en letra de molde, pues la prensa no era aun el instrumento de la verdad i de la discusion, sino una máquina de hacer ruido i de arrojar lodo, sin ser visto; allí se parapetaban los calumniadores.
Hoi ha variado todo eso. Solo calumnia o ultraja en letra de molde el que emplea la prensa para representar el pasado; i ello es lójico, porque no se puede defender el atraso contra las invasiones del progreso i de la libertad, sin mantener la prensa diaria en su situacion incipiente. En los tiempos que recordamos, la sociedad vieja estaba vencida i carecia de defensores en la prensa. Ni aun en Francia habia aparecido entónces el escritor católico, ese que hoi en todas partes se llama _diarista clerical_, cuya definicion nos da en estos términos un pintor de costumbres: «El diarista clerical es una especialidad aparte, como escritor, que adora las polémicas i las querellas empenachadas de injurias i de palabrotas. Fuera de la esfera de sus ideas, no hai salvacion. En lugar de esponer los principios conservadores i relijiosos en lenguaje sencillo, prefiere morder a sus adversarios mas abajo de los riñones. Las cuestiones de forma, las cuestiones secundarias--he ahí su estribillo. Sublevar desacertadamente cuestiones inútiles, espinosas, en que Roma i el clero no llevan la ventaja--he ahí su fuerte. Su oficio es irritar a todo el mundo i no convencer a nadie»... Este tipo de la edad moderna no era conocido.
Aquella era una sociedad en embrion. Como entónces no habia sino mui pocas fortunas i el poder aun no se habia consolidado, el imperio no pertenecia ni a los gobernantes, ni a los ricos. Estos apénas comenzaban a emprender para alcanzarlo i hacerlo suyo en todas partes, de arriba a abajo.
Aquella sociedad era de todos, pertenecia a todos, i como no habia quien la dominase, quien la empujase por una sola vía, cada cual hacia de las suyas i era señor de sí mismo. Por consiguiente habia una franqueza casi salvaje, sin disimulo, sin hipocresía, sin sujecion a conveniencias determinadas, ni a creencias regladas.
La juventud no era brillante, sino atolondrada. Hablaba recio i claro, aunque sin presuncion. Le faltaban todas las condiciones del buen tono: la voz ronca, el hablar traposo, desgalichado, desganado, que sienta tan bien a un elegante, sobre todo cuando afecta suficiencia i decide majistralmente hasta sobre lo que sucede en la luna; el andar en el paseo, como en casa, hablando a gritos i riendo a carcajadas, lo que es una gracia; el tutear a todos i maldecir de todos; el mirar con cara abobada, pero con ojos de maton, sin saludar. Le faltaban en fin todas las gracias de la buena nobleza i todos los síntomas del buen tono. No andaba en coches, porque no los habia; ni oia su misa los domingos, porque no necesitaba ir al templo para hacer negocio o para ver a las amigas; ni salia atropándose i encimándose de la platea del teatro, ántes de caer el telon, para verlas salir, formándoles calle en el vestíbulo. Era aquella una juventud perdida, que frecuentaba el café, que charlaba i discutia en público sobre todo, hasta de relijion i política, que paseaba a caballo i en carreta, a la luz del medio dia, i que bailaba todas las noches, en todas las casas, sin necesidad de _soirée_, de sarao, ni de ambigú.