Antaño i Ogaño: Novelas i Cuentos de la Vida Hispano-Americana · Unidad 24 de 28

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»Con esto pago a usted mi deuda, i a fuer de caballero leal, debo declararle que allí terminarian nuestras relaciones.

»Conozco sus amores con mi esposa, i no está en mi dignidad tolerarlos. Espero que usted será bastante caballero para no ponerme en el caso de probarle que tengo un pulso mas certero que el de aquel tunante. Que no le vea a usted, por Dios, en mi casa, ni cerca, pues no quisiera cumplir el juramento que le hago, de cortar con el acero los amores que usted, si es honrado, debe cortar voluntariamente. Soi de usted

_Ramiro_.»

¡Los amores!--¡Mi esposa!--¡A fuer de caballero leal! repitió Mercedes sonriendo.

I en efecto, la carta está calculada para inspirar terror a un niño como Alejo. ¿Niño? Nó. Es un hombre. Es valiente. Pero es mas que todo caballero i honrado. Sí, ¡es necesario salvarlo del tigre! Lo salvaré.

No debo pagarle su amor, su jenerosidad, su defensa de mi honor con esponerlo a ser... ¡Ah! ¡Sí, Dios mio! ¡A ser asesinado! ¡A mis plantas! ¡Por mí!...

Nó. Valor. Soi yo quien debo sacrificarme. Sí, me sacrificaré. Salvaré a mi hermano, a mi querido Alejo. Es fácil. Lo veré ... sí, una sola vez. Me despediré de él para siempre!...

Mercedes lloró. Mas tranquila despues, se levantó casi contenta.

Qué ¿no podré yo amarlo, sin tenerlo a mi lado? ¿No podré adorarlo desde léjos? Oh, sí: lo amaré siempre. Sabré de él. Sus triunfos serán mi alegría. Lo buscaré, lo miraré a la distancia. Lo adoraré i no lo perderé...

Mercedes dejó las cartas i pasó a su tocador; al mirarse en el espejo esclamó:

¡Oh! sí. Entónces se criaban hijas bonitas para darlas al primer mastin que las apetecia. ¡Qué tiempos! ¡I hai mujeres casadas a la antigua española que son felices! ¡Almas de cántaro!... ¡Ya se vé, no les habrá tocado un taco de billar por marido! ¿Qué un taco? ¡Un asesino!...

Calló i se estremeció.

XIV.

El dia de la cita se acercaba, i entre tanto Mercedes leia siempre las cartas i meditaba. El tono de su mirada i la tranquilidad de su semblante anunciaban que habia tomado una resolucion.

Llegado ese dia que era de fiesta, los transeuntes pudieron verla a cada instante en su balcon, primorosamente ataviada i espléndidamente hermosa.

Entre tres i cuatro de la tarde, la calle estaba solitaria, i Mercedes distinguió mas con el corazon que con los ojos, a Alejo que se acercaba lentamente i como receloso: al instante bajó a la puerta de calle. Allí esperó tranquila, serena.

Alejo, al verla, se precipitó, i llegó tendiéndole los brazos. Mercedes le tomó de la mano sin desplegar sus lábios, i le condujo a su salon, cerrando cuidadosamente la puerta tras de sí.

Un abrazo mudo, estrecho, prolongado, precedió a las caricias i a las lágrimas de aquellas dos almas ardientes que se idolatraban.

Entre risas i suspiros, Mercedes hizo a su querido la historia de sus sobresaltos durante la ausencia. Alejo la escuchaba enternecido, i le pedia perdon, culpándose a sí solo de no haber tenido cuidado de informarla directamente, cuando ella le suponia muerto.

--Ahora, tenemos que fijar nuestro porvenir, dijo Mercedes, sobresaltándose instantáneamente.

Pesados pasos hacian crujir la escalera.

Mercedes toma violentamente a su querido i le empuja a la alcoba. Allí le encierra en un ancho ropero tallado i cuajado de labores de concha de perla, i coloca la llave en su pecho. Alejo habia obedecido en silencio. Mercedes se habia recostado en su lecho.

En ese momento, la puerta de la alcoba se abre, Ramiro aparece airado, ceñudo.

Mercedes se endereza con mirada furibunda, blandiendo convulsivamente en su mano derecha, que apoya de puño en la cama, un pequeño i agudo puñal.

--¿Qué quieres? le dice.

--Nada, creí que no estabas sola, respondió el español, dando vuelta la espalda i cerrando de nuevo la puerta.

Por un momento se sintieron los pasos de Ramiro. Luego el ruido del tálamo indicó que se echaba a reposar, como solia hacerlo a veces.

Ella permaneció en la misma actitud, pensativa, con los ojos fijos en la puerta, inmóvil, sus lábios entreabiertos. Pasó mucho tiempo.

Reinaba un profundo silencio, que solo era interrumpido a veces por el que reposaba en el salon. A cada ruido, Mercedes se ajitaba, acechaba, i en cierto momento se acercó a su puerta en el ademan de la fiera que se lanza sobre su presa.

Allí quedó fija como una estátua, pálida, los ojos desencajados, un pié hácia adelante, su mano derecha hácia atras, pronta a levantarse para descargar el puñal.

Los pasos de Ramiro, que se repitieron, no la conmovieron. Esos pasos se sintieron de nuevo en la escalera. Mercedes abrió su puerta i salió espiando.

Cuando él estuvo en el patio, ella volvió i se encontró de sorpresa con Alejo, que habia abierto por dentro el ropero i la seguia de cerca.

Ambos se encontraron. El puñal cayó i Mercedes estalló en sollozos i convulsiones violentas, cayendo tambien al suelo...

Alejo la colocó en el sillon i le suministró los recursos que tuvo a mano para mitigar el ataque. Cuando Mercedes pudo respirar i dar espansion a sus suspiros i lágrimas, él la cubrió de caricias.

Los últimos lampos del crepúsculo de la tarde alumbraban aquella escena.

Mercedes jemia aun i por momentos se sofocaba. El se puso de rodillas, para estrecharla mejor. Mas ella, lanzando un ¡ai! profundo, se levantó bruscamente esclamando:

--¡No! ¡No! Por Dios, Alejo, no: él estaba así cuando ese monstruo lo asesinó a mis piés...

--¿Quién? gritó Alejo, levantándose, i volviendo a sentar a Mercedes.

Esta se incorporó, tomó aliento i haciendo sentar a su lado a Alejo, continuó:

--Sí. Es preciso que lo sepas todo. Tu eres el único que puede absolverme.

--Habla, alma mia. Tú no puedes tener secretos para tu hermano. Confia en mí, le dijo Alejo acariciándola.

--Mi primera culpa es tu amor, Alejo idolatrado. Antes no fuí culpable. Solo fuí coqueta por curiosidad, yo no lo amé jamas. Admití sus obsequios, como una muchacha que desea conocer qué es el amor. El me perseguia i te juro que yo a veces me sentia contrariada, i le oia sin atencion, i aun le dejaba mi mano por indolencia. Jamas le cumplí sus deseos, diciéndole que le amaba. ¡Te lo juro por nuestro amor, Alejo mio!

Mercedes calló i lloró. Alejo no sabia qué pensar.

--Mas una tarde como esta, continuó Mercedes, cubriéndose la cara i llorando amargamente, el llegó aquí a estas horas. Me halló en este sillon i se precipitó a mis piés, repitiéndome sus protestas de amor. Yo principié por reir. Luego sentí vergüenza i gran inquietud. Traté de levantarlo. Quise levantarme yo misma i él me sujetó. Esta lucha no me dejó oir...

Los sollozos ahogaban a Mercedes. Alejo estaba estupefacto. Mercedes continuó con palabras entrecortadas i apénas perceptibles:

--Mi marido habia penetrado hasta aquí... El no lo vió... Yo dí un grito; i le ví caer en el estrado... atravesado de una puñalada...

--¡A quién! gritó Alejo.

--A Manuel...

--¿A Manuel P.?... interrumpió Alejo.

--Sí, murmuró Mercedes.

--¿Cuyo cadáver fué espuesto en el pórtico de la cárcel al dia siguiente? volvió a interrogar Alejo.

--Sí, repitió Mercedes. Sí, pero ese cadáver estuvo aquí muchas horas. Yo me habia desmayado. Cuando volví en mí, me hallé a oscuras i encerrada. No tenia como encender luz. Abrí los balcones. Con la vislumbre de la calle distinguí el cadáver en el mismo sitio. Vacilé, pero con la intencion de salvarlo aun, me acerqué, lo toqué i sentí que estaba yerto. Volví a caer sin sentido.

Alejo estrechó a Mercedes a su corazon i lloró con ella.

--¡Pobre hermana mia! Tranquilízate. No hables si te mortificas.

--No, Alejo mio. Debes saberlo todo... Yo me habia refujiado de terror a mi dormitorio, i aunque apretaba los ojos, veia todavía el cadáver de aquel desgraciado. Me desesperaba... ¡Ah! ¡no puedo recordar esas horas!... Tarde de la noche, sentí pasos. El tigre llegó hasta mí, i tomándome de un brazo me condujo diciendo: «¡Ayúdame a bajar a tu amigo!...» El arrastró el cadáver escalera abajo i me forzó a conducirlo hasta el patio, donde estaba un caballo ensillado... El asesino colocó a su víctima en la montura, no sé cómo, i montó detras. «Abre la puerta» dijo, «ciérrala otra vez i espérame aquí mismo.» Al venir el dia volvió, i fué a reconocer si quedaba sangre en algun sitio. No halló nada...

El silencio sucedió por largo tiempo entre los dos interlocutores. Mercedes sollozaba. Alejo estaba abismado. Habia plena oscuridad. De repente, Mercedes se levantó i tomando a Alejo de la mano, le dijo:

--Ahora, hermano mio, ¡sálvate! ¡Quizá yo no podré defenderte! Vamos, despidámonos para siempre... Acepta el juramento que te hago de ser tuya, aunque vivamos separados. Si te compadeces de mí, haz que yo pueda verte alguna vez...

Mercedes conducia al mismo tiempo a Alejo por la escalera, i llegó así, hasta la puerta de calle, que abrió con cautela.

--Nó, Mercedes, dijo Alejo: nos volveremos a ver i convendremos en la manera de vernos en adelante. Yo no puedo despedirme así de tí. ¡Imposible!

--Para verme, replicó Mercedes, espera a que yo te cite. Ahora apresúrate. El va a llegar...

Se abrazaron i Alejo partió paso entre paso, todavía abismado.

Marchaba así por la calle, cuando de sorpresa se siente detenido al frente por un hombre.

--¿Viene usted de casa, amigo? le pregunta Ramiro.

--¿Solo usted vive en esta calle? le contesta Alejo.

--¡Cuidado! esclamó el español.

--¿Amenazas? dice Alejo. ¿Tú, infame asesino, amenazarme a mí? Te he de arrastrar de la lengua al patíbulo, ¡canalla! ¡Cuidado que me molestes, i que yo sepa que molestas a tu desgraciada esposa por celos conmigo!

El español habia saltado hácia atras. Estaba inmóvil, estático.

¡Paso! esclama Alejo apartándole con violencia. ¡Que no te vea yo otra vez, porque irás a pagar en el banquillo tu crímen!

Alejo prosiguió de prisa. El español quedó allí como un poste.

XVIII.

¡Hace cuarenta años!

¿Se han vuelto a ver Alejo i Mercedes?

Jamas...

¿Se han olvidado?

Nunca...

Las crónicas refieren que el español desapareció desde aquellos momentos. Hai quien asegura que realizó su negocio, que partió a Valparaiso, i se embarcó, no se sabe para dónde.

¿Tendria miedo al patíbulo?

Mercedes le vió desaparecer, pero temió una acechanza. Creia verle llegar todos los dias.

Talvez por eso no dió la cita prometida.

I Alejo, ¿por qué no volvió a ver a Mercedes?

¿Cuáles fueron las reflexiones que le hicieron dominar su pasion?

Talvez, la misma fuerza de voluntad, que empleó para conservar pura a Mercedes, le sirvió para apartarse de ella para siempre.

Pero él mismo se sorprendió muchas veces al rededor de la casita misteriosa, sin saber cómo.

Las puertas permanecian cerradas, siempre cerradas, como en la época en que Alejo viera aquel cadáver en el pórtico de la cárcel...

Mercedes se habituó al aislamiento. El se acostumbró a no turbar su encierro. Los triunfos de escuela, i talvez puede decirse, nuevos amores distrajeron el alma del estudiante.

Pasado el tiempo, Alejo miró todo aquello como una novela.

UNA HIJA.

ANÉCDOTA DEDICADA A LA DISTINGUIDA SEÑORA DOÑA =MARTINA BARROS DE ORREGO=.

I.

--¡Escelente viaje, hermanas mias! decia un jóven casi niño, a dos hermosas, que estaban sentadas en un salon del Hotel Morin, situado en la plaza principal de Lima, esquina de las Mantas. ¡Escelente viaje! Pocos tendrán, como nosotros, la felicidad de llegar de Liverpool al Callao en cincuenta dias, habiendo atravesado ese portentoso Estrecho de Magallanes, que se abre entre dos cadenas verdinegras, coronadas de blanca nieve.

--¡Calla, Roberto! esclamó una de las hermanas, tambien mui niña, con una cara tan de criolla, que se la habria tomado por una de esas graciosas limeñas de ojos negros i de tez pálida que pueblan las vecindades del Acho, si los suyos no fueran color de cielo, i si sus crespos cabellos no fueran de un rubio apagado, pero claro. ¿Portentoso el Estrecho de Magallanes? continuó, riéndose. No hai nada en el mundo mas oscuro, mas tétrico, mas adusto i viejo, que ese tormentoso estrecho de rocas pardas i negras, de vejetacion raquítica i amarillenta. Se oprime el alma, al recorrer aquel paisaje siempre melancólico.

--Ana, le replicó Roberto, tú no tienes el gusto de lo raro, de lo estraño...

La palabra fué interrumpida por la aparicion de otro jóven de aspecto severo, que decia a unos cargadores: por aquí, muchachos, en ese cuarto del fondo colocad las maletas de las señoritas, i en este otro el equipaje del señor; i despidiendo con su propina a los conductores, el jóven tomó asiento, como fatigado i esclamó.--¡Pero, chicos! ¿Por qué habeis hecho el viaje por el Estrecho, que es el fin i remate de estas Américas? Cuando, tú Roberto, me anunciaste el viaje, supuse que lo harias por el Istmo. Así es que cuando don Sebastian me escribió a Lambayeque que bajarian del Polo, me sorprendí; pero con sorpresa i todo, me embarqué inmediatamente en un vapor que pasaba i he tenido la fortuna de llegar al Callao un dia ántes que vosotros.

--Deseábamos conocer, respondió Roberto, a Montevideo, esa blanca corona del Plata, el Estrecho, Valparaiso, que parece se estendiera agazapándose sobre sus altos cerros, para no caerse al mar, i todos los demas puertos de esta costa, cuyas poblaciones parecen campamentos provisionales. Felizmente partia para estos rumbos un nuevo vapor de la compañía inglesa del Pacífico, i lo aprovechamos. Escelente barco el _Nueva Granada_, flamante, bien servido, i con un tiempo de mi flor. Mis hermanas han tomado el viaje como un paseo. ¿No es así?

--Ménos en el Estrecho, añadió Ana. Por lo demas, parecia que para darnos gusto se habian hecho el buen tiempo, el mar i el buque. Si no hubiera sido eso, yo me habria muerto de fastidio, ántes de llegar a esta patria tan remota.

--Sí, estamos en nuestra patria, esclamó Roberto. Nada de ella recordaba yo, pero no sé por qué, me parece que ya la conocia. ¿I tú, Luisa, que tienes, tú debes recordar algo de nuestra Lima?

--¡Imposible! murmuró con tristeza la interpelada. Tenia yo tres años, cuando nos llevó papá a Inglaterra. Ana andaba en dos, i tú no habias cumplido seis meses. Ni aun siquiera sé de donde partimos, i solo recuerdo que papá nos referia que el viaje habia sido desastroso, i que llegamos a Liverpool con el buque desmantelado.

--¡Qué diferencia con nuestro viaje de vuelta! Pero, Luisa, te repito que te noto triste. Te estraño, pues no te he visto así en toda la travesía. Al contrario, venias tan alegre, que eras el encanto de todos los compañeros de viaje.

En efecto, estaba pensativa Luisa, que era una jóven de veintitres años, alta, esculturalmente modelada, de proporciones graciosas, de aire noble i un tanto severo, i de un bello rostro, sombreado por una espesa cabellera negra i naturalmente rizada. Su vigor i su tono estatuario revelaban un alma enérjica i levantada.

No respondió a la observacion de Roberto, pero despues de un corto silencio, Ana esclamó con viveza.

--¿Quieres que te diga la causa, Roberto?

--¡Ah! La comprendo, dijo éste. Desde 1830, en que nos fuimos, hasta 1850, en que volvemos a la patria, Luisa se ha hecho inglesa perfecta, i comienza a sentir nostaljia.

--No es eso, muchacho, continuó Ana riéndose, los ingleses no saben sentir nostaljia, porque han nacido viajeros, como los pájaros trasmigrantes. Luisa está triste... ¿Lo digo?...

--Alguna estravagancia. ¡Calla, loca! interrumpió Luisa.

--Mira, continuó la hermana, tú misma me lo has revelado, i lo olvidas. Estás triste porque tienes la aprehension de que Pedro te ha recibido con frialdad, hasta con indiferencia... Eso es todo.

--¿Yo indiferente? esclamó don Pedro de Llorente, que era el jóven que habia recibido a los viajeros. ¡No lo sé! Creo haberlos recibido a los tres con todo cariño. Si no he hablado particularmente contigo, Luisa, durante el viaje del Callao, es porque tenia que conversar con todos. Luego, como venian tantos pasajeros en aquel maldito carro... Por eso no me gustan los trenes yankees, en que se viaja en compañía de todo el mundo...

--Has hecho bien, murmuró Luisa con dulzura. Sin embargo, Pedro, debo decírtelo, ya que se ofrece: he notado en tí no sé que desvio, cierta reserva en tus modos, que me ha dado miedo. No he visto, como lo esperaba, tu alma en tu saludo, i me has tratado con cumplimientos que no usas conmigo i que sientan mal en un novio... Hace solo cuatro meses que nos separamos, i ya...

--No se han cumplido aun los cuatro meses, es verdad, replicó Llorente con cierta gravedad; i es natural que yo recuerde que, al separarnos en Londres, tu padre estaba lleno de vida i de esperanzas. Cuando él dispuso que yo viniera al Perú, a examinar el estado de sus propiedades i a conocer a tu madre, ántes de verificar nuestro enlace, yo no pude imajinarme que habia de morir a los quince dias de mi partida...

Todos quedaron en silencio, i Roberto pensó entre sí que aquella gravedad e indiferencia de Llorente podrian significar un mal estado de los bienes de la familia.

Luisa con sus miradas bajas i como distraida, agregó pausadamente.

--Como papá te dijo que si despues de tu viaje aquí, no insistias en nuestro matrimonio, te dejaba en plena libertad, como si no existiera nuestro compromiso...

I Ana continuó con sorna:

--Temiendo talvez que el señorito encontrara por acá una limeña que le cautivara i que le retrajera de hacerse fabricante de azúcar contigo en Lambayeque...

--Eso no, interrumpió Llorente con indiferencia. ¿Por qué tomar las cosas de ese modo? El señor Greene, vuestro padre, era prudente, previsor, i a fuer de tal hizo aquella salvedad. Pero bien sabia él que Luisa no tiene rival, pues que ni aun tiene pareja, i que yo estaba decidido a darle mi mano...

Entónces bruscamente cortó Roberto las dificultades del momento, pidiéndole a Pedro noticias del estado de los intereses. Este respondió con entusiasmo que todo iba con admirable prosperidad, que el injenio producia cuatrocientas arrobas de azúcar al dia, que la hacienda era la mejor de Lambayeque, que las plantaciones de caña i de arroz no tenian fin i que por último, en el órden i arreglos de aquel gran establecimiento, se notaba a cada paso la habilidad i prevision de su fundador, el padre de su novia.

--¿Viste a mi madre? le preguntó con timidez la hermosa Luisa.

--Mucho que sí, respondió Llorente. Durante diez años despues del viaje de tu padre a Inglaterra, ella fué la directora de todo aquello. Pero la pobre se postró despues, el trabajo la ha inutilizado, no es dueño de sus piernas, i tienen que conducirla en un sillon. ¡Como deseaba doña Rosalia venir conmigo a recibiros! Con que amor recuerda a su Robertito, a tí, a quien, cuenta ella, quiso robarse para que no te llevaran, a Ana, que ya principiaba a hablar cuando la separaron de su regazo. ¡Vamos! Ella tiene mil historias de vuestra niñez.

--¡Pronto la abrazaremos! esclamó con efusion Luisa. ¿No es así? Partiremos para Lambayeque en el vapor que sale dentro de cuatro dias. ¿Recuerdas, Ana, que en la primera carta que mamá nos dirijió decia que habia aprendido a escribir, solamente para podernos decir que nos idolatraba?

Ana respondió:

--¿I por qué no habia aprendido ántes a escribir?

Mas, Roberto como indiferente a la candidez de esta respuesta, volvió a hablar de negocios i preguntó a Llorente por las cuentas de don Sebastian Agüero, el apoderado de su padre. Pedro declaró que eran irreprochables, i que no sabia que admirar mas, si la honradez de aquel buen viejo, que era tan campechano, franco i alegre, o la fiel amistad que habia profesado al señor Greene i a su señora. El ha procedido siempre añadió, de acuerdo con doña Rosalia i hoi mismo lo administra todo con su consejo.