Antaño i Ogaño: Novelas i Cuentos de la Vida Hispano-Americana · Unidad 25 de 28

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--Es decir, interrumpió Ana, que te haces azucarero, Pedro, puesto que te gusta tanto el injenio, i no renunciarás a Luisa, desde que no le has hallado rival.

En ese momento un sirviente anunció que el almuerzo estaba servido. Luisa se escusó de ir a la mesa i Llorente quedó con ella, diciendo que habia almorzado en el Callao, cuando entraba el _Nueva Granada_.

La mañana era como muchas del verano de Lima, entoldada, húmeda i sofocante. El ánimo de los dos personajes que permanecian en el salon parecia estar bajo la influencia de aquella pesada atmósfera. Guardaban silencio, sin mirarse, él en pié i pensativo, i ella mirando inciertamente las corrientes de transeuntes que se chocan i entreveran con gran ruido en la confluencia de la calle de las Mantas i la de Mercaderes con la plaza.

II.

De improviso Luisa se acerca a Llorente, le toma una mano con cariño i le dice, casi llorando.

--¿Es posible que tan corta ausencia haya puesto a prueba tu amor?...

--No, Luisa mia, contestó Pedro, con aire sincero, no te dejaria de amar, aunque estuviéramos un siglo separados. Tú sabes que hace dos años nos conocimos en Roma, cuando viajabas con tu familia en el continente. Tu belleza me cautivó entónces, i seguí a tu padre en sus viajes, por seguirte a tí. En Londres nuestro amor ya era nuestra vida, i tu padre lo bendijo. Te amo siempre lo mismo.

--¡Sin embargo, has variado tanto! ¿Tienes alguna queja de mí?...

--Ninguna. Eres tan buena, tan sincera, tan fiel, que jamas me creo autorizado a quejarme de tí. ¿Pero sabes? Preferiria que me hubieras dado algun motivo de queja... Talvez no seria hoi tan desgraciado...

--¿Desgraciado?... No te comprendo, replicó la hermosa niña, sorprendida. ¡Tú desgraciado! ¡Tú deseando tener motivo de amarme ménos! Necesitas esplicarte...

Llorente calló, i despues de una pausa, agregó:

--¿Que quieres que te esplique? Soi desgraciado. Bástete saberlo. Tú misma lo eres, pero no me preguntes por qué... Luisa, no debemos amarnos... ¡Nuestra union se ha hecho imposible!

--Te comprendo ménos, Pedro. ¿Hai aquí algun misterio que yo no debo penetrar? Te creia un caballero i jamas esperé de tí una traicion. Sin embargo, ahora me dices que nuestra union es imposible. Amarás a otra...

I diciendo esto, le volvió la espalda con despecho i se dirijió a su dormitorio. Llorente la detuvo cariñosamente i esclamó:

--Nó, mi pobre Luisa, no soi perjuro. No amo; no amo a otra. No me condenes tan sin justicia. A lei de caballero debo hablarte como te hablo; pero no puedo... sí, a lo ménos por ahora, no puedo decírtelo todo...

--¿Qué esperas? ¿Tenerme en martirio un siglo, para llegar a revelarme la causa misteriosa de tu desvío, cuando las dudas, los celos, la desesperacion hayan acabado de destrozar mi corazon? ¿Te parece a tí que por ahora debo conformarme con oirte decir que nuestra union es imposible, sin saber por qué?...

Luisa se echó llorando en un sillon. Llorente quedó meditabundo i despues añadió con calma:

--Tienes razon... Mas espera, Luisa mia, no me condenes todavía.

--¡No condenarte, cuando te veo romper sin piedad nuestro amor!... Dímelo pronto, sí, dime sin vacilar ¿por qué no debemos amarnos? ¿Quién me arrebata tu corazon?...

--Tienes razon... sí, pero yo no sé como hacer. Soi un torpe mas bien que desleal... Espera, Luisa. Habria un medio... En tu mano está. Puedes sin contrariarte, sí, tú puedes...

--Habla por Dios, no trepides. ¿Qué es lo que yo puedo, cuál es ese medio? le interrumpió Luisa con animacion.

--Dime, Luisa, respondió Llorente, estrechándole las dos manos, pero dímelo con calma... Puedes tomarte el tiempo que quieras...

--¿Acabarás? ¿qué cosa te he de decir? ¿por qué vacilas?...

--¿Renunciarias por mí a tu madre? le preguntó Pedro vacilando.

--¿A mi madre? esclamó Luisa, desprendiéndose de sus manos i tomando una actitud trájica. ¡Renunciar a mi madre! ¿Te he oido bien? No te entiendo. ¿Qué me propones?...

--Sí, a tu madre...

--Me asustas, Pedro... ¡Tú no estás en tu juicio! ¡Renunciar a mi eterno anhelo de ventura, a mi madre, a quien amo tanto, con este amor que se ha hecho mas intenso, miéntras mas he pensado en ella; con este amor que se ha convertido en una ilusion, en una fantasía, a medida que mi padre se mostraba mas reservado sobre mi pobre madre!

--Lo sé, pero ha llegado el momento de acabar con esa fantasía... Tu padre tenia razon en esa reserva...

--¿Por qué?... ¿Acabará por fin este misterio?... Sí, lo recuerdo: siempre que interrogaba a mi papá sobre mi madre, acerca de la causa de su larga separacion, jamas me daba esplicaciones satisfactorias... Pero no la acusaba, no la trataba de ingrata, de infiel... la amaba i nos enseñaba a nosotros a amarla... Aun mas. Si su última voluntad fué la de que nos uniéramos a ella, ¿por qué pretendes tú quitármela?... ¡Hai una crueldad inmensa en este misterio! Cuando yo voi a tocar mi tesoro, tú quieres arrebatármelo. ¿Por qué?, dime, ¿porque me pides que te sacrifique mi bello ensueño, mi amor de hija, mi deber de hija?

--¿Sabes por qué?... Porque no puedo volver contigo a mi familia, si tú no renuncias a tu madre. Es casi una condicion de nuestra felicidad futura. Piensa, Luisa, que cuando mi padre me mandó a viajar al continente, no fué para que renunciara a mi patria, que es España, ni para que abandonase a mi familia. Cuando te entregué mi corazon, no fué tampoco para renunciar a mi patria. Tú recuerdas que te lo dije. Cuando tu padre me concedió tu mano, le declaré que te llevaria a vivir conmigo en Madrid, i él me dió su aprobacion. Mis padres tambien bendijeron mi eleccion por eso: te esperan con sus brazos abiertos. Mas no puedo llevarte, si tú no renuncias a tu ilusion. Debes hacerlo por tu propio interes, para asegurar tu porvenir.

--Cada vez te comprendo ménos. ¿Por qué llamas ilusion el deber de una hija? ¿Por qué ha de ser una ilusion el amor de una hija, i no lo seria tu amor por tus padres? La razon: quiero saberla. ¿Por qué una hija ha de tener que renunciar a su madre para asegurar su porvenir? ¿Se ha visto eso alguna vez?... ¿Quién es mi madre? ¿Una mujer indigna, criminal, infame, hasta el estremo de que sus hijos deben renegarla?

--Nada de eso, Luisa. No habrá quien pueda tachar con motivo la conducta de tu madre. Me lo has oido, ella es quien ha dirijido los negocios, duplicando la fortuna de tu padre, hasta imposibilitarse en el trabajo... Pero...

--A tí te conviene que yo renuncie a ella, porque talvez no corresponde a tu cuna, a tus ideas de nobleza... Ahora te comprendo. Sin embargo mi madre es mi madre, i yo seré su hija, aunque sea la hija de una mujer criminal. ¡Yo la rehabilitaria!

--Tu ilusion, que no tu amor filial nos pierde a tí i a mí, Luisa. No te engañes. No puedes amar a una madre que no conoces, i vas a ver, cuando la conozcas, que esa mujer no puede inspirarte amor.

--¿Será talvez deforme, espantosa?... Mayor motivo para amarla... ¿Pero qué te contiene? ¿por qué no dejas ya esas reticencias, i me dices quien es mi madre?...

Esto decia Luisa, juntando las manos en ademan de súplica, cuando Pedro, buscando en su cartera, sacó una fotografia i se la presenta, diciéndole:

--¡Aquí la tienes!...

Luisa, mirándola con avidez, se queda estática i esclama sordamente:

--¡Una negra!...

--Sí, una negra esclava, acentúa Llorente con desden.

Luisa, reponiéndose i levantando el retrato con orgullo, le replica:

¡Es mi madre, caballero... Mi querida madre!...

III.

En esos momentos volvian del comedor Roberto i Ana, conduciendo a un jóven de baja estatura, fino de facciones, de ojos negros, hermosos e intelijentes, i vestido con esmerada elegancia.

--Te presento, dijo el primero, dirijiéndose a Luisa, al doctor Agüero, hijo de don Sebastian, que nos le manda a prevenirnos su visita.

Tambien le presentó a Llorente, i el jóven limeño, que habia saludado a Luisa con cierto asombro, impresionado por la hermosura de la hija de la negra, se mostró un poco chocado de la terquedad del español, que estaba sañudo i preocupado.

--Nuestro amigo Agüero, continuó Roberto, que ya lo es, pues basta verle una vez para quererle, nos ha estado dando una idea de la situacion de este pais, que ya tú debes conocer, Pedro. Por lo ménos sabrás que el Presidente de la República es todo un orijinal.

--Sí, tengo el honor de conocer al jeneral Castilla, dijo Llorente, i sé que es un gran carácter, que con sus orijinalidades mantiene en órden esta tierra, i ha convertido a Lima en el refujio de todos sus vecinos.

--Con efecto, agregó el pequeño doctor, hai aquí muchos emigrados granadinos, ecuatorianos, chilenos i arjentinos, como otras veces, i aun ahora, ha habido muchos fujitivos peruanos en las repúblicas vecinas. Pero lo que es el jeneral no tiene buen modo de mantener el órden, porque gobierna con la punta de su bota, como lo hacen a punta de bayoneta en otras partes, i a filo de cuchillo en Buenos Aires.

--A falta de un rei de dinastía, replicó Llorente. Eso es lo que necesitan estas pobres colonias, que creyeron ser mas felices con la república, que bajo el cetro de la España. La prueba es que solo prosperan aquellas que tienen presidentes con talla i voluntades de soberano, como Rosas.

--Error, caballero, si Ud. me lo permite, interrumpió el doctor, tomando una actitud que le hacia aparecer de doble tamaño. ¡Craso error! Precisamente esos presidentes soberanos son los que nos retienen todavía en el réjimen colonial, alejándonos de la república. Si se practicara con sinceridad el gobierno republicano, si los que se apoderan del mando tuvieran amor por esa forma, fundando el poder en el derecho, enseñando al pueblo a practicar el sistema, ya veria Ud. que sus monarquías europeas tendrian que envidiarnos.

--Lo creo, se apresuró a decir Roberto. Mi padre lo repetia siempre que nos llegaban a Londres noticias de las turbulencias americanas. Tienen que aprender, decia, a usar de la libertad, como tienen que aprenderlo los franceses i los españoles; i no lo aprenderán en América miéntras no tengan gobiernos que les hagan olvidar sus tradiciones monárquicas i amar las prácticas democráticas. Pero ello vendrá.

Entre tanto Luisa se retiraba del salon, mirando furtivamente el retrato de su madre, i Ana esclamaba festivamente:

--¡Qué bien hace mi hermana en huir de estas cuestiones políticas! Voi a imitarla, porque nada tengo que hacer con la punta de la bota del jeneral Castilla.

--No hagas tal, la replicaba Roberto, quédate Ana, pues vamos a variar de tema. Yo tambien quiero cortar la conversacion política, porque no tengo las ideas de Pedro, i no quiero reñir con él. Pero Luisa no ha huido de nuestra conversacion política. Huye de la jente. Está mui preocupada.

--Quizá está arrepentida de haber hecho el viaje, dijo sordamente Pedro. ¡Quién sabe si a todos nos va a suceder otro tanto!

--No lo espero, ni lo temo, se apresuró a decir Roberto. Es natural que uno esté desabrido en los primeros momentos de llegar a un pais que no se conoce, aunque sea la patria.

--En efecto, añadió el jóven Agüero, lo desconocido siempre inquieta el ánimo; fuera de que la señorita Luisa quizá echa algo de ménos, sentirá _saudades_...

--Luisa, acentuó Ana, no puede estar ni arrepentida ni inquieta de haber llegado aquí, pues va a realizar su deseo supremo.

--¿Cuál? preguntó Llorente.

--El de conocer a mi madre, respondió Ana, yo haria dos veces el viaje por conocerla.

--I yo cuatro, añadió Roberto. Es nuestro anhelo, al fin de nuestra larga empresa; i tú verás, Pedro, que es vano tu temor, pues no nos hemos de arrepentir de haber venido a conocer a mi madre, a llevárnosla, para cumplir con la voluntad de mi pobre papá.

--¿Sabes que no comprendo el motivo de ese mandato de tu padre? dijo Llorente con animacion. ¿Por qué mover de su pais a una mujer enferma, anciana, imposibilitada, que jamas podrá acomodarse a vivir en Inglaterra?

--El motivo es claro, esclamó Roberto, puesto que mi padre queria que viviéramos al lado de nuestra madre, para atenderla en su enfermedad, para hacerle llevadera su ancianidad.

--¿I eso, por qué no aquí, en el propio pais de la señora? preguntó Llorente.

--Yo no me conformaria con eso, esclamó Ana.

--Mi padre, dijo Roberto, tuvo siempre deseos de que no viviéramos en el Perú. Talvez temia a los gobiernos de bota fuerte.

--En tal caso, replicó Llorente, bastaria que conocierais a vuestra madre, i volvieseis a residir sin ella en Inglaterra.

Roberto i Ana esclamaron a un tiempo, el primero.--¡Imposible!--la segunda--¡Eso seria lo mejor!

IV.

Un sirviente puso fin a aquel diálogo, anunciando a don Sebastian, en un viejito risueño, de movimientos ájiles que entró haciendo gran ruido.

Era él de un color cobrizo que daba tono a una cara espresiva, de ojos vivaces, al traves de los anteojos que descansaban en una nariz aguileña, la cual se encorvaba hácia una boca sin dientes i de pliegues de constante burla. Su espaciosa frente, que se apoyaba en cejas prominentes i pobladas, se ligaba con una lustrosa calva que invadia casi todo su cráneo, bien modelado.

Don Sebastian hablaba alto, con acento español i una pronunciacion perceptible, acentuada, pero abierta como la de los venezolanos.

Roberto se adelantó a abrazarle, llamándole el fiel amigo de su padre.

--¡Hijo mio! esclamó don Sebastian. ¡Ah, tú eres Roberto!, ¿no es verdad? ¡Tú eres Robertito, aquel a quien, hace veinte años, llevé en mis brazos abordo de la fragata _Bacon_, viejo cascaron que por nada no dió en los abismos con su cargamento, incluso la familia de mi amigo Greene! Esta es Ana, la adivino. ¡Qué linda niña, qué mona! dijo abrazándola, i luego mirando a todos lados, añadió.--¡Pero Luisa! ¿Adónde está Luisa?

Esta salia apresurada en ese instante de su aposento i se echaba en los brazos de don Sebastian, quien, despues de estrecharla, se quedó mirándola, i esclamó:

--¡Pero niña, que bella eres! ¿Sabes que eres mas hermosa que la otra? Haces honor a Lambayeque, donde viste la luz. ¿Mas, me parece que has llorado? ¿Por qué mi linda Luisa, que tienes, dí?

--He estado contrariada, respondió ella. Esperaba hallar aquí a mi madre. ¡Deseo tanto estrecharla a mi corazon!...

--Tienes tiempo, hija mia. Entre tanto, consuélate con tu novio. Tu padre, al recomendarme a este afortunado señor don Pedro, que está de cuerpo presente, me decia que iba a ser tu marido al volver a Inglaterra. Lo que es tu pobre madre, no ha podido venir a esperarte, porque tiene una parálisis, que segun tu futuro, le impidió hacer el viaje, aunque lo mismo da para un paralítico que lo echen a su aposento que en un barco. ¡Tú la recordarás talvez mi bella Luisa!

--No la recordaba ántes de llegar aquí, contestó esta; solo hacia vagas reminiscencias de mi nodriza, i acabo ahora de comprender que la que yo recordaba como en sueños era mi madre, mi querida madre...

--En realidad, ella te crió a sus pechos, dijo el viejo conmovido. ¡Qué hermosa era en aquellos tiempos la buena Rosalia!... ¡Vamos, todo se acaba!...

--¿Mucho tiempo hace, le preguntó Roberto, que usted no la vé?

--¡Toma! Si voi todos los meses al injenio. ¿Por que me ves viejo, crees que no puedo viajar a Lambayeque? ¡Quién no puede viajar desde que los ingleses han traido a estos mundos esa infernal invencion de los vapores! Hoi todo se hace por vapor, i cuando tu veas el que mueve el injenio de azúcar, te has de quedar estupefacto.

--¿Con cuántos esclavos se trabaja la hacienda? interrogó Roberto.

--¿Esclavos, dices?... esclamó don Sebastian, arrugando las narices, señalando sus rojas encias i echando atras los brazos. ¿Qué no sabes que hace diez años, tu madre i yo, con el poder de Greene, emancipamos a mas de quinientos que habia, por escritura pública i demas solemnidades del caso? Ese era el gran deseo de doña Rosalia, i estraño mucho, que tú no conozcas un hecho que levantó aquí una bataola infernal, dando que hablar a todas las gacetas del mundo. I lo mas orijinal es que ninguno de los emancipados salió del injenio. Todos quedaron al lado de tu madre, trabajando como hombres libres, con su salario, con habitaciones cómodas para sus familias, con escuelas, enfermería, tratados en fin como jentes. ¡Viva la libertad! Tú vas ahora a ver ese pueblo de libres.--¡Ah! ¡I como se han chasqueado los que vaticinaban que se iba a arruinar la empresa con la libertad de los esclavos! Justamente desde entónces han llovido las bendiciones de Dios sobre nosotros. ¡Un ingles, como tú, no debe hablar de esclavitud!

Luisa i Ana se habian conmovido, oyendo con sumo interes la relacion de don Sebastian, i esclamaban:

--¡Libres! ¡Todos libres! ¡Bendita sea mi madre! I el alegre anciano, batiendo el brazo en el aire, gritaba:

--¡Libres, como nosotros!

Pero luego, bajando la voz, agregó:

--Aunque en realidad de verdad por acá no lo somos tanto, ¡como los negros del injenio! Que no me oigan los libres de esta tierra!...

--Aunque emancipados, los esclavos nunca dejan de ser tales, dijo secamente Pedro, quien lo habia oido todo, sin participar de la alegría de los demas.

El jóven Agüero se sonrió i con mucha cortesía le replicó:

--Otra rectificacion, señor Llorente, i perdone Ud., que siento mucho no estar de acuerdo con su opinion. No creo que en jeneral el emancipado permanezca siempre esclavo i no pueda rejenerarse. Es indudable que la esclavitud degrada, corrompe, pervierte; pero es porque siendo ella la negacion mas completa de la personalidad humana, deja sin embargo viva la responsabilidad personal. El esclavo que carece de derechos, tiene que respetar los ajenos, i debe cumplir deberes como hombre libre: de modo que es fustigado como bestia de trabajo i se siente horriblemente destrozado como ser moral. Emancípelo Ud., vuélvalo a su equilibrio moral, como hombre de derecho i de responsabilidad, i verá que en la mayor parte de los casos sale de su abyeccion para rejenerarse por el trabajo i la libertad. Esa es la esperiencia.

--¡Déjate de filosofías, gritó don Sebastian, con los amigos de la esclavitud, con los partidarios del despotismo! ¿No han inventado ellos tambien su filosofía para hacernos creer que hai una _raza latina_ que no ha nacido para la vida libre, sino para vejetar bajo el amparo de sus déspotas coronados? Con su pan se lo coman esos nenes que han dado en llamarse raza latina; i como en materia de latines no hai quien tenga tantos como los españoles, dejemos al señor Llorente con su amor a la esclavitud de los negros, quienes por la cuenta deben ser de la misma raza latina. En el poco tiempo que conozco al señor don Pedro, me ha hecho pensar muchas veces que los de su raza son incorrejibles en materia de preocupaciones contra la libertad. ¿No se lo he dicho a Ud. mismo, caballero?...

--Le debo esa, como otras muchas franquezas, señor don Sebastian, respondió Llorente; pero no se equivoque Ud: no soi partidario de la esclavitud, ni sé latin, por mas que pertenezca, como español, a la raza latina. Lo que sí creo es que la esclavitud es a veces una necesidad, un hecho que se impone por la fuerza de las cosas, como aquí en el Perú, en Cuba, en Estados Unidos; i me parece que tal hecho es justificable respecto de los negros, i solo de los negros, que no son de nuestra raza, sino seres imperfectos nacidos para esclavos. I eso es tanto, que aunque se les emancipe, siempre quedan esclavos, porque son negros.