Antaño i Ogaño: Novelas i Cuentos de la Vida Hispano-Americana · Unidad 26 de 28

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--Parece que no conocieras la historia, le interrumpió Luisa con tristeza. Recuerda un poco que la primera civilizacion de que hai memoria en el mundo, esa gran civilizacion ejipcia que ilustró a los griegos i judíos, que pasó a los romanos, i de todos ellos, a la edad moderna, es la obra de la raza semítica i de los pueblos bérberis. Esos son los negros que tanto desprecias, i la civilizacion de que hoi nos jactamos no nos autoriza para vejarlos en su decadencia, como no nos da tampoco fundamento alguno para esclavizarnos entre nosotros mismos, inventando una raza latina con el fin de justificar lo injustificable.

--Todas esas son historias, Luisa mia, esclamó don Sebastian, i debes saber que la historia, a fuerza de tornizcones, tanto puede servir a los enemigos de la libertad como a los que la defendemos, sin necesidad, puesto que la libertad se defiende por sí misma, sin que la dañen el pro ni el contra. Yo quiero solo hacer una pregunta al señor Llorente, o latino, que es lo mismo. ¿Por qué han de ser los negros mas apropiados a la esclavitud que los blancos?...

--Porque nacieron tiznados! respondió Llorente, i Luisa se retiró aflijida del círculo i sentóse en un ángulo de la sala.

--Luego Ud. i yo, que lo somos un poco... agregó don Sebastian con una cara radiante de risa. Pero, amigo mio, ¿no vé Ud. que por razon análoga los blancos deben ser mas aptos para la esclavitud puesto que nacen desteñidos? Si hai antagonismo entre ambas razas por su color, por su fisonomía, por su civilizacion, i eso le da a Ud. título para esclavizar a los negros, tambien debe confesar que éstos a su turno tendrian igual derecho, por el mismo motivo, para esclavizar a los blancos. Entónces tenian razon los piratas de Túnez i de Arjel cuando cautivaban blancas para sus harenes i blancos para sus servicios. ¡Ah! Si ellos hubieran tenido mas fuerza que los europeos que robaban negros en Africa para venderlos en América, i hubieran hecho otro tanto en España i en Italia, hoi estarian los señores moros i los etiopes servidos por blancos. I yo no sé, querido, que estos no se hubiesen enbrutecido, corrompido i envilecido mas que los negros, despues de trescientos años de cadena. De seguro que Ud. no habia de hallar ahora en su raza blanca eso que puede ver a cada paso en los pobres negros, que despues de diez jeneraciones de esclavitud, conservan siempre, con el vigor i gracia de las formas, aquella profunda bondad del alma que se revela en esa eterna risa que descubre sus dientes de plata i en aquella inocencia con que hablan en alta voz a solas, publicando su pensamiento a todos vientos!...

--Sin embargo, interrumpió Ana, señor don Sebastian, a mí me asustan los negros, me horripilan. ¡No lo puedo remediar, me parecen monos, qué sé yo!...

--No me pasa a mí otro tanto, dijo con cierta reserva Roberto. Mas, aunque nunca he visto un esclavo, se me figura que me he de aflijir si veo alguno. Bendita sea mi madre que me ha libertado de ese dolor!

Don Sebastian los miró alelado, diciendo entre dientes:

--Luego estos no saben que...

Pronto agregó:

--¡Vamos, niños, no exajereis! Estoi cierto de que mi amigo Greene no ha de haberos inspirado tales aprensiones. Por el contrario, ha de haberos enseñado a amar a todos los hombres, como él los amaba, blancos, negros o amarillos, que tambien los hai. Solo inspiran horror los tiranos, sean monarcas, presidentes, o negreros, que lo mismo da. No hai otros monstruos en la humanidad. No hai mas bestias feroces en la sociedad que los que despojan al hombre de sus derechos, sea para gobernarle como a bestia, sea para hacerle esclavo en su provecho. No hai diferencia entre un tirano coronado o con banda i un hacendado negrero. A todos esos es preciso darles con un canto, i no a los pobres que jimen en la esclavitud. Para éstos, la libertad, la enseñanza, a fin de rejenerarlos. Eso hicieron vuestros padres... Mas dejémonos de darnos codillo por cosas de negros. Hablemos de otra cosa. Dime, Roberto, ¿de qué murió mi amigo Greene?

--De una violenta anjina que apénas le dió tiempo para hacer sus disposiciones, dijo éste.

--¿Cómo dispuso de sus bienes?

--Mitad para su esposa, segun la lei del Perú, i mitad para nosotros. Ademas me encargó venir a llevar a mi madre, para establecerla en una propiedad que habia comprado cerca de Dover, i ordenó que se hiciera el matrimonio de Luisa, segun el rito católico, si Pedro persistia en la union, a su vuelta del Perú. Parece que papá quiso que el futuro de su hija conociera a mi madre, ántes de decidirse.

--Era tan prudente, repuso el anciano. ¿Nunca os dijo por qué habia prolongado tantos años su separacion de doña Rosalia?

--Por atender a nuestra educacion, por sus negocios... Pero constantemente proyectaba viaje para venir a llevársela...

--Dime, le preguntó don Sebastian, ¿cómo os hablaba de ella? ¿Tenia su retrato?

--Nos decia que era un modelo de bondad, que nosotros no nos pareciamos a mamá i que él deseaba que fuéramos buenos como ella. Pero no tenia su retrato.--

Luisa, en ese momento, se levantó repentinamente del lejano asiento en que habia permanecido, e interponiéndose entre los interlocutores, presentó a don Sebastian la fotografia que le diera Llorente, i le preguntó:--¿Conoce usted este retrato?

Ana i Roberto se agruparon con suma curiosidad a ver la fotografia, preguntando de quién era, i don Sebastian les contestó con alegre cariño:

--¡Es vuestra madre, hijos mios, la buena Rosalia!...

Ana, desvaneciéndose, esclamó:--¡Una negra!...

Roberto, asustado, gritó:--¡Imposible!

Llorente sostuvo en sus brazos a Ana, i el doctor Agüero estrechó cariñosamente las mano de Roberto.

Hubo un largo silencio.

V.

El silencio fué interrumpido por la hermosa Luisa, dando lugar su palabra a la siguiente escena dramática entre los circunstantes:

LUISA. ¡Qué! ¿Os espanta vuestra madre?

D. SEBASTIAN. ¡No lo permita Dios! Un hijo que se asustara de su madre seria un imbécil.

ANA. (Volviendo en sí, risueña.) Pero es una broma, ¿no es verdad?

ROBERTO (tétrico). ¡Una impostura!

D. SEB. Calma, hijos mios, calma. ¿No veis la resignacion anjelical de vuestra hermana mayor?

ANA (levantándose con resolucion). ¿Pero tengo yo cara de negra, Dios mio? ¿Podemos nosotros descender de una negra? Basta mirarnos.

D. SEB. Sin embargo, no hai nada mas cierto. No sois los primeros blancos que nacen de una negra.

ROB. De todos modos, hai una impostura: esa negra no ha podido ser la esposa de un caballero ingles. Bien puede un hijo ignorar quién fué la querida de su padre.

D. SEB. I seria su deber no averiguarlo. Mas cuando ella es madre i se revela a sus hijos, éstos no pueden negarla, sin cometer un crímen.

LUISA. Mi corazon me dice que esa negra es mi madre. Yo la acepto, yo la amo. No me importa que os asuste.

ROB. Eres una loca, Luisa. Yo necesito pruebas; i aun así...

D. SEB. Tú eres el loco. Pero, hombre, no hai que darse por perdidos, solo porque vuestra madre no os ha trasmitido su color. ¿I si en lugar de heredar la sangre de vuestro padre, hubiese prevalecido en vosotros la naturaleza de su esposa?

ROB. (con calor). ¡No fué su esposa!...

LUISA. ¡Pero es nuestra madre!...

D. SEB. Sí, su esposa i vuestra madre; no lo dudeis. Os sentis contrariados por vuestras falsas ideas, por vuestra vanidad de muchachos, lo diré sin rodeos. ¿Qué mas da? ¿Cuántos blancos hai que descienden de negros, sin alarmarse como vosotros? ¿I qué son una buena parte de los blancos que hacen la gloria de estas Américas, sino descendientes de negros? ¡Vamos, si no sabeis conformaros con lo que os impuso la naturaleza, vuestra será la culpa!

ROB. (con amargura). ¡Nó, nó; la culpa seria de quien nos dió el ser, sin contar con nuestra vergüenza!

LUISA (indignada). ¡Calla, temerario! ¡Es una infamia inculpar a nuestro padre! Un hijo no puede jamas, si no es un infame, juzgar al autor de sus dias! Si una falta es nuestro oríjen, aun mas, si un crímen lo fuera, el que cayó en esa falta, el que cometió ese crímen, es sagrado para nosotros. Un hijo solamente puede, solo debe perdonar i amar al instrumento de Dios, al ajente de la naturaleza que le dió la vida...

D. SEB. (conmovido). ¡Ven ánjel, que te abrace! (La abraza). Tú no haces mas que obedecer una lei de Dios, que tus hermanos pisotean, la que nos manda venerar a nuestros padres. Serás bendecida de Dios i de los hombres... Yo he visto hijos abandonados de sus padres, llorar su abandono, pero sin condenarlos. He visto hijos que no han conocido a sus padres, que no han nacido en una familia, quejarse de la desgracia de no tenerlos para amarlos, pero sin condenar jamas la falta que les dió el ser. He visto hijos de padres desnaturalizados, viciosos, criminales; pero no los he visto condenar, sino defender, disculpar a sus padres desgraciados. Creedlo, nada hai mas natural en el hombre que el honrar a sus padres, sin necesidad de que lo mande el decálogo. Pero lo que no he visto jamas es un hijo que pretenda negar a su madre porque es negra, i que condene a su padre porque le dió tal madre...

ROB. (echándose en los brazos de Llorente). Ya lo has visto, Pedro. ¡Es una negra! Pero, dime: ¿es cierto que fué la esposa de mi padre?

LLO. (con gravedad). Indudable. He visto los documentos que comprueban su matrimonio con la negra esclava.

D. SEB. Calumnia señor Llorente, ¡calumnia impropia de un caballero! Doña Rosalia era ya libre, cuando nació Luisa, este ánjel del cielo. El señor Greene le otorgó su libertad, cuando le dió su corazon i la hizo su esposa ante la Iglesia, porque la consideró digna de ser la madre de sus hijos. Si esa virtuosa negra no hubiera preferido quedarse en el trabajo, para multiplicar la fortuna de su marido, miéntras éste iba a educar a sus hijos en su patria, vosotros, queridos niños, habriais crecido amando a la negra que hoi os repugna.

ROB. (desolado, dirijiéndose a Llorente). Qué vamos a hacer. ¡Dios mio! Tú debes resolver...

LLO. Volvernos a Inglaterra.

LUISA. ¿Sin verla?

LLO. (secamente). Sí.

ANA. Sin verla, sí, inmediatamente.

ROB. Esa es mi resolucion. Nos volvemos.

LUISA (con dignidad). ¡Pero sin mi! Volveos en hora buena, que llevareis la maldicion de Dios i la risa de los hombres... ¿Yo? ¡yo, corro a abrazar a mi madre!

ROB. Eso es imposible. Se disolveria nuestra familia.

LUISA. Se disolverá, si así lo quereis, i Pedro faltará a su compromiso.

LLO. En tal caso, serás tú, Luisa, la que faltas.

LUISA. ¿Por qué no desprecio a mi madre, por obedecer a tus preocupaciones?... Quereis que partamos todos, despues que mi madre sabe que hemos venido a conocerla? No comprendeis que vais a matarla con un desprecio criminal?

ROB. Quédate tú, para consolarla, ya que renuncias a tus hermanos, a tu esposo...

LUISA. ¡Ah! ¡No, sois vosotros los que renunciais a vuestra hermana, los que repudiais a vuestra madre!... ¡Es Pedro el que me abandona!...

D. SEB. Mirad lo que haceis. No tomeis de pronto una resolucion tan grave, una resolucion, permitidme que os lo diga, que os acusa de locura i de algo mas. El señor Llorente es dueño de quedar como un mal negro, faltando a su compromiso; pero tú, Roberto, tú Ana, no sois dueños de renegar de vuestra madre i de vuestra hermana. Ved lo que haceis...

LLO. Luisa rompe nuestro compromiso por obedecer a su capricho. Ha rehusado terminantemente renunciar a su madre. Yo no puedo, no debo unirme a ella, si prefiere quedar al lado de la que quiere reconocer como madre...

D. SEB. Eso es claro: Ud. señor Llorente, no quiere casar con la hija de una negra, puesto que a su entender, su compromiso fué con la hija de una blanca. Pero Roberto i Ana son hijos de una negra, i no tienen derecho de negarla, aunque se hayan creido hijos de una blanca.

ROB. Sin embargo, la negaremos i nos iremos de aquí, sin reconocer a tal madre.

LLO. Sí, nos iremos, i Luisa con nosotros.

LUISA. Perded toda esperanza... Yo no mato a la que me dió el ser, desconociéndola, despreciándola... Volveos a Europa, vosotros, si quereis romper tan cruelmente los vínculos que nos unen, si quereis desobedecer a nuestro padre, ultrajar su memoria... (llorando). Volveos, yo corro a abrazar a mi madre, a consolarla de vuestra ingratitud... ¡Yo lloraré con ella!...

VI.

Ocho dias despues, a las dos de la tarde, se encontraban Luisa i el doctor Agüero conversando, en el mismo salon del Hotel Morin en que habia pasado la escena dramática que se acaba de leer.

Luisa estaba sentada al piano, recorriendo con indolencia el teclado, del cual arrancaban sus bellas manos vagas melodías i dulces reminiscencias de los pasajes mas tiernos de Bellini. Agüero estaba en pié a su lado.

Tocando con la derecha el llanto de la Sonámbula, cuando su novio le arranca el anillo, decia Luisa.

--Me complazco en reconocerlo. Es Ud. mui jeneroso. Debo agradecerle el interes que ha tomado en mi defensa.

--Me paga Ud. con usura, la replicaba el doctor. No merece gratitud mi sincera admiracion, mi admiracion entusiasta por la hija que ama i venera a su madre, hasta sacrificar su porvenir a su deber filial. ¿Qué hago yo con aceptar su noble causa? ¿Qué mérito tengo en combatir las absurdas preocupaciones de sus hermanos i de su novio, que la sacrifican en aras de su error, renegando aquellos de la que les dió su ser, desgarrando éste el corazon de su prometida? ¿Qué hago sino ponerme al lado de lo mas justo i noble, obedeciendo a ... mis principios ... a, lo diré claro, obedeciendo a la admiracion, al amor que Ud. me inspira...

Al oir estas palabras, Luisa se levantó con dignidad del piano, i si hubiera mirado a la puerta del salon, que estaba entornada, podria haber descifrado la figura de Llorente, que acababa de llegar, quedándose afuera en acecho de lo que pasaba en lo interior.

--¿Su amor por mí? esclamó ella. No, señor Agüero. Yo no puedo aceptar su amor. ¿Podria yo consentir en que me amase otro hombre que el que posée mi corazon? Permítame Ud. ser franca i pagarle con mi sinceridad su noble desprendimiento.

--¡No soi digno de amarla, hermosa Luisa! murmuró turbado el doctor.

--No es eso, caballero. En todo caso yo seria la indigna de su amor, desde que no puedo ni debo corresponderlo.

--En verdad, volvió a murmurar Agüero, hace apénas una semana que nos conocemos, i no ha tenido Ud. tiempo de comprenderme, ni de estimarme...

--Tampoco es eso, acentuó Luisa, pues yo le conozco a Ud. i le estimo como a un verdadero amigo. Pero Ud. lo sabe, soi la prometida de Pedro, a quien tanto amo...

--Lo sé demasiado i por eso no sé concebir por qué le guarda Ud. fidelidad, despues que él...

--Me ha abandonado, interrumpió la hermosa. ¿Pero soi yo dueño de mi corazon? ¿No le pertenece siempre, a pesar de su desvío? Nunca podré olvidarle, no sabré jamas aborrecerle, i siempre tendré que confesar que le amo, para consolarme...

--Ud, aprenderá, Luisa, a olvidarle i tambien a aborrecerle.

--¡Jamas! ¿Puede una mujer olvidar al hombre que despertó su corazon, que le inspiró su primer amor, sus primeras ilusiones, sus primeras esperanzas?

--¡Puras fantasías de niña! ¡Fantasías que sirven de lenitivo al desden señorita! Su juicio de Ud. triunfará, tiene que triunfar cuando Ud. se convenza de que no puede retener al que despertó su corazon, por que él tiene mas amor, mas fidelidad por su cuna que por su novia... Apelo a su futuro desengaño.

--Apelará Ud. en vano. Ya tengo el desengaño en el alma, pues el abandono que hace de mí el que debió ser mi esposo me ofende de veras: i tanto, que no estaria en mi dignidad de hija de una pobre negra el no conformarme con él, sin réplica. ¿Cree Ud. que yo podré jamas rogar al que me abandona, al que rompe sus compromisos tan solo porque descubre que es hija de una negra la que ántes llamaba su ídolo?...

--Eso seria indigno de Ud., i por lo mismo comprendo ménos la sinceridad de sus protestas de amarle siempre.

--Son sinceras porque ni sé vengarme, ni tampoco sé cómo despedazar mi corazon para arrancarle un amor que lo ocupa todo entero. Cierto es que hai ofensas que no tienen otra reparacion que la muerte. ¿Pero puedo yo tener un corazon de Otelo? ¡Ah! ¡Será mi propia muerte la que me vengue, poniendo término a un amor que no sé cómo dominar!...

--¡He ahí el despecho, noble Luisa! No lo dude Ud. Eso acabará cuando Ud. se calme, cuando reflexione con serenidad, que no la ha amado el hombre que conquistó su corazon, puesto que sus preocupaciones de familia son mas fuertes en su espíritu que el amor que le juró a Ud., i mas sagradas que su juramento. Entónces, cuando ese desengaño que hoi la atormenta aclare su mente, Ud. me hallará a mí siempre amándola con toda mi alma. Espero. El verdadero amor tiene paciencia.

Luisa lloraba, i entre sollozos esclamó:

--No hablo por despecho. Acepto mi desengaño i no conservo esperanza alguna. Mi espíritu está sereno, cuando le digo a Ud. que solo acabará mi amor con la muerte. Tengo la conviccion de que no dejaré de amar nunca al hombre que es indigno de mi amor... ¿Qué no sabe Ud. que hai amores indelebles, que hai amores que no pueden desecharse, ni apagarse jamas?... ¡Bien lo sabia yo cuando me resolví a sacrificarme, por mi deber, a mi desgraciada madre!...

La voz de Luisa se apagó entre lágrimas, al oirse en los pasadizos la de don Sebastian que altercaba con álguien, i en ese momento penetró Llorente en el salon, seguido mui de cerca por el bullicioso anciano.

VII.

Llorente se adelantó al sillon en que Luisa reposaba, i tomándole con cariño la mano, le preguntó por qué lloraba, llamándola Luisa querida.

--¡Ah!... No lo sé, respondió ella, levantando sobre él su lánguida mirada, todavía velada por el lloro; i luego agregó:--Hablábamos con este caballero sobre mi situacion, sobre nuestra situacion, Pedro...

Llorente estaba perturbado. No respondió, i tomó asiento al lado de Luisa. Entre tanto don Sebastian habia entrado haciendo esclamaciones de contento, al hallar a su hijo, a quien decia estaba buscando una hora hacia en toda la ciudad; i luego, dirijiéndose a la hermosa niña, esclamó:

--¡Qué tal, Luisita! Siempre llorando ¿eh? Ud. señor don Pedro parece que está algo atufado!...

--No hai de qué estar contentos, señor don Sebastian, replicó Llorente; i miéntras don Sebastian retiraba de un brazo a su hijo hácia un estremo del salon, se puso a conversar en voz baja con Luisa.

Padre e hijo hablaron con animacion i en secreto, sin que se dejase de percibir que el anciano decia que esos niños habian dispuesto su viaje a Europa para el dia siguiente, en el vapor ingles que debia salir para Panamá; i ordenaba al hijo salir para el Callao inmediamente.

--¿Con qué objeto? dijo éste.

I don Sebastian le contestó al oido:

--Temo que en el Paquete del Norte, que llega esta tarde, venga doña Rosalia, i si se nos presenta aquí de improviso, arde Troya, i lo echamos todo a perder. Ana i Roberto, aconsejados por el español, están resueltos a desconocerla, i serán capaces de matarla con su desprecio. El fanatismo de la nobleza es como el de la relijion: mata en honra i gloria de su dios, i se lava las manos. Es necesario evitar un desastre.

El doctor preguntó a su padre por qué creia que podia llegar doña Rosalia; i éste cruzando los brazos por detras, i echándole su calva frente sobre el rostro, a punto de hacerle dar un paso atras, le dijo:

--Pues es claro. ¿Qué no sabes que la señora queria venirse con Llorente? que éste se negó a traerla, hasta fastidiarla? Ella me lo dice en su carta, e insistiendo en que quiere venir, cree poder tomar el próximo vapor, el que llega hoi. ¿Entiendes? ¿Una mujer acostumbrada a mandar en jefe, aunque sea una negra, cesgar en sus determinaciones? ¡No seas nene!

--I qué debo de hacer, dijo el doctor humildemente.