Antaño i Ogaño: Novelas i Cuentos de la Vida Hispano-Americana · Unidad 4 de 28

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Todavía vivia aquel amigo mio a quien debí el salvarme de la pena que sufrió Alonso ocho años ántes: a él me acojí de nuevo i volví a deberle mil favores. La historia de mis desgracias le interesó en gran manera, i si yo hubiese seguido los saludables consejos con que pretendió volverme a mi estado primitivo i consolarme, no me hallaria ahora soportando la vejez entre las miserias de la indijencia.

El coronel Lizones, el cual supe entónces que no era el mismo rival de Alonso, sino su jemelo, se hallaba en aquella ciudad con Lucía i gozaba de todas las consideraciones a que se habia hecho acreedor por sus victorias en Chile i por su capacidad. Me arredraba la idea de amargar los dias de este hombre, despues de haber contribuido al asesinato de su hermano; i a pesar de mis crueles padecimientos, sin fijarme en que me habia visto reducido a servir a los hombres como esclavo i a sufrir todas las fatigas de un marinero, tan solo por volver a estrechar en mis brazos a una mujer, traté de refrenar mi pasion por ella i me resolví a permanecer con otro nombre por algun tiempo mas en Lima, con solo el objeto de verla una sola vez para consolarme. ¡Qué mas podia hacer yo, que durante toda mi vida habia sido desgraciado! ¡yo, que siempre habia sido contrariado por una fatalidad ciega en mis deseos mas santos i puros, en mis esperanzas mas fundadas!....

Pero mi destino quiso hacerme tocar otra vez la felicidad para arrebatármela luego. Varias veces habia ya recibido el consuelo que deseaba, habia divisado a Lucía en sus balcones, i no me habia contentado con esto, como lo esperaba; sentia tambien necesidad de que ella me viese una vez sola i supiese que yo padecia todavía por amarla.

Un mártes santo por la mañana, pasaba por la calle en que habitaba Lucía, una procesion suntuosa. La jente llenaba toda la carrera i la procesion marchaba con trabajo, abriéndose paso por entre la muchedumbre que se agolpaba silenciosa, a ver las imájenes que se llevaban en las andas. Yo me habia colocado al frente del balcon en que se hallaba Lucía, i en un momento en que se despejó el paraje que ocupaba, la ví fijar sus hermosos ojos en mí: se enrojeció su semblante i permaneció largo tiempo mirándome, como si dudara de lo que veia.

Cuando la procesion pasó, permanecimos todavía en la misma actitud; i entónces ella, como reanimándose, me hizo una seña para que pasara a su habitacion. Marché trémulo a obedecerla, sin pensar en nada i como arrastrado por una fuerza superior e invisible. Llegué a su presencia, quise abrazarla, i al verla muda i séria me contuve; ella me tendió la mano, la estreché a mis lábios i permanecimos algunos momentos en silencio i llorando..... Nuestras lágrimas esplicaron en aquel momento el estado de nuestros corazones.

Al fin nos hablamos, pero no ya con la efusion de ternura que en otros tiempos; el matrimonio habia elevado entre ámbos un muro de hierro. Ella me manifestó que la unia a su esposo un sentimiento no ménos puro que el amor: la gratitud, i que estaba resuelta a respetarle, a serle fiel, como él le era amante. Pero no me atreví a reconvenirla, a recordarle su amor, sus juramentos; le hablé de mis desgracias, de mi fidelidad; i ella, sin conmoverse, sin suspirar siquiera, respondió:--«Alvaro, por amarte, abandoné mis bienes i violé el asilo doméstico; por amarte, sufrí todos los horrores de la guerra, sufrí la pérdida de mi honor i fuí desgraciada; por amarte, en fin, arrastré la muerte, i por salvar tu vida dí mi mano a un hombre que aborrecia; pero era un hombre honrado i virtuoso; déjame serle fiel, déjame cumplir mis deberes. Te he llamado, no para avivar esa pasion funesta que nos ha perdido, sino para servirte, para protejerte en este pueblo estraño en donde talvez no tienes quien te ampare.»

Delirante i ciego de enojo entónces, la ultrajé sin piedad, lloré i aun me arrojé a sus plantas pidiéndole una vez sola su mano para estamparle un beso i separarme de allí para siempre; pero ella me rechazó con indignacion; la ingrata se habia olvidado del pobre soldado, porque su amor habia sido solo una de aquellas ilusiones caprichosas de la juventud de una mujer. Ahora se hallaba rica i elevada a un alto rango i ¡quién era yo para considerarme con derecho a su amor, para pedirle otra cosa que compasion! Pero su compasion me irritó i concebí en el momento la idea de terminar allí mismo una existencia aborrecida: tiré un puñal que llevaba sobre mi corazon, i ella dió voces, creyendo que yo atentaba contra su vida; ¡acudieron en su ausilio, i uno de sus esclavos me hirió i me hizo rodar exánime a los piés de aquella maldita mujer!.... ¡Esta mano mutilada es el recuerdo que me queda de aquel momento de ignominia i de desesperacion!....

Cuando el coronel volvió a su casa, habia sido yo conducido a la cárcel, pero sin sentidos; a pocas horas volví a la vida, ¡mas no a la razon!.... ¡Dejadme, señor, correr un velo sobre lo demas, porque no podria contaros mi vida de entónces, sin volver a la locura! ¡Ah! pero mi locura era el delirio del amor exaltado por la rabia que dejan en el corazon los contrastes. Todos me despreciaban, todos me oprimian: doce años me mantuvieron en San Andres, encerrado en una jaula de hierro, porque no me consideraban sino como un loco; mi locura no inspiraba caridad a nadie, todo el mundo reia de verme delirando por la traicion de una mujer.

I en verdad que tenian razon, porque es mui débil el hombre que delira por lo que sucede a cada paso en esta sociedad de miserias ¿No es verdad, señor, que es mui loco el hombre que delira por el desprecio de una mujer? El tiempo al fin curó mi mal i cuando recobré mi juicio i mi libertad, hallé mis cabellos encanecidos, me ví solo en el mundo, ¡sin patria, sin amigos, sin familia! ¡Es cierto, tenian razon los hombres para reir de un loco que lo perdió todo por una mujer! ¡Yo tambien me hubiera reido! ¿No es verdad que vos no me teneis lástima, señor?....

Hace tres años que llegué aquí, despues de haber hecho por tierra el mismo camino que en otro tiempo para llegar a mi pueblo, i aun cuando siempre me acompañan la miseria i la desgracia, al fin estoi en mi patria: esto me consuela. La viuda de un antiguo camarada me ha acojido: con ella lloro a veces i parto el pan que me dan de limosna: ¡ya veis, señor, que mendigo porque no puedo trabajar, porque soi viejo i mis locuras me hicieron perder el mejor tiempo i tambien una mano! ¡Qué haré ahora sino mendigar i llorar!....»

* * * * *

Los sollozos ahogaron la voz del pobre viejo: ¡yo tambien le acompañé en su llanto! Cuando le ví ya desahogado de la opresion de su corazon, le pregunté por Lucía; i él, con una carcajada satánica i unos ojos de relámpago, me respondió: «se fué a España, señor, con su marido: allá será feliz, ¡miéntras yo soi un mendigo!....» I tomando su palo, marchó a paso acelerado. La luna estaba en la mitad del cielo i toda la naturaleza dormia en calma.....

Algunas veces despues le volví a ver, pero ya hace tiempo que no sé del pobre anciano: habrá muerto quizá, i Lucía habrá llegado sin duda a ser, por su marido, una de las damas de la nobleza de España.

EL ALFEREZ

ALONSO DIAZ DE GUZMAN.

I.

--Concluyamos, doña Ines; en este momento estoi resuelto a no continuar nuestras relaciones: vos podeis ser mas feliz con don Juan de Silva. Os dejaré para siempre, pediré al gobernador que vuelva a agregarme a los tercios del Maestre de Campo Alvaro Nuñez de Pineda i me alejaré de Concepcion: no volveré a veros.

--No os comprendo, Alonso; ayer no mas me jurabais eterno amor i me pedíais esta entrevista para arreglar nuestras bodas. ¿Quereis burlaros de mí?

--Desconfio de vuestro padre: es imposible que consienta en nuestra union. ¿Un caballero del hábito de Santiago querrá unir su hija a un soldado que no tiene mas que su espada?

--¿Vos lo dudais? ¿Acaso con vuestra espada no os habeis conquistado un nombre? ¿Con ella no triunfásteis en los llanos de Puren, i arrancásteis del poder de los infieles nuestra bandera? ¿Quién no se honra hoi dia con vuestra amistad?

--No me atrevo a proponer este asunto a vuestro padre, Ines.

--Se lo propondrá el capitan don Miguel de Erauso; es vuestro protector, es mi amigo i no vacilará en prestarnos este servicio.

--Don Miguel os ama, Ines, i no podrá hacernos el sacrificio de su amor.

--Si tal fuese cierto, confiémonos entónces de mi hermano don Basilio de Rojas, con quien tan estrecha amistad os liga.

--¡Ah! ¡desgraciado de mí! vuestro hermano, Ines, ¡vuestro hermano es un traidor!... ¡Decidme adónde se halla, decídmelo, por Dios!...

--¡Por qué os enfureceis, Alonso mio! Calmaos, mi hermano es fiel amigo vuestro, no os ha hecho ofensa.

--¡Mi amigo! nó: decidme, Ines, ¿don Basilio ama a Anjelina, es verdad?

--Sí, a lo ménos, lo parece.

--I Anjelina le adora, ¿no es verdad?

--Tambien es cierto, mal que os pese, Alonso: vos amais a Anjelina, vos sois el aleve. ¿Por qué me habeis engañado? Los celos os hacen delirar... ¡Dios mio!...

Ines habia caido de rodillas, sin sentido, al pronunciar sus últimas palabras; don Alonso la sostenia i temblaba de furor. Una idea le asalta; medita, i luego deja a Ines reclinada sobre las flores del jardin en que se hallaban i huye precipitadamente, salvando las tapias que lo separaban de la calle.

La luna brillaba en todo su esplendor i daba un matiz plateado a las graciosas nubecillas blancas que flotaban en el horizonte. El bullicioso estrépito de las olas del mar i el ruido de las auras de la noche formaban una armonía misteriosa, que a veces interrumpian los prolongados y melancólicos aullidos de los lobos marinos que retozaban en las peñas de la playa.

La ciudad de Penco estaba quieta i silenciosa. Solo un hombre se divisaba atravesar sus calles con paso presuroso. Era el alferez Alonso Diaz que acababa de abandonar a su querida en un momento supremo, porque estaba dominado de un vértigo espantoso. Él habia concurrido a la cita, por cumplir su palabra de español, pero su corazon de jóven estaba sojuzgado por otra pasion furiosa, i no le era dado halagar siquiera la ternura de Ines, que le amaba con delirio. Largo rato habia batallado por desengañarla; pero ella no podia comprender su lenguaje, porque ya estaba acostumbrada a su amor i fascinada con la seguridad de poseerlo.

Repentinamente se detiene Alonso en las ventanas de una casa contigua a un cuartel: habia en ella gran concurrencia. Las voces de alegría se mezclaban a los dulces preludios de la guitarra, i el tañido de las castañuelas anunciaba que un baile iba a principiar.

Alonso escucha, acecha un momento, i lleno de despecho penetra a lo interior.

--¡Bien venido seas, alferez Diaz! esclaman todos, i unos le abrazan i otros le convidan a beber.

--Decidme, Alonso, gritó una voz, ¿no os gusta mas la zambra que la guerra?

--Si no fuera el auditor quien habla así, contestárale de otro modo, replicó Alonso con enfado.

--No os olvideis, Alonso, que tan bien esgrimo la espada como la peñola; i que lo de auditor no me quita lo valiente: pero hoi se trata de divertimos; no sea que nuestro historiador don Basilio de Rojas, que está presente en el fandango, como lo está siempre en la batalla, tenga que engañar a la posteridad diciendo que nosotros solo sabíamos pelear i no galantear. Venga un vaso para Alonso i otro para mí i bebamos por la preciosa Anjelina. Su salero me peta mas que un proceso.

Anjelina, que estaba entónces al lado de don Basilio en la mesa del juego, se levantó graciosamente i tomando otro vaso, acompañó al auditor i al alferez que bebian por ella. El auditor la toma de la mano i pide que se toque un fandango.

Los concurrentes rodean a los danzantes i con movimientos i gritos los animan i celebran.

Alonso se separa i toma el asiento que habia dejado Anjelina. Sus ojos de águila enrojecidos, su aire tétrico i reconcentrado, sus lábios trémulos, su rostro pálido i descarnado, todo anunciaba el furor de que estaba poseido su corazon. Don Basilio le dirijió una mirada cariñosa i echándole sobre los hombros su brazo, continuó apostando a los dados. Alonso pareció mas sereno por un momento: pero volvió a enrojecerse de furia, cuando oyó que Anjelina llamaba la atencion de sus amigos diciéndoles:

--¡Qué os parece, caballeros, don Basilio abrazando a ese alferez, que mas tiene cara de mujer que de guerrero!

--Si son celos, Anjelina, replicó el historiador, retirando su brazo, ven acá i verás que sé abrazar de otro modo a las donosas.

Anjelina le contestó con un desden i se confundió entre la multitud de damas i militares que formaban la tertulia.

Alonso permaneció en silencio i pensativo.

Desde aquel incidente, no hubo tranquilidad para el jóven Rojas: sus miradas estaban fijas en Anjelina i jugaba sin atencion ni gusto. Poco mas permaneció en la mesa, i se levantó a buscar el lado de Anjelina, dejando su lugar al alferez, quien siguió jugando de la misma manera, sin fijarse en lo que hacia, por espiar los movimientos de los dos amantes.

Era ya tarde de la noche, el cansancio iba apagando el bullicio i venciendo al contento; pero don Basilio no dejaba de rogar i de ofrecer sus rendimientos a Anjelina, que se le mostraba cada vez mas desdeñosa.

Al fin álguien repara que una mujer tapada se asomaba solícita a las ventanas: todos se fijan, inquieren, conjeturan; cual la cree una vision, éste mira en ella al demonio disfrazado de viuda, aquel juzga que es el gobernador en persona que los observa, i muchos quieren que sea una querida de alguno de los circunstantes. Esta opinion prevalece i principian las burlas i las bromas.

Alonso se levanta i con tono solemne i maligno esclama:

--Yo os juro, camaradas, que esa mujer es la querida de don Basilio de Rojas; una pobre mujer a quien engaña ese pérfido i cuyos hijos abandona por Anjelina.

Todos quedan estupefactos, i don Basilio duda de lo que oye; pero, incorporándose, rompe el silencio:

--Alonso, no seas majadero: no jures una mentira.

--¡Juro en verdad, señores, es su querida!..

--¡¡Mientes como un cornudo, infame!!--I al decir estas palabras, las espadas de ámbos se cruzan. Las damas gritan, se alarman i huyen en tropel; algunos animan, otros quieren la paz, todos se mezclan, se confunden, suenan las armas i el estrépito de la riña crece por momentos.

Don Basilio cae con el pecho atravesado: todos cargan sobre Alonso; i el auditor don Francisco de Párraga le coje fuertemente por el cuello de la ropilla, diciéndole--_¡dáte al rei asesino!_ El capitan don Miguel de Erauso, que se habia levantado de la carpeta, se acerca a Alonso i le dice en vascuence que procure salvar la vida. El auditor estrecha i clama favor a la justicia; Alonso le tira un golpe de daga, que le atraviesa los carrillos, sin verse por eso libre de sus fuertes puños; tírale otra estocada i el auditor cae sin vida.

Alonso usa entónces de su espada i se abre paso entre todos los que le acosan, hasta la puerta, en donde le dejan solo; huye i toma seguridad en el convento de San Francisco, que estaba inmediato, dejando la consternacion i la muerte en aquel salon en que un momento ántes reinaban el amor i la alegría.

II.

A la sazon estaba abierto el templo, i la campana llamaba a los fieles a la misa del alba. Alonso se introduce precipitado, encuentra al provincial rezando en el presbiterio, se echa a sus piés, la declara su situacion i le pide asilo. El anciano se levanta con gravedad majestuosa, e imponiéndole su manto, le dice:

--Que Dios te perdone, hijo mio, así como el patriarca te defiende de la justicia de los hombres.

I conduciéndole a su celda, se vuelve a su oracion.

Una hora despues, el convento estaba cercado por gran número de las tropas de la guarnicion; i los clarines anunciaban por las calles un bando en que don Alonso García Ramon, gobernador i capitan jeneral del reino i presidente de la Real Audiencia, prometia premio a quien entregase muerto o vivo al alferez Alonso Diaz Ramirez de Guzman; i prohibia, bajo severas penas, que se le diese embarcacion en ningun puerto, ni albergue en ninguna guarnicion, plaza ni presidio, por ser reo de muerte.

A esa hora se hallaba en su palacio el gobernador con su secretario el capitan don Miguel de Erauso, quien escribia i dictaba apresuradamente, interrumpiendo a cada momento su trabajo hondos suspiros que le ahogaban el pecho.

El gobernador se paseaba por la sala i daba repetidas órdenes con voz firme i amargo ceño.

Un oficial avisa desde la puerta que ya esperaban en la antesala todos los testigos i presos que se habian recojido. El trabajo se suspende, i don García se dirije a su secretario:

--¿A quién interrogarás primero, don Miguel?

--A quien vuesa merced me indique, señor. Para mí, que he sido testigo del hecho, no hai necesidad de interrogaciones: el alferez fué provocado i necesitó defenderse como hombre i como caballero.

--Tu amistad te engaña, don Miguel; el alferez ofendió primero al de Rojas, i éste no hizo mas que querer castigar un insulto.

--El de Rojas, señor, cortejaba a la dama de Alonso, miéntras que la suya le espiaba desde afuera. Si se ofendió de que el alferez denunciase el hecho, valiérale mas proceder como quien era, i no enredar la pendencia, que no es de caballeros el reñir entre las damas.

--Anjelina me ha jurado esta mañana que no solo no es la dama de Alonso Diaz, sino que ni siquiera ha cruzado jamas con él una palabra; i Anjelina no miente.

--Anjelina es una mujer liviana, señor.

--Repórtate, don Miguel, que tu cariño al alferez te torna deslenguado.

--Mucho hablais de mi amistad por Alonso, señor, i pienso que me honra el ser amigo con el mas valiente guerrero de nuestros tercios. ¿Quién tiene hazañas como las suyas? ¡quién mas leal, quién mas bravo en la refriega! Mozo imberbe es todavía i cuenta mas glorias que años. Aquí llegó soldado desvalido, como lo sabe vuesa merced, i si yo le tomé en mi compañía i bajo mi amparo, fué porque ademas de sus prendas, hallé que era de mi pueblo i conocia a mi familia. Si esto es una tacha, señor, pondré para borrarla mis largos servicios al rei nuestro amo...

Los ojos del capitan brillaron como de orgullo, i el gobernador, estrechándole la mano, puso fin al diálogo i dió principio a las indagaciones.

Miéntras esto sucedia, los claustros del convento presentaban otra escena: a lo léjos i hundido en un escaño se divisaba al provincial, su capucha calada i sus brazos cruzados sobre el pecho. Alonso estaba a sus piés de rodillas, sin armas i con la cabeza descubierta, confesando sus culpas con fervor.

Don Francisco de Rojas, caballero del hábito de Santiago, miraba al penitente con un aire de melancolía i rabia que daban a su cara una espresion misteriosa; pero sin moverse del poste en que se habia apoyado para esperar la terminacion del acto sagrado.

Alonso recibió la absolucion con su frente reclinada sobre el suelo, besó la manga del sacerdote i se levantó, dirijiéndose al templo con sus ojos humildemente cerrados.

El caballero le sale al encuentro i dándole súbitamente con la punta de su capa un golpe en la cara, esclamó:

--¡Ya sabeis, canalla, para qué os busco!

El primer movimiento de Alonso fué poner mano a la cinta, i hallándose sin armas, se arroja sobre don Francisco, como un tigre furioso, a devorarle. El provincial, que seguia sus pasos, le pone mansamente la mano sobre la cabeza, preguntándole con voz suave:

--¿Qué hicísteis, mancebo, vuestro propósito?....

El alferez suelta su presa, enmudece, baja los ojos i tiembla de rabia i de dolor.....