Antaño i Ogaño: Novelas i Cuentos de la Vida Hispano-Americana · Unidad 5 de 28

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Don Francisco, libre de su adversario, hace una profunda reverencia al prelado, i con voz trémula i balbuciente,--perdon, padre mio, le dice, este perro es al asesino de mi hijo, el seductor de mi hija, i no puedo lavar mi afrenta sino con mi espada.

--¿Olvidais, señor, que este paraje en que estais, es la casa del Dios que perdona, que da la paz i nos enseña la humildad?

--Nó, mi padre; pero sé que este hombre me debe su sangre i que puedo matarle en donde le halle: ya que su paternidad le ampara, señálemos campo i hora, que yo con mi palabra aseguro su libertad, i juro no ofender la santidad del claustro.

--Yo no me batiré con vos, replicó secamente Alonso.

--¡Porque sois un asesino cobarde! esclamó el caballero.

Alonso se enfurece de nuevo, pero el padre intima a don Francisco que se retire, i conduciendo al penitente al templo, se arrodilla con él i le enseña a pedir misericordia.....

Alonso tenia fijos en la imájen de la Vírjen sus ojos arrasados en lágrimas; las palabras del sacerdote herian su corazon i le llenaban de angustia: un crímen acababa de disipar para siempre la mas bella de sus ilusiones.....

III.

Era el 1º de octubre de 1612: la ciudad de Concepcion ostentaba uno de sus mejores dias. Penco o Concepcion, que era entónces la cabecera de la colonia, estaba situada en la rada que hoi lleva aquel nombre; i sus casas se estendian desde la playa del mar, en la que estaba situada una fortaleza, en el mismo sitio donde hoi se ven las murallas en la que se construyó mas tarde. Al costado sur de la plaza, que aun subsiste, estaba la catedral, i la manzana del frente, al norte, estaba ocupada por el cabildo, palacio del gobernador i el cuartel. Detras del palacio, arroyo de por medio, se hallaba el gran convento de San Francisco, que ocupaba una manzana entera. La poblacion era enteramente española.

Los habitantes, vestidos de gala, llenaban las calles que en aquella mañana se veian adornadas vistosamente con tapices de diversos colores. Un sol apacible de primavera i el aura embalsamada de los contornos, aumentaban el contento, como si la naturaleza misma hubiese querido concurrir a dar la bienvenida al nuevo gobernador don Alonso de Rivera, que entraba en aquellos momentos rodeado de un brillante cortejo de oficiales, entre cuyos penachos i cimeras se hacia notar el modesto sombrero del jesuita Luis Valdivia, el cual traia en las manos, con gran reverencia, los pliegos en que Felipe III proponia la paz al congreso araucano.

Los entusiastas vivas del pueblo se mezclaban al estruendo de la artillería i a los repiques de las campanas, i el Gobernador se hallaba recibiendo en la sala capitular los homenajes del Cabildo, cuando una mujer, cubierta de negro, se abre paso entre la muchedumbre i llega hasta los piés del nuevo gobernador pidiendo gracia.

--Para quién la pedís, hermosa señora, le dice don Alonso, alzándola del suelo cortesmente; i súbito se interpone el caballero de Rojas, quien, reprimiendo la cólera que le domina, aparta a la bella Ines, diciendo:

--¡La pide, señor, para el matador de su hermano, para el asesino de mi hijo!....

El dolor ahoga la voz del anciano, i el silencio sucede por algunos momentos.

El gobernador promete que se hará justicia segun la lei del rei i la de Dios, sin olvidar la intercesion de una dama honesta, que harta razon mostraba tener, cuando pedia perdon para el asesino de su hermano en una ocasion tan solemne.

El anciano Rojas se retiró llevándose a su hija i los regocijos públicos siguieron, contribuyendo no poco a entretener las conversaciones el lance que acababa de suceder en la sala del ayuntamiento.

Luego que terminó la ceremonia, el capitan don Miguel de Erauso, que habia sido ratificado en su puesto de secretario de guerra, instruia a don Alonso de Rivera en todos los pormenores del suceso ocurrido en casa de Anjelina i movia su ánimo en favor del valeroso alferez, que aun permanecia asilado en San Francisco, aunque no en la rigorosa incomunicacion en que permaneció los seis meses que el gobernador don García habia mantenido las guardias que estableció en el convento.

Fué tanto el empeño que el secretario puso por conseguir la libertad de Alonso Diaz, que el capitan jeneral le prometió que pasado algun tiempo le remitiria agregado a los tercios del Tucuman, de donde él venia dejando amigos a quienes podia recomendar al alferez con gran provecho suyo, porque conocia mui de cerca al mancebo i le habia visto combatir a su lado muchas veces con heroismo.

--¡No debemos perder, decia el gobernador, a un soldado que tanto puede servir a la causa del rei i de la relijion!

El alferez en aquellos momentos estaba ignorante de lo que acerca de él pasaba, i sólo, en su celda, se ocupaba en limpiar sus armas i en aderezar sus vestidos, como si se preparara para una funcion. A veces se le oia suspirar, i murmurando algunas palabras, suspendia su ocupacion i se ponia profundamente triste. Luego se arrodillaba, estrechaba fuertemente sus manos sobre el pecho i se veian sus hermosos ojos brillar con lágrimas de dolor. Otras veces empuñaba su espada, la miraba con aire marcial i se reia, como ajitado por el recuerdo de algun triunfo.

En uno de estos delirios se encontraba, a tiempo que el sol poniéndose apénas daba un lijero tinte amarillo a los avellanos que hermoseaban el claustro, cuando el alferez don Juan de Silva se le presentó.

--Dios os guarde, Alonso, amigo.

--El os guarde, don Juan. ¿Habeis avanzado algo?

--Está todo perdido.

--¿Qué habeis hecho? ¡Decidme!

--Desesperado de no poder vencer la pertinacia de doña Ines, i conociendo que es imposible hacerla desatender los consejos de ese demonio de Anjelina, que no se aparta de su lado, desde que matásteis al hermano, me determiné a pedir su mano a don Francisco.

--Sin prepararle de antemano, sin esperar a que yo hablase con doña Ines.... Habeis hecho mal, don Juan, habeis destruido mi plan. Doña Ines habria sido vuestra, si no hubieseis precipitado las cosas.

--¡Qué demonio! Si se me presentó ocasion, ¡cómo no habia de aprovecharla! Esta mañana visité a don Francisco; despues de cierto acontecimiento ocurrido en el Cabildo, de que luego os hablaré, halléle determinado a encerrar a doña Ines en un monasterio i aun tomó allí mismo algunas providencias para verificarlo. Habléle sumisamente i díjele que yo admitia a doña Ines por esposa, si él nos otorgaba su venia; pero me dió una negativa tan furiosa i terminante que no poco pesar me costó reprimirme para rogarle lo mismo i apaciguarle. El me insulta, me veja i por fin me dice que la hija de un Rojas no puede unirse a un canalla, a un perro que desciende de judíos. Mi respuesta se la dí pronto estampándole mi manopla en un carrillo, i el duelo quedó emplazado para esta noche a las once. Eso es todo.

--¡Qué habeis hecho, don Juan!......

--Lo dicho: i vos tendreis que acompañarme al sitio, porque no tengo otro amigo que vos.

--Yo no puedo ser testigo de un duelo en que va a batirse ese anciano a quien tanto debo.

--Si no os parece, no sea; yo me iré solo, que a otro no he de fiar mi lado.

--Reflexionad, don Juan, Ines me ama a mí, al matador de su hermano; su anciano padre es desgraciado por mí.... ¿Deberé yo ausiliar a su contrario?....

--Ya os dije que así sea: no estoi ahora para responder a los argumentos del miedo. Vos me precipitásteis en esto, i yo os perdono aunque me abandoneis, así como perdonaba a doña Ines el que os amase.

--Eso ménos, don Juan, mi pecho no conoció jamas el miedo, i de mí no se dirá que abandoné a un amigo en el peligro. ¡Fuerte es la prueba que voi a daros, pero os la daré. ¡Vive Dios!....

Escandecióse el rostro del jóven i don Juan le estrechó la mano, separándose de él i asegurándole que en su casa le aguardaba.

Una hora despues se veian en un estrecho cuarto, sin tapiz ni muebles, dos hombres sentados alrededor de una mesa de nogal i apurando una bota de un añejo, cuya fragancia trasminaba el aposento. Las oscilaciones del candil que los alumbraba imprimian un aire siniestro a sus fisonomías i retrataban sus formas en jigantescas dimensiones sobre la pared. El uno era corpulento i abundaba de salud; su frente abultada se dilataba hasta la mitad de la cabeza, por falta de cabello; pero a trueque de esto, tenia una barba espesa que sombreaba su roja i espaciosa cara, i el bigote le cubria enteramente la boca. El otro era un jóven de regular estatura, de aire macilento, pelo negro i abundante, pero sin barba; ojos hermosos i de un mirar fogoso i atrevido, nariz corva i pulida boca; está con su codo apoyado en la mesa i la mano en la mejilla, enteramente contraido a la narracion que de sus hechos le hace el primero, cuyo nombre, como sabemos, es don Juan de Silva.

La noche era horriblemente tempestuosa. El mar ajitado mezclaba el prolongado estruendo de sus olas al estampido del trueno que se repetia a cada momento con mas fragor: un viento caliente, anuncio infalible de la tempestad, zumbaba sordamente en los techos i los sacudia a manera de un terremoto. La oscuridad era tan densa que el mundo parecia perdido en un caos insondable i espantoso.

Son las diez: los dos alféreces se levantan, apuran el último trago que les quedaba en la bota, i salen con sus espadas i dagas. No se divisaban en las calles ni edificios ni alma viviente: la poblacion estaba en silencio, porque el repentino cambio del tiempo habia puesto fin a los regocijos de aquel dia.

Llegaron ámbos a un sitio próximo a la ribera del arroyo i allí se pararon: Alonso propuso a su compañero que se pusiera cada uno su pañuelo atado al brazo, para no desconocerse en lo que pudiera ofrecerse, a causa de la oscuridad, i así lo hicieron.

Largo trecho hacia que esperaban, cuando una voz, conocida por la de don Francisco de Rojas, dijo--¡don Juan de Silva!

Don Juan respondió--¡Aquí estoi!

Metieron ámbos mano a las espadas i se embistieron rabiosos, miéntras los dos testigos permanecian quietos en sus puestos. Fueron bregando sin que ninguno cediera al otro, i la luz siniestra del relámpago brillaba en sus espadas i mostraba a cada combatiente la situacion de su adversario.

Un trueno revienta con fragor terrible casi sobre las cabezas de los que reñian, i al mismo tiempo un hondo quejido muestra a Diaz que su amigo estaba herido: púsose luego a su lado, i al punto el otro, al lado del caballero de Rojas: entónces el combate se hizo jeneral, sin que una de las dos parejas estorbase a la otra.

A poco andar, cayeron los dos primeros; i Alonso con su enemigo continuaron tirándose tajos con furor i con destreza. El uno dobla sus rodillas i suelta la espada diciendo:--¡Ah! traidor, ¡que me habeis muerto!

Alonso, que era el vencedor, pregunta ¿quién sois vos?... i el moribundo responde:

--¡Don Miguel de Erauso!...

Los tres caidos pedian a voces confesion, i Alonso, atónito i casi sin sentido, corre a San Francisco, les envia dos relijiosos i se encierra en su celda. Los dos primeros espiraron en el acto i el secretario de guerra fué conducido a casa del gobernador.

Allí se le ofrecieron los ausilios del arte, e inmediatamente se dió principio a la sumaria para indagar quién era el que sobrevivia i someterle a la justicia. El capitan don Miguel lo declaró todo, ménos el nombre de su vencedor. El gobernador increpábale su reserva, pero nada pudo alcanzar.

Así hubiera permanecido libre Alonso, si en un momento de delirio, don Miguel, que porfiaba con el doctor Robledo por que le diese a beber vino, no hubiera esclamado:

--¡Mas cruel sois, doctor, que el alferez Diaz, que me ha herido!

Luego murió, i el gobernador pasó la noche en vela, preparándose para hacer al otro dia la justicia que todos sus oficiales i los principales vecinos le pedian contra el desgraciado Alonso.

IV.

El cadalso está preparado en el centro de la plaza de Concepcion; las tropas lo rodean i un numeroso concurso vaga en silencio por los alrededores. El dia se avanza i el reo todavía no parece.

El gobernador se paseaba pensativo en el salon de su despacho, esperando el resultado de la tercera i última intimacion que habia hecho a frai Francisco de Otárola, provincial de la órden seráfica, para que entregase al reo Alonso Diaz, asilado en su convento. Al fin aparece el oficial mensajero, trayendo por respuesta una redonda negativa del provincial.

El gobernador se hace seguir de su guardia de piqueros i marcha al convento, resuelto a allanarlo para sacar por sus propias manos al reo. Llega; se manda abrir las puertas, le resisten; las hace derribar, penetra con espada en mano i encuentra a la comunidad que le cierra el paso con sus brazos cruzados sobre el pecho i la capucha calada; pretende abrirse paso i los frailes, con tono humilde, le intiman que no volverá a salir Su Merced ni sus tropas, si se atreven a violar su asilo.

En tanto, el provincial contiene al alferez Alonso, que, con espada en mano, quiere él solo impedir la entrada del gobernador; le insta, le ruega que s e salve i que evite una profanacion de la santidad del claustro; i miéntras que su comunidad resiste humildemente en la puerta, el santo prelado consigue, casi por fuerza, que Alonso escale las tapias del jardin i salte a la calle.

Despues de un largo altercado, el Capitan Jeneral, aconsejado por el jesuita Valdivia, se resuelve a respetar la inmunidad eclesiástica, tan consagrada por las leyes de entónces, i se retira confiado en la promesa que le hacen los franciscanos de que el reo será enjuiciado por sus trámites i segun los fueros de la Iglesia.

Alonso perturbado en la calle, penetra en una casa cuyos departamentos le son desconocidos: vaga, largo rato cautelándose, sin encontrar a nadie, i despues entra en una sala cuyas puertas i ventanas estaban entornadas. Una mujer cae exánime gritando ¡el asesino! i otra cubierta de luto se reclina sobre ella a prestarla ausilios....

Alonso permanece en pié, helado, con una especie de pavor que jamas ha sentido, sin poder proferir una palabra: acaba de ver caer a Anjelina i miraba a la hermosa doña Ines, que tambien le ha reconocido.

A ese tiempo resonaban en la calle los clarines de los tercios que se retiraban de la plaza, i los gritos i algazara del pueblo que los acompañaba a sus cuarteles.

Vuelta en sí Anjelina, i despues de un profundo i significativo silencio, durante el cual permanecieron los tres mirándose de hito en hito, como espantados, Alonso se arroja a los piés de las dos damas, que estaban fuertemente abrazadas; i sollozando, con voz ahogada i balbuciente:

--¡Perdon, perdon, las dice, no para un criminal, sino para... para la mujer mas desgraciada que jamas la tierra sustentó!!...

--¡Mujer! repiten ambas horrorizadas i retrocediendo como si huyeran de un espectro.

--Mujer, sí, ¡la mas infeliz!...

En esta situacion permanecieron sin proferir mas palabras, hasta que doña Ines, rompiendo en amargo llanto, levantó al alferez del suelo en que yacia, preguntándole:

--¿Quién sois? decídmelo sin engaño.... ¡no añadais el escarnio a mis tormentos!...

--¡Soi doña Catalina de Erauso, nacida de nobles padres en San Sebastian! Pasé mi niñez en un convento, de donde me fugué a tiempo de profesar. Vagué por la España, en traje de hombre, hasta que la suerte me atrajo a estas rejiones, en donde fuí arrastrada por la fortuna a tomar la carrera de las armas. Vosotras conoceis mis hazañas i ahora sois las únicas depositarías de mi secreto... Maté a vuestro hermano, doña Ines, porque le amaba con delirio i me sentia arrebatada por los celos: yo no podia hacerme amar de él, pero tampoco podia sufrir que entregase su corazon a otra. Por eso os engañé: vos me amasteis, me lo disteis a conocer, i yo no podia desecharos, porque habria perdido al ídolo de mi corazon. Un arrebato de los celos, un momento de vértigo me hizo cometer aquel crímen que lloraré toda mi vida... ¡Perdonadme, doña Ines!... Vos sois la única que puede absolverme acá, para que Dios me perdone en el cielo: si vos me condenais, él tambien me condenará...

--¡I mi padre, mi anciano padre! interrumpió doña Ines.

--¡Yo no he muerto a vuestro padre: el honor, un compromiso me arrastró a ser testigo de su duelo, que ojalá jamas lo hubiera sido! Allí encontré a un hombre, un hombre con quien debia batirme tambien, sin saber quién era; le dí la muerte batallando lealmente, ¡pero ese hombre, doña Ines, era mi hermano, mi protector!... el amigo que me habia favorecido sin conocerme... ¿Quereis mayor espiacion? ¿No es este un castigo de Dios? ¡Mil vidas daria por volverle la que le quité!... ¡¡el cadalso es poca afrenta, no es castigo para mí!!... yo merezco mas... yo no debí huir... ¡¡Aquí, aquí, estoi!!...

I diciendo esto quiso correr hácia la puerta i cayó sin sentido...

V.

Son las diez de la noche: la ciudad está en silencio i sus calles desiertas.

Tres mujeres se ven atravesar con paso ajitado i sin hacer ruido alguno. Pasan el arroyo que separa a San Francisco de la vereda del sur.

Al llegar a cierto paraje, donde se encuentran algunos avellanos silvestres que se empinan jigantescos, robustos e inmobiles, una de ellas se arroja de rodillas a los piés de una de las otras.

--Aquí es, doña Ines, la dice, ¡¡donde debeis darme vuestro perdon!!...

Doña Ines la levanta i sollozando le responde: ¡Dios te perdone!...

En aquel sitio habian caido la noche anterior don Francisco de Rojas, don Juan de Silva i don Miguel de Erauso.

Las tres se arrodillan de nuevo: pasan algunos momentos durante los cuales el aura lleva algunos suspiros ardientes i varias palabras misteriosas, i las tres continúan su camino. Trasmontan la colina en que estaba la Hermita i desaparecen.

En las altas horas de la noche, se ven tres jinetes acercándose al Biobio, que en aquellos momentos está abundante i majestuoso por el flujo de la mar. Cruzan la ancha ribera i llegan a la orilla, en que las aguas jugueteaban silenciosas. Eran las mismas mujeres que ántes habian salido de la ciudad.

Allí está un hombre con un caballo enjaezado i algunas armas en la mano. Una de las mujeres arroja su traje, se ciñe la espada i dando un abrazo mudo i tierno a cada una de sus compañeras, monta el corcel i se precipita a las ondas.

Las dos que quedan en la orilla miran con solicitud a la que se retira...

Ya no se ve mas que un punto negro allá a lo léjos, en la superficie de las aguas, que reflejan las estrellas de los cielos.

El punto desaparece: no se oye mas que el murmurio de las corrientes que juguetean en las arenas. Las dos se postran i rezan...

Despues de una prolongada angustia, se oye en la ribera opuesta un tiro de arcabuz.

Esa señal significa que se ha salvado la _Monja Alferez_.

ROSA.

(Episodio histórico.)

I.

El once de febrero de 1817 la poblacion de Santiago estaba dominada de un estupor espantoso. La angustia i la esperanza, que por tantos dias habian ajitado los corazones, convertíanse entónces en una especie de mortal abatimiento que se retrataba en todos los semblantes. El ejército independiente acababa de descolgarse de los nevados Andes i amenazaba de muerte al ominoso poder español: de su triunfo pendia la libertad, la ventura de muchos, i la ruina de los que, por tanto tiempo, se habian señoreado en el pais; pero ni unos ni otros se atrevian a descubrir sus temores, porque solo el indicarlos podria haberles sido funesto.