Aromas de América · Capítulo real 16 de 24
CAPÍTULO XXVII
Texto completo de esta unidad literaria, reunido aunque el lector la divida en 4 tramos técnicos para mejorar el rendimiento.
CAPÍTULO XXVII
El Callao. — Lima, su situación y fundación. — Ventajas y desventajas de sus modernos progresos. — Las alamedas de Acho y de los Descalzos. — Parque de la Exposición. — Avemida Colón. — Idea general de sus monumentos, edificación, suburbios y balnearios. — Clima y carácter.
Con las ansias que es dable imaginar desembarcamos en el puerto del Callao y estábamos a las puertas de Lima. Los doce kilómetros que la separan los salva la ferrovía o el tranvía eléctrico en pocos minutos y no había para qué demorar en este puerto que cuenta hoy 45.000 habitantes, contando con las dos contiguas poblaciones de Bella Vista y La Punta, donde actualmente se encuentra la escuela naval. (1)
Llegábamos por fin a “la muy noble, insiene y muy leal ciudad de los reyes del Perú”, según reza la leyenda de su escudo compuesto de dos águilas coronadas, las columnas de Hércules, tres coronas de oro sobre campo azur y la estrella de oriente en la parte superior, o sea, a Lima, “la ciudad tres veces coronada”” que, por sus leyendas, riquezas y tradiciones, goza en la historia el privilegio de haber sido la más afamada capital de la América española.
Situada en una amplia y fértil llanura que se inclina suavemente sobre el océano Pacífico, ocupa ambas márgenes del río Rimac—del que por corrupción le vino el nombre de
(1) El cambio operado en la fisonomía moral y religiosa del Callao, data de doce años a esta parte, desde que los canónigos Regulares de la Inmaculada se hicieron cargo de la parroquia principal, notándose una reacción muy favorable, y pudiendo hoy los sacerdotes transitar por todas partes, sin recibir como antes el insulto soez de la maleada e inculta plebe.
Lima—teniendo a su espalda la gran cordillera de los Andes, euyas últimas estribaciones se acercan a pocas millas de sus puertos, envolviéndola y rodeándola en majestuoso anfiteatro que le sirve de fondo.
La ciudad de Francisco Pizarro, fundada en 1535 y que tanta importancia adquirió en tiempos del virreynato, decayó desde los días de la independencia y se eclipsó poco a poco, hasta que en la guerra del Pacífico de 1879, cedió su corona de reina del mar del Sur al vencedor. Sin embargo desde entonces acá, ha resurgido como el fénix de sus cenizas, habiendo alcanzado, en estos últimos años, un desarrollo inmenso. Demolidas sus antiguas murallas, hánse abierto grandes y espaciosas avenidas, parques y jardines, embellecido sus antiguas plazas, aumentado otras modernas, levantado hermosos edificios públicos, artísticos monumentos, cambiado y hermoseado los suburbios y tendido el riel del tranvía eléctrico por toda el área urbama y alegres y risueños pueblitos veraniegos de la costa del mar.
Y con esto, cabe preguntar ¿ha ganado la histórica ciudad de los reyes? Mucho desde el punto de vista edilicio, de comodidades y moderno conforte, pero a mi ¡juicio ha perdido no poco desde el punto de vista histórico, tradicional y poético. Yo no sé por qué, pero -lo cierto es que hay ciudades—y Lima es una de ellas—que, por la estela luminosa del pasado, por el surco hondo y peculiar que han trazado en la historia y que les da carácter, debieran ser intangibles, por lo menos en su núcleo urbano, teatro de acción de las pasadas progenies. Su historia, sus tradiciones y leyendas encuadradas están en su marco colonial sobrio y severo que le da carácter y fisonomía propia. Su solo nombre despierta ideas de costumbres medioevales, de hábitos señoriles de cristianismo y de fe, de orden, de moralidad y de respeto a instituciones y autoridades, de arreos nobiliarios, de aristocracia, no tanto de blasones y modales, como de sangre, de sentimiento y de virtud varonil y caballeresca, de casonas, palacios y mansiones solariegas con amplias galerías y cortiles y artesonado y mobiliario sobria,
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vetusto y elásico. Todo esto vibra y se estremece, como una evocación de los tiempos idos, al solo pronunciar su nombre. Lima, o es esto o es nada. Vale y valdrá siempre, no tanto por lo que es, sino por lo que fué. De ahí que todo cuanto tiende a debilitar y menoscabar ese ambiente de vetustez, de arte colonial, de nobleza y aristocracia señoril que ha constituído en el pasado el timbre y blasón de su erandeza, siquiera sea hermoso y deslumbrante, sea anodino y exótico y aparezca como una profanación de lo que debiera ser intangible y sagrado.
Por lo demás no es que se haya modernizado tanto de no conservar todavía rastros venerandos de su antigua realeza, nó. Ahí están sus templos y casas eonsistoriales, sus balcones colgantes y moriscos, sus tallas y retablos, sus antiguos edificios públicos, sus conventos y casas religiosas, sus portales y fachadas labradas en piedra y hasta su antigua nomenclatura de ruas y de plazas, salvando en parte el aspecto, el perfume y encanto poético de esa vieja ánfora colonial. Guardara así también incólume parte preponderante siquiera de su antieuo espíritu, de sus bizarras hidaleuías y caballerescas modalidades que fueron el alma y quintaesencia de la ínclita ciudad, cuna de la mejor y más perfumada Rosa del continente americano.
En tiempos de la Colonia, los dos mejores paseos de Lima eran la Alameda de Acho, que partiendo desde el antiguo puente de piedra iba a terminar en la Plaza de Toros, hoy en el nuevo puente llamado Balta, y la Alameda de los Descalzos, así llamada porque finaliza en la iglesia de los Recoletos Descalzos al pie del monte San Cristóbal y de euyo convento fué prior San Francisco Solano. Este paseo es una doble avenida de un kilómetro de lareo, con un jardín central, adornado de flores, plantas y árboles tropicales, doce estatuas de mármol representando los sienos del Zodíaco, jarrones y bancos marmóreos y una hermosa verja de fierro de dos metros de altura que antes
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encerraba el jardín en toda su extensión. Con mal acuerdo, mandada: remover ésta en años anteriores por la municipalidad, hoy quedan todavía
restos de
aquélla como muestra palmaria de de-
sidia' edilicia que, si tuvo alientos. para quitarla, le faltaron: fuer-
Zas para terAlameda de los Descalzos minár su obra. Hoy en día sin embargo, la calle más frecuentada y aristocrática. de Lima es el Girón de la Unión, y el paseo que monopoliza: el movimiento social limeño en los días festivos, sobre todo, es el Parque de la Exposición (12 hectáreas) —donde está el palacio del mismo nombre en el que se visita .el museo nacional, el jardín zoológico y botánico—y -la 'Avenida Colón, centro del barrio más moderno. de Lima, que arrancando del parque va a terminar a la plaza Bolognesi. Toma su' nombre de la estatua en mármol de Colón que ocupa el centro: del jardín de este paseo y que representa al descubridor de América en ademán de sostener a una india arrodillada. El grupo, del escultor Ravelli, está sustentado por un bajo y pequeño pedestal que le resta mérito artístico. Ha servido de modelo para el monumento que se alza en el puerto de Colón, en Panamá. Ni ésta, ni la humilde estatua de San Martín en el acto da declarar la independencia del Perú,'al pie de una pequeña columna de mármol, coronada por una figura de mujer alada, que simboliza la gloria, que está en la Plaza de la Exposición, ni la bastante artística estatua ecuestre en bronce, sobre pedestal de mármol blanco, con bajos relieves de las batallas de
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Junín y de Ayacucho, que inmortaliza al libertador Simón Bolívar, en la Plaza de la Inquisición, ni la esbelta columna de mármol de Carrara, coronada con la estatua de la Victoria, que conmemora el triunfo de los peruanos sobre la flotilla española, en el Callao, el 2 de mayo de 1866, ni otro alguno, puede compararse con el monumento al coronel Bolognesi que se yergue airoso en la plazoleta terminal del Paseo Colón, a la que convergen seis hermosas avenidas y es como el punto culminante de la elegante calzada de coches y de autos de la aristocracia limeña.
Sobre un basamento de granito se alza la columna de mármol blanco que muestra en su cúspide la estatua broncínea del héroe del Morro de Arica que, con tranquilidad espartana, contestó a la invitación de rendirse que le hiciera el enemigo : “Tengo deberes sagrados y los cumpliré quemando el último cartucho”?. Provocación o reto a muerte, dice Sáenz Peña, soberbia frase de varón, condieno juramento de soldado que no concibe la vida sin el honor, ni el corazón sin el altruismo. El gran Querol ha sorprendido al héroe en un momento psicológico dificilísimo, acaso único, aquél en que herido mortalmente le flaquean las piernas y va a desplomarse al suelo, como una torre blindada, oprimiendo empero a su corazón la bandera patria y con el brazo derecho desfallecido ya, Oprimiendo aún débilmente su revólver. Es una expresión admiable, digna de un héroe de leyenda, que uno no se cansa de contemplar. Soberbios sobre toda ponderación son también los altos relieves en bronce. Representa uno, un episodio de aquella contienda inmortal en que soldados anhelantes, arma en brazo embisten a bayoneta calada y Otro, aquel hecho legendario de Manuel Ugarte que envuelto en la bandera de su división, pica su caballo desde el Morro hacia el abismo, buscando tumba gloriosa en el mar, antes de caer en manos enemigas. Caballo y caballero ruedan despeñados, en actitud tan natural y verista, que aquello es una escena viva. Este monumento es considerado como uno de los mejores y más artísticos de Querol y de los más afamados de Sud América.
La ciudad forma un triángulo, cuyo lado más largo descansa sobre el río. Las calles están trazadas en línea recta. Las casas son generalmente cómodas y espaciosas; pocas son las que tienen tres pisos, siendo de dos por lo común; el material empleado en la mayor parte de los edificios es de adobe sobre cimiento de piedra o de cal y ladrillo, el segundo piso es sumamente liviano, es un armazón de madera, como una jaula, rellenado de argamasa primitiva, los techos, como llueve tan poco, son de madera, una capa de paja y una cubierta o lechada de barro, lo que está de acuerdo con lo aseverado por el autor de la “Descripción universal de los indios”” obra escrita a fines del siglo XVI: “son las casas de adobes cubiertas con unas esteras y un poco de barro, que como no llueve en la tierra, basta””. La parte edilicia en pavimentación, aseo e higiene de calles y casas, no condice con la importancia de la ciudad. Sin que pueda llamarse una ciudad sucia, no es ciertamente limpia y eso que eran parte de la limpieza urbana la hacen los innumerables galináceos, especie de cuervos con carta de ciudadanía, que tranquilamente revolotean por todas partes, sin mayores exigencias que los derechos a la vida, que todos se la respetan, en pago de sus tan benéficos y humanitarios servicios.
Los suburbios, huertas y conventos antiguos han sido convertidos en hermosas avenidas y en establecimientos públicos y privados. La plaza principal—no muy distante de la antigua capillita o ermita donde se celebró la primera misa en Lima, sita en la calle Trujillo—consta de dos hectáreas, embellecida de amenos jardines de palmeras, tiene en el centro una hermosa pila de bronce construída en 1650. El costado norte lo ocupa el palacio de gobierno, antigua residencia de Pizarro, el este, la catedral y palacio arzobispal, de tres pisos, en construcción todo de piedra y que una vez terminado, será erandioso, el oeste, las casas consistoriales con sus tradicionales portales y el sur, comercios y edificios de lujo. Aun se indica
en este costado el sitio que ocupaba la casa desde donde salieron, hacia el mediodía del domingo 26 de junio de 1541, los 19 conjurados, dirigidos por Rada que invadieron repentinamente el palacio del frente y asesinaron al marqués gobernador don Francisco Pizarro.
El número de manzanas que en 1858 apenas pasaba de 200, hoy pasan de 300, sus plazas de 35 y sus calles de 400. Complemento indispensable para formarse una idea de Lima, así a vuelo de pájaro, son sus risueños pueblitos veraniegos de la costa del mar. Existen también parajes de sierra, sobre la línea del ferrocarril a Oroya—la más alta del mundo, que atraviesa la cordillera a los 4.830 metros de altura, enlaza con el panamericano y pone en comunicación Lima con Cerro de Pasco y la meseta del Alto Perú—como ser Chosica a dos horas de la ciudad y un poco más distante y a mayor altura Matucuna, ambos muy frecuentados y destinados a ser con el tiempo, los sitios predilectos de los que prefieren climas secos, frescos y sanos de montaña. Pero durante el verano, Lima entera se derrama, puede decirse, sobre la playa.
Prescindiendo de las estaciones balnearias de Ancón, a 25 millas al norte de Lima, célebre también por sus tesoros prehistóricos y por el tratado de 1883 que hizo el Perú con Chile, a raíz de la guerra del Pacífico, de La Punta situado en la península del Callao y La Magdalena, fréecuentados por multitud de bañistas, llévanse la palma, sin duda aleuna, Miraflores, Barrancos y Chorrillos, unidos por la misma línea de tranvía eléctrico que hoy se prolonga ya hasta Herradura, otro simpático balneario más allá de Chorrillos. Este, antes de la guerra fué el más frecuentado y aristocrático y si bien completamente destruido por el ejéreito invasor ha sido reconstruido y hoy es un adelantado suburbio de cuatro mil habitantes. Ha cedido empero en importancia en estos últimos años a Barranecos y acaso también a Miraflores. La corta distancia de 35 minutos de tranvía desde la ciudad hasta Chorrillos, atravesando las sombreadas avenidas de Barrancos y Miraflores, matizadas
de eraciosos y sencillos ““ranchos””, como allí se les llama a los
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palacetes y casitas veraniegas, permite a todos, hasta al último y más pobre limeño, tomar baños de mar todos los días. Y así es en efecto; hombres y mujeres, niños y grandes, ricos y pobres, invaden diariamente en la época de los baños los demoeráticos vehículos y se dan el lujo de una ablución de mar, barata y provechosa.
Chorrillos está edificado en una abrigada ensenada al pie del Morro Solar que se eleva a dos mil pies de altura. Al extremo de la población y casi al pie mismo del Morro están las | casillas de baño y el malecón de
la costa, pro-
Una Calle en Chorrillos
longación del
cual es una calzada suficientemente amplia para peatones que, rodeando el descantillado Morro, lleva hasta ““La Herradura”? ofrenda a las familias un paseo agradabilísimo en que se goza
del soberbio espectáculo de las olas que van a quebrar sus furores contra las rocas, esparciendo al viento su rizado manto de perlas.
Y baste con lo dicho. Dejo a otros la erata tarea de reseñar los modernos adelantos y progresos de la noble metrópoli peruana, describir, estudiar y ponderar su escuela naval (en La Punta, cerca del Callao), la penitenciaría, la escuela militar, granja-escuela, cementerio, manicomio, universidad, colegio de Guadalupe, biblioteca nacional, sociedad geográfica, ateneo y tantos y tantos monumentos, edificios, institutos y centros científicos o culturales, algunos de los cuales visité con sumo agrado e interés; para mí, como siempre, la humilde labor de rastrear y consienar una u otra de las obras de arte y reliquias del pasado. Mas esto en el capítulo sisuiente y des”
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pués de haber dicho dos palabras acerca del clima, carácter y modo de ser de los bondadosos y simpáticos limeños.
Impresiona no poco al que por primera vez llega a la ciudad de los Reyes, su clima y el carácter de sus habitantes. Si alguna vez fué verdad la influencia decisiva de aquél sobre la índole de éstos, lo es ciertamente aquí. Decir que en Lima no hace ni frío ni calor, ni hay vientos ni lluvias, ni truenos, ni relámpagos, ni sol...iba a decir—y eso que el Sol es el protagonista obligado de indios, judíos y cristianos— ni nada que moleste 0 excite la epidermis para tener sensación de algo, es decir una vulgaridad de todos conocida. Nadie que no lo haya experimentado creería nunca hasta dónde llega esta monotonía, mejor dicho, atonía climatérica que, si en los primeros días pudiera placer, concluye muy presto por enervar y aplastar el organismo al grado que uno anhela—si no está ya habituado, porque ab assuetis non fit passio—con ansias vivas, sentir aleuna racha helada o asfixiante, un cachito de pampero siquiera, algo en fin que le azote el rostro, le saque de quicio un instante, le hiera, fleche, aguije o zarandee en alguna forma. Pero nó, todo esto sería allí exótico y de mal tono. El clima es suave, apacible, uniforme y enervante. Las estaciones bien marcadas son dos solamente: el invierno de junio a diciembre y el verano el resto del año, con temperaturas entre 12 y 18 la primera y entre 18 y 28 la segunda. Los meses de julio y agosto que son lo más lluviosos, dan, algunas veces, la máxima de 9 mm., pero en general las lluvias no pasan de 1 mm. Los vientos que allí reinan son los del S. E. y de tales sólo tienen el nombre; apenas si alcanzan a ser suaves brisas o venticelli de abanico. El sol mismo es prudente, esquivo, retraído y misántropo. Salvo, pues, un tantico de frío, en pleno invierno, en razón más que de la temperatura de la humedad de la atmósfera, el calorcito más enervante del verano y lo que los limeños llaman ¡aguacero !—risum teneatis—
que no es más que una llovizna cernida en finísimo eedazo que, en casos dados, no alcanza a empañar los anteojos, todo lo demás relativo a cambios atmosféricos no se conoce en la ciudad de los Reyes, tranquila siempre y envuelta en nieblas, semanas y meses, durante los cuales el rubieundo Febo duerme sus siestas eternas y a lo sumo si abre por un instante su ojo velado y lo vuelve a cerrar, como un gigante cansado de la vida y harto de ver tanta miseria en el mundo.
En perfecta armonía con el elima es el carácter general del limeño; su índole mansa, pacífica y conciliadora, sus modales suaves, suavísimos, finos y puleros y hasta un tantico pegajosos dan la sensación del refinamiento social más acabado, máxime en el elemento distinguido y aristocrático. Hay predominio de zacarina, de miel y de merengues, sobre la hombría, la virilidad y el carácter. Figurillas de cera de color pálido y mirada errante, muestran los niños, los jóvenes y con más fuerte razón las Jóvenes, pobreza de sangre, de energía y de vigor que caracteriza a las razas fuertes. Tipos hermosos por lo demás de facciones correctas, pulidas y graciosas que visten con garbo y distinción, tórnanse muy agradables y simpáticos, aunque lánguidos y al parecer, afeminados y muelles. Lo que serían si hubiese mayor vibración de vida, ese algo que en el hombre, sobre todo, es blasón de su sexo, signo inequívoco de carácter, de empuje, de energía y contorneo de varón. Cuarquiera diría al verlos que todo lo que significa esfuerzo, tesón, dificultades y obstáculos les apocara y amilanara, aunque no sea así, que la vida regalada y muelle, el dolce far niente, el refinamiento y sibaritismo, fuese su atmósfera normal, su ocupación predilecta. La falta de voluntad, la abulia del neurasténico parece dominarles y no es sino la resultante obligada y fatal del clima que los amodorra y enerva,
Pero donde el fenómeno es más típico y más palpable la observación es en los colegios, precisamente porque la pajarera suele ser grande y los gorriones nerviosos y saltarines. Los juegos son generalmente moderados y tranquilos, los pillastres no gritan, ni se excitan, ni entusiasman gran cosa que digamos.
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Los choques, piques y reyertas, las actitudes resueltas, las discusiones acaloradas, violentas y trágicas, a veces, tan propias e inevitables en niños y jóvenes a quienes les hierve y burbujea la sangre por las venas, son casi desconocidas. Y así discurriendo sobre este plano, huelea suponer cuán floja sea la voluntad y consagración a los estudios y los aprietos y angustias en que se verán los educacionistas, quienes, al decir unánime de todos, no disponen de recursos suficientemente poderosos de emulación, ni de medios aptos para despertarles el entusiasmo y el amor propio bien entendido que, hacen prodigios en esa edad y fijan definitivamente en la mayor parte de los casos, la orientación de la vida. Arquímedes pedía un punto de apoyo para mover la tierra, el pedagogo pide también un principio de amor o de odio, o de cualquiera otra pasión para desarrollar su acción educadora, quitando, añadiendo, podando o reformando; pero cuando todo esto le falla ¡oh! cuán ingrata y difícil se torna su nobilísima misión. Y todo, todo, volvemos a repetir, es consecuencia lógica del clima enervante que allí reina y a pesar de las eximias cualidades que adornan a los jóvenes y moradores de aquella clásica e histórica ciudad.
Sin embargo no debe juzgarse, por lo dicho, que sea éste el carácter dominante del peruano que, si generalmente manso, bondadoso y amable, tiene rasgos y líneas firmes que le distinguen con honor entre las otras naciones del continente americano. Quien sólo conozca Lima y no haya recorrido el interior de la nación, ni tratado a esos serranos que pueblan sus dilatadas y abruptas cordilieras, esté seguro, no ha pulsado el corazón del país, no conoce suficientemente la noble: característica de ese pueblo.
CAPÍTULO XXVIN
Lima y Santa Rosa. — Una decepción inesperada. — Cusa de Santa Rosa. — Iglesia, religuias y obras de arte. — Altar de la Santa en Santo Domingo. — Reliquias de los beatos Martín de Porres y Juan Macías. — La arquidiócesis y catedral de Lima. — Los restos de Francisco Pizarro. — Su muerte, — Religuias de Santo Toribio. — Tesoros y obras de arte de la catedral. — Santo Domingo, — Lw uniersidad de San Marcos. — Reliquias artísticas. — El altar de la Virgen del Rosario. — San Francisco el Grande. — La sillería del Coro. — Sam. Francisco Solano. — San Agustín. — Iglesia de Belén. — San Pedro y los jesuitas. —La capilla de la Penitenciaría. — Un tesoro desconocido, — Museo nacional. — Colección particular de don Javier Prado Ugarteche.
Lima y Santa Rosa son dos términos correlativos que mutuamente se predican y complementan. Si el viajero que llega a Lima, no es un despreocupado en materias religiosas, no puede prescindir de su mejor hija, de la excelsa y admirable virgen que con la fama de sus virtudes tiene llenado la América y el mundo.
Un católico argentino, máxime si sacerdote que por vez primera arriba a la ínelita ciudad de los Reyes, cree a pie Juntillas, dada la universal devoción y el culto que en nuestra patria se le rinde a Santa Rosa de Lima, que en la capital peruana la excelsa virgen ha de ocupar el primer sitio y ser como el imán de los corazones católicos y su santuario el centro obligado de la piedad, culto y devoción de aquel dichoso pue-
blo que, cual otro ninguno, puede enoreullecerse de haber tenido la más pura y fragante Rosa que perfumó el continente americano. Pero se equivoca quien tal piensa. En Lima, aunque suene «a dislate, Santa Rosa es poco conocida y menos aun honrada, entendiéndose todo esto cum mica salis. Y si esto sucede con la preciada Rosa de Santa María ¡qué decir de Santo Toribio, el preclaro e inmortal arzobispo de Lima y padre, puede decirse, de la iglesia americana! Confieso que sufrí aquí una dolorosa decepción. Doblemos empero la hoJa y comprobemos una vez más que en casa de herpero, cu chillo de palo. Análoga cosa sucede, por lo general, en los pueblos, asientos de célebres santuarios. Non ti curar di lor, mu guarda e passa!... El mismo día de nuestro arribo y no obstante el delicado estado de nuestra salud, fuimos a postrarnos ante las reliquias de la popular virgen americana, en la iglesia de su nombre, atendida desde pocos años ha, por los padres dominicos españoles, enclavada en parte del terreno que fué su casa paterna y donde ella nació en 1586. Es una ielesia relativamente pequeña y pobre, de una nave, pero grande y muy rica por las reliquias que guarda. Varias veces se ha pensado en levantar un santuario digno de la santa y de la nación peruana. Hoy felizmente lespejada la parte principal del fundo doméstico y echados ya los cimientos del futuro santuario nacional, es de creer sea llevado a feliz término, aunque por el momento los trabajos están paralizados por falta de
Pozo de Santa Rosa
recursos. (1)
(1) Mientras corrijo las pruebas encuentro en un diario le siguiente: Una grandiosa y original basílica se va a levantar en Lima en honor de Santa Rosa. — Con fecha 21 de Marzo ppdo. escriben de la capital del
Casa de la Santa. Del antiguo hogar paterno, sólo se han respetado dos cosas que hoy quedan encerradas dentro del perímetro del futuro santuario: el pozo o algibe donde la Santa tiró la llave de sus cilicios, después de habérselos ceñido fuertemente a su cuerpo inmaculado, como para no poderlos aflojar ni sacar mientras viviera, y la pequeña ermita, trabajada por sus propias manos en el fondo del huerto y adonde iba a recrearse en celestiales colo-
quios con su divino esposo. Tendrá aproximadamente este microscópico retrete dos metros de frente, por ceincuenta centímetros de fondo
y uno y medio de alto, co-
rrespondiendo a la pared del frente una puertita de 0.50 Ermita construída por Santa Rosa centímetros de altura y que
Perú las siguientes interesantes líneas: “El arzobispo de Lima, monseñor Emilio Lisson, prosigue con todo entusiasmo en su labor de realizar el proyecto de una basílica a Santa Rosa de Lima, a erigirse en la capital de la República, como homenaje a la más preclara de las mujeres del continente sudamericano. Trazado el plan del monumento por el arzobispo — iniciador se advirtió que esto demandaría un gasto de tres millones de soles, lo que no arredró al prelado, quien se ha dirigido a los católicos del país iniciando una gran subscripción nacional. La arquitectura de la basílica será de carácter exclusivamente peruano. Para ello, las columnas necesarias a la sustentación de los varios cuerpos del templo, afectarán la torma de las palmeras de los bosques peruanos y con sus ramas completarán los medios puntos de los arcos de las bóvedas. La fachada será un armonioso conjunto de la arquitectura incaica, tomando sus motivos principales de la civilización quichua. Para la parte alta se resolvió adoptar los detalles del Coricancha, del templo*“de Viracocha y de otros edificios incaicos. La base será trabajada con piedra poligonal y en el primer cuerpo se copiará, cuanto sea posible, el palacio de Huainacapac. Las balustradas, así como los pumas de las cuatro grandes entradas, se han tomado de las ruinas de Chinchorros. El interior del templo afectará, en su forma curva, la de una rosa, y estará rodeada de 16 capillas que representarán otros tantos pétalos. En el centro de la rotonda estará el sepulcro de Santa Rosa, y sobre él un altar severo de mármol, bajo un dosel de cuatro grandes palmeras de bronce. Todo el interior de la basílica deberá representar una selva americana, y las sesenta columnas que sostendrán los
obliga, como es elaro, a inclinarse profundamente para poder entrar. Trabajada con grandes adobes asentados sobre barro, muestra una pequeñísima ventana y un techito de tablas que ha reemplazado, según dicen, al antiguo pajizo que tenía. Está interiormente revocada con barro y muy a la ligera, con la particularidad muy diena de notarse, que, para esto, el instrumento usado fueron sus propias manos, estando todavía visibles los trazos y huellas de sus dedos. Dos reclinatorios unidos, por no haber un palmo de terreno más, permiten arrodillarse a dos personas simultáneamente y orar delante de una bellísima imagen antigua al óleo, de la Santa.
Iglesia. Domina el altar mayor un gran lienzo antiguc, de excelente factura, en el que se ve a Santa Rosa, acompañada de Santa Catalina, Santo Domingo y un angel, entrando, entre nubes y arreboles de luz, a los cielos.
En el primer altar lateral, del lado del evangelio, donde se conservan sus principales reliquias, aparece en el centro una estatuita, como de un metro de altura, del Niño Jesús, un tanto tosca y primitiva que perteneció a la Santa, conocida vulgarmente con el nombre de El Doctorcito, como ella cariñosamente le llamaba, porque a él encomendaba los enfermos y por su intercesión les obtenía la salud, especialmente a los que se atendían en el hospital contiguo a los fondos de su casa, hoy convertido en escuela de ingenieros. Hay también en este altar una tibia de la Santa, el anillo de sus desposorios con Jesús, una cruz erizada de puntas con que martirizaba su cuerpo virginal, un brazo, un mechón de sus cabellos y otra eruz muy parecida a la anterior.
En otros dos altares laterales se veneran: el Cristo de los Favores, crucifijo casi de tamaño natural, delante del cual
techos representarán palmeras con cuyas ramas superiores quedarán hechas las bóvedas. Ya era tiempo que la Santa Peruana descansara en un sitio
que correspondiera a su fama y donde podría ser venerada por los fieles de América.”
oraba frecuentemente la santa virgen y de cuyo costado saltó un chorro de agua tan fresca y refrigerante que «lejóla divinamente regalada, un día en que consumida por las llamas del amor y las ansias de conmulgar, pedía y ureía con sin
iguales y abrasados fervores; dos eruces de regular tamaño que cargaba sobre sus hombros cuando hacía el vía erueis en el huerto de su casa, una carta de su puño y letra escrita a la esposa del contador Waza, su amiga y protectora, (dos trozos de árboles por ella cultivados
en el huerto de su casa, un gran
El doctorcito de Santa Rosa
clavo de fierro como de una
cuarta de largo al que ataba fuertemente su cabellera para no dormirse, mientras por lareas horas vacaba a la oración, una tabla del primitivo ataúd en que descansaron sus huesos y un poco de tierra de su sepulero.
Hay además un pie flexible del beato Juan Macías y otra reliquia insiene del beato Martín de Porres, contemporáneos de Santa Rosa.
Las principales obras de arte de esta iglesia la constituyen un hermosísimo cuadro de la vireen, rodeada de ángeles, de pincel clásico ciertamente, dos cabezas pequeñas, de la Santísima Virgen y otra del Señor, bastante buenas y la célebre Virgen de Belén que a su extraordinario misticismo y valor artístico aúna el mérito de la historia y del prodigio.
Delante de este cuadro, contaba un día a la santa doña
María de Uzátegui, esposa del contador don Gonzalo de la
Maza (1) los grandes milaeros que Dios hacía por medio de la imagen de Nuestra Señora de Atocha que se venera en Madrid.
“*“Oía Rosa, dice su bióerafo Osende, el interesante relato con los ojos clavados en la imagen que tenían delante, como si estuviera enajenada y absorta. Pero advir- . i tiendo que la religiosa matro-
i AA Í na se apartaba de su asunto
a hablando de otras casas, lla-
Virgen de Belén de Santa Rosa móle la atención diciendo: Pasa adelante, madre múa, pasa adelante: dí todo lo que sabes a este propósito que parece que te olvidas del asunto. Por el tono con que dijo estas palabras y la expresión de su semblante, conoció doña María que algo misterioso había pasado entre Rosa y la santa imagen. Después de complacerla, la interrogó sobre esto, a lo que contestó la Santa sin rodeos ni vacilaciones :
“Mientras tú referías los milagros y portentos de la imágen de Atocha, ésta que tenemos delante, daba señales de aleería extraña, volviendo hacia nosotros sus ojos hermosísimos y haciendo demostración como de querer salirse del cuadro y venirse hacia nosotras. Y el divino Niño que tiene en los brazos y que estaba mamando y dormido, soltó el pecho y volvió el rostro a oir las alabanzas y excelencias de su madre”.
Durante la interrupción el divino Niño volvió «a tomar el pecho, por lo cual Rosa instó a la señora para que continuara su narración a fin de que se repitiera el prodigio, cosa que se verificó, quedando el soberano Niño con el rostro vuelto, tal
(1) Grandes bienhechores de Rosa y en cuya Casa vifió la Santa querida y respetada como una hija. La casa del cristiano contador fué
transformada, más tarde, en lo que hoy es Monasterio de Santa Rosa.
EE a
como se encuentra hoy día; pues, por fortuna nuestra este cuadro precioso y venerado se ha conservado y se venera en
el santuario de la misma santa en el altar del Rosario””.
Plácenos completar la reseña de las reliquias que aun quedan en Lima de Santa Rosa.
En el fondo de la nave derecha de quien entra al templo de Santo Domingo, está el altar de Santa Rosa de Lima, en cuyo centro resplandece una riquísima urna de ébano con guarniciones de plata que guarda el cráneo con varios otros huesos y un mantel de altar bordado por ella misma.
Un poco más arriba y de uno y otro lado del altar, vénse otras dos urnas más modestas, en las que descansan los restos de los beatos Juan Macías y Martín de Porres.
Debajo de la mesa del altar admírase una extraordinaria obra de arte: una estatua marmórea yacente de la santa, obra del cincel maestro de Caraffa, de una naturalidad y de un misticismo encantadores. La contemplación de esta bellísima estatua, trae instintivamente el recuerdo de aquella otra ya célebre aunque un tanto amanerada, de la trasververación de Santa Teresa del Bernini que se conserva en Roma. A través del mármol y no obstante el deleitable sopor y abandonada laxitud que adormece los miembros, siéntese, o mejor, adivínase el palpitar latente de la vida. Fué un obsequio del pontífice Clemente X que canonizó a la santa.
Dos años ha, con motivo del centenario de Santa Rosa, se ha colocado en la pared lateral de este altar un gran cuadro al óleo de un pintor italiano, representando la apoteosis de la santa y del que se ocupó favorablemente la prensa limeña. Como obra pictórica es buena, pero no satisface la composición, sobre todo en la parte superior, harto prolija y simétrica y por ende estudiada y monótona.
Finalmente en la vetusta iglesia de San Sebastián, la parroquia, según entiendo más antigua de Lima, después de la catedral, se conserva la pila bautismal de piedra roqueña, donde fué bautizada la bienaventurada virgen y también el
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beato Martín de Porres, cuyas partidas bautismales tuve la curiosidad y satisfacción de leer en los viejos pergaminos del archivo parroquial.
—¿Y se administra el bautismo en esta pila? interrogué al señor cura.
—Aunque hay otra, me contestó, jamás se niega hacerlo en ésta, cuando se pide. Pero son raros, me añadió, contadísimos los casos que esto ocurre. Lo que viene a confirmar la escasa devoción que hay por la santa de Lima.
Una bula de Paulo 111 que data de 14 de mayo de 1541, constituyó la diócesis de Lima, con el título de San Juan Evan: gelista, siendo su primer obispo fray Gerónimo de Loayza. En 1545 fué elevada a la categoría de arquidiócesis y regida por Santo Toribio de Mogrovejo, llamado con razón, por su celo, prudencia y virtudes apostólicas y más que todo por sus sínodos diocesanos y concilios provinciales, ajustados a las normas tridentinas, por los que se rigieron las demás diócesis de América, el padre de la iglesia americana.
La suntuosa catedral que reemplazó a la primitiva iglesia, construída a raíz de la fundación de Lima, fué consagrada el 1.” de octubre de 1625 por el arzobispo Ocampo, habiendo durado noventa años su construcción, con varias interrupciones introducidas en los planos primitivos. El soberano español mandó se desenterraran los restos del conquistador Pizarro que descánsaban en el contiguo cementerio y se trasladaran a la mueva catedral. El terremoto de 1746 convirtió el eran” dioso monumento en un montón de ruinas. La actual catedral edificada en 1758, si no tan rica y espléndida como aquélla, es sin embargo uno de los mejores y más imponentes monumentos arquitectónicos de América.
Este hermoso y amplísimo templo cuya fachada y torres han popularizado ya los grabados, consta de tres espaciosas naves, cada una con nueve esbeltísimos arcos, y además diez capillas laterales, cinco de ca-
da lado, con las que vendrían a
Catedral de Lima
ser cinco naves.
En una de éstas descansan los restos del conquistador Francisco Pizarro, visibles hoy y perfectamente momificados en una urna o sarcófago de mármol con tapa de cristal. Su esqueleto revela haber sido alto y de una estatura poco común. Se señala aún en el cuello una como ligera cisura que parece descubrirse y que, según dicen, es la huella de la feroz estocada qué
recibiera.
Conocidas son en la historia las rivalidades y discordias habidas entre el marqués de los charcas don Francisco Pizarro y su compañero de conquista el adelantado y gobernador de Chile don Diego de Almagro. Muerto éste en la horca y confiscados por Pizarro los bienes de los almagristas, subió de punto el malestar y la división, al grado que, mientras Cristóbal Vaca de Castro, enviado por la corte española con plenos poderes para residenciar a Pizarro y arreglar las cosas del Perú, llegaba desde Panamá a Lima, los almagristas resolvieron jugar la última partida asesinando a Pizarro.
Supo éste por diversos conductos lo que se preparaba, pero de nada se percató, fiado en el terror que inspiraba su nombre.
Llegó así, dice un autor, el domingo 26 de junio. Hacia el
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mediodía invadieron repentinamente el palacio de Pizarro, 19 conjurados, dirigidos por Rada. Hallábase el marqués gobernador en uno de los salones, en tertulia con varios amigos, cuando entró un paje gritando: Los de Chile vienen a matar « ma señor. Huyeron los que a éste acompañaban. Sólo quedaron a su lado su hermano Martín de Alcántara, Juan Ortiz de Zárate y dos pajes. A pesar de sus años Pizarro se batía con los bríos de la mocedad y los conjurados no lograban pasar el dintel de una puerta defendida por el marqués y sus cuatro compañeros. A tiempo que Pizarro hería a uno de sus enemigos, empujado sobre él por Rada, Martín de Bilbao, dió enel cuello una estocada (en el pecho, según otros) al conquistador del Perú. Este sólo pronunció una palabra: ¡Jesús! Al caer hizo con el dedo una eruz de sangre en el suelo y la besó. Entonces Juan Rodríguez Barragán le rompió en la cabeza una garrafa de barro de Guadalajara y Pizarro exhaló el último aliento. Por la noche, dos humildes servidores del marqués lavaron el cuerpo, le vistieron el hábito de Santiago, sin calzarle las espuelas de oro, que habían desaparecido, abrieron una sepultura en el terreno que hoy ocupa la catedral de Lima y enterraron el cadáver. Encerrados en un cajón forrado de terciopelo con broches de oro se conservaron los huesos de Pizarro hasta que en julio de 1884 fueron trasladados a la capilla de los virreyes.
Así acabó sus días aquel excepcional aventurero y famoso conquistador, hijo bastardo de Gonzalo Pizarro, que apenas si sabía garabatear su firma, pero a quien le sonrió la fortuna como a ningún otro, vistió el hábito de los Caballeros de Santiago y era apellidado el Gran Marqués y fué adelantado, gobernador y capitán general de todo el territorio de la Nueva Castilla por él conquistado. ¡Oh! el triste fin de los predilectos
de la gloria. ¡ Cómo meteoros fugaces alumbran por un momento
el escenario del mundo y se extinguen para siempre!
Pero volvamos a la catedral. El coro de canónigos que antes
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ocupaba, a estilo de España, el centro de la nave principal,
ha sido, con inmejorable acuerdo, trasladado a la parte superior. Aunque regla su sillería, tallada en cedro y caoba con innumerables, artísticas estátuas y ostentando por la parte exterior hermo- Coro de la Catedral
sos lienzos, no puede rivalizar a mi juicio, con la más pequeña pero más valiosa sillería de la catedral del Cuzco.
Las reliquias de Santo Toribio que se conservan en esta ielesia son: el cráneo intacto, dos tibias, varios huesos sueltos, dos sandalias, una casulla, un sombrero, la bula de canonización, una piedra ara, la consueta de la catedral, varias cartas y documentos en el archivo capitular referentes a su ordenación sacerdotal y consagración episcopal. Y, en la iglesia de Santa Clara está su corazón y un ornamento sagrado.
El tesoro de esta catedral, a pesar de su rica y valiosa custodia y de algunos cálices de mérito, no corresponde ni a su importancia ni a su celebridad. Guarda en cambio pinturas muy valiosas y artísticas.
En la iglesia del Sagrario adosada a la catedral, que hace de parroquia y en donde descansan los restos del arzobispo virrey don Melchor Linán y Cisneros, hay dos espléndidos cuadros de Murillo, representando uno a San Joaquín, Santa Ana y la Virgen niña y otro la presentación del Niño Jesús al templo. ¡Lástima que la excesiva altura a que están ceolocados, no permita apreciarlos y deleitarse en ellos con el dominio y quietud estética que uno quisiera!
No inferior a éstos sino superior y probablemente del
mismo insigne artista, hay en la sacristía, juntamente con otros
varios cuadros de mérito, una visitación de la virgen a Santa Isabel, que es una eximia y acabada obra de arte. En la sala capitular, vénse, entre otras pinturas, una Inmaculada bastante buena, de autor desconocido, obsequio mandado por Carlos V a esta iglesia catedral y en la biblioteca capitular no menos de doce pequeños cuadritos, unos en tela y otros en bronce, lo mismo que un gobelino, de medianas dimensiones, de la Virgen con el Niño, de no escaso mérito. De este último, colocado a una respetable altura, nadie sabía ni sospechaba su clase; se le creía uno de tantos cuadritos antiguos, apagados y velados por el polvo de los años. Fué menester que este curioso rebuscador de cosas viejas y artísticas llegara allí a revolverlo todo y provisto de escaleras y de sillas y apoyado en dos fornidos compañeros, se trapara, no sin peligro, hasta examinar de cerca la pequeña joya y decirles lo que allí tenían. Y pase, en obsequio al arte, la menguada vanidadcilla, de este impenitente aficionado a cosas artísticas y bellas.
Santo Domingo. Templo y claustros de los más antiguos de Lima, muy dignos de visitarse. En sus mejores tiempos, el convento fué ciertamente regio: lo dicen esos claustros espaciosos y vetustos, las pinturas, artesonados y azulejos del siglo XVII, las salas, escaleras y pasadizos que aun cuentan, en el estado de deterioro que hoy se encuentran, grandezas de otras edades, restos magníficos de lo que fuera el primer local de la aniversidad de San Marcos.
La sola entrada a la casa ya predispone favorablemente el espíritu, porque se sienten auras y como aliento de pasados siglos. Traspuesta la portería se admira un amplio y espacioso vestíbulo o salón, un tanto oseuro y tétrico, pero de espléndido artesonado tallado en cedro, digno de una catedral antigua. Luego aparecen los macizos, pesados claustros, llenos de luz,
con sus arcadas superpuestas y en cuadro, elevados zócalos de vetustos, destenidos azulejos castellanos, sello peculiar de la magnificencia hispana y pinturas y lienzos y marcos y artesonado muy deteriorados ya por la acción del tiempo. Felizmente se estaban restaurando los techos y artesonados del segundo» piso, ya en estado de deplorable ruina.
La célebre universidad de San Marcos la primera del nuevo mundo, fundada en 1551, tuvo en esta casa su iniciación y primera sede. La actual sala capitular, hermosa, amplia y artística, muestra todavía, a más de la tribuna del virrey la otra, imponente y espléndida y de exquisita talla, que ocupaba el que había de defender las tesis en los actos públicos universitarios, tan sonados otrora, rumbosos y formulísticos.
En el centro de esta sala hay una escalera que conduce a la antigua cripta, donde descansaron, durante los primeros catorce años después de su muerte, los restos de Santa Rosa de Lima.
Las mejores obras de arte que posee la iglesia, están en la sacristía adornando el vestuario de madera que la rodea en giro. Son pinturas antiguas, de autores desconocidos, pero de un mérito excepcional algunas de ellas. La mejor, sin duda alguna, es un San Francisco a quien otro religioso está curándole la mano, de un empaste, colorido, dibujo y unción acabados. Es digno del pincel de Van Dyk. Síguele en mérito artístico un cobre de San Antonio con el Niño, hermosísimo y de clásica factura. Y luego, un San Juan Bautista, un San Jerónimo, un San Agustín, en cobre; un Santo Domineo, una Virgen con el Niño dormido y una Santa Rosa, en tela. Ocupa el lugar de honor un gran lienzo moderno de Samanez, pintor peruano contemporáneo, representando una caída del Señor, de buen colorido y regular composición. Otros dos enormes lienzos del mismo autor, uno de Santa Catalina, de factura exageradamente modernista y que pide a gritos mayor suavidad y unción, y la impresión de las llagas de San Francisco, el otro, de admirables efectos de luz y de perspectiva, en la parte baja, contras-
tando con el colorido fuerte y chillón de la superior, adornan las paredes de ambos lados del altar mayor. Los dos altares dignos de notarse en esta iglesia son el de Santa Rosa que ya mencionamos en otro lugar y el de la Santísima Vireen del Rosario—a la que tanta devoción le tiene la sociedad limeña—que ocupa el fondo de la nave izquierda de quien entra. En el centro se venera su milagrosa imagen | de vestir, la predilecta de Santa Rosa de Lima, ante la que oraba rendida esta alma angelical y recibía tantas gracias y | favores de merecer un día celebrar sus desposorios con el gracioso Niño Jesús que tiene en sus brazos.
A los lados del altar hay dos pinturas ovaladas antiguas, una de Santa Rosa y otra de la Virgen de los Dolores, bastante buenas; y muy cerca del mismo un gran lienzo, de los desposorios de la santa virgen, de no escaso mérito, al parecer, pues | la escasa luz que lo baña y el estado de deterioro en que se en- | cuentra, no permiten apreciarlo debidamente.
San Francisco el Grande. De tres naves, sovera fachada y
torre, es uno de los mejores templos de Lima. Diz que costó 2.000.000 de duros. El principal claustro del espacioso convento (una parte está actual mente ocupada
por «el Seminario) guarda toda la maenifiÁ EE a . cencia y caráetad ter de su primitivo estilo que aun per: manece intacto.
Las paredes, en su parte baja, están, como el de Santo Domingo, decoradas de azulejos y las entalladuras del techo son también de gusto y mérito,
En el templo lo más dieno de señalarse en materia de arte
Iglesia de San Francisco
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y prescindiendo del monumento arquitectónico en sí mismo, es el valioso coro tallado en cedro con 38 estatuas, cuatro medallones (pinturas) antiguos de San Francisco Solano, el vestuario de la sacristía tallado y dorado con pequeñas esculturas de santos y una eruz con regio pedestal, de exquisita obra de mano, altos relieves de bronce e incrustaciones de nácar.
El altar del fondo de la nave izquierda está dedicado a San Francisco Solano. En él se venera el cráneo del santo, un hábito y otras reliquias más.
En lo que actualmente es noviciado (antes enfermería) está la celda donde murió el Santo convertida en capillita. Fuera de una eran cruz ante la cual oraba, colocada en un microscópico desván contiguo, no se conserva aquí nineún otro recuerdo de este eran apóstol de América.
Sobre el modesto altar, se guarda en cambio el cráneo de otro varón ilustre por sus virtudes y extraordinarios prodielos, del venerable hermano Gómez que atendió en la última enfermedad al santo. Son innumerables los milagros que hacía este hermano lego, econ sencillez y naturalidad verdaderamente encantadoras. Véase la muestra. Como San Francisco sufriera en su última enfermedad una singular inapetencia, díjole un día el hermano Gómez: Pero hermano
rancisco, dígame siquiera al-
guna vez qué le apetece tomar,
Fachada de la Iglesia pues así no podemos seguir de lla Bees
adelante. A lo que San Francisco, sonriendo dulcemente y como quien deseaba chancear, le dice: Tomaría de buen grado unos pescaditos frescos. Al oir esto, sale de la celda, da unos cuantos pasos al patio contiguo y vuelve trayéndole lo que deseaba
el Santo. Como éste, innumerables otros constan en la vida del
venerable hermano.
Como San Francisco son también muy dienos de visitarse La Merced, hermoso templo de tres naves, San Agustín, San Pedro y la iglesia de Belén. Diremos aleo sobre los tres últimos.
San Agustín. La fachada de piedra tallada de este templo, es lo mejor que tiene: es todo un encaje, la mejor en su género que hay en Lima. Aunque un tanto recargada, muestra sin embargo, los primorosos trabajos que se hacían en la mejor época colonial.
La sacristía se distingue por su valioso y elegante vestuario con ricas entalladuras y buen número de estatuas de más de un metro de alto que lo exornan. Tiene además catorce cuadritos sobre cobre, traídos de Roma, muy buenos y dos lienzos de mérito, una Sagrada Familia y una Virgen con el Niño, de mérito. En un pasadizo contiguo a la sacristía guárdase una estatua de madera, obra de un borracho del siglo XVII, harto original y de mérito no vulgar. Representa un indio con su flecha de extremada magreza, ostentando sus huesos y piel, único que le queda, pero recio, ágil y vibrante y de eran expresión en su diabólica mirada.
Los claustros de la planta baja del convento vénse tapizados de cuadros de la vida de San Agustín, antiguos todos pero vulgares,
En el saloncito de visitas hay una Inmaculada y otra tela más, bastante buenas y recomendables. En la capilla interna que era antes la sala capitular, hay cuatro cuadros antiguos de gran mérito, econ episodios de la vida del santo Doctor.
Iglesia de Belén. Era ésta la iglesia Recoleta de la Merced y toma su nombre del alto relieve dorado que está en el centro del altar mayor y representa el nacimiento del Niño Dios.
Es una iglesia relativamente pequeña, de una nave que hace de capilla del colegio anexo de niñas, dirigido por las hermanas de los Sagrados Corazones y que cuenta alrededor de 400 entre internas y externas.
Tiene ocho altares, de color oscuro, tallados en cedro, con una profusión y maenificencia tal de columnas salomónicas, calados, capiteles, volutas, tímpanos, adornos y motivos de toda clase y trabajados con tanta delica-| deza y primor que aturden.
Toda deseripeión de este verdadero joyel, de este típico encaje filieranado de madera, se
hace imposible y hay ne- La Iglesia de los SS. CC. Belén, Lima
cesidad de verlo para formarse una idea. Es lo mejor de lo mejor, lo más proporcionado y más bien conservado en su género que he visto durante mi lareo viaje por América. Y con esto creo haber dicho todo.
San Pedro. Aquí como en todas partes, la acción de los jesuitas se dejó sentir poderosa e intensa desde los primeros momentos de su llegada en 1567, sobre todo en la fundación de escuelas y colegios y construcción de templos y edificios notables.
Tuvieron en Lima cuatro casas: el Colegio Máximo de San Pablo, ocupado hoy, parte por la biblioteca nacional, (1) parte
(1) Fundada por el General José de San Martín el 21 de agosto de 1821, con 11.256 volúmenes en su mayor parte procedentes de las bibliotecas de los Conventos, y por ende, en su mayoría €s tos en latín. Cuando Lima fué ocupada por el ejército chileno, la Biblioteca poseía 40.000 volúmenes y algunos manuscritos de gran valor. La mayor parte, según se dice, fué llevada a Chile y la Otra vendida públicamente en Lima por precios irrisorios. Hoy cuenta más de 50.000 volúmenes, conseguidos Dios sabe cómo y gracias a la acción tesonera de su Presidente el insigne-literato - D. Ricardo Palma que pudo así restaurar la valiosa Colección. Las generosas donaciones del Smithsonian Institute de Wáshington y otras naciones como Hspaña, Ecuador, Argentina y también de persomas particulares, han contribuido a este feliz resultado.
por la escuela normal de señoritas (1) y otra tercera sección por el colegio y escuela de artes y oficios de mujeres, perteneciente al estado, pero dirigido por las hermanas del Buen Pastor; el Colegio de Nobles (internado, llamado también de Caciques), donde se educaba la nobleza incásica, que hoy sirve : de palacio de justicia, a corta distancia del Colegio Máximo, el noviciado, actual universidad de San Marcos y el Colegio de Externos, convertido hoy en la dirección, oficinas y dependencias del estado mayor.
Esta sencilla enumeración, me trae a la memoria, por una lógica asociación de ideas, el revuelo parlamentario ocurrido en las cámaras canadienses en 1892. El valiente diputado don Honorato Mercier se levantó un día y preguntó a la cámara si era digno que el gobierno continuara detentando propiedades ajenas. Como se le contestara que nó, probó hasta la evidencia que el estado, sin título alguno tenía las que pertenecieran a los jesuitas y debía en consecuencia devolverlas. Huelga decir la polvareda que aquella actitud resuelta levantó en las cámaras.
Resultado final que el gobierno, con una nobleza y justicia que altamente le honran, hizo un arreglo equitativo con los verdaderos dueños y les entregó, en carácter de indemnización, cuatro millones de dólares.
¡Qué ejemplo para los demás gobiernos, incluso el de mi patria!
Hoy los jesuitas tienen dos casas en Lima: una Residencia que atiende la antigua iglesia de San Pedro, por ellos edificada y el Colegio de la Inmaculada (2) levantado a sus expensas y que, juntamente con la incipiente Universidad Católica y los bien montados colegios que regentan los padres domínicos, agustinos, de los Sagrados Corazones (Picpus) salesianos y del
(1) Regentado con gran competencia y aplauso por las Madres del Sagrado Corazón. El Gobierno, a quien pertenece, asigna cien becas que se distribuyen entre jóvenes de todos los Departamentos, pues, de aquí salen todas las maestras normales del Perú. Hay también alumnas pensionistas particulares. Además, en secciones distintas tienen estas Reverendas Madres un Colegio externo con 200 niñas, y otro gratuito con 300, ocupando todas la parte del local que fué Colegio Máximo.
(2) Siempre recordaré con gratitud los cuidados y finezas que me dispensaron los Padres Jesuítas, tanto en este Colegio, como en el de San Calixto de La Paz.
Inmaculado Corazón de María que dirigen el seminario central, gozan de todo el prestigio y consideración de la sociedad católica limeña.
La iglesia de San Pedro de sobria y elegante fachada, es notable por la elevación de sus naves y por el decorado espléndidamente esculpido en sus partes altas, no menos que por sus retablos y reliquias. Es considerado como uno de los mejores monumentos arquitectónicos de Lima, construído probablemente sobre los planos del hermoso templo del Gesú de Roma, al que erandemente se parece.
En su interior los objetos de más mérito son: una bellísima y artística estatua amtieua, en madera, de San Francisco de Borja y los tres retablos, del altar mayor y laterales del erucero, distinguiéndose por su solidez y severidad uno de éstos, dedicado a San Ienacio.
La sacristía es también notable por su vestuario de buena talla, su decorado antiguo y abundancia de lienzos, si bien éstos no se distineuen como obras de arte.
La capilla de tres naves llamada de la Penitenciaría, adosada al templo, es un delicado joyel arquitectónico y un museo de pinturas, aleunas de ellas notables, en especial un gran Descendiento, de composición, diseño y colorido espléndidos.
Pero todo palidece ante el riquísimo tesoro de reliquias que posee el templo mismo de San Pedro, por este concepto ciertamente el más célebre de América y uno de los más ricos del mundo. Los datos auténticos acerca de estas reliquias están consienados en un opúsculo intitulado: “El tesoro de San Pedro de Lima””, del que tomamos lo siguiente:
““Sabida es la dificultad con que se conceden las reliquias insignes y mucho más los cuerpos enteros de los santos. La historia eclesiástica nos muestra cómo esas peticiones han sido negadas a veces aún a las personas de la más alta alcurnia, los mismos reyes. Baste recordar cómo, aunque con palabras suavísimas y paternales, negó el insigne pontífice, San Gregorio Magno, a la emperatriz Constantina Augusta la cabeza de San Pablo o alguna otra parte del cuerpo del apóstol y su
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sudario, que ella solicitó para colocar tan preciosas reliquias en el templo que a la gloria del apóstol, estaba construyendo su augusto esposo, el emperador Mauricio.
Pues bien: veamos cómo se portó la santa sede, tratándose de nuestra querida América. Hacía poco que la Compañía de Jesús había entrado en estas reviones occidentales, cuando, a la simple petición de un pobre sacerdote de la Compañía, el padre Hernando Solier, rector que era de la Penitenciaría de la basílica de San Pedro, el maenánimo pontífice Gregorio XIII le expedió, en 13 de junio de 1572, un breve para sacar de cualquiera 1glesias o monasterios de dentro y fuera de Roma cualesquiera reliquias con orden que las enviase a las
provincias occidentales ¡Qué generosidad tan espléndida la del
Altar de las Reliquias, San Pedro
Vicario de Jesucristo para con nosotros! ¡Qué amor y aún me-
jor, qué predilección de la santa sede por nuestro mundo americano !
Los padres de la Compañía de Jesús aprovecharon bien esta extraordinaria concesión del sumo pontífice. Hicieron de San Pedro de Lima una de las iglesias más ricas en sagrados cuerpos y reliquias insignes que hay en el mundo. Trajeron en diversos viajes no sólo los que aparecen en el siguiente catálogo y hoy existen, sino además otros doce cuerpos de santos y cuatro reliquias insignes, que por los trastornos de los tiempos han desaparecido ”?.
Hemos tenido la prolijidad de contar en el catálogo auténtico el número de reliquias que, con sus nombres respectivos ; en urnas innumerables se veneran en il altar y retablo derecho del erucero y que, dicho sea de paso, fueron reconocidas y apro-
badas por el ilustrísimo señor don Pedro de Villagómez, arzobispo de Lima. Existen actualmente nada menos que 45 sagrados cuerpos íntegros, 9 cabezas y más de 60 reliquias insignes, de brazos, fémures, tibias, manos, etcétera, de santos mártires.
¡Todo un tesoro espiritual, como se ve, ni siquiera sospechado existente en la ciudad de los Reyes!
Los amantes más que de obras artísticas de antigiiedades incásicas y de objetos y muebles de la época colonial y de la independencia, pueden entretener sus ocios y satisfacer sus predilecciones en el museo nacional y en el museo particular de don Javier Prado y Ugarteche.
El primero instalado er los altos del Palacio de la Exposición a la entrada d: parque y Paseo Colón, tiene su importancia más que po” la escasa sección pictórica, |
por las muchas momias y los curiosos trabajos de alfarerí: y de tejidos del tiempo de lo
incas, de que es ciertament: rico.
Despierta asimismo gran
p A CA e Muestra de armario colonial con interés histórico la colección incrustaciones de nácar
de objetos del tiempo de la independencia v. e. la mesa donde el general San Martín firmó en Huarás los primeros decretos de gobierno, las espuelas de Bolívar, el catre de campaña del general Sucre, etcétera y sobre todo los de la época colonial, como ser, la primera eruz que alzaron los conquistadores en Tumbes, la primera eruz que se plantó también en la funda-
ción de Lima, la primera pila bautismal usada en esta ciudad, un magnífico espécimen de tribuna o baleón morisco calado y delicadamente tallado, a mano, en perfecto estado de conservación, el espléndido carruaje rojo y dorado con las armas de Torre Tagle esmaltadas, en el que el gran marqués hizo su viaje con magnificencia regia por el país de los incas, ete.
Del mismo rumboso marqués se conserva en Lima su señorial mansión, llamada la Casa de Torre Tagle, única muestra, perfectamente conserrada, de los antiguos palacios y que da una idea acabada de la sobriedad y lujo principesco en escaleras, salones, decoración y artesonado de la nobleza hispana. Adquirido últimamente por el gobierno y regiamente
Casa de Torre Tagle
aderezado con muebles coloniales, sirvió de alojamiento al embajador inglés Mister Bunssen, quien no supo disimular la íntima satisfacción recibida por un tan suntuoso y real hospedaje.
Muy digna de conocerse es también la valiosísima colección del actual rector de la universidad de Lima, un intelectual de cepa, don Javier Prado que tiene convertida su gran mansión solariega en un verdadero museo. Allí se ve de todo, desde los quipus y momias hasta las finísimas telas, utensilios y vasos incásicos y preincásicos, desde el sencillo taburete, hasta el aristocrático sillón de esmeradísima y delicada talla, cofres, armarios, marfiles, objetos de plata cincelada y repujada, pinturas antiguas y marcos de gran mérito, mesas, espejos, consolas miniaturas y mil otras antigiiedades y obras de arte, distribuídas y ordenadas con criterio y gusto artístico de un verdadero entendido, en las varias piezas y salones de la casa.
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Llama la atención además del pequeño oratorio doméstico, en el que todo, altar, imágenes, muebles, cuadros y adornos, respira antigiiedad, arte, belleza y recogimiento, un regio juego de muebles, fileteados de bronce, compuesto de 16 piezas, cada una de las cuales ostenta una decoración distinta en las figuras y motivos del chapeado. Es digno de adornar un palaelo real.
Amante y cultor de las letras el señor Prado, posee asimismo una muy rica biblioteca en la que abundan obras antiguas y rarísimas, especialmente en la sección historia, juntamente con aleunos incunables y tres erandes álbums repletos de documentos originales de los tiempos de la conquista, del virreynato, de la independencia y de la república, incluso aleún autógrafo del emperador Carlos V.
Mientras esto escribo aparece en “La Razón”? de Buenos Aires, correspondiente al 26 de agosto de 1919, que casualmente ha llegado a mis manos, el siguiente artículo que gustoso reproduzco, por el interés que despierta y porque vendría a confirmar la superior cultura de las razas precolombianas que habitaron el Perú. Dice así:
LA INGENIERÍA ENTRE LOS INCAS ¿Un túnel que atraviesa los Andes?
La ciudad de Huaraz, en el Perú situada en las estribaciones de los Andes a más de 3.000 metros de altura sobre el nivel del mar, es una de las poblaciones peruanas que mayores recuerdos conserva de la antigua civilización incásica.
Supónese, por los estudios practicados y por las huellas que aun quedan que en remotísimos tiempos, anteriores aun al predominio de los incas, partía de esta ciudad un camino militar estratégico, que pasando bajo el macizo de los Andes,
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iba a terminar a unas 25 leguas en dirección Este, en las proximidades del famoso castillo de Chavín.
El camino comenzaba por una eran arquería de piedra que, partiendo de las orillas mismas del río Santa, subía al seno de Pumacayán, hecho artificialmente, pasaba luego bajo las aguas del río Auqui, llegaba a la altura de la aldea de Coyllur (Estrella) y se dirigía resueltamente al macizo de Quilquehuanca, donde parecía perderse. Pero en estos últimos tiempos, diversos trabajos de exploración arqueológica, han logrado establecer que el camino en cuestión perforaba los Andes, a la manera de un eran túnel, pues al lado Oriental del Quilquehuanca se ha encontrado una galería subterránea que, como una prolongación del sentido en que iba la de Huaraz, se extiende hasta el castillo de Chavín.
Quiénes practicaron este camino y cuál fué el propósito que presidió a la construeción de esta obra tan gigantesca y atrevida, son hechos que permanecen en el misterio. Se conjetura únicamente que sus constructores fueron los huancas, pueblo rival y enemigo de los quechuas y que no debe ser confundido con éstos. Por espacio de muchos siglos los huancas que, según se cree provenían del Norte, lucharon contra los quechuas, procedentes del Sur, en épicas euerras que forman parte del período semi-mitológico de la historia de los incas. hasta que vencidos finalmente por los quechuas, fueron sus territorios absorbidos poco a poco en el vasto imperio del Tahuantinsuyu.
Del monumental camino subterráneo sólo se conoce hoy el punto de partida, en el lado occidental de la cordillera y su terminación, sobre el lado oriental. Ningún arqueólogo se ha atrevido a proseguir su exploración dentro del macizo mismo del Quilquehuanca, por creerse que se encuentra obstruído por derrumbamientos que hacen pelierosa toda Investigación.
En cuanto al llamado “Castillo de Chavín””, uno de los más notables monumentos de los huancas, hoy sólo se compone de ruinas, pues a la acción natural del tiempo se ha unido la obra demoledora de los buscadores de tesoros. Las piedras gi-
e a
vantescas han sido partidas a cincel y dinamita y el castillo, sepultado bajo una densa capa de tierra y escombros, sólo exhibe ahora una reducida entrada y no se puede explorar más que dos o tres estrechos pasadizos, pues las aguas del río Chavín que corren por encima de las ruinas han producido en él grandes derrumbamientos.
El día en que con mayores conocimientos arqueológicos y más abundantes recursos, se emprenda la exploración científica de este camino subterráneo, se podrá tal vez poner en claro aleunos misterios relativos a estos antieuos pueblos y demostrar cómo los primitivos pobladores de América habían resuelto, muchísimos sielos antes que los europeos, uno de los más arduos problemas de ingeniería, practicando gigantescos túneles que atraviesan altas montañas.
Una nota sensacional tendrán los amantes de la historia el día que se conozca perfectamente documentada, en varios volúmenes, la ejecutoria de nobleza del descendiente directo de los incas, que puede que viva y aliente entre los mortales del Perú y que puede haber sido conocido también y tratado con intimidad por el que esto escribe y cerciorádose a ciencia cierta de la antedicha documentación.
y que embellecen este privilegiado país.