Aromas de América · Capítulo real 17 de 24

CAPÍTULO XXIX

Texto completo de esta unidad literaria, reunido aunque el lector la divida en 1 tramo técnico para mejorar el rendimiento.

CAPÍTULO XXIX

Desde el Callao a Valparaíso. — Una advertencia previa. — Árica y su Morro. — El tratado de Ancón. — Cómo se podría solucionar el pleito chileno-peruano. — Asistencia espiritual. — La región del salitre y la guerra del Pacífico. — La ciudad de Y quique. — Antofagasta. — Coquimbo.

Para quien ha recorrido Perú y Bolivia en viaje de obligado descanso, pero recogiendo de paso recuerdos y tradiciones y observando, en fuerza de hábitos ya contraídos y de cariñosas predilecciones, monumentos y obras de arte de la época colonial, rastros y huellas luminosas de la civilización incaiea y ¡preincaica, Chile, con ser un país más adelantado que aquéllos, no reviste mayor importancia, desde este punto de vista. De consiguiente y a pesar del interés que despiertan sus progresos, psicología de sus habitantes, clima, producciones, riquezas, hábitos, costumbres y elevada cultura de su distinguida aristocracia, no entra en el plan general que me había propuesto al trazar estos recuerdos de viaje. Y no entra precisamente porque si bien de característica y modalidades muy definidas y propias, no guarda monumentos de otras edades que condensen y hagan aspirar de lleno el aroma del pasado. Sus progresos y adelantos con sus más y sus menos, están dentro del mismo marco de los nuestros. Cabe. pues, dar de él, sólo una idea general, enfocando en mirada panorámica y de conjunto una u otra ciudad de las muchas que he visitado

Desde el Callao a Valparaíso se podría hacer el viaje en cuatro días, pero como el vapor va tocando los puertos principales, Mollendo, Arica, Yquique, Antofagasta, Coquimbo, de hecho emplea el doble.

Por lo general toda la costa del Pacífico hasta Coquimbo es de una aridez desoladora.

Arica, población de 4 a 5 mil habitantes que desde la época colonial perteneció al Perú, hoy como es sabido, continúa en poder de los chilenos juntamente con Tacna, las provincias ““cautivas?”, como las llaman los peruanos, y por cuya redención bregan sin cesar y hasta hoy todavía sin éxito. Por ¿aleo sin duda, grabaron los chilenos al pie de la estatua que erigieron allí a Vicuña Mackenna, la siguiente susestiva ins eripción: “No soltéis el Morro””.

Y el célebre Morro está ahí, erguido a pique sobre el mar, a 268 metros de altura, como un enorme cetáceo que sufriera a desgano la pesada artillería chilena y que no se percata de

contar al viajero la hazaña Ma heroica de Bo- | lognesi, Moore, Ugarte, Blondel y tantos otros que al frente de una guarnición de 1.600 hombres contra sie-

te mil chilenos, prefirieron mo- El Morro de Arica rir como buenos, antes de arriar su bandera el 7 de junio de 1880.

Harto conocidas son las cláusulas del tratado de Ancón, a raíz de la guerra del Pacífico. Por él cedió el Perú a Chile Tarapacá como indemnización de guerra y las provincias de

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Tacna y Arica por diez años, al cabo de los cuales debía celebrarse un plebiscito para saber a quién correspondería definitivamente, obligándose el agraciado a entregar a la otra parte una suma determinada de millones de pesos; plebiscito que por no haberse prefijado de antemano la forma en que debía hacerse, no se ha realizado hasta la fecha, culpando el Perú a Chile y éste a aquél como responsable de impedir el cumplimiento de aquella cláusula.

He tenido oportunidad de presenciar manifestaciones en uno y otro país en momentos críticos de tirantez de relaciones, de exaltación y de apasionamiento patriótico y puedo asegurar que la sensación recibida es, por parte de Chile, la idea unánime de retener para siempre esas provincias y del Perú la obsesión del desquite y redención de “las cautivas””, salvo un corto número de personas de sienificación que preferirían la paz y la tranquilidad de la nación, a esos mismos territorios que podrían cedérsele, una vez para siempre, al adversario.

Es de lamentar ciertamente este estado de cosas y este espíritu belicoso que sólo pueden engendrar odios en dos naciones hermanas que ganarían inmensamente más solucionando el odioso pleito de una manera amistosa, aunque hubiese pérdidas de orden material. La paz y armonía para poderse entrevar de lleno, ambas, a la explotación tranquila de sus grandes riquezas, valen mucho más que las dos discutidas provincias. ¿Mas cómo salvar, se dirá, el honor nacional? El honor nacional quedaría para unos y otros intacto, a nuestro juicio, £l ambos de común acuerdo, cedieran sus derechos a un tercero en discordia, a Bolivia, por ejemplo, que necesita y que reclama, como el aire para sus pulmones, un puerto sobre el Pacífico que la redima de la asfixia y del embotellamiento obligado en que se encuentra, obligándose ésta, como es claro a indemnizarles lo que fuese necesario. Y, aunque Bolivia por su postración económica, llegara a pagar tarde, mal y nunca, todavía, entendemos, sería una ganancia para Perú y Chile este corte noble, generoso y caballeresco, antes de continuar viviendo con el arma al brazo, en un ambiente de recelos, odios y rencores

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que esterilizan energías fecundas harto necesarias para el trabajo tranquilo y profícuo de sus riquezas, forestales, agrícolas y ganaderas.

Las provincias de Tacna y Arica dependían en lo espiritual del obispo de Arequipa y continuaban, aún después del tratado de Ancón, atendidas por el clero de esta diócesis. Pues bien, el gobierno chileno creyó ver en los sacerdotes peruanos agentes poco favorables a la chilenización de las mismas y en años anteriores expulsó a todo el clero peruano de aquella región. La Santa Sede, para proveer a la atención espiritual de esos fieles, sin prejuzgar en la materia, ni sujetarlos a la jurisdicción del episcopado chileno, dió jurisdicción direeta a monseñor Edwars, vicario castrense y superior eclesiástico de las fuerzas de ocupación de esas provincias para que, a nombre de la Santa Sede, pudiera llevarles los auxilios espirituales. Empero, esos fieles, al decir de los peruanos, se muestran refractarios a cumplir sus deberes religiosos, econ sacerdotes chilenos y muchos son los que difieren tan sagradas obligaciones, cual es la recepción de los sacramentos, hasta tener oportunidad de hacerlo con sacerdotes connacionales suyos, lo que de ser exacto, acusaría una desviación exagerada y harto dañosa para los intereses cristianos de aquellas provincias.

La zona exclusivamente mineral de Chile, comprende las provincias de Tacna y Arica, Tarapacá, Antofagasta y parte de Atacama. Es la región del salitre que Chile, conquistó después de la guerra de 1879. Se ha dicho de ella, escribe Jorge Fernández Pradel, que es un inmenso laboratorio químico, porque no hay allí nineún mineral que deje de encontrarse. En estas condiciones no es extraño que acuda allí la vida y el trabajo a pesar de lo ingrato de sus tierras que hicieron llamar a esta región por Diego de Almagro y los conquistadores: “País de la desesperación y de la muerte”?

La vegetación mula de las tierras bajas de la costa, la se-

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quedad extrema del clima, la falta de ríos y de lluvias y las cordilleras de Tarapacá y de Antofagasta que se alzan uniformes redondeadas, macizas y calvas, han impreso un sello característico de esterilidad abrumadora y desesperante. Salvada en dos horas de ferrocarril la distancia que media entre Y quique y Antofagasta y las cimas visibles de la cordillera, se da con una zona más árida si cabe, la zona típica de desiertos arenosos que ocupa el Norte de la República entre los paralelos 19 y 26 de latitud y precisamente al borde del llano longitudinal, se encuentran los yacimientos llamados calicheras, los depósitos o minas de salitre (nitrato de sodio) que constituye hoy por hoy el principal fundamento de la riqueza pública y privada de Chile. Baste decir que el 75 olo del valor de todas sus exportaciones está constituída por este renglón del salitre.

Fué esta región del salitre la que desató la guerra del Pacífico (1879-1883). Chile sólo poseía la parte meridional, o sea Taltal, pero Bolivia se había comprometido por el tratado de 1874 a no aumentar durante 25 años, en la zona comprendida entre los paralelos 23 y 24, los derechos de exportación en vigor y a no imponer nuevas contribuciones a las personas, industrias y capitales chilenos en esa zona. Bolivia desentendiéndose del compromiso, eravó en 1878 las exportaciones de la compañía chilena de ferrocarriles y salitre de Antofagasta, nesándose al mismo tiempo a someter la cuestión al arbitraje, seeún se lo propuso Chile. Resultado: Chile ocupó militarmente el litoral de Antofagasta, Bolivia le declaró la guerra el 1.2 de marzo de 1879, y, al entrar el Perú en la contienda, en virtud de un pacto secreto que tenía con Bolivia desde 1873, Chile le declaró la guerra al Perú, con el final desastroso para las naciones aliadas, de todos conocido.

Yquique y Antofagasta que antes de la guerra del Pacífico no pasaban de ser humildes caletas de pescadores, hoy en comunicación ferroviaria con las oficinas e instalaciones industriales de la montaña—en su inmensa mayoría en manos de extranjeros—han adquirido un desarrollo e importancia enormes, a pesar del estado actual de paralización momentánea por la

escasa demanda de salitre, pero que a juicio de todos ha de repuntar infaliblemente y dentro de muy corto tiempo.

Yquique puerto principal de la región salitrera y Antofagasta puerto salitrero y minero, en comunicación ferroviaria con Bolivia, con una población cada una de 50.000 habitantes aproximadamente y sedes ambas de Vicariatos Apostólicos, aunque brotadas como hongos en el páramo desolado de una costa seca y estéril, son ciudades limpias de no escaso movimiento comercial, con edificación generalmente de madera, veredas espaciosas, calles amplias y bien pavimentadas en macadam o asfalto, tranvías, buen alumbrado y demás ventajas edilicias modernas.

En Yquique a más de dos modestas columnas, coronadas. con la estatua de la República y el busto de Colón, obsequio aquella de la colonia eslava y ésta de la italiana, que adornan el único paseo—avenida que convertido luego en carretera va costeando el mar hasta la vecina península de Cavancha, embellece la ciudad otro monumento de mayor importancia. Es la estatua en bronce del heroico capitán Prat que murió al abordar el acorazado peruano Huascar, mientras su buque, la vieja corbeta de madera Esmeralda, después de cuatro horas de combate, se hundía en el próximo fondeadero de Yquique,. disparando todos sus cañones y con la bandera al tope al tercer golpe de espolón de su formidable adversario.

Fuera de las dos parroquias atendidas por el clero secular: una y por los padres franciscanos beleas la otra, están los salesianos que regentan un colegio con 300 alumnos entre externos e internos, las Hermanas de María Auxiliadora que dirigen un colegio de niñas y las Hermanas de San José de Cluny que atienden el hospital con capacidad para 550 enfermos y provisto últimamente de una sala para los rayos X.

Harían falta además, otro Liceo, un diario católico y un local para conferencias y representaciones cinematográficas, tres obras que son la preocupación constante del ilustrísimo monseñor José M. Caro, dienísimo Vicario Apostólico de Tarapacá y mi antiguo condiscípulo a quien tuve la satisfacción:

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«de abrazar cariñosa y efusivamente después de casi treinta -años de separación. Pero no diré su escasa y quebrantada

salud, porque su extraordinaria preparación y sus virtudes eximias, celo y abnegación de todos reconocidos, suple con ereces aquella falla, si no la falta de recursos, la escasez de elero especialmente nacional y el ambiente de indiferencia y frialdad siberiana, cuando no de hostilidad sectaria en que le ha tocado actuar, son factores que dificultan enormemente la acción católica en aquella ciudad, cuya comuna está hoy en manos del elemento radical y trabajada también por el socialismo, la masonería y más que todo por los decididos cultores de Mercurio, de Venus y de Baco, huérfanos de ideales espiritualistas y atentos únicamente al tanto por ciento y al placer que metalizan y enervan el espíritu hasta lo indecible.

Desde este punto de vista, como del de la vida extremadamente cara, de la esterilidad asoladora de la región y del elemento cosmopolita y aventurero, ávido de fortuna que por alí llega, Yquique corre parejas con la ciudad de Antofagasta. Abona lo dicho don Ramón Oliveres corresponsal de “¿Lia Nación”? de Buenos Aires en Antofagasta, quien, entre otras cosas. decía en su correspondencia publicada el 3 de septiembre de 1919, en el mencionado rotativo.

“Llama la atención en Antofagasta la ausencia de antofaeastinos y el hecho de no existir ninguna de las vinculaciones sociales que crea la familia, la patria y los años de residencia en un sitio determinado. En esta ciudad nadie de los que la habita ha nacido en ella, exceptuando las criaturas, que a su vez la abandonarán cuando el padre de cualquier nacionalidad, resuelva retirarse a su patria. Como la California y el remoto Perú de la leyenda de oro, célebres un tiempo por sus riquezas minerales, Antofagasta es una pequeña república cosmopolita que nació con la pampa salitrera, a la que da nombre, de ella vive y se enriquece y con ella morirá infaliblemente cuando se agoten sus calicheras en el trascurso de los años. Ciudad de aventura y de placer, recibe alegremente a todos los homhasta sus puertas atraídos por extrañas narra-

bres que lleg

ciones y sin otro bagaje que la fe de hacer fortuna y la confianza en su esfuerzo personal; hombres que se internan en el desierto rocoso y desnudo de la pampa, que trabajan enormemente y que bajan a la ciudad cada dos o tres meses con los bolsillos repletos de dinero, los instintos aguijoneados por la abstinencia y el cuerpo dispuesto a todos los excesos. Es aquí un tipo muy común el “gringo?” salitrero que sabe derrochar ocho o diez mil pesos en tres noches de remolienda interminable, para regresar a su trabajo sin un centavo pero perfectamente satisfecho.

Todos los que habitan en Antofagasta desde hace aleunos años recuerdan lo que era esta ciudad antes de la gran guerra, en los buenos tiempos de la industria chilena. El tren que procedente de arriba, de la pampa, lleza al anochecer, volcaba diariamente en las calles tres o cuatro cientos de hombres sedientos de vicio; los bares reventaban de concurrencia, mucha de la cual tomaba champaña en las aceras porque adentro no se cabía; en los hoteles servíanse ávapes exquisitos que dejaban eruesas utilidades; y en el barrio de la alegría las mujeres conseguían en contados días más que suficiente para vivir un año. Todo el mundo tiraba el dinero sin tener la más mínima idea de su valor, ya que las eanancias eran ilimitadas. Las fecundas calicheras daban para todo.

Pero hoy Antofagasta, como todos los puertos del norte, está paralizada. Lia gente ambula por sus calles con una profunda huella de tristeza, la diversión sin diques de ninguna especie ha huído y el recuerdo de pasados tiempos tortura a la ““muchachada”” inactiva que sólo encuentra consuelo en la certidumbre de que la historia se repite. Los salitreros y los mineros ya no bajan con el único afán de vaciar sus carteras y la ciudad, atacada de catalepsia, espera ansiosamente el momento en que la demanda de salitre la despertará con el ruido del oro y el de los taponazos del selecto vino. Y esto, seeñún todos, ocurrirá a fin de este año.

La población, heterogénea, está compuesta de chileno: del

sur, británicos, norteamericanos, yugo-eslavos y chinos. Jas

dos razas últimas tienen acaparado el comercio, los británicos y norteamericanos los grandes capitales industriales y el chileno desempeña los cargos oficiales, las profesiones liberales ex la ciudad y los puestos de relativa importancia en las oficinas salitreras. De todos ellos es el yugo-eslavo quien demuestra más tesón por crecer y prosperar y no es equivocado predecir que en pocos años llegará a ser la colectividad más numerosa y la rás financieramente fuerte.

En esta región la vida es horrorosamente cara, no tanto

debido a la especulación como por las condiciones en que aqui ella se desarrolla. El subsuelo de roca pura y la débil capa de tierra que lo cubre, impregnada de sales, hacen totalmente imposible que pueda plantarse un árbol y que se crie una sola planta; y el agua potable, procedente del lago Polapi, cerca de la frontera boliviana, se paga tan cara como cualquier mercadería. Todo, absolutamente todo, viene del sur, o en los vapores procedentes de Norte América. Las flores y las verduras representan casi un lujo asiático, pues bastará mencionar como prueba el hecho de que algunas quintas de los alrededores, nacidas a fuerza de levantar rocas con dinamita y llenar los enormes huecos con tierra traída de otras partes, que se dedican a plantarlas, gastan solamente en agua veinte mil pesos anuales cada una y cobran, en consecuencia, precios excesivos, como por ejemplo: un peso por un simple botón de rosa. La docena de huevos cuesta siete pesos cincuenta centavos, el litro de leche un peso y por la tacita de café que en Buenos Aires rale diez centavos se paga sesenta, o sea treinta argentinos. Como otro dato interesante, todos los hoteles cobran dos pesos y medio por el baño diario.

En Yquique cuando yo pasé por allí, costaba una naranja 0.60 centavos y el agua para regar un diminuto jardincito que se me mostró, sesenta pesos mensuales.

Coquimbo con 16.000 habitantes (distante sólo 15 kiló-

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metros de La Serena, ciudad episcopal que tiene a su viste hacia el N. E.) a pesar de la aridez del terreno montañoso y aprensada como se encuentra a guisa de sardina entre el mar y la montaña, sobre cuyas pendientes se encarama con dificultad, presentaba un aspecto alegre, simpático y hasta pintoresco. Hoy destruída en gran parte por el último terremoto» de diciembre de 1918, habrá perdido casi todo su encanto, pero es de esperar vuelva a resurgir, más bella e interesante, de sus escombros, como le sucedió a Valparaíso a raíz del terremoto de diciembre de 1906.