Aromas de América · Capítulo real 21 de 24
CAPITULO XXXIII
Texto completo de esta unidad literaria, reunido aunque el lector la divida en 4 tramos técnicos para mejorar el rendimiento.
CAPITULO XXXIII
Los viajes en tren en Chile. — Camino de Valdivia. — Aspecto de esta ciudad. — Puerto Mont y Puerto Varas. — Travesía de los lugos. — Desde Puerto Varas a San Carlos de Bariloche. — Llanquihue y Puerto Ensenada. — Camino de Petrohué. — Lago Todos los Santos o Esmeralla y Peulla. — Ascensión matutina y excursión al río Blanco. — Desde Peulla hasta Casa Pangue. — Desde aquí hasta Puerto Frías pasando por el Hito. — Lago Frías y Parque Nacional. — Puerto Blest y la laguna de los Cántaros. — Lago Nahuel Huapi. — Cascada Blanca. — Isla Victoria. — Panoramas indescriptibles. — San Carlos de Bari loche. — Lago Gutiérrez.
De ordinario los viajes por tren en Chile, aunque baratos, no resultan muy cómodos. Por espíritu de economía tal vez, los convoyes llevan pocos coches, aun habiendo exceso de pasajeros. Muchos de éstos con pasaje de primera, vénse obligados, en más de un caso, a viajar en coche de segunda, si no prefieren más bien ir de pié, como me sucedió a mí mismo en una ocasión, entre la balumba de bultos que se multiplican enormemente en los coches, ya que las empresas ferroviarias no conducen equipaje libre.
No hay tampoco en los trenes «coches-comedores, y esto obliga a bajarse a almorzar en los hoteles-restaurant (servidos generalmente por mujeres), de las estaciones, en medio de los apuros y nerviosidad consiguientes, al corto tiempo de que se dispone, sin estar seguro, por otra parte, de la intangibilidad de su equipaje, a pesar de la presencia de un guardián que vi-
gila en cada coche, durante el almuerzo. Precisamente, en esos veinte minutos de ausencia, mi secretario tuvo que deplorar la desaparición de un riquísimo objetivo fotográfico, que costaba alrededor de mil pesos y que dejara en su asiento, momentos antes.
La falta de coches-comedores al parecer despierta aún más el apetito y los vendedores de frutas, dulces, etc., en casi todas las estaciones, vienen a aumentar las provisiones de los bien repletos canastos con que se hace necesario viajar, aunque más no sea que para mantener bien alto la tradicional costumbre nacional de hacer Once y que comunica a las rodantes pajareras, un sello característico de alegría, familiaridad y democracia,
El trayecto entre Concepción y Valdivia es variado y pintoresco, pero sobre todo, horas antes de llevar a Valdivia, y desde esta ciudad hasta Puerto Varas y Puerto Mont, el paisaje es soberanamente erandioso. Bosques estupendos de cipreses aterciopelan de verde los flancos de las montañas; hondienadas y quiebras fantásticas, abras, recodos y vegas ondulosas, oscuras y húmedas, donde crecen la zarzamora, el laurel, los cohiues, alerces, ulmos (muermos), de blanquecinos 'acimos, los helechos y trepadoras, y los poéticos cálices rosados o blancos (éstos muy raros y apreciados) del copihue, la flor nacional chilena, tan cantada por sus poetas y que ceultivada en parques y jardines, tiende a reemplazar con honor, en las aristocráticas bodas, a los tradicionales azahares; arroyos encantados de glauca corriente que rulan por entre el verde tupido follaje, salpicado de aljabas silvestres, amarillas violadas, rosas, lilas, blancas, encarnadas, todo, en fin, el iris
de la flora americana manchando de delicados primores aque! aterciopelado manto de verdura. Y contrastando con tanta belleza, aquí y allí grandes extensiones de boscaje consumido por las llamas, — primitiva y casi única manera práctica de rozar aquellas selvas impenetrables y dedicarlas a la agricultura, —
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semejan campos de muerte do yacen derribados troncos o1- gantes, resquebrajados y renegridos, casi cubiertos ya de exuberantes malezas, al lado de otros de altura inconmensurable, que, despojados de su fronda, y triunfantes de las llamas, se alzan resecos, hoscos y amenazantes, y dan la sensación del trágico fin de flotas allí hundidas, cuyos mástiles solitarios formaran un mar su generis de blancas antenas veteadas de negro.
En Valdivia, ciudad de 35.000 habitantes, en su inmensa mayoría alemanes (1) o descendientes de los alemanes que llegaron acogidos a la ley de inmigración de 1845 y a quienes debe el Sur de Chile, en gran parte, los progresos y adelantos
Plaza de Valdivia
de que hoy se enorgullece, llaman la atención cuatro cosas: su edificación de madera, graciosa y hasta artística, en sus casas, palacetes, balcones, cornisados, galerías, torrecillas y miradores, bien pintados, alegres y donosos, com cierto encanto de amable delicadeza infantil; sus calles, por el afirmado do-
(1) El 90o¡o habla o entiende el alemán.
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minante que las caracteriza, compuesto de tablones tirados de acera a acera y que allí llaman ““planchado””, por donde saltan más que ruedan los carruajes, máxime si ya deteriorados por el tráfico, el tiempo y las lluvias, como acontece con frecuencia en algunas de ellas; las casas que ostentan tras de los cristales de sus ventamas, sin postigos, velados blaneos tules, ealerías interiores llenas de plantas, flcres, helechos, ete., que les da el aspecto de poéticos jardines de invierno; y, por fin, el ancho azul y plácido río Calle-Calle, sobre cuyas riberas se asienta la ciudad, con su interminable festón de escalinatas, embarcaderos, muelles, chimeneas y fábricas y su incesante m0ovimiento de lanclas, botes y vaporeitos que comunican con los pueblitos ribereños y en especial con Puerto Corral, adonde llegan los erandes trasatlánticos. Y todo este centro de aetividad, de trabajo y de vida, encuadrado en el marco de una natu-
Río Calle — Calle Valdivia
raleza exuberante, feraz y grandiosamente tropical que da la sensación de conjunto y viene a ser la verdadera protagonista de aquella rica y hermosísima región.
El escaso tiempo de que disponía me privó de hacer una excursión a Puerto Corral, que resulta amena e interesante en sumo grado, a juicio unánime de todos. Pero la travesía de
los lagos cordilleranos y la vuelta a la patria amada, después de tan prolongada ausencia, me atraían ya con fuerza irresistible.
Hube, pues, de contentarme con hácer una breve excursión a Puerto Mont, viendo de paso La Unión y Osorno, pat: regresar luego a Puerto Varas, desde donde emprendería va el ansiado regreso a los míos. Siempre recordaré con eratitud' las finas atenciones de que fuí objeto en Valdivia de parte del Iustrísimo y Reverendísimo monseñor Klincke, vicario forás neo de aquella ciudad y de los padres jesuitas de Valparaíso, Santiago, Puerto Mont y Puerto Varas.
Puerto Mont, capital de la provincia de Llanquihué, con 10.000 habitantes, está edificada sobre el semicíreulo de una hermosa bahía y presenta al viajero un cuadro panorámico taseinador de islas, ealetas, promontorios, montañas boscosas y
Puerto Montt (Chile)
picos nevados, que realzan la hermosura del poético Seno de Reloncaví. Uno de sus paseos favoritos es + rasladarse en bote a la vecina isla de Tenglo, florón encantado en medio del ma JE provisto de un hotelito y surcado de amplias carreteras amuralladas de ambos lados de selvas víreenes. Las construecio-
nes de madera aquí como en Valdivia y Puerto Varas, difieren de sus similares del norte. En vez de largas tablas ensanbladas o superpuestas, se estilan tablillas finas y cortas muy resistentes, superpuestas verticalmente y de puntas inferiores redondeadas que parecen escamas.
Puerto Varas, a hora y media de tren de Puerto Mont, es un apacible y sosegado lugar de veraneo de los más frecuentados del Sur chileno, blando y encantado caserío con apatiencias acentuadas de aldea, donosamente infantil, y puntos de aristocrático balneario, asentado en las poéticas colinas que bordean la curva de una hermosa bahía, sobre el extenso lago Llanquihué.
En los días claros, a más del caprichoso y terrible volcán -Calbuco, de faldas surcadas por ríos de lava sólida, al Sur, y del esplendoroso, soberbio Osorno que en forma de blanca campana se alza al frente, como personificación de serenidad olímpica, vénse brillar también allá lejos los lomos helados del Tronador y la fulgente cimera del Yate.
En Chile se me había ponderado grandemente Puerto Varas y el lago Llanquihué con sus ¡pieos nevados, como de una belleza realmente subyugadora. Se confunde, a mi modo de ver. la belleza de conjunto, el panorama que presenta desde Puerto Varas el lago extenso, limitado al fondo por sus tres erandes picos nevados el Tronador, el Calbuco y el Osorno,
«de serena mayestática imponencia, con la belleza propiamen-
te dicha del lago que, por su gran extensión y ausencia de islas, resulta al fin un tanto monótono, sin esa variedad pintoresea y graciosa que caracteriza a los otros lagos y que el observador domina de fácil y somete al canon de la estética subjetiva, mientras que aquí se escapa y dispersa en grandes distancias que alejan los hermosos paisajes de la costa de que «ciertamente es rico. Se explica también que haya en esto alguna pequeña exageración, si se tiene en cuenta que el Llanquihué es el primer lago de la región, término por otra parte para la gran mayoría de visitantes y turistas chilenos que se instalan en Puerto Varas, a pasar su temporada veraniega y
que desconocen «acaso el lago de Todos los Santos, también chileno, y que es un verdadero prodigio de belleza. Por mi parte, si he de decir lo que siento, el panorama del Puerto Mont que, según el común sentir, es muy inferior al de Puerto Varas, me resultó de una belleza nada común, alegre, atrayente y simpático con sus islas, sus “fjors”?, sus cabos y penínsulas, sus montañas y cielo, tanto o más que el seeundo, si se exceptúa el detalle de sus gigantes nevados, que, centime-
las avanzados de la cordillera andina, aparecen en Puerto Varas más cercanos, escuetos y límpidos.
Desde Puerto Varas a San Carlos de Bariloche
Desde Puerto Varas hasta San Carlos de Bariloche, sobre el lago Nahuel Huapi, se emplean dos días, recorriendo los
Puerto Varas (Chile)
lagos Llanquihué, Todos los Santos o Esmeralda, lago Frías, laguna de los Cántaros y Nahuel Huapi. Mucho se me había ponderado, tanto en la Argentina como en Chile, este trayecto como aleo tan extracrdinario e ideal, tan fantásticamente bello, que difícilmente podría encontrarse nada análogo que
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le igualara, mucho menos le superara. Impaciente el espíritu
y enardecida la fantasía ante el anuncio de maravillas tan es-
tupendas, temía en mis adentros no fuera a suceder aquí lo
| de siempre, que la realidad no respondiera a los dorados cas-
tillos de la imaginación y viniera el desencanto a filtrar sus gotitas grises en aquel mundo de ensueños.
He de confesar, empero, que en este caso, tal vez el único
! de mi vida, la realidad no defraudó mis esperanzas, antes bien
superó en mucho a cuanto se me había dicho, disipando pre-
| venciones y preconceptes con que el espíritu harto alecciona-
| do en la vida, se defiende y pone en guardia contra todo aque-
| llo que se le elogia en demasía. Trataré, pues, no de describir
lo indescriptible, sino de dar una idea más o menos lejana
de estas vírgenes regiones do parece flotar aún el hálito crea-
Ñ Cor de los primeres días del génesis y que están esperando que
los poetas de la patria vayan a cincelar en estrofas irisadas de luz los encantos y arrebatadoras grandezas de sus selvas, de sus cumbres, de sus nieves y de sus lagos.
A las siete de la mañana alzó anclas el vaporcito Correo yl que costeando la ribera del Llanquihue y recalando en varios Ñ puertos, nos llevó en cuatro horas y media a Puerto Ensenada en el ángulo Sudeste del lago. El viaje fué triste y monótono. Un cielo nubla-
do, nos escamo-
teaba el paisaje, ahogando en flor las sugestiones estéticas. El almuerzo en el hotelcito de Ense-
nada trascurrió
l S E entre comenta- | Volcán Osorno, visto desde los arenales entre ER a IS Ensenada y. Petrohué +(Chile) r1OS y presaglos
nada halagúeños. El cielo tornóse amenazante y tempestuoso.
Ñ Llovía a intervalos, aclaraba y volvía a oscurecer. Rachas de
viento empujaban siniestros nubarrones que se iban conden-
sando y acumulando en la cima del Osorno robándonos sus níveas fulguraciones. El auto que debía recorrer los quince o veinte kilómetros que medían entre Ensenada y el puerto de Petrohué, sobre el lago Todos los Santos, se había descompuesto. Era forzoso emprender el viaje a caballo, como lo hizo la mayor parte de los turistas, o en un cochecito sin capota, como lo hicimos los más afortunados.
Como se ve, los augurios de la travesía no podían ser peores. Quien tiene la mala estrella de viajar por los lagos cordilleranos con lluvia, o siquiera tiempo nublado, ha perdido sencillamente su tiempo y su dinero y lo que es más aún, el objetivo principal de su viaje el goce suave y deleitoso, los encantos fantásticos de estos parajes paradisíacos. Y esto es desesperante.
Para nosotros, empero, los tristes amagos sirvieron de mareo radioso que hizo resaltar aún más toda la regia hermosura que guardan codiciosos aquellos montes, aquellos lagos, aquellas selvas seculares.
Sin experimentar los rigores de un sol abrasador que flecha al viajero en este trayecto de plena región volcánica ya que de trecho en trecho por entre el tupido boscaje cortábamos abras de lava friable, pulverizada y neera mortaja de erandiosos bo sques arrasados por los ríos de fuego del Calbuco o del Osorno, antes bien refrescados por una ligera llovizna,
recorrimos tranquilamente aquella ruta variada y pintoresca. Dlevábamos a la derecha el rápido y turbulento río Petrohué que a mitad de camino se encajona entre enormes peñascos, brama y se represa y se vuelca impetuoso en una hoya de sem-
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vesía de los lagos.
Lago Esmeralda y Peulla
El lago Esmeralda o Todos los Santos es el más bello lago chileno y en sí mismo un joyel encantador, un verdadero prodigio de la naturaleza. Tanto éste, como los argentinos que le siguen, el Frías y el Nahuel Huapi, son únicos en su género y no admiten comparaciones odiosas. Para avalorarlos en su justo mérito hay que despojarse de localismos estrechos, elevarse a las regiones puras de la estética y con criterio amplio, ecuánime y sereno darles a cada uno lo que en justicia les corresponde. Nacieron con corona de príncipes y príncipes soberanos serán siempre, siquiera ostenten algunos más riqueza de pedrería, compensada en otros por la exquisitez del cincel o el pulimento de sus facetas.
Se le llama también lago Esmeralda a este de Todos los Santos. Nunca con más propiedad se bautizó un objeto. El color de sus aguas es, sin asomos de hipérbole, de un verde esmeralda acabado, típico. La lujuriante y erandiosa vegetación de las altísimas montañas que lo rodean, se refleja en el terso cristal de sus aguas y las tiñe con pincel de acuarela,
delicado y suave, engendrando el original, bellísimo fenómeno. La ilusión es completa. Cuando el vaporeito comienza a internarse en el laeo y
a -— ..W y. ==
pasa rozando las
poéticas islas ; Mienón y Mar sarita (1) dominando ya el centro y pasea uno la extasiada mi-
rada por aquel mareo estupendo
de promontorios, MEAN de selvas, neve- Lago Todos los Santos con el volcán Puntiagudo ros, picachos y quiebras, bajo un cielo salpicado de blancas, opalinas rompientes y todo, cielo, nubes, montañas y selvas lo torna a ver repitiéndose y tiñéndose en el verde esmeralda de la linfa ligeramente rizada por la caricia de una brisa alada y sutil, el espectáculo llega a su máximum y raya en lo sublime : sobrecogido el espíritu, se estremecen las carnes y el platicar cesa. Un místico recogimiento se apodera de todos en aquel ambiente de materia espiritualizada, en aquel templo extraño y desconocido, pletórico de luz, de poesía y de vida liviana, vaporosa, etérea, inundado de silencio, de reposo y de paz. Nadie que no lo haya visto «creería en la belleza inverosímil de aquel cuadro. Los restos dispersos de la anterior tormenta, ponían desde lo alto los últimos toques. El sol de trecho en trecho y a lareos intervalos lanzaba por los boquerones abiertos del cielo, haces de rayos vibradores. Las nubes desgarradas semejaban techumbre desveneijada de ópalo que filtrase a través de la misma una luz nacarada a veces, rosada, coral o eris perla en otras, o bien vívida y fulgente que esplendoraba sus bordes caprichosos y bruñía en verdáceas, fantásticas colo-
(1) La isla Mignón o de las Cabras, es pequeñita y mona como un lunar; la otra perteneciente al ingeniero argentino Bonweider, tiene 15 cuadras de largo por 5 de ancho y una laguna en el centro, de una hectárea.
raciones la faz risueña y plácida de aquella taza de esmeralda. El Osorno envuelto en densas nubes quiso también completar el círculo mágico que nos ceñía. Herida mo sé de dónde por el sol su blanca cima, viósela en un momento dado convertirse en foco potentísimo que incendiara desde dentro los pliegues erises de su manto y fuleurando esplendores de oro muerto, puenara por romper sus vallas vaporosas hasta dar la sensación de un sol encerrado en globo de cristal esmerilado que Iirradiaba una luz clarísima, pero velada y difusa.
Más tarde todo había pasado. La donosa fiesta espectral eradualmente comenzó a apagarse y palidecer hasta disolverse en el eris lila del crepúsculo. La tarde moría con serenidad infinita. Cuando llegamos a Peulla la noche subía por las faldas, las cuestas y las cumbres adormeciendo el paisaje en suave, deleitosa melancolía, mientras las luces del muelle rústico, se alareaban sobre el laeo, como velones funerarios, cor-
tando en temblosos regueros la masa negra de sus aguas.
Las hadas de los bosques, como viejas, leales amigas, habíanme despertado al rayar la aurora. El relente del alba velaba en finísimas gasas el paisaje lacustre. Morfeo aprisionaba aún sus víctimas en mullido lecho y yo, por sendas y atajos de ganado, rampando la montaña que se alza casi a pique detrás del hotel, perdido como un átomo, a cien metros de altura, en la maraña de aquel bosque secular de cohiues, alerces y radales, aspiraba a pulmón henehido aquellas auras refrescantes y puras y contemplaba el espectáculo de los primeros rayos del sol quebrándose y chisporroteando diamantes sobre el níveo torso del Techado que a corta distancia lo tenía en frente. Nubecillas como capullos de aleodón ascendían lentamente, repechando perezosas la empinada cuesta. El lago en su fondo verde oscuro de mansedumbre infinita comenzaba -ya a tenirse con variada sucesión de reflejos de franjas, tonos y matices y a exhalar juntamente con las selvas titilantes de
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rocío, los ríos y cascadas, el aliento azulino de un despertar feliz y plácido, mientras el nevero prócer reverberaba sus albos fulgores sobre aquella virgen naturaleza.
Cuando descendí a las casas, las nubes habían oscurecido ya la esplendente calvicie del Techado. Comenzaba el trajín de peones y el mugir de lecheras; el aire se poblaba de berridos, el corral hervía de los eríos y la leche caliente y espumosa convidaba como néctar sagrado de zagalas y de dioses.
Más tarde, cuando el sol ya tendido sobre el lago bruñía de esmeralda sus ondas, las sureamos en dirección al río Blanco, su afluente generoso y parlero, saboreando las dulces emociones de una excursión de placer. De paso nos fué dado admirar una cascada que entre enredaderas, bambúes, helechos monstruos y árboles seculares, bajaba cantando sus trovas cristalinas hasta sumergirse en el lago, después de haber agitado sus cascabeles en una extensión de más de cien metros de altura
De improviso, al torcer la punta de un promontorio, apareció como una visión de cielo el Puntiagudo, agudísimo pico nevado de 2.660 metros de altura. Su arista gótica de punta afilada, como un estilete, envuelta en centellante polvo de blanquísima espuma parecía saetear allí a lo lejos el azul del firmamento. Y éste y el Calbuco y el Osorno y el Tronador y el Techado, ancianos de blanca deslumbradora cabellera, son los monarcas absolutos de aquella encantada, seductora región.
¡ Y quién lo creyera! Contrastando con la grandiosidad y magnificencia del paisaje que nos rodeaba y subyugaba por todas partes, un puntito negro, pequeñito, insienificante, deslizandose ahí muy cerca de nuestro esquife, vino a llevarse las miradas, la tierna simpatía de la alegre bulliciosa caravana. Era un pato singular que por allí le llaman guala, de tamaño mediano, esbelto, asustadizo y ariseo como pocos, pero que cuando va cargado, como lo iba entonces, con el suave peso de sus polluelos que los mete debajo de las alas, dejándoles libres las cabecitas, para habituarles sin duda al deporte acuático, ya pueden pasar a su lado y perseguirle y apremiarle, que no hay forma de obligarle a que se sumerja o vuele. Huye eso sí, como
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puede, deslizándose sobre el agua, erita, se queja y llora, con un dolor tan tierno, con unas ansias de desesperación tan erande, de poner conmiseración en todos los pechos, pero no larea sus tiernos pichones, no abandona sus hijitos. Se deja coger, herir o matar, pero ha cumplido la ley de la naturaleza, de dar la vida por sus hijos. ¡Oh la sublime belleza de la maternidad ! ¡Nada hay tan grande, ni tan tierno, ni sagrado que se le pueda ieualar en el mundo!
Desde Peulla hasta Casa Pangue
Peulla es el paraje más indicado y estratégico para pasar siquiera ocho días, únicos que allí se permiten, por la gran afluencia de turistas, en la encantada región de los lagos. Lugar delicioso donde al abrigo de los vientos, se goza de sol y aire, excursiones variadas y hermosísimas, clima envidiable y de un confort nada común para esas alturas, en el hotel del señor Roth.
Desde Peulla hasta San Carlos de Bariloche la jornada es de un día íntegro, andando en coche, a caballo, en mula, a pie, en bote, vaporcito y aleunas veces también en auto. Todos los medios de locomoción—lo que tiene también su encanto—para trasponer la cordillera, sus bosques y sus lagos, el trazo más bello de esta verdadera Suiza aregentino-chilena, ante la cual la europea no es sino una reducción habitada al decir del doetor Francisco P. Moreno.
Nosotros preferimos salir después del almuerzo para poder bogar al atardecer en el hechizado lago Frías y deleitarnos a la hora de las tiernas, soñadoras melancolías bajo los grandiosos pabellones de aquel paraje de bosques gigantescos, conocido con el nombre de Parque Nacional y pernoctar en Puerto Blest, sobre el lazo Nahuel Huapi. Disponíamos allí de un vaporcito expreso para realizar dos excursiones, una ahí muy cerca, a la laguna de los Cántaros y otra a la isla Victoria, en el centro del Nahuel Huapi, antes de llegar por la tarde a San Carlos de Bariloche.
Desde Peulla hasta Casa Pangue hay cuatro leguas. Las
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dos primeras las hicimos en coche por entre bosques frondosos. En Caldera donde montamos a caballo para recorrer las otras dos, de terreno más áspero, nos salió al encuentro al enfrentar una quebrada, el macizo del Tronador, con sus tres enormes picos coronados de nieve y que muy luego en Casa Pangue volvería a mostrársenos en toda su erandiosa magnificencia.
El camino sigue el cauce pedregoso del Río Peulla que a marchas forzadas desciende del Tronador y va a entregar su torrentoso caudal al mansísimo lago Esmeralda.
Casa Pangue, especie de posta, donde dejamos los caballos y tomamos las mulas, animales más prácticos y resistentes para la ascensión del punto más elevado de la cordillera, señalado por el Hito, toma su nombre de una planta, que abunda en ese paraje, de hojas
anchas y tallos rojos, parecida a los cactus. Mientras cambiábamos cabalgadu ras y admirába mos la belleza indecible del paisaje, con un
cielo sereno y
Cerro Tronador visto desde Casa Pangue (Chile)
límpido, un trueno potente y majestuoso hizo estremecer las montañas y llen5 el aire de vibraciones, de sonidos y de ecos que fueron debilitándose eradualmente hasta extinguirse en el espacio. Era un desprendimiento de los glaciales del Tronador que quiso obse quiarnos con su saludo de titán y convencernos de auditu, de la propiedad de su nombre. Prodúcese el fenómeno por enormes aludes que desde los ventisqueros del Tronador ruedan a insondables abismos.
Este anciano de años que lleva a cuestas un colosal ventisquero de donde penden serpenteadas estrías de nieve, eleva su cima a 3.470 metros y se destaca soberano por sobre sus
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similares el Osorno, el Puntiagudo, el Calbuco y otros de aquellas níveas moradas.
Desde Casa Pangue hasta Puerto Frias
La ascensión desde Casa Pangue hasta el sitio donde está enclavado el Hito, a 2.220 metros y el descenso desde ahí hasta Puerto Frías, sobre el lago del mismo nombre, se efectúa por una amplia y cómoda carretera, de mucho costo, que zigzagea por los flancos de la montaña y que es una verdadera galería cerrada de árboles gieantescos, donde la fronda despliega toda la regla magnificencia, todo el ornato y exuberante gallardía con que la vistió el Altísimo en el fiat soberano de los días venesÍacos.
Sin conocerlo es imposible formarse una idea adecuada de este trayecto, porque la realidad supera a todo esfuerzo de la imaginación. Son tan sorprendentes la exuberancia y erandiosidad de estos parajes que toda descripción resulta pálida y vienen ganas de quebrar la pluma y maldecir del léxico precario y nulo que no alcanza, ni con mucho, a interpretar tan singulares y pereerinas bellezas, ni mucho menos a traducir las sensaciones que unas a otras se suceden como descargas eléctricas y embargan el espíritu en un contínuo embelesamiento.
Y lo que digo de este trayecto, dicho queda también y con razón más fuerte del camino de cuatro kilómetros que hicimos a pie, desde Puerto Alegre—al otro extremo del lago Frías— hasta Puerto Blest, sobre el Nahuel Huapi, trecho estupendo y maravilloso por el salvajismo indescriptible de la selva. El eobierno areentino donó al perito doctor Francisco P. Moreno este bosque virgen, como adehala por los servicios prestados a la nación en la demarcación de límites con Chile, pero él lo regaló nuevamente al país, para que sirviera de base a un gran parque nacional, por el estilo de los parques norteamericanos, con cuyo nombre es generalmente conocido. Imaginaos si podéis un laberinto de esbeltas, coposas an-
tenas, un bosque impenetrable de altísimas, gigantescas columnas vivientes que se yerguen hasta cuarenta y tantos metros de altura, formado por centenarios cohiues, alerces y radales,
lisos unos, rizados otros, de pujantes trepadoras que se encaraman y trepan ávidas de luz y de aire y saltan como sierpes acróbatas de uno a otro gajo, de un penacho monstruo a otro más retorcido y fantástico y se enredan y entrelazan allá en las alturas con la frondosa y regia copa de aquéllos, formando pabellones y cortinajes de poesía y erandiosidad indeseriptibles.
Uno u otro claro abierto en
aquellos excelsos techos, como
Camino de la cumbre entre E Ñ Laguna Frías y la Peulla elaraboyas del cielo, arrojan
chorros de luz verdácea en aquellos antros sombríos. Por tierra yacen derribados en maenífico desorden esqueletos enormes de esos árboles gigantescos que cedieron ya al peso de los años, de los vientos o de la mano destructora de los hombres. Y ahí se les contempla, unidos o apiñados, eruzados y superpuestos, votos, arqueados, con su ramaje resquebrajado, su raieambre levantada, ahondando el blando lecho que les sirve de túmulo y sintiendo refrescadas sus vértebras áridas y secas por las húmedas caricias del musgo, de los helechos, frambuesos eroselleros y demás pequeñas plantas que en un momento lus cubren y amortajan con el luto de la selva.
Los tallos rojos del pangue agitan, a la vera del camino, su pantalla verde oscura y se adhieren a la muralla viva de colahiues o bambúes y por sobre la maraña de aljabas, de arbustos y bizarras trepadoras, las flores gallardean el iris nunca igualado de su virginal hermosura, sobresaliendo la frexia chilensis con sus racimos de caireles rojos, su cortinaje granate oscuro de tembladoras campanillas.
De tarde en tarde cuando los rayos del sol pugnando con la tupida fronda del bosque, han logrado penetrar e iluminar aquel recinto encantado, de sombría apacible majestad, es de ver entonces el aspecto sugerente y fantástico del mismo, el tinte violado pálido de que se viste, las irradiaciones de oro muerto que serpean por los troncos, las hojas, las flores y se esparcen y cunden y se quiebran en coloraciones infinitas, pero dominante siempre la nota apacible, melancólica y soñadora de la selva. ¡Oh! no es posible, lo repitiré una y mil veces, no es posible, sin ver ni sentir lo que allí se ve y siente, formarse una idea de la magnificencia y hermosura de estos sitios.
El Hito señalado por una columna de hierro que lleva eserito en una planchuela de la parte superior, Chile de un lado y del otro Argentina, fué saludado con un ¡viva! entusiasta y viril que resonó como un can-
to de resurree-
El hito entre Casa -Pangue y Laguna Frías
ción. Los cuatro poco antes extranjeros, estábamos ya en el solar materno y nos sentíamos oreullosos de nuestra ciudadanía, aunque fuese en la entraña misma de la selva.
Momentos después, en el descenso de la amplia y rápida picada que conduce al lago Frías un ruido estrepitoso vino a herir nuestros oídos en medio de aquel apacible silencio florestal. Era un arroyo encantado que sin dejarse ver, oculto en la espesura del boscaje, saltaba con limpios brineos de gacela por troncos, árboles y peñascos, hasta precipitarse en estruen-
dosa cascada de cincuenta metros de altura.
— 3659 — Lago Frías y Parque Nacional
Por entre el brocado de la fronda relucían allá en el fondo, verdes, temblorosas pupilas que, al ser vistas, se apagaban con virgíneo rubor y tornaban a encenderse y otearnos con insistencia mayor a cada vuelta o recodo del camino. Por fin, al llegar nosotros al lago, las ninfas del bosque habíanse hundido en las ondas, tiñéndolas de un verde lechoso y esparciendo en el ambiente un dejo de suavísimo misterio, unas ráfagas de sagrada poesía que penetraban los sentidos y adormecían el alma.
El pequeño lago Frías es una maravilla en miniatura, es una perla hecha a cincel y arrojada en lo más solitario y recóndito de la selva, una urna de esmeralda sobre cuyos bordes se alzan a más de doscientos metros montañas de vegetación tropical, de crestas desnudas y estriadas que semejan gigantes montando la guardia y velando el dulce sueño de aquella deidad del bosque.
Bogando en un botecito a remo sobre el verdoso cristal
de sus aguas,
traspusimos los
doce kilómetros que cuenta, extasiados en aquel fresquísimo y estupendo anfiteatro, jaspeado de flores, en una tarde saturada con todas las esencias de la selva en plena floración. Los vivos, gloriosos matices de aquellos fan-
Puerto de Laguna Frías (Rep. Arg.)
tásticos malecones, los bruñidos perfiles de sus cúspides, bajo un cielo de tierna ingenuidad, de inefable tranquilidad y missicismo, trocados en violáceo veteado, dormían en la profundidad trasparente del remanso. La sugestión del ambiente nos
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dominaba. Sentíamos todos una sensación extraña que tenía mucho de paz sosegada y alegre, de recogimiento y de ascetismo. Estábamos en un templo magnífico de la madre natura. leza y la oración como incienso del alma parecía flotar en el ambiente pavoroso y sutil y elevarse callada y silenciosa hasta la bóveda azulina de aquel sagrado recinto. Sólo se oía el acompasado chasquido de los remos que se hundían y volvían a salir para hundirse de nuevo trocados en palas de esmeralda. De improviso al acercarnos a un punto dado de la costa, nuestro remero detiene el botecito, recoge los remos y comienza a dar voces al vacío. Este le responde al punto. La caravana se entusiasma y le imita. El aire se puebla entonces de voces y sonidos. Á nuestros gritos, preguntas, cantos y risas, mil diablejos burlones aventaban los gritos, los cantos y las risas y los esparcían por el espacio en ecos fidelísimos y nítidos que repitiéndose una y más veces iban poco a poco apagándose hasta extinguirse en las lejanías del horizonte. El conocido fenómeno, a esa hora, en ese sitio y en ese ambiente, susgestionaba el espíritu de una manera singular. Créese uno trasportado a un mundo nuevo, al centro de un peregrino colosal anfiteatro atestado de muchedumbres ebrias de entusiasmo en el acto de repartir aplausos, esparcir flores y agitar pañuelos a la canoa reina entre las millares que poblaran aquellas ondas.
Una humilde empalizada que no muelle, al otro extremo del lago y una casita rústica y desvencijada, eomponen el llamado Puerto Alegre, donde aprodamos, alegremente heridos por tantas, tan hondas y variadas emociones.
Se me ofreció ahí un caballo para atravesar el Parque Nacional en una extensión de cuatro kilómetros, que no acepté por cierto, prefiriendo hacer a pie el trazo más hermoso de la jornada, a la hora precisa de un atardecer apacible y bajo la bóveda más gigantesca, poética y salvaje que haya conocido en mi vida.
La deseripción de este parque la hice ya y no hay para que volver sobre lo mismo. Cabe añadir solamente que, a diferencia del camino de la cumbre, la topografía es aquí regular
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y plana, más abierto el horizonte, el bosque de cohiues y dealerces más visibles y grandioso, la carretera pavimentada en toda su extensión de rollizos trozos de árboles, o de rústicos tablones para hacer transitable esa tierra blanda y húmeda, surcada de innumerables hilitos de: agua que fecundan aquel vergel y van entre quedos suavísimos murmurios a morir en el arroyo Frías. Desagie éste del lago: del mismo nombre, va a caer a su turno en brazos del Nahuel Huapi, costeando siempre la picada y deslizándose, como una ondina encantada, bajo tupidísimo dosel de enramadas silvestres y de árboles gigantes do
A los rayos solares parecen mellar-
Frías y Nahuel-Huapí sus puntas y morir temblando de frío en el ambiente umbroso de aquella virgen floresta. Acaso exista un riacho más bello y pintoresco que éste, más soñador y poético, mas yo no conozco, ni espero conocer. En ese mientras una cuadrilla de braceros lo limpiaban de los: innumerables troncos y ramas que interceptaban el paso a los botecitos a nafta que lo debían surcar. Un paseo en esta forma será sin duda un cachito de paraíso. Aunque a decir verdad, si aún rastros quedan de éste en el mundo, ahí están en esa: selva, en ese río, en esos árboles, en esa flora.
Por curiosidad medimos el tronco de uno de tantos alerces que bordean el camino y que se elevan a veces hasta cin-. cuenta metros de altura, rectos y limpios como columnas jónicas; tenía un poco más de cuatro brazadas y aún no estaba en todo su desarrollo. Y no se crea que exagero. En Puerto: Mont medí por mí mismo el troneo de uno de estos gigantes: de la selva americana que había sido derribado y tenía un poco más de cuatro metros de diámetro. En la olla formada por su:
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recia corteza, todavía intacta, cabían holgadamente siete personas. Al contemplar ahora en este parque el prodigioso desarrollo de estos colosos de la selva, veníanme a la memoria los | versos de Rafael Fragueiro: Viejos bosques familiares—Sólo al gaucho y a las fieras; | Donde en hamacas de liana—Se amodorran los jaguares | Viejos bosques familiares—Sólo al gaucho y a las fieras; | Intrincadas madrigueras—Siempre sumidas en sombra, Con jazmines por alfombra—Y techo de enredaderas. Por lo demás, excusado es decir que las emociones más tiernas y hondas; más íntimas y puras recogidas en este 1mborrable paseo vespertino, las ideas mil que ora alegres y
bulliciosas retozaban por mi mente describiendo trazos irisados de luz, o que ““melancólicas, blandas y tristes como pétalos | de rosa deshojada”” ¡caían sobre mi espíritu en esa hora soña- | dora del crepúsculo, todo eso que se siente y no se expresa ! por faltar aún el léxico y que de hacerlo se profanaría al | contacto de la atmósfera, todo eso lo guardo aquí adentro, en lo más recóndito de mi alma, para que muera conmigo como espumas tornasoladas, como dejos agridulees de mi vida.
Laguna de los Cántaros
Uno de los largos brazos del Nahuel Huapi se interna en la montaña boscosa de Puerto Blest, donde pernoctamos, formando una ensenada de aguas tranquilas, azulinas y sedosas. Desde el hotel, una casita rústica de madera blanca, ideal para morada de poetas y de artistas, no se ve la continuación del brazo del Nahuel Huapi que tuerce en curva. Sólo aparece un pequeño lago que va a morir a los pies de un soberbio macizo de granito que recorta sus tres redondeadas cúspides | en el azul del cielo y las burila al mismo tiempo en la pro-
fundidad diáfana del lago que cuenta allí 800 metros de
| hondura. Comenzaba el sol a dorar esas tres cimas, llamadas Los tres
Hermanos y nosotros patinando en la húmeda gramilla, repechábamos la senda angosta y florida de una quebrada, saltando arroyitos claros y bulliciosos, cogiendo frutillas silvestres de perfumado sabor, desviando troncos y ramas y escuchando el tumultuoso estrépito del río de los Cántaros que descendía rápido, paralelo a la vía que llevábamos y que, al enredarse en el laberinto de troncos, árboles y peñascos que le salían al paso, se revolvía con furia y saltaba “omo sierpe herida, se estanica-
ba espumajeando en los senos
le las rocas, para deslizarse
ora plácido por ramblas de gra-
nito, o aventarse desbocado por
el espacio, formando caprichoSalto del río Los Cántaros de (Rep. Arg.) sas, poéticas cascadas.
Media hora larga de caminata, nos puso al borde de la laguna. de los Cántaros, pequeñita, de. un kilómetro de radio aproximadamente, solitaria y silenciosa, como un óvalo de eristal con montantes de rocas apizarradas de erestas violadas y blanquecinas y con un regio festón de bosque enmarañado y florido que EMELEC AS
aguas y se esti.
laguna Los Cántaros (Rep. Arg.)
ra y trepa gallardamente hasta la mitad de camino y ahí se queda, entre un si es no es susto o cansancio, sin peldaños ni asideros para
escalar la montaña abrupta y salvaje. Largo rato contemplamos aquel panorama singular, desde los balcones de un pequeño chalet de madera, abandonado y como tirado al azar en una esplanada que domina el lago, cubierta toda élla y tapizada de frutillares, helechos, margaritas, azucenas, amapolas, frexias y demás florecillas silvestres que ponen la mota alegremente simpática en aquel conjunto fantástico de linfas, de bosques, de rocas y cascadas.
A fe que la casucha esa es misteriosa y novelesca; lo mismo podría ser teatro de blandos idilios, que cueva de bando-
leros, o morada deleitosa de ermitaños. Lago Nahuel Huapi
El Cóndor es el mejor vaporcito que hiende las aguas azuladas del Nahuel Huapi y pasea al turista por sus brazos alargados, retorcidos y fantásticos, sus costas umbrosas, sus caletas, ensenadas, islas, bahías, penínsulas y f'jord embelezándole con el hechizo del misterio, del aire, de la luz, del horizonte, del espejismo y de la ilusión más completa y fascinadora del mundo. Camina a seis millas por hora. Tanto mejor; hay más tiempo para apreciar las sorprendentes bellezas de este lago maravilloso, que sin restar mérito a los demás, ni ser rival odioso de ninguno, condensa por manera extra: ordinaria y original los encantos seductores de los otros, dejándole a cada uno su «característica propia, la soberanía y cetro peculiar de su realeza.
Después de todo lo visto, creeríase que nada pudiera ya conmover y sacudir el espíritu. Sin embargo el paisaje luminoso de aguas y de cielo, de nubes y de cumbres, de este lago, se graba a cincel, se esteriotipa para siempre en el cerebro y queda vibrando y centellando con irradiaciones netas, fúlgidas, imborrables. Una fuerte correntada no le permite al vaporcito acercarse demasiado a la costa en el lugar donde se desploma la Cascada Blanca; pero la contemplamos tranquilamente ahí a la izquierda, la vimos salir como ahogada, tras una
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asfixia de dos mil metros de tupida selva, componer su blanca túnica, extenderla y esponjarla en sesenta metros de ancho y despeñarse triunfante y guapa, como ondulado penacho de cisne tendido al viento, festoneado de orquídeas, helechos, nalcas y sanguinarias.
Cuando llegamos a la isla Victoria, puesta en un cruce estratégico de aguas, de vientos y de rutas, como mirador poético en el centro mismo del lago, de un laberinto hechizado de indecibles bellezas, el astro rey acababa de remontar el cenit y esplendoraba entre gráciles nubecillas, aquellas lindes agrestes, aquellas costas Jubilosas y coquetas, aquel irisado collar de fúleidas montañas coronadas con
Brazo Blest — Cascada Blanca la diadema eterna de sus nieves. Una fascinación mareante se apodera del espíritu ante ese cuadro maravilloso, o mejor ante esa sucesión no interrumpida de estupendos panoramas, donde la luz, las veladuras y las sombras ruedan a raz de agua y se internan por los escon-
didos fjors y pintan el oleaje que musita plegarias y ternezas y juegan y cunden rientes por los setos floridos, las navas verdegueantes, la saya primorosa de la selva y envisten los pinares excelsos y trepan las enhiestas escarpas de hielos azulados y lilas y se expanden y derraman por sus quiebras y picachos, como cascadas de nácar, como escamas eloriosas, tornasoladas y flamígeras. A cada instante, al virar de los rayos solares al moverse uno mismo de un sitio a otro, con el cambio de posición de las nubes, el espesarse o diluirse de la mismas, se truecan también los lienzos y multiplican los panoramas al infinito y ora se ven brochazos de luz que fuleuran como tajos acerados en flancos verdinegros, ora matices de oro y carmín en fondo blanco violado, o bien oleadas grisáceas de lumbres es-
pectrales que aturden, coloraciones peregrinas que fulguran en el ambiente azul, protagonista soberano del paisaje. Cuadro verdaderamente arrobador donde la gama del iris parece celebrar su epifanía y tripudiar como en los primeros días del
c'énesis. Isla Victoria—San Carlos de Bariloche—Lago Gutiérrez
La isla Victoria, la más rica, pintoresca y extensa del lago, mide 4.600 hectáreas cuadradas, o sea, 23 kilómetros y medio de largo, por seis en la parte más ancha y 380 metros en la más angosta, corespondiente al Puerto Anchorena y donde se han instalado las habitaciones del administrador. Dos grandes peñascos cercanos, a manera de puerta, dan acceso a la sosegada y poética bahía, en cuyo fondo vése emplazado el muelle y un pequeño astillero que atiende el distinguido caballero don Otto Muhlenpfordt, inseniero naval, que quiso sentarnos a su mesa y agasajarnos ¡con fina gentileza.
Viven todavía frescas, en la memoria de muchos, las crónicas que dieron aleunos diarios sobre los proyectos que abriaba don Aarón Anchorena, concesionario que fué por varios años de esta isla, para convertirla en una especie de mansión de hadas, misteriosa y fantástica. Deseraciadamente hubo, más tarde, de entregarla al Estado con todos los adelantos introducidos por valor de doscientos mil pesos, en vista, según se me aseguró, de no haber podido conseguir se le extendiera el título de propiedad que él deseaba.
Desde el humilde pero gracioso chalet de madera, estilo suizo, engalanado con florido marco de enredaderas, puesto en una prominencia alfombrada de florecillas silvestres se admliran los panoramas más soberbios y delicados que es dado imaginar.
Además del columnaje de los bosques vírgenes, de los millones de árboles que forman selvas impenetrables, posee esta isla cinco eraciosísimas y encantadas lagunas, de dos y res cuadras de lareo, una de éllas llamada Mercedes, en recuerdo
de la madre de don Aarón, la distinguida matrona” Mercedes Castellano de Anchorena.
En dos horas de navegación nos pusimos desde esta isla hasta San Carlos de Bariloche. Sito en la margen Sur del Nahuel-Huapi, pertenece al territorio de Río Negro—la costa opuesta del lago al del Neuquén —y Cuenta entre mil habitantes, poco más o menos, chilenos o hi. jos de chilenos en un 90 o|o. Tiene ielesia atendida por los padres salesianos, escuela, correo y telégrafo, pero fáltale una sucursal del Banco de la Nación que se hace necesaria e indispen-
sable, un juzeado letrado, ya conPaisaje en Puerto Anchorena, y S E z
a voto (es Aras) cedido por el gobierno, pero no llevado a efecto, para evitarles a sus habitantes las molestias, demoras y perjuicios que han de soportar acudiendo, por cualquier asunto civil o comercial, al juzgado de Biedma, ya de suyo recargado, a más de 200 leguas de distancia, un eseribano público, un tasador local del Banco Nacional Hipotecario para la ayuda de crédito a tantos colonos emprendedores y aleunas otras obras de menor cuantía y que constituyen el justo anhelo de ese vecindario.
El clima en verano es delidioso y envidiable, y en invierno, aunque crudo, extraordinariamente samo y tonificante, al decir de los naturales.
Desde cualquier punto del pueblo escalonado con sus grises casas de madera, en una empinada y pintoresca colina, la vista, que abarca desde el nacimiento del caudaloso Limay hasta las cumbres nevadas que se pierden en brumosas lejanías, se recrea con panoramas erandiosos e infinitamente variados, Todo allí es luz, a cualquiera hora del día, diafanidad de atmósfera, deslumbrante claridad, procesiones fantásticas de
nubes, fiesta no interrumpida de coleres en que predomina el blanco, azal y verde maravillosamente combinados, centelleo
inverosímil de fascinadores paisajes.
San Carlos de Bariloche (Rep. Arg.)
Conocer todas las islas, fjord, caletas y puertos del. soberbio y espléndido Nahuel-Huapi, sus bahías, penínsulas y brazos retorcidos, que se internan en las montañas, de flancos atbolados y a pique, exige varios días de excursión, compensados con creces, según cuentan los turistas, por las múltiples bellezas que se admiran y las hondas sensaciones que se recogen.
Relativamente cerca de San Carlos, están los laos, muy dignos de visitarse, Gutiérrez, Maseardi, Guillelmo, camino del valle del Bolsón, llamado el vergel de la cordillera.
Yo hube de contentarme con hacer una excursión de hora y media en coche, recorriendo una distancia de un poco más de tres leguas, hasta el lawo Gutiérrez, bordeado de tupidos bosques de cipreses y que ocupa la hoya formada por los cerros de la Ventana (2.000 metros de altura), de la Catedral ( metros 2.400), y el Ottoshoe (1.405), y cuyos sugestivos encantos y peregrinas bellezas, dejo que se los imagine el paciente lector, que hasta aquí me ha acompañado.
Porque si bien es cierto que con lo mucho que llevo di-
cho, no haya alcanzado a levantar ni siquiera una puntita de ese manto de soberana grandiosidad y hermosura que cubre la extensa región de los lagos australes, mansión hechizada de nuestros aborígenes, teatro de correrías apostólicas dle misioneros mártires, como Mascardi y otros, y sitio probable do se ubicaba la ciudad de César, otro Eldorado de leyenda que, con igual o mayor fuerza atraía la codicia de los primitivos aventureros hispanos, es hora ya de hacer alto y contener la mano y la pluma que me han hlevado más allá de lo que yo mismo me había propuesto.
El ne quid. nimis de Horacio, aunque extemporáneo y tardío, cumple siempre ser recordado.
Dos días ínteeros de auto, desde Sam Carlos de Bariloche hasta la capital del Neuquén, y desde aquí, pasando por Bahía Blanca, treinta horas de ferrocarril, nos pusieron a las puertas de Buenos Aires, la eran urbe de la América Latina.
Págs.
Al que leyere CAPITULO I
De Jujuy a La Quiaca. — La atención de un amigo. — Lia cremallera. — Tumbaya la bella. — El pueblo de Uquía. — Altura máxima de la línea. — El tipo indígema. — Anidez de la puna. — Ultimo silbato
CABIDULO ST
De La Quiaca a Tupiza. — Asiento asegurado. — En verano! el auto-mensajería no marcha. — Villazón y La Quiaca. — Su movimiento comercial. — La línea «en construcción. — Cuadros indígenas. — Recorrido monótono. — Magnífico panorama. — Nazareno, Suipacha y El Angosto
CAPITULO HI
Aspecto de Tupiza. — Don Avelino Aramayo. — La obra de los Religiosos y de las Hermanas. — De Tubpiza ia Altocha. — Aspecto del trayecto. — Antigwo condado de Oploca y su capillla. — El Chorolque. — Peyasadas de un mapolitano
CAPITULO IV
De Atocha a Uyuni y Potosí. — Poesía del auto y comodidad del tren. — Rasgos característicos de la región inter- “andina. — Una página brillante de A. Arguedas, — Atenciones recibidas. -— Uyuni la Siberia boliviana. — Los mirajes. — Trayecto de emociones. — Nieve. — Efectos del soroche
CAPITULO V Potosí. — Fascinación que ha ejercido este nombre. — La ciu-
dad más populosa de América. — Datos interesantes sobre sus fabulosas riquezas y magnificencia de sus fiestas. —
No todo lo que relumbraba era oro. — “Sic transit”...
— Lo que aun queda. — Potosí, la Toledo boliviana. — En qué ha de reponerse su verdadero carácter, y la. poesía que encierra, — Tradiciones y leyenda
CAPITULO VI
Fundación de Potosí. — Su aspecto. — El soroche. — Cuadros regionales. — Idiosincrasia del potosino. — Sus glorias. — La Matriz. — Jerusalén. — San Lorenzo, ¡San Martín y San Francisco. — Templos profantíidos. — Las lagunas y la Casa de la Moneda. — Impresiones, datos y Cifras. — El Cerro, lo que fué y lo que es en la actualidad. — Datos interesantes acerca del modo de sér y vida que llevan los mineros del cerro
CABIDUBEOS VIE
Una mañanita... potosina. — Indios comunarios en huelga. — La acción bienhechora del “Tatay” y sus detractores. — Intensas emociones en la célebre cuesta de la Tanana. — Soberbio puente sobre el Pilcomayo. — Itala. — Monseñor Arrien, Arzobispo de Charcas
CAPITULO VIII
Objetivos de mi viaje. — Fundación de Chuquisaca. — La Real Audiencia de Charcas, su jurisdicción y principales atribuciones. — Un testamento original. — El Arzobispado de Charcas. — La Universidad de San Francisco Javier. — Los Carolinos. — Parodiando a Rioja. — Aristolcracia boliviana. — Clima de Sucre. — La edificación y aspecto