Bianchetto: la patria del trabajo · Capítulo real 3 de 22

CAPITULO IV

Texto completo de esta unidad literaria, reunido aunque el lector la divida en 1 tramo técnico para mejorar el rendimiento.

CAPITULO IV

DESCONCIERTO DEL EGOÍSMO

Bianchetto se quedó otra vez solo ; solo con la tía Marcotta, esto es, con el egoísmo de la miseria, que es la prosa más acerba de la vida.

Cuando supo que la extranjera se marchaba, la tía Marcotta se dio á todos los diablos, y éstos la poseyeron para hacerla proferir una maldición por minuto.

Tan insoportable estaba por la tarde la poseída, que Bianchetto, irritado por aquello de que pretendiese ser más realista que el rey, — que era él en su desgracia, — se lanzó afuera para no escuchar otros ecos de despecho que los suyos propios.

Se fué á la playa, de aquí á la plaza, siguió por la larga vía, y en todas partes se encontró mal, y anadie vio, ni reparó en nada cuando

hubo vuelto por el mismo camino con unas ansias de llorar que le quitaban hasta las ganas de comer acaramelados.

Andando así como atontado, oyó la voz del portero del Hotel de Sestri, que le llamaba. Sintió como un fuerte nudo en la garganta. El portero en comisión le trajo á lo vivo el hecho de la partida de la extranjera.

— ;,Cómo? ¿No vas al Hotel?

— No, le respondió Bianchetto volviendo sobre sus pasos y andando al lado del portero

emo fastidiar á los parroquianos.

— Eres prudente, y, además, ya te he dicho que se marchan mañana y están ocupados en sus preparativos.

— ¿Y por dónde se marchan?

— Los equipajes irán mañana temprano á la estación Piazza Principe^ lo que vale decir que se dirigen á Alejandría ó á Turín.

— ¿Y el equipaje de la extranjera también va allá? preguntó Bianchetto en un tono que era el de un arpegio doloroso.

-Sí.

Nada más.

El sí del portero era la evidencia de la desgracia de Bianchetto. Un eco de ese egoísmo, más ó menos blando,

más ó menos crudo, que viste como de fiesta en la intimidad de todas las criaturas, le gritaba que era terrible la partida de esa extranjera, por la sencilla razón de que con ésta se perdían las monedas de oro que solían ir á parar á su bolsillo.

Ese mismo eco variábale la situación por pasiva, agregándole que la cosa no sería tan terrible si llegase al Hotel otra extranjera tan generosa para con él como la que se marchaba.

Esta hipótesis casuística no le ofrecía mayor consuelo por el momento, y Bianchetto la rechazaba despechado.

Por manera que el rostro bello y seductor de la extranjera no era lo que llenaba la imaginación inquieta y aviesa del muchacho.

Mejor dicho, él veía á la extranjera á través de una pieza de diez francos. Al apretar esta moneda entre sus dedos nerviosos, si algo sentía no era esa impresión subjetiva que nos hace ver en radiante relieve á la mujer querida cuando tocamos una prenda que ella tocó. No : lo único que Bianchetto sentía era no tener en vez de una, dos monedas de diez francos. Verdad es que no se le podía pedir más.

Con todo, recapitulando sobre los episodios de su corta, pero cordial relación con la extran-

jera, encontraba que maldito si podía darse cuenta de ellos.

Todo ello era una nebulosa para él. Le sucedía lo que á aquellos que pierden el conocimiento al principio de una escena trágica en que son actores^ que no pueden explicar lo mejor.

Bianchetto aguzaba su ingenio para amontonar las circunstancias, desmenuzarlas en seguida, y sacar alguna luz... ¡imposible!

Desde luego, se decía, la extranjera le tomó bajo su protección... ¿Por qué le tomó bajo su protección ?. . . Corría y jugaba con él, como él corría y jugaba con los muchachos de la playa. . . Se bañaba con él, se daban un golpe feroz, enlazados caían ambos al suelo y... ¡ paf ! ella cambiaba repentinamente, le ponía una cara como la del oso blanco que la servía de foot-man^ y resolvía marcharse incontinenti, sin ni siquiera aprender la canción que con insistencia lepidio la enseñara. ¿Cómo explicarse todo esto?

Bianchetto trabajaba inútilmente como esos rebuscadores de oro que persisten en encontrarlo á través de las piedras de cuarzo que la suerte siempre irónica les brinda.

Pero tampoco quería ceder á la casi eviden-

cia de su ruina. Es lo que más cuesta al egoísmo de los hombres, desde el altivo mandatario desalojado del poder, que se aniquila á sí mismo llamando á la opinión que le rechaza; hasta el enamorado sin fortuna, que corre tras un nuevo desahucio cuando están frescos los desahucios anteriores. El espejismo grandioso de tal egoísmo se ve en Napoleón, marchando adelante él solo, en la noche sombría de Waterloo .

Bianchetto siguió adelante también. Niño, ingenuo, sin más horizonte que el del interés egoísta y propio del medio ambiente en que vivía, pensó que todo aquello no era más que un capricho; que un capricho era siempre el padre de otro capricho, y que bien podría ser que la extranjera cambiase de parecer y se quedase algunos días, cuando le oyese cantar nuevamente bajo el balcón, y le alargase otras monedas como las que él calentaba con todo su ardor.

En su guitarra y en su garganta estaba toda su esperanza. Las nueve serían cuando favorecido por una luna, en cuyo disco creía ver algo como la predicción de su buena fortuna, Bianchetto se situó en el jardín del Hotel Sestri, precisamente bajo el N^ 22, é imprimiendo á

SU VOZ toda la dulzura é intención que le fué posible, empezó á cantar así :

« Doncella la de lo blanco la que entre tocias descuellas como en el bosque la palma por su gracia y gentileza : Asómate á tus ventanas y oye, tirana, mis quejas ; son vibraciones del alma que tu amor tiene en cadenas. »

Á poco se abrió alguna ventana. Pero en el N°. 22. . . obscuridad y silencio !. . . ¡ Era horrible ! ¡ Esa mujer era de palo ! , . .

Bianchetto reunió sus mejores fuerzas y atacó la última estrofa, imprimiéndole á su voz acentos tan quejumbrosos que se antojaban lamentos de esos que repercuten entre las laderas de la montaña, como verdaderas lágrimas habladas de algún grande infortunio que peregrina entre las ásperas moles de granito : ,

((. Son efluvios inefables de un misterio que en mí vela, que algo tienen de divinos : desde que Dios me condena por esquiva á aborrecerte, á idolatrarte por bella... »

i Horror ! . . . Detrás de él apareció el foot-man^ le tocó en el hombro y, á nombre de su señorita, le pidió se retirara, porque la había despertado con el canto y ella debía marcharse en la madrugada . . .

Bianchetto quedó humillado, avergonzado, reventado. Tuvo un acceso de furioso despecho en el que pensó romperle al foot-man la cabeza con la guitarra. Pero á tiempo reflexionó que antes se rompería la guitarra, pues lo que ese oso blanco llevaba sobre los hombros era una cabeza de piedra, único vehículo de herejías semejantes á la que le trasmitía.

i Oh ! i la extranjera mentirosa y avara! Ahora lo comprendía todo. Por darle una moneda de plata, habíale dado una moneda de oro, y despechada se negaba á escuchar sus canciones. ¿Y qué importaba diez francos á esa mujer que debió ser tan rica?

Bianchetto buscaba los motivos más antipáticos para desahogar su interés burlado, olvidando que la extranjera le dio la moneda de oro la noche anterior al día en que le invitó á nadar con ella.

Estaba en pie de guerra. La tía Marcotta tuvo á bien notarlo así cuando, al entrar en la covacha, Bianchetto arrojó en un rincón la

guitarra, arrancándole un \ ay ! sordo y prolongado que se fué apagando con las últimas vibraciones de la bordona.

Como nada le dijeran, empezó á refunfuñar hasta que á gritos exclamó:

— Tía Marcotta, estos forasteros son unos avaros, y las mujeres son pura magagna.

— Toma, replicó la tía Marcotta, sin darse por aludida, que por sobre no haber sido jamás forastera, no se inclinaba por modestia á defender su sexo, ¿crees que viajarían si no fuesen avaros ? Estos extranjeros salen de su casa para economizar durante la temporada en que se aprietan hasta el estómago dencro de sus vestidos á cuadros; los mismos que ya les sirvieron para apretarse otras veces.

— Haberme pedido que le enseñase una canción, haberme dado confites y dinero, haber apostado conmigo á quien nadaba más, habernos casi roto una pierna al caer al suelo...

— Muchacho, ¿qué estás diciendo?

— Sí, tía Marcotta ; esa mujer no es como las demás, porque no usa frasco de esencias, ni teme las corrientes de aire, ni le duele la cabeza, y porque tira el sable, y nada más que un hombre, y tiene unos puños de hierro y unas carnes que parecen de mármol y unos huesos de

bronce, como que casi me aplastó al caer sobre mí.

La tía Marcotta tuvo la tentativa de un sobresalto, y cuando Bianchetto la liubo referido ingenua y detalladamente todos esos episodios con la extranjera, acometió la grandiosidad de encender la vela, se dio una palmada en la frente, rió con ruido semejante al graznido de las harpías de la Eneida, y tomando del brazo al muchacho :

— ¿Conque esas tenemos ? le dijo. ¿Conque la extranjera?. . .

— ¿Qué? preguntó Bianchetto, que no entendía una palabra.

Probablemente la tía Marcotta pretendió de visu confirmar lo que aleteaba en su imaginación como cuervo herido en un pantano, porque Bianchetto apartándose con cierta gravedad la dijo :

— Tía Marcotta, es tarde ya y necesito dormir porque he de levantarme muy temprano.

Y como no hay intranquilidad que quite el sueño á los muchachos, Bianchetto se durmió muy luego.

En su sueño debían de saltar en tropel las apariciones, porque la tía Marcotta le gritó algunas veces creyéndole enfermo, ó presa de

una de esas pesadillas en que la imaginación despliega sus vuelos en busca de magníficos absurdos ó de abominables monstruosidades, cuyo recuerdo vago le suministra al hombre la presunción de que es capaz de llegar con discernimiento á todos ellos.

¿Bianchetto veía delante de sí ala bella extranjera, ú oía con fruición el sonido de las mil monedas de oro que ella le daba?

Probablemente la veía; porque se antoja que los ensueños castigan al hombre en sus pasiones, haciéndole actuar, — siquiera sea á pura imaginación, — en sentido contrario del en que actúa durante la vigilia.

Castigan al egoísta tornándole magnánimo y generoso; al avaro le castigan prodigando el oro á manos llenas; y al ambicioso ruin que sacrifica patria y afecciones, le castigan también, haciéndole servir la causa de la virtud y del bien público. En este sentido se puede decir que los ensueños propinan, aunque sea por breves instantes, el escozor del remordimiento, el sudor de las angustias y hasta el frío de los patíbulos. ¡ Lástima que los hombres olviden la lección al despertar, ó rían impunemente del fastidioso devaneo que levantó el espíritu en ausencia de la voluntad.

Sí, probablemente la veía; la veía bajar hasta él riente y pura, tomarlo de la mano y ascender con él, entre millones de glóbulos transpa- . rentes que se arremolinaban en el espacio tibio, derramando los adormecimientos de la voluptuosidad en sus cabezas inclinadas ante el misterio de ese goce inefable.

La veía adorable, brindándole con sus gracias ternuras celestiales, y se veía crecer y sentía la intimidad de esa unión en el espacio, cuyas ondas lo mecían entre harmonías deliciosas hasta tender los brazos en inaudito letargo.

En esto despertó: su brazo tendido recobró á poco la tensión habitual: su mano sudorosa y ávida buscó el extremo de su camisa anudada donde depositaba sus monedas. ¡Ahí estaban! Y con la satisfacción brutal de haberlas tocado, y haber venido el día, se vistió apresuradamente, tomó su guitarra y salió á la calle.

Todavía no habían salido los viajeros del gran Hotel de Sestri ; pero él debía ganar camino porque no quería pagar pasaje de tranvía. En todo caso trataría de acomodarse en e estribo del carruaje del Hotel.

Siguió la larga vía. Á la altura de la Villa Rachel, en Cornigliano, vio venir el carruaje á gran trote y se detuvo á esperarlo. Una señal

de súplica al cochero con quien mantenía aparcerías de birreria, y otra y otra, le permitió instalarse en el estribo. El carruaje siguió el camino de Cornigliano, pasó los túneles de San Pier d'Arena, siguió por la vía Milano, enfrentó el largo é imponente Palazzo Doria y torció para entrar en la estación Piazza Principe.

Bianchetto no perdió el hilo en ese mare mágnum de baúles y de pasajeros (que á las veces son más pesados que los baúles) en que todos gritan y se estrujan y s^ pisotean y se dan recíprocamente excusas, con una sonrisa que es como la válvula de escape á la cólera que en los ojos relampaguea, sobre motivos de cualquiera colisión que torció un sombrero, desautorizó la solemnidad de un postizo, desmontó unos anteojos, ó hirió el amor propio que tantas gentes llevan en los vestidos, por la sencilla razón de que no saben llevarlo en otra parte, y mucho menos en viajes, cuando p1 último patán raya en insolencia con el primero de los marqueses.

No perdió el hilo, que le hizo cola al secretario del Hotel Sestri, calculando, y con razón, que alrededor de éste se moverían todos los pasajeros que con él vinieron; como que el secretario les tomaría los pasajes, les arreglaría

los equipajes, y cuando el tren se pusiera en marcha iría, sombrero en mano, al ventanillo del vagón á darles el acostumbrado bon voyage^ mesdames et messieurs.

Y siguiendo el método de su egoísmo calculador, que él no tenía por el momento otro conductor de sus acciones, se dijo, y también con sobrada razón, que si se ponía á cantar cuando cada cual se preocupaba en hacer que hacía como los Tony de los circos, yendo en cola detrás del secretario, que era quien realmente por todos hacía, nadie le oiría aunque él fuese un Paganini.

La suerte, que favorece al egoísta más que al generoso, ayudólo á Bianchetto, pues había una espera de veinte minutos hasta que llegase el tren de Alejandría.

Claro es que Bianchetto era todo ojos para ver el vagón en que entrara la extranjera. Por el foot man de proporciones gigantescas dedujo que ella entraba en un wagonlit; y en esta confianza siguió por el andén detrás del secretario. Cuando todos los pasajeros ocuparon sus asientos, y los vendedores ambulantes empezaron á ofrecer cuanto artículo puede descomponer el estómago en un viaje de ferrocarril, Bianchetto le manifestó al secretario

que deseaba despedir con una canción á los parroquianos del Gran Hotel de Sestri.

— ¡Bravísimo! Bianchetto, le respondió el obeso secretario, con ese tono abaritonado que sale del vientre siempre regalado de todos los secretarios de hotel.

Cuando el muchacho empezó á pulsar su guitarra, veinte cabezas asomaron por las ventanillas. ¿Y la bella extranjera? No; que en vez de ella asomó la caraza de bull-dog del joot-man.

El caso es que Bianchetto, sin prever esta circunstancia que apenaba su interés egoísta, preludiaba una canción alegre y festiva. Comprendió que no podría seguirla porque le subía por el esófago una especie de ahogo que sería cólera ó despecho, ó qué sé yo, pero que le inspiraba más bien gritos de rabia, y hasta intenciones de estrangular á la extranjera.

Cambió bruscamente el preludio y se decidió á cantar una endecha cuyos acentos quejumbrosos cuadraban con la situación de su espíritu; tan cierto es que en cualquiera edad, el sentimiento egoísta del hombre quiere asociar á sus tristezas todo lo que tiene á su alcance ó es de su intimidad, como si encontrase consuelo ó compensación en que los demás padezcan de lo que él padece.

Y con voz emocionada comenzó á cantar de esta manera:

« En flor del campo

me tornaría

y por tu loca

tenacidad

entre las yerbas

escondería

de mi corola

la majestad. Límpida fuente de agua seré, y así tu tallo fecundaré. »

Bianchetto sostuvo con vigor la nota final y fué apagándola lentamente como para que muriese sobre la faz marmórea de la extranjera, suave, apenas murmurante, como l;i ondina sobre las piedrecillos de la orilla.

¡Y la extranjera no asomaba al ventanillo! ¡Adiós ilusión de algunas monedas de oro! i Avara incorregible ! . . . Un esfuerzo más para tocar el corazón con el arte. . .

« En fresca gota

me desharía

de grata lluvia

matutinal,

y sobre el cáliz , me posaría

de una entreabierta

flor tropical. Yo mariposa gentil seré, dulce rocío te absorberé.»

• — ¡Malditas mil veces esas locomotoras cuyo silbato espantoso ensordece alas gentes! dijo para sí Bianchetto, con la misma propiedad con que Don Quijote maldecía el invento burgués de las armas de fuego.

El tren de Alejandría se aproximaba imponente. Del pulmón de la locomotora surgían alientos ciclópeos y penachos intermitentes de humo, eco é incienso de la civilización que han vencido del tiempo y del espacio.

■ — ¡Partenza! gritó el jefe de movimiento.

Bianchetto se apresuró á levantar su gorra á la altura de los ventanillos. Algunas monedas cayeron. La bella extranjera estiró el brazo y sin mirar á Bianchetto dejó caer una pieza de diez francos.

Bianchetto la miró después de guardar la moneda. La extranjera lo contemplaba impasible desde la distancia. Pero de sus ojos pendía algo como glóbulos brillantes, que resbalaron por sus mejillas, sin distraerla en su contemplación. Cuando el tren se ponía en movimiento, la extranjera se pasó el pañuelo por los ojos, y con el ademán y la expresión del despecho soberbio, estiró nuevamente el brazo y arrojó con fuerza dos ó tres monedas.

Cuando en seguida de recogerlas Bianchetto levantóla cabeza para darle las gracias, ya la extranjera se había ocultado en el vagón. La llamó... ¡ nada !

¿For ever? . . . Todavía no. Á cien metros de la estación, Bianchetto creyó distinguir fuera del ventanillo el sombrero de paja de la bella extranjera. En seguida la fatua montaña de polvo, á través de la cual aparece el tren como uno de esos monstruos que hacen retemblar á su paso las llanuras y con cuyas fechorías nos adormecían nuestras abuelas.

De regreso, Bianchetto se sentó en el camino á contar su dinero. Si la extranjera hubiese permanecido un mes más, él habría hecho su bolsa, se decía, y podría pagar su pasaje hasta América, tan hermosa, según se la había pintado uno de los caballeros españoles. Si esa extranjera no era un avara ¿qué era? se preguntaba. ¿Porqué seiba así tan de súbito? ¡ Ya ! . . . Era una extravagante, que como las de su raza y laya, vivía con nieblas en el espíritu, y un poco de veneno en el corazón. Era tan huraña que debía de ser muy mala. . .