Bianchetto: la patria del trabajo · Capítulo real 4 de 22

CAPÍTULO V

Texto completo de esta unidad literaria, reunido aunque el lector la divida en 1 tramo técnico para mejorar el rendimiento.

CAPÍTULO V

LA HERENCIA

La partición de las ganancias del día con la tía Marcotta, fué tocante. Bianchetto ya tenía algunos atadijos en su camisa, y en su interés avariento reflexionó que el diablo podría tirar del extremo de la misma, é ir sus monedas á parar á manos de la tía Marcotta, que no era menos avarienta.

Se resignó, pues, á darle participación de las dos monedas de oro, y tan luego como entró en la covacha puso sobre las rodillas de la .tía Marcotta veinte y seis francos.

— ¡Medio marengo! i Otro medio marengo! esto viene del cielo, exclamó la tía alborozada y acariciando á Bianchetto. La Madona de la Guarda ha querido que hoy, día de mi cum-

zy¿

pleaños, tengamos como hacer una fritura y una buena ensalada.

— ¡Ah!... ¿V. cumple años hoy, tía Marcotta?-

— Setenta años; y deseo que si llegas á mi edad tengas tan frescos los recuerdos como los tengo yo, que me parece que estoy viendo las fiestas de la coronación de Carlos Alberto en el año de 1830, y cinco años después los horrores del cólera en Genova, cuando morían hasta quinientas personas en un día, y teníamos que echar á correr á Voltri, donde se construyeron barracas sobre el mar.

— ¿Y qué comíais en Voltri? preguntó Bianchetto asombrado de la sabiduría de la tía, que á saltos ligaba el nombre del príncipe de Carignano con el cólera de Genova.

— Nada más que fariña, y castañas, y pescado muy hervido. En cambio hoy nos regalaremos. Ten : vé á la birrería y compra una botella de grignolino : yo voy á comprar lo necesario, y á la 1 no faltes, que habrá fritura y habrá ensalada.

Bianchetto quedó suspenso de la prodigalidad inaudita de la tía Marcotta, quien se resolvía á gastar tres liras en una comida, pudiendo ambos comer por veinticinco cénti-

mos sin abundamiento de grignolino, ni ensalada, ni fritura. Pero ella pagaba ; y de no haberse vuelto loco, menester era comer de lo que ella daba.

Una vez en la birrería, Bianchetto tuvo ímpetus de comerse, por vía de aperitivo, un acaramelado ; pero contuvo su glotonería en la espectativa de los manjares que iba á saborear. Cuando regresó con la botella, la tía estaba en las faenas de la cocina.

En una grande sartén de hierro la tía echó aceite, sal, ajos y pimentón; luego una buena cantidad de pescaditos; encima hígado de ternera menudamente cortado, y todavía perejil, cebolla picada y algunas hojas de laurel.

El aceite envolvió al menjurge en la nube de su tufo, y entre chisporroteos que levantaban con estrépito algunos granos de sal gruesa, estrujaba, torcía, achicaba y revolvía pescados y especias, mientras la tía Marcotta se relamía componiendo su ensalada.

Era este el plato digestivo: bastantes rebanadas de pepinos y remolachas, hongos, lechuga, cebolla y perejil picados; aceite y vinagre como para tomarse con cuchara, y todo ello revuelto con frenéticos alardes de hambre.

Cuando hubo dado el último vistazo á la fritura, la tía Marcotta alcanzó unos panes con exterioridades (y probablemente interioridades) de estopa; puso la sartén en el suelo, entre ella y Bianchetto, y las cucharas de palo se bajaron de la boca á la sartén y de la sartén á la boca como remos que azotan aguas tranquilas.

La tía Marcotta comía con avidez; Bianchetto lo hacía con prudencia, y tanta, que quiso pasarse á la ensalada.

— i Glotón ! le dijo la tía con la boca llena; ¿todavía no has concluido con el pescado y ya quieres comer de la ensalada? Trae ese cántaro, que te daré un poco de vino con agua, y ya iremos á la ensalada.

El prolongado remojo de vino sobre la abundante dosis de pescado, tiñó la frente y las arrugadas mejillas de la tía Marcotta de un colorado subido.

Y la ensalada era su plato favorito. La atacó con valentía suprema. Su cuchara buscaba con ansia infantil los pepinos y los hongos. Con el segundo vaso de vino ya no se acordaba de Bianchetto. Devoraba como una loca absorbida en la idea de que se convertiría en una ensalada á la que nadie podría acer-

carse sin morir. Cuando concluyó con las últimas rebanadas de pepinos y las últimas cucharadas de aceite, estaba cárdena.

Bianchetto no se sorprendió de que la tía revolviese los ojos de un modo extraño, porque se dijo que el vino la habría mareado. Sudorosa y resoplando se inclinó indolentemente contra la pared, y con la cuchara removía lo muy poco que había quedado en el fondo de la fuente. La botella completamente vacía.

Bianchetto, somnoliento con las caricias del festín, apoyó el codo en el colchón y se quedó dormido. Después se fué á la playa. Cuando regresó, á eso de las 7, la covacha estaba á obscuras y tropezó con la tía Marcotta, la cual no se había movido del sitio en que la dejó. Encendió luz y permaneció con la boca abierta. La tía, con el rostro amoratado y la respiración anhelosa, le miraba con los ojos fijos, inmóviles. El muchacho tuvo miedo y quiso correr, pero la tía le llamó á sí con la mano derecha.

Al aproximarse notó que la tía hacía unos visajes muy raros, y que tenía la boca horriblemente torcida. La tía llevó la mano á su seno, sacó una bolsa pequeña y se la dio balbuceando algo ininteligible.

Los ojos, ¡oh! los ojos de la tía aterrorizaban á Bianchetto. Pero después esos ojos empezaron á pestañear precipitadamente, la boca se torció hacia la oreja y las narices batieron entre absorciones ahogadas el prelu^ dio del paroxismo. Fué largo este preludio.

Y si Bianchetto hubiese permanecido allí, habría visto como esas absorciones, apagán= dose poco á poco, terminaron con una más fuerte que estremeció todo el cuerpo de .la tía Marcotta, enderezó la boca y levantó el brazo derecho haciéndolo caer en seguida para siempre inerte.

Pero una vez que guardó la bolsa con el pequeño tesoro de la tía Marcotta, Bianchetto echó á correr dando voces de que ésta se moría. La covacha se llenó de vecinos que con indiferencia, fuera de toda duda, vieron como la policía recogía el cadáver para darle sepultura por tratarse de un pobre de solemnidad.

Bianchetto ganó la covacha de un calafate de la playa. Los ojos inmóviles de la tía Marcotta, lo miraban á través de la obscuridad. Cuando pudo dormirse soñó que lloraba de sentimiento por la muerte de aquélla, y al despertarse, entre sollozos, creyó que lo movían para robarlo. Dio un grito y llevó

la mano á su tesoro. Lo tenía consigo. Él ya sabía lo que liaría.

Ya llevaba su plan madurado cuando al día siguiente se dirigió al negocio de Giacomo d'Onetto, agente y amigo del comisario de uno de los vapores de la carrera entre el Mediterráneo y el Plata.

A las primeras palabras de Bianchetto, Giacomo hizo una mueca de mal agüero : valía decretar un « no ha lugar». Pero el muchacho no desmayó.

— -Gio-Batta me ha dicho que se necesitan tres grumetes á bordo del Colombo^ agregó : yo puedo ser uno de ellos; serviré en todo lo que me ocupen ; subiré al extremo del palo mayor, ó lavaré la cubierta, ó lavaré los platos; limpiaré las cabinas ó los pesebres, todo lo que querráis, con tal de ser bajado en Buenos Aires.

Ni)^ siempre se tiene á la mano seis ú ocho muchachos voluntarios de que han menester los vapores de ultramar. Después de hablar con el comisario del ColombOj Giacomo le comunicó á Bianchetto alborozado que había sido aceptado á bordo, y le invitó á ir con él para entrar desde luego en el desempeño de

SUS tareas, pues el Colombo tenía fijada su salida para el día 3 del mes próximo.

Bianchetto dejó la playa de Sestri Ponente sin mirar para atrás ; sin un recuerdo tierno para los días sin nubes que para él se habían sucedido. El padre quedaba bien muerto. La tía Marcotta también. Nadie quedaba tras él. El mismo era nadie: una piedra, una yerba que se aparta con e] pie, y se sigue, cada cual ocupado de cosas más serias. Él no tenía más cariño que para su pequeño tesoro, ni tenía más ayuda que la propia. Con ésta ahorraba el costo de su pasaje, pues en cambio de su transporte á Buenos Aires, él servía de grumete en el barco, pudiéndose romper una pierna al subir al palo mayor ó resbalar sobre la cubierta en una noche de borrasca.

¿Cómo había vivido? Algo peor que como vive un pollino, al que se considera por ser el agente indispensable de la ganancia del díaÉl nada sabía hacer, porque nada le habían enseñado. Leía apenas, porque el cura había intervenido para que lo admitiesen en una escuela, en cambio de los mandados que él le hacía y de barrerle la sacristía y las dos habitaciones.

El único servicio por el cual no se le había

exigido condigna retribución, debíalo á los caballeros españoles, quienes le habían enseñado á cantar y tocar la guitarra, marchándose en seguida para América, é invitándolo á ir allá. Pero ¿estaba seguro que éstos no le exigirían algo en América? ¿Cómo era esta América que tan lejos estaba de la Europa? Recordaba que los caballeros españoles le dijeron que la América era una bella promesa que se brindaba á los hombres de todas las latitudes. ¿Y qué le prometerían á él? ¿Riquezas? Él no debía confiar en las promesas, después de lo que le había sucedido con la extranjera.

Entre este deshilachado giraba la mente de Bianchetto el día de la partida del Colombo, cuando la marinería estaba en la faena de cargar y estivar pipas, y cajones, y bultos de toda especie, mientras el mayordomo y su cuadrilla se las habían con los pasajeros y los equipajes, muchos de los cuales valían más que los pasajeros.

El comedor y los pasillos, y el departamento de popa, era un mare mágnum ; todos querían acomodarse á la vez, asediando á los mozos para que los sirvieran preferentemente. Los mozos iban y venían sin hacer nada, espe-

rando que pasase ese chubasco de impaciencias infernales, para hacer las cosas cuando lo creyesen conveniente. Tal cual viajero, conocedor de la biblia de los viajes, resbalaba una moneda en la mano de algún mozo. Éste la apretaba fuertemente con el billete de viaje, y el pasajero lo seguía seguro de encontrar en su cabina todo lo que necesitaba. En seguida la gorra y los zapatos de á bordo, el anteojo y... á cubierta!

La proa era un hacinamiento. Estos pasajeros de 3^ clase, echados á cientos en un espacio reducido y atajado por un cabo que vigilaban dos marineros; apiñados de modo que podían trasmitirse hasta el sudor que los bañaba, no pedían, no gritaban. Se recogían mustios, esperando que terminase pronto esa especie de castigo impuesto á su condición desheredada, ó á su aspiración de prosperar en la República Argentina. Bien pronto iban á ver cómo eran mejor tratados que ellos las bestias que se guardaba, ahí, á su lado, para el consumo del barco, ó para el comercio. Las bestias tenían un blando lecho de paja; se les aseaba los pesebres, se les colocaba cuidadosamente, dos veces por día, la comida en lugar apropiado. Ellos dormían sobre tarimas des-

nudas, en un antro obscuro, donde se revolvían en confusión brutal los sexos y las edades, el desaseo y las miasmas ; y comían en el suelo, sacando con una cuchara de palo el bocado que cada cual acertaba en una tremenda olla de huesos y yerbas desabridas.

Bianchetto, que no pudo pensar en semejante afluencia de gentes, creyó que el mundo se conjuraba contra él; y se dijo que era atroz que cuando resolvía trasladarse á Buenos Aires, lo resolviese también todo ese enjambre de postulantes que le arrebatarían á él otras tantas probabilidades. El caso de Alejandro llorando ante la narración de las conquistas de su padre, quien no le dejaría á él nada que conquistar, movía el egoísmo crudo de Bianchetto en sentido maligno; á punto de agregar para sí que bien podía ser que el barco naufragase y se salvase él solamente con el comandante, el comisario y los oficiales principales, quienes, por regla general, se salvan providencialmente.

Pero los marineros no tienen á bordo tiempo para hacer muchas reflexiones, á no ser en las cortas horas del sueño, las cuales aprovechan íntegras, por la sencilla razón de que calculadamente no se les tiene desocupados un

instante mientras están en pie. Cuando acaban de limpiar algo, ó coser una vela, ó añadir un cabo, se les manda hacer otra cosa; y de aquí que el marinero antiguo jamás se empeña en aligerar su tarea.

Poco después del medio día, se izaron las escaleres y el piróscafo comenzó á marchar lentamente para zafarse de los barcos atracados al molo vecchio. Cuando hubo traspasado la lanterna, puso la proa al sur del Mediterráneo, aumentó paulatinamente su fuerza, y media hora después parecía algún hijo engrandecido dercoloso de Rhodas, que cruzaba tranquilamente esos dominios para llegar hasta las columnas de Hércules, donde terminaba el mundo. El espíritu de Colón lo empujaba al más allá, adonde lo seguiremos...