Cecilia Valdés o la Loma del Ángel · Capítulo real 23 de 46

Segunda parte · Capítulo X

Texto completo de esta unidad literaria, reunido aunque el lector la divida en 1 tramo técnico para mejorar el rendimiento.

_--Ya sé lo que me pides, Llévate en él mi corazón y... toma._

RAMÓN MAYORGA

Promediaba el mes de noviembre de 1830. Los vientos del norte ya habían arrojado sobre las playas cubanas las primeras aves de paso de la Florida, probando así que se había adelantado el invierno en el opuesto continente. El mar a menudo se hinchaba y con bramidos atronadores rompía contra los arrecifes de las costas que sembraba por largo trecho de blanca espuma, de conchuelas y sedimentos salinos.

A las cuatro de la mañana no había bastante claridad en las calles de La Habana, ni a cierta distancia se reconocían las personas, excepto aquéllas, pocas en verdad, que llevaban un farolito encendido balanceándose en la mano, mientras a paso acelerado se dirigían, bien a los mercados, bien a los templos; en algunos de los cuales se oía a medias el órgano con que las monjas o los frailes acompañaban el canto de los maitines.

Hacía aún noche, decimos, y ya don Cándido Gamboa, en su bata de zaraza y gorro de dormir, se hallaba asomado al postigo de la ventana de la calle, abrigado tras de la cortina de muselina blanca, en espera de _El Diario de la Habana_, o para respirar aire más libre que el pesado de la alcoba.

A poco más empezó a oírse el ruido, al principio sordo, después más vivo, de los pasos de alguien que se acercaba de la parte de la Plaza Vieja. Hacia allá tornó los ojos don Cándido; mas no vino a salir de dudas hasta que tuvo delante la persona en cuestión. Vestía traje de cañamazo, compuesto de una especie de chal para cubrirse la cabeza y de la falda corta que ceñía a la cintura con una correa de cuero larga y negra. Contribuía además a disfrazarla, el color cobrizo mate del rostro, propio de los mulatos, mayormente cuando van para viejos, que le daba la apariencia de mujer de la raza india.

--Buenos días, señor don Cándido, le dijo en tono gangoso.

--Téngalos muy buenos la _seña_ Josefa, contestó él procurando bajar la voz. Temprano ha madrugado.

--¿Qué quiere el señor? Quien tiene cuidados no duerme.

--Pues, ¿qué se ofrece de nuevo? Al grano.

--Se ofrece mucho y me pareció que si me dilataba hasta la venida del día, la cosa no tenía remedio.

--Entiendo. La orden que se ha dado el otro día por la Capitanía General sobre pordioseros y locos trae aquí a _seña_ Josefa. La esperaba.

--Lo acertó el señor. No sé como tengo vida, ni cuando acabarán mis tribulaciones. Se creía al principio que sólo iban a recoger a los pobres y los locos que andan por las calles. Pero ayer por la tarde me dijo la madre de Paula que hasta los locos en las casas privadas y en los hospitales van a ser trasladados a San Dionisio o a una casa que han fabricado en el patio de la Beneficencia. El señor podrá calcular cómo estará mi espíritu con tal noticia. No he cerrado los ojos en toda la noche. _Dende_ que se publicó la orden el corazón me anunció una desgracia.

--Tal vez haya tiempo todavía de remediarla.

--Quiéralo Dios, mi señor, porque si en el hospital la muchacha sufre, ¿qué no será cuando la lleven a San Dionisio, o a la casa nueva, allá por San Lázaro? Ahí no hay quien la cuide ni haga por ella. La tratarán a palos. ¡Y yo que no había perdido la esperanza de verla en su sano juicio y cabal salud! Ahora mi pobre Charito irá por delante, yo por detrás. Acabaremos de pena... Hágase la voluntad de la Virgen Santísima.

--¿Cree la _seña_ Josefa que se podrá hacer algo de provecho en este caso?

--Creo, mejor dicho, _seña_ Soledad, la madre del hospital, cree que si hay una persona de influjo que le hable al _Contralor_, sujeto muy caritativo y temeroso de Dios, se hará de la vista gorda y no se cumplirá la orden por lo tocante a Charito. Todo depende de él. Tal vez _haiga_ que buscar un médico que dé una certificación. El _Contralor_ es bueno como el pan, y quiere servir, lo _mesmo_ seña Soledad. Conque, para que vea el señor...

--Entiendo, entiendo, repitió don Cándido pensativo. Digo a Vd., por lo tanto, que he consultado a Montes de Oca, quien es de opinión lleven al campo a la enferma y la hagan tomar baños de agua salada. Veremos lo que puede hacerse...

Pero como sintiera pasos en el zaguán, se interrumpió e hizo señas a la anciana mulata para que se alejara a toda prisa.

El toque de diana primero y de seguidas el disparo de cañón a bordo del navío _Soberano_ anclado junto al muelle de la Machina, estremeciendo las ventanas del cuarto, hicieron despertar sobresaltado a Leonardo Gamboa. Sacó lumbre en el mechón de escarzo, y abriendo el reloj, vio que eran las cuatro de la madrugada.--A tiempo, dijo entre sí, y se apresuró a salir de la cama y vestirse. Para esto encendió una vela de esperma, valiéndose de una pajuela, pues aún no se conocían los cerillos en La Habana.

Mientras se peinaba delante del tocador, soltó de repente el peine de carey, volvió a requerir el reloj, y murmuró:

--¡Las cuatro y cuarto! Muy temprano todavía y de aquí allá no podré echar arriba de quince minutos andando despacio. Ella me dijo que cerca de las cinco... ¿No sería mejor aguardar en la esquina? Sí, concluyó diciendo con resolución. Y vestido y perfumado y con la caña de Indias, salió de su cuarto y empezó a bajar la escalera de piedra.

Apoyábase con la mano izquierda en el barandal de cedro, cosa de no dar pisadas recias; mas así que descendió al zaguán, donde no había tal apoyo, antes reinaba gran oscuridad, por más cuidado que puso, aunque no tuviesen tacones sus zapatos de escarpín, hizo demasiado ruido, aquel ruido sordo que se oye cuando uno camina por encima de un suelo hueco, abovedado. No parece sino que se habían despertado de improviso todos los ecos del zaguán y de la sala vecina, donde él sospechaba que podía estar su padre, madrugador por excelencia. Andando a tienta paredes, tropezó con el viejo calesero, quien, acostumbrado a la oscuridad, vio venir desde luego al joven y le salió al encuentro para servirle de guía y evitar que se diera de narices contra la llanta férrea de uno de los carruajes.

--¡Pío! ¿Eres tú? dijo él en voz muy baja. Abre.

--El amo está _asomao_ en la ventana de la calle, contestó el negro.

--¡Diablos! ¿Tiene cerrojo el postigo de la puerta?

--No, señor. _Dende_ que salió Dionisio _pa_ la plaza quité el _serojo_.

--Abre poco a poco.

No crujieron los goznes; pero ya don Cándido había oído los pasos en el zaguán, y arrimado a la reja tronaba:

--Pío, ¿quién va?

--El niño _Lionar_, mi amo.

--Sal. Llámale. Detenle. Dile que yo le llamo. Corre, patas de plomo.

Entre tanto volvía el esclavo no cesó don Cándido de ir y venir, muy desazonado, de la ventana de la calle a la reja del zaguán y vice versa, murmurando:

--¿A dónde irá el muy bribón a estas horas? A nada bueno por cierto. Allá ha ido. Claro que sí, por decontado. Le estoy mirando. ¿Y no habrá dejado aquella santa mujer nadie al cuidado?... Tal vez no, lo más probable es que no. A ciertas gentes se les pasea el alma por el cuerpo, se descuidan mucho, no toman precauciones y de aquí provienen las desgracias... El demonio no más podría imaginar un cúmulo de circunstancias... La ocasión, la edad, la tentación, el enemigo malo que no duerme... Yo también me he descuidado. Debí preverlo, evitarlo, sí, impedirlo... Pero ¿cómo? ¡Si yo pudiera dar la cara! Veremos. Le desnuco, le meto en un buque de guerra como me llamo Cándido, y hago que le den chicote a ver si suelta alguna de la sangre criolla que tiene en las venas. No es hijo mío, no. Todo esto se hubiera evitado si le mando a España como tenía pensado hace más de cuatro años. Su madre tiene la culpa. Casi, casi me alegraría de que no le encontrase Pío, porque podría matarle. Tal me siento contra él.

En esto volvió Pío fatigado, sin aliento y dijo:

_--Na, lamo, el niño no parece po ningún parte._

--¡Bruto! tronó don Cándido. ¿Por dónde fuiste a buscarle?

_--Po la mano e larienda, lamo._

--¿Por la izquierda, quieres decir? ¡Animal en dos pies! Si marchó por la derecha ¿cómo habías de dar con él, pedazo de bestia? Vete. Quítate de mi presencia, porque si Dios no me tiene de su mano, me parece que te destripo de una patada.

A las voces destempladas de don Cándido se asomó doña Rosa a la puerta del aposento que daba a la sala, y asustada preguntó:

--¿Qué ha sucedido, Gamboa? ¿Por qué gritas?

--Pregúntale a tu hijo que acaba de salir por ahí hecho un facineroso.

--¿Un facineroso? No lo entiendo. ¿Ha hecho algo malo? ¿Va a hacerlo?

--No sé mucho más que tú; sin embargo, sospecho, temo, se me ha puesto que el muy bribón va a hacer una de las suyas. Se necesita ser ganso para no sospechar que ese muchacho no ha podido salir a la calle a estas horas en que no se ven ni las manos, y recatándose de mí, para oír misa ni confesarse.

--Quizás ha ido a tomar el fresco, quizás ha querido darte gusto levantándose de madrugada. No hay razón para sospechar nada malo. Tú, al menos, no estás seguro, no lo sabes. ¿Por qué has de pensar siempre mal de tu hijo?

--Porque dice el refrán español: piensa mal y acertarás.

--Te repito, él no ha ido a nada bueno. Le conozco mejor que tú que le pariste. Yo sé lo que he de hacer con él.

--El pobre muchacho no acierta nunca a complacerte. Ni que fuera tu hijastro. Si lo fuera, tal vez serías más indulgente...

--Compadécele. Dios quiera que no tengas que llorarle antes de mucho.

Luego que salió Leonardo a la calle notó que, arrimado a la acera de la izquierda caminaba en la dirección de Paula un bulto oscuro como de mujer. Entre seguirlo hasta cerciorarse de quién podía ser y alejarse de su destino, estuvo un momento titubeando, pero la voz de su padre, que llamaba a Pío, le decidió a marchar la vuelta contraria, a fin de ganar lo más pronto posible la esquina de la calle de Santa Clara. Así lo hizo en segundos de tiempo. Por esta casualidad no le dio alcance el esclavo. En poco más se puso en la calle de O'Reilly, y subió al alto terraplén o terrado del convento de Santa Catalina, lo atravesó de este a oeste y descendió a la calle del Aguacate por la escalera de tres o cuatro escalones mencionada al principio de esta historia, yendo derecho a la casita enfrente de ella.

Pareciéndole que la puerta no estaba cerrada con llave ni tranca, empujó una hoja con la punta de los dedos. Cedió algo, en efecto; por lo cual hizo mayor esfuerzo, rodó la silla en que se apoyaba y se abrió lo bastante para que el joven se deslizara por entre las dos hojas y quedase dentro, sin más ni más. De pronto no vio nada. Allí eran las tinieblas tan espesas como el aire húmedo que llenaba la estrecha pieza. Sin embargo, a favor de la lámpara que ardía aún en el poyo del nicho sobre la izquierda, pudo al fin distinguir al alcance de su mano un par de palomas caseras dormidas en el respaldo de una silla, un gato enroscado en el fondo de un sillón de vaqueta, y una gallina bajo una mesa protegiendo con sus amorosas alas varios pollitos, que asomaban los picos por entre las plumas y empezaron a piar del modo suave y repetido que suelen siempre que sienten temor o frío.

Gradualmente sus miradas fueron elevándose del suelo hasta la altura de la puerta del cuarto del fondo, donde vio algo que le pareció una mujer o visión, de pie, escasamente vestida con un ropaje blanco, y el copioso cabello suelto hecho mil anillos y revueltas ondas, desparramadas por el seno y los hombros sin alcanzar a ocultarlos, con ser tan abundoso y largo. Reconocerse, correr el uno hacia la otra y abrazarse estrechamente en medio de los besos ardientes y sonoros, fue todo uno.

El hospital de Paula no es más que la continuación de la iglesia del mismo nombre, inmediato al ángulo de la muralla, por la parte que da al sudeste de la bahía. Tiene la entrada al norte, abierta en una alterosa tapia de una galería que sirve de pasaje entre la iglesia y el hospital. Precede a la entrada un vestíbulo con tejadillo, que más parece mampara de convento que otra cosa. Allí se estaciona un centinela para impedir el escape de los presos o dementes que reciben asistencia médica en el hospital. Generalmente sólo se admiten mujeres en uno u otro estado, cuando ni el delito es grave, ni la demencia de carácter furioso.

La mujer que había visto Leonardo caminando a paso vivo en la dirección del sur de la ciudad, por la calle de San Ignacio abajo, no paró hasta llegar al vestíbulo de que antes hemos hablado. Empezaba a clarear el horizonte entonces por el lado de oriente. Era su ánimo entrarse de rondón, pero ya la centinela con el sable desnudo se paseaba de un extremo al otro del tejadillo, y se le encaró cerrandole el paso:

--Buenos días tenga Vd., señor militar, dijo la anciana tratando de congraciarse con la centinela.

--Buenos o malos, contestó con rudeza el soldado, hace ratos que acá los tenemos.

--El señor militar parece que no me conoce, agregó ella en tono y actitud suplicatorios.

--No tiene nada de extraño, porque el diablo me lleve si he tenido tratos con brujas.

Se persignó la mujer y añadió que deseaba hablar con _seña_ Soledad, la madre del hospital.

--Tampoco conozco a esa tía, repuso la centinela reasumiendo sus paseos. Por allá dentro nadie se menea. Entrar, entrar y despejar el campo.

En traspasando el umbral del vestíbulo, se está en un gran patio cuadrangular que lo forman, por la derecha el costado de la iglesia y por los otros tres lados unos anchos pasadizos, de los cuales el de la izquierda, por tres anchas puertas conduce a la sala de la enfermería. Varias columnas cuadradas de fábrica de mampostería dividen ésta en dos naves longitudinales, llenas de camas, cuyas cabeceras se apoyan en las paredes maestras del edificio, con lo que queda despejado el centro. No había allí mamparas ni compartimientos, de manera que el observador situado en cualquiera de las puertas, podía registrar con la vista todas las camas. Hacia la bahía o el este, lo mismo que hacia el sur y el norte, había ventanas altas que daban claridad y saludable ventilación a la espaciosa sala.

Apenas la mujer con el cilicio de cañamazo puso el pie en el patio, vio asomar por el lado de la iglesia a la madre _seña_ Soledad, con un farolito, y detrás de ella un clérigo en sotana negra de sarga, sin bonete, llevando en ambas manos, a la altura de su pecho, un copón de plata con tapadera de lo mismo. Ambos caminaban a paso largo y murmuraban ciertos rezos que en el silencio del patio resonaban con los zumbidos de muchos moscones. Se encaminaron derecho a la enfermería y atravesaron la sala de un lado a otro. Al pasar los dos por junto a la anciana, conoció ésta de lo que se trataba y cayó de rodillas exclamando:

--¡Los óleos! Dios reciba en su seno el alma del moribundo.

Rezado el credo con mucho fervor, recogió todas sus fuerzas hecha casi un arco con su cuerpo y dando traspieses, continuó hasta la puerta del medio de la sala y volvió a caer de rodillas. Era que acababa de notar que el clérigo de pie al lado de una cama enfrente, administraba la extrema unción a una de las enfermas, mientras la madre de rodillas en el lado opuesto suspendía cuanto podía el farolito para alumbrar aquella triste y desolada escena.

De vuelta de la iglesia a donde había acompañado al clérigo, la madre tornó a la sala y encontró todavía de rodillas a la mujer del cilicio, con la cabeza doblada sobre el pecho, absorbida en sus oraciones. Tocole en el hombro _seña_ Soledad y le dio los buenos días, en cuyo momento la mujer, en tono de voz casi ahogado por la angustia:

--¿Conque ha muerto? preguntó.

--Ya descansa en paz, contestó la madre brevemente.

--¡Ah! dijo la anciana y cayó desplomada en el suelo.

--¡Jesús! ¡_Seña_ Josefa! repitió la madre haciendo esfuerzos por levantarla. ¿Qué le pasa? ¡Va que Vd., no me ha entendido! Mire que todo ha sido una equivocación de las dos. No comprendí su pregunta de Vd., ni Vd., tampoco comprendió mi _contesta_. La muerta no ha sido Charo. No, señor, no ha sido ella, sino una pobre morena que hacía pocos días había entrado en el hospital. Charo va mejor, está más aliviada del pecho. Sí, no cabe duda. Así lo dice el médico y yo lo veo. Vamos, venga, quiero que Vd. se desengañe por sus mismos ojos.

Poco a poco, con tales seguridades, empezó a volver en sí _seña_ Josefa. Después de derramar un mar de lágrimas en silencio, se sintió en actitud de seguir a la madre hasta la cama de la enferma por la cual se interesaba tanto. Hallábase la tal a la sazón sentada, sin más abrigo que la sábana que le cubría las piernas encogidas, las cuales sujetaba con ambos brazos desnudos, apoyando la frente en las rodillas. Tenía cortado el cabello casi de raíz, como se hace generalmente con los locos, y bajo la piel floja, descolorida y seca mostraba la armazón de huesos, tanto más cuanto que la camisa, sola pieza interior que llevaba, no le cubría sino parte de la espalda. Por su posición en la cama y por una tos hueca y débil que a veces le acometía, se conocía que estaba viva.

--Charo, Charito, le dijo la madre con amabilidad. Mira quién está aquí. Levanta la cabeza, niña. Anímate.

--¡Hija mía! se atrevió a decir _seña_ Josefa. Mírame. ¿Me oyes? ¿Me conoces, mi vida? Soy tu madre, quiero verte la cara. Respóndeme siquiera. Te traigo buenas noticias; pronto vamos a sacarte de aquí. Te llevaremos al campo para que te cures y tengas el gusto de conocer y abrazar a tu hija. ¡Ah! ¡Si la vieras! Está lindísima. Es tu retrato cuando eras de su edad.

--Véala Vd. tan callada, dijo _seña_ Soledad. Cuando está así no habla, no se mueve y cuesta Dios y ayuda que pase un bocado. Otras veces la coge por gritar, como si la estuvieran matando, por llorar o por reírse a carcajadas.

Pero en vano empleó _seña_ Josefa los medios que juzgó más eficaces para moverla. En vano acudió a los ruegos, a las caricias, a las lágrimas; la enferma se mostró insensible a todo, no contestó palabra, no alzó la cabeza, no cambió la posición acurrucada. Claro era que no había tenido conciencia de la escena de muerte que acababa de verificarse en una cama opuesta a la suya, y, por supuesto, no dio señal alguna de haber reconocido la voz familiar de _seña_ Soledad, ni la angustiosa de su desconsolada madre.

En fin, se adelantaba el día y era preciso que _seña_ Josefa se apresurase a volver a su casa, donde había dejado sola a la nieta. Dijo, pues, a la carrera a _seña_ Soledad que el caballero que las protegía a ellas se proponía hacer el último esfuerzo para curar a Charo, si es que aún tenía remedio, y que para ello la llevaría al campo, cerca del mar, en donde respirase otro aire y se bañase a menudo, bajo la vigilancia de un médico.

--Pues a ello, _seña_ Josefa, y que para bien sea, dijo alegre la madre. Lo que es aquí, está visto que esa pobre muchacha no tiene cura. Además, es preciso sacarla o no hay modo de impedir que se la lleven para la nueva casa en la Beneficencia. Todos estos días atrás han andado recogiendo pobres y locos por las calles. Ayer se llevaron a Dolores Santa Cruz, tan alborotosa. Y el Comisario Cantalapiedra ya me ha notificado la orden de traslación de todas las locas en disposición de moverse.

Figurarse puede cualquiera cómo llevaría el corazón _seña_ Josefa después de lo que había visto, escuchado y sentido en el hospital de San Francisco de Paula.