Cecilia Valdés o la Loma del Ángel · Capítulo real 22 de 46
Segunda parte · Capítulo IX
Texto completo de esta unidad literaria, reunido aunque el lector la divida en 1 tramo técnico para mejorar el rendimiento.
_En ti pensaba y en aquel instante Me mandaba llorar naturaleza._
JOSÉ MARÍA HEREDIA
Personaje de más cuenta de lo que nadie puede imaginarse era en casa de Gamboa su Mayordomo don Melitón Reventos. Tenía en el manejo general económico más voz que su amo, y a las veces se hombreaba en ese terreno con doña Rosa.
Pero donde ejercía un poderoso imperio era entre los esclavos. Corría con su provisión de vestuario y de alimentos, tanto de los del servicio doméstico en La Habana, como de los de las fincas rurales. Para con los primeros, sobre todo, se daba los aires de señor; más que eso, de déspota. Hacía, sin embargo, respecto de éstos, dos excepciones el feroz Mayordomo. En primer lugar, no gustaba de estrechar lance con el calesero Aponte. No ya sólo era hombre serio y temible sino que pertenecía al hijo mimado de la casa, el cual no quería delegar en nadie el derecho de castigarle.
Tampoco tenía don Melitón malas obras ni malas palabras para Dolores. Lejos de eso, para ella reservaba sus sonrisas, sus agasajos y atenciones. De cuando en cuando la hacía regalos de pañuelos y dijes, que la muchacha aceptaba sin reparo, aunque para usarlos tuviese que mentir a sus señoritas; porque, después de todo, no halagaba poco su vanidad el que un hombre blanco emplease con ella tales galanterías.
No tenían origen estas distinciones del Mayordomo en favor de Dolores en la circunstancia de que era la doncella de las señoritas de la casa, tratada por ello con ciertas consideraciones por toda la familia, no; tenían diverso origen, procedían de los méritos de la moza como mujer: joven, bien formada y bonita para negra.
Aquel día en que por llegar tarde de su comisión al bergantín _Veloz_, almorzaba don Melitón a la cabecera de la mesa en el comedor, con todos los aires de amo, servido atentamente por Tirso, acertó a pasar Dolores y tropezar con su codo en los momentos en que se llevaba un vaso de vino a la boca. Fuese aquello por casualidad o de hecho pensado, el Mayordomo se aprovechó de la ocasión para pegarle un pellizco en el desnudo y bien torneado brazo.
--¡Ay, don Melitón! exclamó ella sin alzar la voz, aunque llevándose la mano al punto dolorido.
--¡Ay, Dolores! remedó él lleno de risa.
--Eso duele, agregó la muchacha.
--¡Ca! No hagas caso. Si todavía te he de libertar.
Dolores hizo con la boca el ruido onomatopéyico que llaman freír un huevo, cual si no creyera ni jota en la sinceridad de las últimas palabras del Mayordomo. No obstante, harto dulce es el nombre de la libertad para que la joven esclava cerrase el oído a la promesa y el corazón a la esperanza de verla realizada, fuera el que fuese el sacrificio que la exigiese el donante. De cualquier modo, siguiola él con la vista hasta que traspasó el arco del patio, y entonces murmuró:
--Esta todavía se casa con el bribón de Aponte. ¡Sería una lástima!
María de Regla, mencionada al principio de esta historia, tuvo Dolores de su unión legítima con Dionisio el cocinero, quince años antes de la época actual. Contemporáneamente tuvo doña Rosa a Adela, su hija menor, la cual entregó a María de Regla para que se la lactase, por no sentirse ella en condiciones para desempeñar por entonces aquél, el más dulce de los deberes de madre. Por supuesto, para llenar encargo tan delicado, necesario se hizo destetar a Dolores y criarla con leche de cabra o de vaca, aparte enteramente de la hija de su señora y ama.
Prohibiósele explícitamente a María de Regla el dividir sus caricias y el tesoro de su seno entre las dos niñas, siquiera el tomarlas juntas en brazos. Pero aunque esclava, temerosa del castigo con que la habían amenazado, era madre, quería a su propia hija entrañablemente, quizás más por lo mismo que no la permitían criarla; así que siempre que las otras esclavas le proporcionaban la ocasión, tarde de la noche y fuera del alcance de la vista de los amos, se ponía ambas niñas a los pechos y las amamantaba con imponderable delicia. La robustez de la nodriza, al parecer sin detrimento ni desmedro, proveía ampliamente a aquella doble lactancia. Criábanse las dos hermanas de leche sanas y fuertes. María de Regla no hacía diferencia entre ellas, y así en la mayor armonía habría corrido su infancia si tan luego como empezó a disminuir el sustento no trataran de disputárselo y armar llanto, en especial la blanca, no acostumbrada a semejante división.
Al cabo, atraída una noche doña Rosa por el llanto de su hija, sorprendió a la nodriza dormida entre las dos niñas, que, con ambos brazos extendidos, se impedían el mutuo goce del delicioso líquido. ¿Qué hacer en aquellas circunstancias? ¿Castigar a la esclava en el acto por su desobediencia? ¿Cambiar de nodriza? Tan malo sería lo uno como lo otro, pensó doña Rosa. Lo primero, porque el castigo envenenaría la leche de la esclava; y lo segundo, porque en el octavo mes de la lactancia, el cambio repentino produciría resultados no menos fatales a la salud y tal vez a la existencia de Adela. Tan perpleja estaba que consultó a su marido, quien, hombre violento si los hay, aconsejó la prudencia y el disimulo hasta ocasión más oportuna. Descubierta su primera falta, dijo él, no es probable que María de Regla reincida. De cualquier modo, así continuaron las cosas por un año y medio más, al cabo de cuyo tiempo, el día menos pensado, se le ordenó al Mayordomo echara por delante a la _criandera_ y la embarcara a bordo de una goleta que hacía viajes de La Habana al Mariel, dejándola en el ingenio de _La Tinaja_, bien recomendada al Mayoral. Allí se hallaba de enfermera el año de 1830, es decir, purgando la culpa de ser madre amorosa, cometida trece años antes de esa fecha.
Que la esclavitud tiene fuerza de trastornar la noción de lo justo y de lo injusto en el espíritu del amo; que embota la sensibilidad humana; que afloja los lazos sociales más estrechos; que debilita el sentimiento de la propia dignidad y aun oscurece las ideas del honor, se comprende; pero que cierre el corazón al amor de padres o de hermanos a la simpatía espontánea de las almas tiernas, he aquí lo que no se ve a menudo. No es, pues, extraño que María de Regla sintiese en lo profundo del pecho su separación a un tiempo de la hija, del padre de ésta y de Adela misma, para pasar el resto de sus días en el destierro del ingenio _La Tinaja_.
En el código no escrito de los amos de esclavos no se reconoce proporción ni medida entre los delitos y las penas. Es que no se castiga por corregir, sino por desfogar la pasión del momento; de que resulta que casi siempre se le apliquen al esclavo varias penas por un solo delito. Luego, llovía sobre mojado, como vulgarmente se dice, en el caso de María de Regla. Su destierro de La Habana, la separación de la hija y del marido, quizás para no verlos más en la vida, el cambio de ocupación de ama de leche en la ciudad por el de enfermera en el campo, el traspaso de dependencia bajo el capricho del Mayordomo en aquélla, al del Mayoral en el ingenio, en concepto de doña Rosa no bastaban a purgar la culpa de su triste esclava.
No había logrado averiguar esa señora a ciencia cierta de quién era la niña que había estado lactando María de Regla, cosa de año y medio antes de haber dado a luz a Dolores. Lo único que pudo sacar de don Cándido fue que el médico Montes de Oca la había contratado para lactar a la hija ilegítima de un amigo, cuyo nombre no debía revelarse. El precio del alquiler, dos onzas de oro, las recibió doña Rosa mes tras mes, con la mayor puntualidad mientras duró la lactancia, por mano de don Cándido. Esto poco no pudo bastar a satisfacer sus celos, antes fue a sembrar fuertes sospechas en su ánimo, siendo el misterio motivo constante de quejas y disgustos entre ella y su marido, y, por rechazo, de gran preocupación, que a veces rayaba en odio, contra María de Regla.
Por fortuna, tales ejemplos de injusticia y de crueldad ocurrieron cuando ambas niñas no tenían uso de razón, y como crecieran juntas, como en realidad mamaran una misma leche, no obstante su opuesta condición y raza, se amaron con amor de hermanas. Adela entró en años y concurrió a una escuela de niñas poco distante de su casa en compañía de su hermana Carmen, a donde Dolores les llevaba los libros junto con la fruta y el refresco a medio día, y a las tres de la tarde las acompañaba en su vuelta a la casa. Carmen y Adela alcanzaron la edad de la pubertad, Dolores antes que ellas, y en dejando la escuela no se les separaba ésta ni de día ni de noche. Las vestía, las peinaba, les lavaba los pies a la hora de acostarse; durante el día cosía al lado de sus señoritas, y de noche, bien dormía en el duro suelo al lado de la cama de Adela, bien en el cuarto inmediato sobre la rígida tarima, a la vista de otra criada, la más anciana de la servidumbre.
Dolores y Tirso eran hermanos uterinos. La primera, nacida en La Habana, salió negra, porque a esa raza pertenecía su padre; el segundo, nacido después en el ingenio La Tinaja, salió mulato, porque su padre, fuera el que fuese, era de la raza blanca. De aquí provenía el que ellos no se viesen como tales hermanos, y que María de Regla quisiese más a Tirso, que mejoraba la condición, que a Dolores, la cual perpetuaba el odioso color, causa aparente y principal, creía ella, de su inacabable esclavitud. Pero aun en este particular estaba María de Regla condenada a ver defraudadas sus más risueñas ilusiones de madre. Tirso, su preferido, no la quería, mas se avergonzaba de haber nacido de negra, enfermera del ingenio por añadidura. Al contrario, Dolores adoraba en su madre. Cada vez que llegaba a sus oídos la noticia del mal trato que le daban en _La Tinaja_, era motivo de amargo llanto para ella y para suplicar a Adela la hiciese venir a La Habana y la sacase de aquel purgatorio donde la tenían penando, hacía tanto tiempo, sólo por haber dado de mamar a la vez a su propia hija y a la hija de sus amos. Sentía Adela la fuerza de estas dolorosas quejas, y, no obstante sus pocos años y muchas distracciones, oyendo continuamente, en el silencio de la noche, ella acostada y Dolores de rodillas junto a su cama, la triste historia de los trabajos y padecimientos de María de Regla en el ingenio, se conmovía hasta verter lágrimas, y entre bostezo y bostezo la prometía que al día siguiente hablaría a doña Rosa sobre el asunto. Así se quedaban dormidas muchas veces aquellas hermanas de leche, casi siempre con las mejillas aún húmedas del llanto.
Mas sucedía que al día siguiente no encontraba Adela ocasión favorable para hablarle a su madre, señora algo seria con sus hijos, con la sola excepción de Leonardo, el niño mimado de la casa, y harto severa con los esclavos. De esta manera se pasaba el tiempo. Una tarde, al fin, mientras se hallaba Adela recostada en el sofá de la sala por un ligero dolor de cabeza, como se le acercase la madre, se le sentase al lado y empezase a pasarle la mano por la frente, en son de acariciarla o por mera distracción, cobró ánimo la joven, y agarró la ocasión por los cabellos, cual suele decirse:
--Quisiera pedirte un favor, mamá; dijo con voz trémula por la emoción o el temor.
Por breve rato no contestó palabra doña Rosa; sólo miró a su hija, entre sorprendida y pensativa. Esto aumentó la turbación de Adela, quien, no embargante, añadió a la carrera:
--Tú no me vas a decir que no.
--Estás enferma, niña, dijo doña Rosa secamente. Tranquilízate. Y se levantó para marcharse.
--Un favor, mamá. Escucha un momento, prosiguió Adela, ya con los ojos humedecidos, deteniendo a su madre por la falda.
Esta volvió a sentarse, tal vez porque le llamaron la atención las palabras, y más la actitud de su hija, indicativas todas de extraordinaria agitación y zozobra.
--Vamos, te escucho. Di.
--Pero tú no te negarás a mi ruego.
--No sé qué quieres de mí; mal puedo decir de antemano si me negaré o no. Supongo, sin embargo, que es una de tus boberías. Acaba.
--¿No crees tú, mamá, que ya María de Regla ha purgado la culpa?...
--¿No lo dije? la interrumpió doña Rosa enojada. ¿Y para esa necesidad me detienes y me ruegas que te oiga? ¿Ni quién te ha dicho que esa negra está purgando culpa alguna?
--¿Por qué la tienen tanto tiempo en el ingenio?
--¿Y dónde estaría mejor la muy perra?
--¡Jesús, mamá! Me duele que hables así de quien me crió.
--Ojalá que nunca te hubiera dado de mamar. No sabes tú cuánto me ha pesado la hora en que te puse en sus manos. Pero bien sabe Dios que lo hice a no poder más. No me hables de María de Regla, no quiero saber de ella.
--Creía que la habías perdonado.
--¡Perdonado! ¡perdonado! repitió doña Rosa alzando la voz. ¡Jamás! Para mí ya ella ha muerto.
--¿Qué te ha hecho para tanto rigor?
--¿Quién la trata con rigor?
--¿Te parecen pocos los trabajos del ingenio? ¿El maltrato que le dan?
--No sé yo que la maltraten más de lo que ella merece.
--Pues todos dicen que sí.
--¿Quiénes son esos todos?
--Uno de ellos creo que ha sido el patrón Sierra que estuvo aquí la semana pasada, cuando vino por las _esquifaciones_ para el ingenio.
--Lo que extraño es que el patrón hablase contigo.
--Yo no, mamá, sino otra persona, y como saben lo que quiero a María de Regla, me contaron lo que ella decía. Me han afligido mucho las cosas que allá le pasan, y quisiera, de veras, que tú hicieras algo por ella y por mí. Me ruega le sirva de madrina y haga que la saquen del ingenio...
--Adela, dijo doña Rosa afectada con el tono de ingenuidad y de exquisita ternura de su hija. Adela, tú no sabes el sacrificio que exiges de mí. Pero se acercan las Pascuas, toda la familia irá al ingenio y ya veremos lo que puede hacerse con esa negra de Barrabás. Debo advertirte, sin embargo, que no esperes me ablande de pronto y sin madura reflexión. Esa negra está perdida y muy sobre sí. Lejos de arrepentirse y enmendarse, como esperaba, para lavarse de la culpa de su desobediencia a mi expreso mandato, la ha hecho peor desde su llegada a _La Tinaja_. Va para doce años que la tengo allá, y cada vez me traen más quejas de ella y oigo cosas más escandalosas. El Administrador que teníamos allí trinaba con la negra. Yo no te había dicho nada, hija, porque no se había ofrecido la ocasión; pero me parece que ya María de Regla no puede vivir con nosotros. Sería un mal ejemplo para ti, para Carmen y aun para la misma Dolores. Desde que entró en el ingenio, entró allí la guerra civil; de cuyas resultas ha habido que cambiar a menudo de mayordomos, de mayorales, de maestros de azúcar, de carpinteros, en fin, de cuantos tienen la cara blanca, pues no parece sino que la maldita negra tiene un encanto para los hombres o que todos ellos son fáciles de infatuarse con cualquiera que lleva túnico. Tirso es una acusación viva contra la moralidad de María de Regla, pues su padre fue un carpintero vizcaíno que tuvimos hace tiempo en _La Tinaja_... Los _bocabajos_ que ha llevado no la han corregido...
Las últimas palabras de doña Rosa estremecieron a Adela de pies a cabeza, pues a pesar de los lamentos de Dolores, ignoraba que le hubiesen impuesto a su adorada ama de leche otro castigo que el durísimo del destierro de La Habana y de las personas que más quería en el mundo. Pareciole oír el chasquido del látigo, los gritos de la víctima y el crujido de las carnes; se llenó de horror, se cubrió la cara con ambas manos, y por entre sus dedos de rosa saltaron dos lágrimas como dos gotas de rocío, y fueron a estrellarse en su casto y agitado seno, exclamando solamente.
--¡Pobrecita!
Conoció entonces doña Rosa que había ido muy lejos, y apresuradamente añadió:
--¿Lo ves? Tú también estás infatuada con la negra. Por desgracia te dio de mamar, debes de tenerle algún cariño, lo comprendo; no obstante, es preciso que reconozcas que es muy mal empleado y ya te convencerás que ella no merece tu compasión. Espera: de aquí a Navidad no va mucho. Ya veremos el medio de arreglar lo que haya de hacerse.
De todos modos aquella era una esperanza, que Adela tardó en impartirle a su hermana de leche lo que tardó la madre en alejarse de su lado. Dolores no sabía más que amar a su joven señorita, siendo todavía muy joven para amar a otra persona de contrario sexo, y hacía esfuerzos constantes para identificarse con ella, imitar el tono de su voz, sus modos, su aire de andar y de llevar el traje, sus coqueterías; de manera que los compañeros de esclavitud, cuando querían decirle algo que la complaciera mucho, la llamaban allá entre ellos: Niña Adela.