Cecilia Valdés o la Loma del Ángel · Capítulo real 17 de 46

Segunda parte · Capítulo IV

Texto completo de esta unidad literaria, reunido aunque el lector la divida en 2 tramos técnicos para mejorar el rendimiento.

_Princesa.--Su nombre al menos_, _Rey.--Nunca, nunca, nunca._

Sueños de amor y ambición.

El callejón de la Bomba, como el de San Juan de Dios, que parece ser su continuación, se compone de dos cuadras. Es, si cabe, más estrecho, hondo y húmedo, aún cuando sus casas son en general más amplias. En una de éstas, inmediato a la calle del Aguacate, vivía Nemesia Pimienta con su hermano José Dolores, ocupando dos cuartos seguidos, cuyo mueblaje se reducía a un par de sillas, un columpio, una mesita de pino y un catre de viento, que se abría de noche y se cerraba de día, a fin de despejar el campo.

Anochecido ya, Nemesia salió de la sastrería de Uribe y se encaminó a paso menudo hacia el barrio del Ángel. Prefirió para ello la calle del Aguacate, que si bien más solitaria y oscura, por la ausencia de establecimientos públicos, conducía derecho a dos puntos en donde de paso quería detenerse. Cuando llegó a las cuatro esquinas formadas por la calle de O'Reilly y la traviesa que llevaba, se detuvo un breve rato, pensativa e indecisa. Miró primero atrás, luego a su derecha, después adelante, fijando la mirada en la ventanilla de la casucha inmediata a la taberna de la izquierda, aunque por estar en línea paralela a la observadora, sólo se distinguían las molduras de los balaustres que sobresalían un poco del plano de la pared. Difícil era, pues, saber si había o no persona asomada allí o a la puerta. En consecuencia, la mulata se trasladó a la esquina de abajo y dio un silbido peculiar muy agudo, haciendo pasar el viento con fuerza por entre los dientes del medio de la mandíbula superior.

Algunos segundos después vio asomar por los balaustres de la ventana un canto de la cortina blanca; pero al acudir al reclamo, notó que descendía del terraplén del convento un caballero a paso largo, que se dirigía derecho al punto objetivo de sus miradas. Estúvose a observar lo que pasaba. ¿Quién sería ese sujeto? ¿Quién le aguardaba en aquella casa? Vestía de frac oscuro, pantalón claro y sombrero de ala angosta y copa desproporcionadamente ancha, sobresaliéndole por detrás el cuello blanco y recto de la camisa. No era joven, ni anciano, sino de mediana edad. A pesar de la oscuridad, todo eso lo pudo notar Nemesia a la corta distancia a que se encontraba, que no excedía de treinta pasos. Su porte, sus movimientos acompasados y firmes, no podían confundirse con los de un mozalbete ni de un viejo.

Se dirigió, sin embargo, con aparente cautela al punto donde se veía el canto de la cortina blanca, sostuvo un breve diálogo con la persona que se hallaba oculta detrás de sus pliegues, y entonces, a paso largo siguió al abrigo de las altas paredes del convento, la vuelta de la Punta. Nemesia le perdió bien pronto de vista en la oscuridad; pero no le quedó duda de que le esperaba un carruaje a mediados de la cuadra, porque oyó distintamente el ruido de las ruedas en las piedras de la calle, corriendo en sentido opuesto a aquél en que ella estaba, y favorable al que seguía el desconocido.

Aguijada por la curiosidad, volvió la muchacha a silbar como lo había hecho antes; le contestaron desde la ventanilla moviendo la cortina blanca, y acudió al punto; pero en vez de su querida amiga Cecilia, sólo encontró a la abuela. ¿Cuál de las dos mujeres había recibido y hablado con el caballero del frac oscuro y el sombrero de copa abultada? Nuevo motivo de curiosidad y de mayor confusión.

--¡Ah! ¿Era Vd., Chepilla? exclamó Nemesia.

--Entra, le dijo ésta, pasando a la puerta y quitando con la punta del pie la media bala que la aseguraba.

No se hizo de rogar la muchacha. Parecía seria y desazonada la abuela; y la nieta, sentada en un rincón, con el traje flojo, el aspecto desaliñado, la cabeza doblada sobre el pecho, los brazos extendidos y los dedos cruzados en la falda, era viva imagen del abatimiento y de la desesperación.

--Entra, hija mía. Seas bienvenida, repitió Chepilla. Entra y siéntate; hazme el favor de sentarte, añadió notando que la moza se mantenía en pie, como azorada y confusa.

--Ya es tarde y estoy de prisa, repuso ésta dejándose caer maquinalmente en la butaca de cuero delante del nicho en que se veneraba la imagen de la Dolorosa.

Iba Chepilla a repetir la instancia, pero visto que la recién llegada se sentaba sin más demora, se quedó parada entre ella y su nieta.

--Decía, agregó Nemesia a poco rato, que es tarde y venía de prisa. Fui a llevar unas costuras al taller de _señó_ Uribe, y _me se_ ha hecho de noche. Porque resulta que Clarita su mujer es muy conservadora, y después quiso que la ayudara a cerrar la saya de un túnico que está haciendo para la Nochebuena chiquita.[32] José Dolores debe de estar esperándome. El salió del taller mucho antes que yo, pues tenía que tocar en la salve del Santo Ángel Custodio. Por cierto que ha habido mucha gente de fuste esta tarde en la sastrería, todos a buscar ropa para un baile en la Filarmónica, y para las Pascuas de Navidad. A _señó_ Uribe hay que hacerle el encargo con tiempo. Bien que el trabajo le llueve. Todos dicen que está haciendo mucho dinero, pero es más gastador... Mas ahora que me acuerdo, ¿qué sucede por acá? Parecen Vds., muy atribuladas, dijo Nemesia notando que ninguna de las dos mujeres le prestaba atención.

Suspiró Cecilia únicamente y la abuela dijo:

--No es cosa lo que sucede; sólo que esta muchacha (señalando para la nieta con un movimiento de los labios) parece poseída... ¡Dios nos asista! (y se persignó). Iba a decir un disparate. Quiero que seas el juez y la consejera en este caso, aunque tú puedes ser dos veces mi hija. Por eso te he hecho entrar. Vamos, dime, hija mía, ¿qué harías tú si tu protector, tu amigo constante, tu único apoyo en el mundo, como si dijéramos, tu mismo padre, que es verdaderamente un padre para nosotras pobres, desvalidas mujeres, sin otro amparo bajo el cielo, ¿qué harías tú si te aconsejaba, vamos, si te prohibía el que hicieras una cosa? Di, ¿tú lo harías? ¿Tú le desobedecerías?

--Mamita, saltó y dijo Cecilia sin poder contenerse; su merced no ha pintado el caso como es.

--Cállate, replicó la abuela con imperio. Deja que Nemesia conteste.

--Pero su merced parte de un principio equivocado, y Nene no puede contestar derecho, aunque quiera. Su merced dice que nuestro amigo, nuestro protector, nuestro apoyo y qué sé yo qué más, ha rogado y ha prohibido que hagan y deshagan. Y en primer lugar, la persona a que su merced se refiere, no creo que es nada de lo que su merced dice para nosotras, al menos para mí. En segundo lugar, por más que me devano los sesos, no veo la razón ni el derecho que tenga para meterse en mis cosas y ver si salgo, o si entro, si me río o si lloro... Voy a acabar, agregó Cecilia de pronto, advirtiendo que la abuela iba a cortarle la palabra. Sobre todo, su merced no tenía para qué haberme _rompido_ el túnico de punto de ilusión y la peineta de teja, sólo por darle gusto a un viejo que me tiene ojeriza, y está celoso porque yo no lo quiero ni lo querré nunca, así...

--No creas nada de lo que dice esa chica, la interrumpió la anciana.

--¿Pues no me rompió su merced el túnico y la peineta? ¿Por culpa de quién fue? ¿No fue por culpa de ese viejo narizón que Dios...?

--Calla, calla, le atajó la abuela. No blasfemes después de haber rabiado, porque creeré que estás en pecado mortal. Si se rompió el vuelo del vestido ¿no fue porque te propusiste ponértelo contra mi expresa voluntad? ¿Quién tuvo la culpa de que se cayera y se quebrara la peineta? Tú, nadie más que tú, porque si no tuvieras esos actos de soberbia, nada de eso hubiera sucedido. Sí, sí, es preciso que te confieses, es preciso que hagas penitencia, que te arrepientas de tus pecados y que te enmiendes. Estás en pecado mortal, y si sigues así vas a parar en mal. Hay que poner remedio a esto en tiempo.

--¡Esa sí que está mejor! continuó Cecilia a pesar de los ojos que le echaba la abuela. Nunca había oído decir que era pecado no querer a quien no le gusta a uno.

--¿Y quién te dice que le quieras, espiritada? exclamó la Chepilla con vehemencia. ¿El te enamora acaso? El pecado consiste en no agradecer los favores que nos hacen y en morder la mano que nos acaricia.

--Vamos a ver, ¿cuáles son los favores de que habla su merced? ¿La mesada que nos pasa? ¿Los regalos que me hace de Corpus a San Juan? Dios y él sólo saben el motivo que le guía. ¿No es extraño, muy extraño, que sea tan generoso con nosotras, pobres mujeres de color, un hombre blanco y rico que no es nada de su merced, ni mío tampoco?

--¿Y vuelta, Cecilia? No prosigas ni ensartes más disparates. El enemigo malo únicamente pudiera inspirarte unas ideas tan contrarias a la humildad y a la caridad cristianas. ¿Cómo puede ser buena hija, buena esposa, buena madre, ni buena amiga, la mujer que no agradece favores ni paga beneficios? Por pequeños que sean (que no lo son) los favores que nos hace el caballero dicho, nuestro deber es agradecérselos, ya que no podemos otra cosa. Es grave pecado pagar bien con mal. Tus murmuraciones y tu ingratitud nos van a costar muy caro.

--No sé cómo su merced entiende mi conducta con él. Apenas le conozco. Ni le doy ni le quito; lo que no quiero es que me mande y se meta en mis cosas.

--Es que tú tampoco parece que lo entiendes a él. Si desea que no hagas esto o aquello, ¿es por su bien o por tu bien? Si aprueba o desaprueba algo de lo que tú dices o haces, ¿qué mejor prueba puede darse de su cariño para contigo, y de su buen corazón? Figúrate, Nemesia, que el individuo de que hablamos (bueno es que tú lo sepas) es una dama en su trato, y su generosidad para nosotras tan grande como desinteresada, y debe dolerle muchísimo...

--¿Desinteresada? repitió Cecilia. He ahí lo que no puedo...

--No me interrumpas, niña; estoy hablando con Nemesia. Nos da cuanto necesitamos y muchas cosas que apetecemos. Apenas le indico un deseo de esta niña, cuando se apresura a complacerla. Di que no. Preciso es que no tengas conciencia si lo niegas.

--Y no lo niego. Todo eso es muy cierto, pero ¿por qué lo hace?

--Lo mejor de todo, prosiguió la Chepilla, es que de mí no exige nada, y de ti no espera otra cosa que cariño, gratitud, y... respeto.

--Hete aquí la que me mata, saltó otra vez Cecilia con vehemencia. ¿Sabes tú, Nene, de alguna persona que dé palos de balde? Yo no la conozco. Que no exija nada de mamita, se comprende; pero que espere de mí sólo cariño, gratitud y respeto, como dice ella, eso que lo crean los tontos. Tú sabes de quién hablamos. ¿No es así? Pues bien, el tal no se puede tener en rigor por viejo. Le sobra el dinero y ha sido toda su vida, según dice mamita, un correntón y enamorado como hay pocos. Hasta ayer, como quien dice, según me ha contado mamita, a pesar de ser casado y con hijos, mantenía mujeres, con preferencia las de color. Ha perdido más muchachas que pelos tiene en su cabeza; y mamita parece empeñada en hacerme creer que su generosidad conmigo es inocente y desinteresada. Quien no lo conozca que lo compre.

--Hablas por hablar, niña, dijo la abuela al cabo de un largo espacio de meditación y de silencio. Nada de lo que has dicho viene al caso, ni se trata de eso tampoco. Se trata de que tú no le complaces, ni le tienes voluntad a una persona que es tan buena contigo y sólo le lleva el bien que te puede resultar de que hagas o no hagas ciertas cosas. _Verbi gratia_: ¿por qué habías de salir esta noche si él no quería que salieras? Cuando él se oponía, algún motivo tenía. Ese motivo no puede ser otro que tu bien. Considera, Nene, agregó la anciana en tono más blando, que poco antes de llegar tú estuvo aquí el buen señor... No entró. ¡Qué! El nunca entra. Lo primero que hizo fue preguntar por Cecilia. Siempre pregunta y se ocupa mucho de ella, por supuesto desinteresadamente; quiero decir, sin otra mira que la de saber cómo va de salud. Tú lo sabes, Nemesia; al menos me lo has oído decir muchas veces... Estuvo por la ventana... Sólo un momento. Luego que preguntó por la salud de Cecilia, como te he dicho, con mucho interés, con el interés de un... Así que le dije que ella se preparaba para ir a la _cuna_ del Ángel, me dijo muy agitado, sí, muy agitado, se le conocía, porque hasta le temblaba la voz:--No la deje ir, _seña_ Chepa, no la deje ir, deténgala; esa chica busca su perdición... (Ese es su modo de hablar). No la deje ir, deténgala, en otra ocasión le explicaré lo que pasa. Luego se fue, arrimadito a la pared como si temiera de que lo viesen. Al irse me puso una onza de oro en la mano para zapatos para Cecilia. ¿Puede darse mayor generosidad ni nobleza de alma? ¿Estará enamorada una persona que siempre obra así? Vamos. Di. ¿Ves en esto interés malicioso, celos mundanos, amor? ¿De esa manera enamoran los hombres de su edad hoy en día? Bien, ¿qué te parece, Nemesia? ¿Qué opinas?

--Yo, en verdad, contestó Nemesia, consultando con la vista el semblante de su amiga, no sé qué decir, ni me atrevo a dar una opinión franca. Sin embargo, añadió luego más animada: yo que Cecilia me reía de todo eso, en vez de ponerme brava. Si el hombre estaba enamorado de veras, porque lo estaba, y si no para burlarse de él y que me pagase por todo lo malo que me hicieran los demás. A mí no me importaría un comino que uno como ése me hiciera la rueda y me celara a todas horas; mientras me daba dinero, le pagaba con sonrisas. Y no se diga que yo procedía mal, ni cometía un pecado, porque los hombres son todos falsos, fingen amor cuando no lo sienten, y tienen tantas tretas que es difícil conocer cuando quieren de verdad y cuando se proponen engañar a las pobres mujeres. Piensa mal y acertarás, dice el proverbio. ¿Qué daño te puede resultar tampoco, Celia, de no ir esta noche a la _cuna_?

--Daño ni bien no me podía resultar de ir o no ir esta noche, claro está, replicó Cecilia. El caso es que el hombre de que habla mamita se ha propuesto meterse en mis negocios y gobernarme, por puro capricho o por gana de moler la paciencia, y eso es lo que hallo intolerable.

--Está bien, mujer, observó Nemesia blandamente; mas no veo que te cause ninguna extorsión con meterse.

--¿Cómo que no? repuso Cecilia prontamente. Mamita toma su parte desde luego, y me regaña, y me pelea, y me rompe el túnico para que me quede en casa y le dé gusto al viejo majadero. ¿Te parece poco?

--Ya, a mí tampoco me gusta que se meta _naiden_ en mis negocios. Con todo, a veces tiene una que hacerse la boba, a fin de sacar mejor partido de ciertos hombres. A ése se le ha metido en la cabeza mandarte y celarte; déjale seguir su capricho, mujer; haz que le das gusto; no le deseches de una vez; sonríete con él, por lo menos mientras se muestra dadivoso, y gozarás y vivirás hasta ponerte vieja.

Por entonces la conversación se concretaba a Nemesia y su amiga, porque la anciana había vuelto a su butaca y a sus cavilaciones.

--Mira, prosiguió aquélla, que el que se apura se muere. Por otra parte, ten por seguro que ningún viejo por marrullero que sea es peligroso para una muchacha como tú.

--No, yo no lo creo peligroso, no le temo ni un tantico, dijo Cecilia. Yo soy muy independiente y no consentiré jamás que nadie me gobierne, mucho menos un extraño.

--¡Extraño! repitió la abuela para sí, con voz ronca y profunda.

Las dos muchachas se miraron como azoradas, así por el tono como porque ambas la creyeron absorbida completamente en sus tristes pensamientos.

--Su hijo, prosiguió Nemesia en baja voz. Tú me entiendes... Ese sí que es de temer... Joven, bien plantado, rebosándole la gracia por todas partes, con mucha labia y dinero para derramarlo como quien derrama agua... No hay mujer de corazón que se resista. ¿Es verdad, china? No es posible verlo y oírlo sin quererlo. Yo me guardaría de un hombre como él como del diablo. Ya le ha dado quebraderos de cabeza a más de una muchacha. Tiene a quien salir.

Continuaba la Chepilla en su abstracción, sin oír ni entender, en la apariencia, las palabras de Nemesia. Cecilia al contrario, desde que su amiga mencionó a su amante, se volvió toda oídos, comprendiendo que ella se proponía comunicarle alguna noticia importante.

--Pues como te iba diciendo, añadió Nemesia, cuando salí de la sastrería de _señó_ Uribe, tomé por la calle del Aguacate, y al enfrentar con la casa de las Gámez, que sabes tú está detrás del convento de las monjas Teresas, oí música y voces de hombres y mujeres. Me arrimé a una de las ventanas que tiene el poyo alto. Estaban abiertas las hojas y las cortinas echadas. Había en la sala una gran reunión: tocaban, cantaban y bailaban. ¿Qué día es hoy? ¡Ah! El 27 de Octubre. ¡Toma! ¡Si es el santo de la más chica de las Gámez, Florencia! Por eso estaba vestida de blanco y tenía el cabello suelto, y muy crespo para ser de mujer blanca. Cuando menos... Eso sí hermosísimo, porque es largo y abundante, aunque me gustaría de color más oscuro.

Cecilia dio un suspiro y Nemesia continuó ya sin más rodeos:

--Decía que rodeaban a Florencia delante del piano varias señoritas y caballeros. ¿Sabes quién estaba allí también? Sí, no me cabe duda, era ella. ¿Te acuerdas de la muchacha alta, pálida, buena moza, que te dije pasó por la Loma del Ángel en el quitrín de las Gámez, la mañana de San Rafael? La misma. Conversaba con Meneses, el amigo de... tú sabes. Por allí estaba el otro también, que siempre anda junto con los dos individuos... ¿Cómo se llama? Sola, Sofa. ¡Ah! Ya, Solfa. Pero el individuo no estaba, mencionaron su nombre únicamente. Estoy cierta que lo mencionaron...

--¿Quién lo mencionó? preguntó Cecilia con ansiedad.

--No te pudiera decir lo cierto; mas si no me engaño, entre Meneses y la muchacha pálida. Ellos hablaban de él. Según entendí, todos iban al gran baile que se da esta noche en la Filarmónica.

--Lo temía, dijo Cecilia.

--¡Ay! exclamó Nemesia. Ahora caigo para quién era el chaleco de seda que tuve que hacer con tanta premura. ¡Oh! Si lo averiguo antes no me apuro para acabarlo en tiempo. Cosí hasta bien tarde de la noche, porque me lo dieron ayer tardecita y se quería para hoy a las tres. ¡Quién lo hubiera adivinado! Al menos no hubiera ido él al baile de la gente blanca con un chaleco hecho por mí. Para lucírselo a Dios sabe quién. Nadie sabe para quién trabaja. Digo esto por ti, chinita, porque a mí no me va ni me viene. El no me pertenece; sólo me intereso por ti, que has puesto tu cariño... ¡Cuidado que los hombres son ingratos! Pero más vale callar y no ponerle más leña al fuego.

Bastaba, en efecto, y sobraba lo dicho para poner en ascuas a una joven menos fogosa que Cecilia. A medida que la amiga fue desarrollando su pensamiento, pues lo había de seguro en las noticias que comunicó y aún en el modo de comunicarlas, fue creciendo su cólera y desazón. ¿Qué hacer en aquellas circunstancias a fin de impedir, si era tiempo, que el individuo, según Nemesia, se viese en la Filarmónica con la señorita desconocida? Eran celos, rabia, desesperación lo que sentía. No cabía en la silla, cerca de la ventana. Se levantó varias veces en ademán de entrar en el aposento, sin duda para mudarse de traje y salir a la calle, y otras tantas volvió al asiento. La sangre estaba a punto de ahogarla.

La abuela entre tanto seguía como absorbida en devotas oraciones, sobando, al parecer, con el pulgar e índice de la mano derecha, una tras otra, las cuentas negras del rosario que tenía en el regazo, y con los ojos cerrados. Nemesia miraba de soslayo a su amiga, leía, como al través de un cristal purísimo, la fiera batalla que se libraba en su pecho, y de cuando en cuando se sonreía ligeramente, cual si hubiera previsto todo aquello, o no temiese que tuviera un resultado desagradable. Al cabo Cecilia se desplomó en la silla, exhaló un suspiro profundo y murmuró:

--Más vale que no; yo sé lo que he de hacer. De mí no se burla nadie... Casi me alegro... No salgo a ninguna parte.

Chepilla alzó entonces la vista y miró a la nieta con cierta alegría mezclada de compasión. Por su parte Nemesia, en toda apariencia satisfecha, más diremos, orgullosa de que su venida hubiese surtido todo el efecto deseado, se marchó, despidiéndose cariñosamente de sus amigas.