Cecilia Valdés o la Loma del Ángel · Capítulo real 18 de 46
Segunda parte · Capítulo V
Texto completo de esta unidad literaria, reunido aunque el lector la divida en 2 tramos técnicos para mejorar el rendimiento.
_Aún pienso estaros mirando..._ _La faz terrible y airada,_ _La vista desencajada,_ _El látigo vil sonando._
J. PADRÍÑEZ
Llegaba Nemesia a la puerta de su casa, a tiempo que salía de ella su querido hermano José Dolores con el clarinete en la funda debajo del brazo y un rollo de papeles de música en la mano. Según costumbre, caminaba cabizbajo y meditabundo. Por esta razón y por estar muy oscura la calle, no habiendo tampoco luz en la casa, por poco se cruzan los hermanos sin reconocerse, a pesar de la proximidad. Así como así, ella le reconoció primero, se le atravesó en el camino y le preguntó repitiendo dos versos de una canción tan popular entonces como llena de malicia:
«--¿A dónde vas con ese gato y la noche tan oscura?»
--¡Qué! dijo José Dolores sorprendido. ¡Ah! ¿Eres tú? Me cansé de esperarte.
--¿Tan temprano para el baile?
--Pues, ¿qué hora es?
--Tocaban a vísperas ahorita mismo en Santa _Catarina_, cuando pasé por el costado del convento.
--Te equivocas; debe ser más tarde de lo que tú te figuras.
--Puede ser, porque traigo la cabeza como un güiro, y no sé lo que me pasa.
--¿Pues qué sucede, hermana? Despacha que estoy de prisa.
--Bien. No quiero detenerte mucho. Sin embargo, creo que tenías tiempo de tomar un bocado... Una taza de café.
--Ya anduve yo ese camino. Tomé café con leche, pan y queso, y esto me basta hasta media noche en que haré por tomar gigote o cosa así. Di.
--En la casita a la otra puerta de la taberna de la esquina de la calle de O'Reilly, tú me entiendes, ha habido una _San Francia_ esta noche.
--¿Cómo así? Y tú parece que te alegras.
--Hay de todo. Te diré. Pasaba yo por allá... _Seña_ Clara me detuvo más de lo regular en la sastrería. Pues pasaba por allá, aunque era bastante tarde, porque había quedado con Cecilia en que daríamos una vuelta por el Ángel después de la salve. Ella sospechaba que el individuo que estuvo esta tarde en la sastrería a buscar su ropa nueva iba al baile de Farruco para verse con la muchacha del campo del día de San Rafael, y se proponía pillarlo _en fragante_. Cálculos de mujer celosa. Apenas llegué a la esquina vi acercarse un hombre a la ventana de la casita y hablar con una persona que estaba detrás de la cortina. Aquello picó más mi curiosidad, y así que se separó el hombre me acerqué yo... Y ¿con quién te figuras tú que me topé? Con Chepilla. Me hizo entrar. Acababa de haber allí una de mar y morena. Parece que Cecilia se había vestido para salir conmigo; y la abuela, en la brega de impedírselo, le rompió el túnico y la peineta de teja. Todo eso sucedió en un momento.
--¡Pobre muchacha! exclamó el músico compadecido.
--Cecilia es muy cabezadura. Cuando se le pone una cosa, eso ha de ser; de manera que la abuela vio los cielos abiertos luego que yo me aparecí. Ya ella no puede con la nieta. Pues bien, me hizo entrar para ver si entre las dos lográbamos que Cecilia no saliera.
--¿Lo lograron? preguntó José Dolores con muestras de interés.
--Por supuesto, dijo Nemesia con intención. Yo sabía por donde atacarla y no erre el golpe. La abuela no quería que la nieta saliera; yo tampoco quería, y sucedió que el hombre del barrio de San Francisco que las mantiene, lo había prohibido. Ese fue, como luego supe, el que estuvo por la ventana hablando con Chepilla antes que yo.
--¿Qué es _él_ de _ella_? Quisiera saberlo.
--Yo, verdaderamente, no lo sé. A veces _me se_ figura que es mucho cuidado el suyo para mero enamorado...
--¡Si será su padre! _Señó_ Uribe cree a puño cerrado que lo es y sostiene que la madre vive. ¿Pero dónde está la madre? ¿Quién la conoce? ¿Quién la ha visto?
--Eso es lo que yo digo.
--Ahí tienes. Yo me tengo tragado que el padre y el hijo están enamorados de Cecilia hasta la punta del pelo.
--Puede ser, hermana, porque se han visto muchos de esos casos en el mundo. Ella preferirá al hijo...
--Se entiende, y ¿quién no preferiría el joven al viejo?
--La hermosura de Cecilia será al fin la causa de su perdición. ¿Qué puede esperar ella de esos dos blancos? ¿El viejo quizás le dé dinero, lujo y cuidados, mas el joven...? Este no es posible que se case con ella; gracias si la toma de querida por algún tiempo, se fastidia y la deja con dos o tres hijos el día menos pensado. Yo no sé qué será de mí si tal cosa sucede. No quiero pensar en eso.
--Ella te tiene voluntad, pero no amor. Bien claro que lo veo. Sin embargo, si yo pudiera hacer que olvidara a Leonardo, estaba vencida la principal dificultad.
--La que bien quiere, tarde o nunca olvida.
--Hay sus excepciones, y Celia, que es muy soberbia, no es imposible que por lo mismo que quiere mucho olvide pronto. Del amor al odio no hay más que el salto de una pulga.
--Esa, al fin, es una esperanza.
--Te juro que le ha de costar mucho trabajo engañarla y engañarme a mí. Yo conozco mejor que él el flaco de Celia y tengo esta ventaja. Ahora poco le dije a ella una cosa que la puso como candela. Está que trina contra el individuo. Ya se le pasará la rabieta, pero volveré a la carga y estoy segura que la haré saltar las trancas... Todo lo que sea alejarla de él, es acercarla a...
No le dejó concluir la frase José Dolores. Se sonrió tristemente, y diciendo a su hermana que no le esperase, se marchó en dirección de la calle del Aguacate. Nemesia entró en su cuarto repitiendo cual si hablara con otro:
--¡Cómo que yo me mamo el dedo! No siempre había de trabajar para el inglés. Si no ha de ser para mí, que no sea para ella tampoco. El es muy enamorado y le gustan mucho las pardas. No es tan difícil la cosa como parece. Veamos si de una vía hago dos mandados. Ella para José Dolores y _él_ para mí. Se puede, se puede...
Ahora corresponde que volvamos al sarao en la Filarmónica donde hemos dejado a Leonardo Gamboa en las filas de la danza con Isabel Ilincheta. Comprendiendo bien ella el carácter de su pareja, no le dio queja ninguna sobre su falta de puntualidad en escribir, ni de su aparente desvío; le habló, al contrario, de asuntos indiferentes: de los amigos mutuos en el campo; de las ocurrencias en el partido de Alquízar; del rosal rojo que él había injertado en el rosal blanco del jardín fronterizo del cafetal; del naranjo a cuya sombra, las pascuas pasadas, habían comido tantas veces las naranjas más dulces que producía la finca; de la hija mayor del mayoral de su padre, que, para casarse, como se casó, en la Ceiba del Agua, se había fugado con un joven guajiro del pueblo.
--Tía Juana, añadió Isabel, se empeñó con el padre y lo hizo reconciliarse con la hija. Así es que los novios hoy día están hechos cargo del sitio de papá, en que sabe Vd. se crían gallinas y se ceban algunos animales. La muchacha se quedó con su marido, y su padre, nuestro mayoral, tuvo que salir. Yo lo sentí por su esposa, porque era una buena mujer y nos acompañaba bastante; pero, desde que se casó la hija, se le puso el humor atroz: no dejaba resollar a los negros, los castigaba por cualquier falta, siempre con verdadera sevicia, hasta que papá le despidió. Al presente pasamos algunas soledades, y nuestras salidas en el cafetal se reducen a ir al sitio todas las tardes y volver a las puestas del sol. Cuando hace luna...
--Te acuerdas de mí, ¿no es eso? la interrumpió Leonardo, con indiscreto despecho, al ver su glacial indiferencia.
--Naturalmente, contestó ella, al parecer sin notar lo que pasaba por su compañero. No puedo olvidar que en tardes divinas, como son todas las de invierno en el campo, más de una vez hemos hecho juntos ese paseo en compañía de Rosa y de tía Juana.
--Te encuentro algo cambiada, observó el joven después de breve rato de silencio.
--¿Yo cambiada? Pues está buena. Vamos, Vd. se chancea.
--Hasta me tratas de Vd.
--Creo que siempre le he tratado del mismo modo.
--No al pie del naranjo dulce.
Isabel se puso colorada, y luego dijo:
--Es ya una costumbre en mí el tratar de Vd. a todo el mundo. Aún con mis propios esclavos, si son viejos sobre todo, se me escapa el decir Vd. A papá le sucede lo mismo frecuentemente.
--El _tú_ es más cariñoso.
--¿Lo cree Vd. así? El _Vd._ es más modesto.
Cortábase a cada paso este chispeante diálogo, es decir, tantas veces cuantas la pareja que bajaba hacía figura con la pareja que subía la danza. Al fin, hubo de cambiarse del todo el tema de la conversación cuando Meneses y Solfa, que habían venido saludando a las amigas, llegaron al puesto ocupado por Isabel y Leonardo. Ambos habían visto a la joven aquella misma tarde en casa de las Gámez. Poco tenían que decirse que de nuevo fuera; Isabel, sin embargo, distinguía a Meneses, y se alegró de volver a verle.
--¿Qué es eso? ¿No baila Vd? le preguntó con interés.
--Casi nunca bailo por mera cortesía.
--¡Ay! Si le oyese Florencia se ofendería.
--Me cae en gracia Florencia, me parece bonita, la quiero, pero si bailase con ella ahora sería por mera galantería. Mi amiga del alma está lejos de aquí, Vd. lo sabe, y es mucha crueldad en Vd. atribuirme intenciones de galantear a otra.
--Sobre que le voy cogiendo miedo al amigo Solfa, dijo ella volviéndose de repente para éste, con el doble objeto de atender a todos y de no seguir la broma con Meneses.
--¿Qué he hecho para inspirar temor a la impávida Isabelita?
--¿No ve Vd.? Esa es una sátira.
--Lo sería, señorita, repitió Solfa prontamente, si la mía fuese una opinión aislada, pero no lo es. De ella participan, estoy seguro, Leonardo y Diego, juntamente con cuantos conocen a Vd. ¿Cómo pues, puedo inspirarle temor?
--Porque voy viendo que es Vd. implacable, que no perdona enemigos ni amigos.
--¿Esa más? Me aturde Vd. señorita.
--Sí, hágase Vd. ahora el inocentico, el que no quiebra un plato. ¡Cómo que desde que asomó Vd. a la puerta del salón no noto que ha venido hasta mí cortando cada traje que es un primor! Apelo al amigo Meneses; él dirá si me he equivocado o no.
Solfa y Meneses cambiaron una mirada y una sonrisa, con que corroboraron implícitamente la observación aguda de Isabel, y el primero dijo:
--Ya eso es distinto, lo declaro, me gusta la tijera; mas se me ha hecho pedazos entre las manos al llegar a Vd.
En esto cesó la danza, y las diferentes parejas de bailarines, deshaciendo la formación, corrieron las unas a ocupar sus asientos en la sala y cuartos, las otras a respirar el aire libre de los corredores. Los hombres, por la mayor parte, se dividieron en grupos para hablar de las conquistas amorosas de la noche, y casi todos para fumar un cigarro puro o de papel. Leonardo dio un paseo por los corredores con su amable compañera de baile, la cual, si hemos de juzgar por la frecuencia de sus sonrisas, no tuvo a mal que se prolongara la entrevista, aunque había terminado el encanto de la música.
Continuando, entretanto, por su parte la revista de la fiesta que se habían propuesto pasar Meneses y Solfa, se detuvieron por breve rato ante la madre y hermanas de su amigo y condiscípulo Leonardo Gamboa. Hallábanse ellas sentadas en el lado norte del salón, debajo del dosel donde dijimos que se ostentaba el retrato colosal al óleo de Fernando VII de Borbón. Antonia, la mayor, tenía a su derecha a un capitán del ejército en completo uniforme, con quien cambiaba en tono bajo frases breves de inteligencia; después seguía su madre, y a la izquierda de ésta, las dos hermanas Carmen y Adela. Con la primera de estas tres hablaba el Mariscal de campo don José Cadaval; con las dos últimas los currutacos más célebres que conocía La Habana entonces: Juanito Junco y Pepe Montalvo, cadete del regimiento Fijo. Asomó a poco Leonardo Gamboa, y como por magia desapareció el capitán español del lado de Antonia, a una insinuación suya con el codo; Cadaval siguió adelante, y el lechuguino y el cadete hicieron lo mismo con un profundo saludo.
Al descubrir de lejos Leonardo al militar español mano a mano con su hermana, se renovó en su mente la memoria de las escenas de por la mañana, primero al postigo de la ventana y después en la mesa del almuerzo, sintiendo el mismo rapto de celos y de odio que ya había experimentado. Todo el deseo que tenía de ver y hablar un rato con su madre y hermanas en el baile, se enfrió y apagó en el instante, y sólo por respeto y cariño a aquélla no les volvió la espalda. A un gesto suyo, Antonia ocupó el asiento que dejó vacante el capitán, y así pudo sentarse Leonardo y decir al oído de doña Rosa:
--¿Es posible, mamá, que tú consientas que ese soldado pele la pava con Antonia en tu presencia?
--¡Cállate! replicó doña Rosa seria. Ese caballero ha venido a traernos un recado de tu padre, el cual no puede venir por nosotras hasta la una y creo que tú tendrás que acompañarnos. De la ocurrencia me alegro con doble motivo; lo uno porque ya podré irme cuando quiera o me dé sueño; lo otro porque no te quedarás tú por detrás, ni me harás pasar otra mala noche.
--Debo acompañar a Isabel Ilincheta y a las Gámez a su casa, pues su carruaje ha sufrido una avería y no pueden usarlo esta noche.
--¡Cómo! ¿Isabel está aquí y no ha venido a saludarnos?
--No lo extrañes, porque sin duda ella ignoraba que Vds. hubiesen venido al baile, y luego ha habido una concurrencia extraordinaria.
--Bien, manda en tu quitrín a tus amigas a su casa.
--Antes, sin embargo, es preciso que Vds. vean a Isabel, o que Isabel salude a Vds.
--¿Ya te has enamorado de ella? Eres un veleta. No pienses en burlarte de esa muchacha también. Tráela aquí y la veremos.
--No. He pensado que debemos tomar algo y en la mesa nos reuniremos todos. El ambigú dicen que no es menos abundante que exquisito. ¿Qué te parece, Adela?
--Aprobado, contestó ésta alegre.
--Pero es el caso, dijo Leonardo, que si alguna de Vds. no me saca de apuros, no tendré con qué cubrir el gasto.
--Pues, ¿y las dos onzas de oro que te puse en el chaleco por la tarde cuando dormías la siesta? preguntó doña Rosa con seriedad.
--No he visto semejante dinero, mamá. Bien que si lo pusiste en la faltriquera del chaleco de esta mañana, allá en mi cuarto se quedó. Apenas tengo tres o cuatro pesos en este chaleco que me puse a la vuelta del paseo para venir al baile.
No hizo Leonardo esta explicación con la franqueza que solía; se puso colorado y titubeó varias veces. Lo advirtió su madre y le preguntó:
--¿Por qué te has aparecido en el baile tan tarde? Creí que ya no venías, y eso que tú saliste de casa antes que nosotras. Quién sabe por donde has andado.
--Había reunión y piano en casa de las Gámez con motivo de ser el santo de Florencia...
--Ellas no vinieron contigo, que yo sepa. Tú no dices la verdad, Leonardo, lo conozco y de veras te digo que haces mal, muy mal. Yo soy tu mejor amiga, hijo, y tengo el desconsuelo de ver que cada día eres menos franco conmigo. Vamos al ambigú, añadió no poco desazonada; yo pago los costos y aquí tienes mi bolsa, que contiene unas seis onzas de oro.
Era de punto de seda roja, formando dos senos separados por un nudo o lazada en el medio, para dividir el oro entero del menudo y la plata. Se la sacó del seno, porque las señoras en esa época no usaban bolsillos en las faldas como al presente, sino que se colgaban la bolsa del cinto o cordón del traje casero. Leonardo recibió el dinero con las mejillas encendidas de la vergüenza, porque a la humillación de recibir dos veces la suma que había perdido al juego, se agregaban las mentiras conque había pretendido encubrir su falta. La madre, tal vez sin quererlo ni saberlo tampoco, había leído en el fondo de su alma como a través de un cristal. ¿Le servió eso de correctivo? No es tiempo todavía de examinarlo. Pero aquel incidente había pasado para el hijo y la madre no más, para la última ciertamente no en toda su genuina deformidad, pues puede decirse que sin conciencia de ello había puesto el dedo en la llaga. Del choque recibido trabajo le costó reponerse a Leonardo, quien dijo a su madre luego que se puso en pie y le tomó el brazo para conducirla a la sala del ambigú:
--¿Y dónde quedaba papá?
--Quedaba en casa de don Joaquín Gómez, a donde han concurrido varios otros hacendados; entre ellos Samá, Martiartu, Mañero, Suárez Argudín, Lombillo, Laza...
--¿No se sabe cuál es el objeto de semejante junta?
--El capitán Miranda no ha podido explicarlo, sin duda porque él mismo lo ignora; pero por lo poco que me dijo tu padre cuando salió de casa, saco en consecuencia que va a tratarse de las expediciones a la costa de África. Vives está ya cansado de las quejas de Tolmé y de las impertinencias de los jueces de la maldita comisión mixta, y ha hecho decir a Gómez por trasmano que procuren que las expediciones de bozales no desembarquen por los alrededores de La Habana. También llegó un expreso del Mariel, participando que se ha presentado un bergantín parecido al _Veloz_, que se esperaba con un buen cargamento, perseguido por un buque inglés.
--Tal vez lo ha apresado.
--¿A la vista del torreón del Mariel? Sería demasiado atrevimiento. Con todo, esos ingleses protestantes se figuran que el mundo entero les pertenece, y no lo extrañaría. Si la expedición se pierde, tu padre pierde un pico regular. Es la primera que él emprende en sociedad con sus amigos de aquí por ser muy costosa. Cuando menos trae quinientos negros.
--¿Quién mete a papá en tales trotes, al cabo de sus años?
--¡Ay, hijo! ¿Echarías tú tanto lujo, ni gozarías de tantas comodidades, si tu padre dejase de trabajar? Las tablas y las tejas no hacían rico a nadie. ¿Qué negocio deja más ganancias que el de la trata? Di tú que si los egoístas ingleses no dieran en perseguirla como la persiguen en el día, por pura maldad, se entiende, pues ellos tienen muy pocos esclavos y cada vez tendrán menos, no había negocio mejor ni más bonito en qué emprender.
--Convenido, mas son tantos los riesgos, que quitan las ganas de emprender.
--¿Los riesgos? No son muchos comparados con las ganancias que se obtienen. El costo total de la expedición del bergantín _Veloz_, por ejemplo, según me dijo tu padre, no ha pasado de 30,000 pesos, y como la empresa es de varios, su cuota fue de algunos miles de pesos solamente. Ahora bien, si se salva la expedición, ¿cuánto no le tocará?... Saca la cuenta. Pero aquí está Isabel.
Doña Rosa la recibió con los brazos abiertos; excepto Antonia, las hermanas de Leonardo con sinceras demostraciones de cariño; sobre todas. Adela la abrazó y besó repetidas veces. Era ésta la más joven, entusiasta y franca e Isabel la preferida de su hermano querido. Después de los saludos de costumbre y las quejas mutuas, juntas todas con las Gámez, llevando Leonardo, Meneses y Solfa cada uno dos mujeres del brazo, pasaron a la sala del ambigú, espléndidamente iluminada, al fondo del palacio. Eran muchos y no cabían en una sola mesa, por cuya razón ocuparon dos, aunque inmediata una de otra.
Señoras y caballeros tomaron gigote de pechuga de pavo, fiambre de esta ave, con rico jamón de Westfalia, algunos arroz y frijoles negros, ninguno vinos ni espíritus, todos café con leche para terminación de cena. Esta, conforme al precio usual de los platos pedidos en funciones semejantes, calculó Leonardo que no bajaría el costo de onza y media de oro, o veinticinco y medio duros, cuando menos. Deseoso de hacer alarde del dinero, sacando la bolsa de seda roja, preguntó al mozo blanco, que servía ambas mesas con destreza imponderable:
--¿Cuánto es?
--Nada, contestó el hombre con la misma brevedad, a tiempo que formaba en el brazo izquierdo una _torre de porcelana_ con los platos y tazas.
--¿Cómo se entiende? repuso el joven asombrado. Pues ¿quién ha pagado por mí?
--Se conoce que Vd. no pertenece a la junta directiva, dijo el mozo con cierta impertinencia. La sociedad costea el ambigú de esta noche, y si yo fuese uno como hay muchos le hacía pasar a Vd. plaza de primo.
--¡Ah! exclamó Leonardo, corrido como una mona y no poco mortificado.
Se puso en pie murmurando:
--Estos mozos españoles son a veces demasiado impertinentes.
Si él oyó o no, es cosa que no se sabe, aunque por la mirada de través que le echó al joven, parece que resonó en sus oídos lo de español e impertinente. Bien quisieran Adela y Florencia Gámez tomar parte en la siguiente danza, la primera hasta se lo indicó a su hermano; mas él se sonrió distraídamente y no contestó palabra.
Entre tanto doña Rosa dispuso que las _niñas_, según se expresó, pasaran al camarín a recoger sus _mantas_ de seda. Al mismo tiempo los tres jóvenes bajaron al entresuelo a reclamar sus sombreros y bastones respectivos; pero tanto aquí como en el camarín, ya se habían adelantado otras muchas personas en demanda de sus prendas; de suerte que antes que obtuvieran las suyas nuestros conocidos, se pasó algún tiempo. Después bajó Leonardo al portal para prevenir a su calesero que estuviese listo.
De este intervalo se aprovecharon las más jóvenes de las señoritas para acercarse a los sitios en que se había armado la danza última, que dicen es la que mejor acompañan los músicos. No faltó quien las invitara, y ellas, en son de marcha, se pusieron a bailar con más gusto que nunca. Doña Rosa, Isabel, Antonia, la señora de Gámez y la mayor de sus hijas se sentaron en grupo a esperar la hora de la partida.
Pasada era la una de la madrugada. Cuando Leonardo descendía las escaleras de piedra del palacio de la Filarmónica, lo primero que hirió sus oídos fue el repiqueteo de las espuelas de plata de los caleseros en las sonoras piedras del portal, bailando el zapateo al son del tiple cubano. Tocaba uno, bailaban dos, haciendo uno de ellos de mujer; y de los demás, quiénes batían las palmas de las manos, quiénes golpeaban la dura losa con los puños de plata de los látigos, sin perder el compás ni cometer la más mínima disonancia. Algunos de ellos cantaban las décimas de los campesinos, anunciando por esto, por el baile y por el tiple que todos ellos eran criollos.
Aún aquí se habían adelantado muchas familias que se retiraban del baile lo más temprano posible; y eran de oírse los apellidos de las más distinguidas de La Habana repetidos de boca en boca, como ecos en escala, por todos los caleseros:--¡Montalvo! gritaba una voz y Montalvo repetían veinte sucesivamente, hasta que se perdía a lo lejos o contestaba el llamado acercando el carruaje; en cuyo acto ocurrían algunos choques, no pocas peloteras entre los esclavos, más de un varapalo asestado por el dragón que mantenía el orden en la calle, todo esto acompañado del estallido de los látigos, del ruido de las ruedas, cual truenos lejanos, y de las patadas de los caballos en las chinas pelonas del pavimento. En medio de toda aquella batahola, no cesaba el clamor de los caleseros por el nombre de las familias a que pertenecían. A saber: ¡Peñalver! ¡Cárdenas! ¡O'Farril! ¡Fernandina! ¡Arcos! ¡Chacón! ¡Calvo! ¡Herrera! ¡Cadaval! repetido tantas veces cuantas era necesario para que llegara la palabra al calesero que se quería; el cual, después de todo, si no estaba a la cabeza de la fila que rodeaba la manzana, tenía que esperar a que le tocara su turno para mover el carruaje si no quería que el dragón de guardia le midiera las costillas con la vara de su lanza.
Apenas se pronunció el apellido de Gamboa, cesó el baile del zapateo, porque el tocador del agudo tiple no era otro que nuestro antiguo conocido Aponte. El triste esclavo se divertía al parecer con todas veras, o punteaba el instrumento primorosamente para distracción suya y de sus compañeros, porque pesaban sobre su espíritu, nada obtuso por cierto, dos amenazas terribles, la de su señorita por la tarde y la de su joven amo a las diez y media de la noche; y sabía, bien a su pesar, que ellos no olvidaban ni perdonaban faltas de sus esclavos. Pero si aquella era su suerte y no había remedio, ¿a qué apurarse ni afligirse anticipadamente? Así reflexionaba él, y así poco más o menos reflexionanban todos sus compañeros, a quienes Dios, en su santa merced, no había negado un alma pensante.
Acabada la junta de hacendados, don Joaquín Gómez puso su carruaje a la disposición de don Cándido Gamboa, para retirarse a su casa, como lo hizo, poco después de la media noche; con lo que éste pudo despachar el suyo a la familia en la Filarmónica, para que hiciera lo mismo cuando lo tuviera por conveniente. Mediante aquel refuerzo inesperado, las Gámez y su amiga Isabel pudieron trasladarse de una sola vez desde el baile a su morada a espaldas del convento de Santa Teresa, y enseguida la familia de Gamboa.
Metieron los caleseros sus respectivos quitrines en el zaguán, llevaron los caballos a la caballeriza en el traspatio, pusieron las monturas en sus burros, colgaron los arreos, libreas y sombreros en clavos fijos en la pared de un cuartucho; y por lo que hace a Aponte, acabado el trabajo, con la tarima a la espalda, cual Cristo con la cruz, volvía al zaguán para ver de descansar de las fatigas del día, durmiendo las pocas horas de la madrugada. Por entonces habían sonado las dos hacía rato en el reloj de la parroquia del Espíritu Santo. La luna menguante trasponía el tejado de la casa por el lado de la calle, cuya sombra ganaba la altura de la tapia divisoria entre ambos patios, de modo que reinaba oscuridad en el primero, aunque no tanta que no se viesen los bultos ni se reconociesen los rostros. De repente un hombre interceptó el paso de Aponte, quien levantó los ojos y vio que agitaba el látigo en la mano derecha. Se paró al instante, porque reconoció a su amo, el joven Gamboa.
--Suelta la tarima, le ordenó éste con voz bronca por la cólera; arrodíllate y quítate la camisa.
--Niño, ¿su merced me va a castigar? dijo el atribulado esclavo, ejecutando por parte lo que se le había ordenado.
--Vamos, despacha, agregó el amo acompañando a la vez el golpe, por la vía de apremio.
--Espere su merced, niño. ¿En qué le he faltado yo?
--¡Ah! ¡Perro! ¿Y me lo preguntas? ¿No te dije que te iba a castigar porque no me esperaste como te mandé, en la esquina del convento?
--Sí, señor, niño; pero yo no tuve la culpa.
--¿Pues quién la tuvo? Yo le probaré que cuando te mando una cosa la has de hacer o reventar.
Y sin más ni más empezaron a llover zurriagazos en las espaldas desnudas del infeliz esclavo. Se retorcía, porque los golpes los descargaba un brazo vigoroso, y decía:--Bueno está, mi amo (por basta). Por la niña Adela, mi amo. Por Señorita (como llamaban los criados a doña Rosa Sandoval de Gamboa), mi amito. Si yo pudiera decir la verdad, niño, su merced vería que no tuve yo la culpa. ¡Bueno está ya, niño Leonardito!
Pero aquella boca había callado, embargada por la cólera; aquel corazón se había vuelto de piedra; aquella alma había perdido el sentimiento; aquel brazo sólo parecía animado, de hierro, no se cansaba de descargar golpes. ¡Qué cansarse! los menudeaba cada vez con más furor, si no con más fuerza. Dormía ya don Cándido, cuando le despertaron asustados los estallidos del látigo y los lamentos del calesero.
--¿Qué es eso? preguntó a su esposa.
--Nada, Leonardo que castiga a Aponte.
--Pero ¡qué escándalo! ¿Qué horas son éstas de castigar a los criados? Di a ese muchacho de Barrabás que pare la mano, o por Dios bendito...
--Acuéstate y duerme, repitió la mujer. Aponte está muy perro y necesita un buen castigo.
--Sí, mas estoy seguro que esta vez no ha cometido falta. Véase qué pasada le han jugado a tu hijo y ahora se la paga el pobre mulato.
--Tú no sabes lo que hizo por la tarde a las muchachas en la calle de la Muralla.
--Será así, pero que pare el muchacho la mano o me levanto y le rompo una costilla como me llamo Cándido. ¿Hase visto mayor desvergüenza?
Claro vio doña Rosa que por poco que continuasen el vapuleo, los clamores y las protestas de inocencia del calesero, se levantaba don Cándido y hacía una de las suyas, pues a la natural rudeza de quien no había recibido educación, agregaba un carácter violento, se asomó al postigo de la ventana de su alcoba y dijo:--Leonardo, basta.
Esto fue lo suficiente. Bien que ya era tiempo de que el joven hubiese desfogado la cólera que le dominaba, o de que se le desmayase el vigor.
Después de eso, ¿cuál de los dos, la víctima o el verdugo, encontró primero reposo en la cama? Mejor dicho ¿qué pasaba por el alma del amo cuando se echó en la suya? ¿Qué por el alma del esclavo cuando se desplomó en la rígida tarima? Difícil es que lo expliquen los que no han sido una ni otra cosa, e imposible que lo entiendan en toda su fuerza, aquéllos que no han vivido jamás en un país de esclavos.