Cecilia Valdés o la Loma del Ángel · Capítulo real 20 de 46

Segunda parte · Capítulo VII

Texto completo de esta unidad literaria, reunido aunque el lector la divida en 1 tramo técnico para mejorar el rendimiento.

_"Por lo cual deberían poner tasa los magistrados, a quien toca, a la codicia de los mercaderes, que ha introducido en Europa, y no menos en estas Indias, caudalosísimos empleos de esclavos, en tanto grado, que se sustentan de irlos a traer de sus tierras, ya por engaño, ya por fuerza, como quien va a caza de conejos o perdices, y los trajinan de unos puertos a otros como holandas o cariseas."_

FR. ALONSO DE SANDOVAL

Paseábase don Cándido Gamboa largo rato hacía en su escritorio, después de levantado el mantel del almuerzo, cuando entró su Mayordomo don Melitón Reventos. Venía con la cara hecha un ascua por el calor del día, las carreras desde temprano, y la satisfacción que experimentaba y que se le conocía por encima del pelo de la ropa. De modo que, advirtiéndolo el amo, paró los paseos, se quitó el tabaco de la boca y se apoyó de espaldas contra la carpeta, a fin de escuchar a sus anchas la relación de las diligencias practicadas en los baratillos y el puerto. Hasta doña Rosa, cuyo interés en el asunto cedía tan sólo ante el de su marido, acudió ganosa al escritorio; y entre los tres personajes tuvo lugar la siguiente escena.

No venía, sin embargo, dispuesto don Melitón a satisfacer de plano la ansiedad de sus señores. Creía, por el contrario, que acababa de vencer una gran dificultad, mas que había alcanzado una hazaña; y, como hombre de poco seso, se daba importancia inmerecida. Después de ir y venir arriba y abajo del escritorio recogiendo papeles, arreglando las plumas de ave en el tintero, abriendo y cerrando gavetas, se volvió para don Cándido y su esposa, que seguían sus movimientos, no poco disgustados, y dijo:

--¡Qué calor! ¿eh?

Ninguno de sus oyentes le replicó palabra, y él continuó muy satisfecho:

--Vea Vd. en Gijón. Por este mismo tiempo empieza a soplar un airecillo, que ya... Es preciso abrigarse, so pena de coger un _costipado_...pero esta Isla se ha hecho para los negros. Bien pudo el señor don Cristóbal haberla descubierto en otra parte, donde no hubiese tanto calor. Porque, pongo por caso, llega aquí un mozo de Castilla, o de Santander, llega robusto, con unos cachetes que parecen dos cerezas, vamos, rozagante, fuerte como un toro, y en menos de seis meses, si escapa con vida del vómito,[36] se queda escueto y desmazalado por el resto de su vida. ¡Qué tierra ésta! Sí, ¡digo a Vd. que es ésta mucha tierra!

En estos momentos sus ojos tropezaron con los de don Cándido y doña Rosa que le miraban de hito en hito, y, cual si volviera en su acuerdo, agregó en diferente tono:

--Pues, señor, me parece, sí, me parece que todo ha salido a pedir de boca.

--¡Acabáramos! dijo don Cándido respirando fuerte.

--Allá iba, prosiguió don Melitón, respondiendo antes a la intención que a la palabra de Gamboa. Allá iba, pero Vd. me conoce, señor don Cándido, y sabe que yo no soy escopeta catalana.

--No tiene Vd. que repetirlo, replicó don Cándido con énfasis.

--Al caso, terció doña Rosa en tono blando, pues conoció que iba a armarse una disputa interminable.

--Al caso, repitió el Mayordomo, entonces más en caja. Pues como decía, ha salido la cosa mejor de lo que esperábamos. Marché, ¿qué digo? partí como una saeta para el portal del Rosario y me entré de rondón en el baratillo de don José a pesar que el mozo de las vidrieras, en el portal, lo mismo que los otros dos detrás de los mostradores dentro, creyendo que iba a comprarles la tienda en peso, me tira éste del brazo, aquél de la chaqueta... Vd. sabe que ellos son bromistas y más pillos, que ya...

--Lo que sé, repuso don Cándido molesto, es que Vd. gasta una pachorra...

--Pues decía, continuó como si no hubiese oído a su amo, que me costó algún trabajillo deshacerme de esos bellacos. ¿Dónde está don José? pregunté a don Liberato. Quiero ver a don José. Traigo un recado urgente para él. ¡Chite! me dijo el mozo; ahora está muy entretenido para que Vd. le vea. Venga acá, y me llevó por la mano a la puerta del patio, y agregó:--Véale. En efecto, muy acicalado estaba y arrimadito a la pared, en interesante conversación por señas y medias palabras, con la sombra de una mujer que se entreveía a través de las persianas del balcón en el principal de la casa. Sólo vi dos ojazos como dos carbones encendidos y la punta de unos deditos de rosa asomándose de cuando en cuando por entre los listoncillos verdes. ¿Qué significa eso? pregunté a don Liberato. ¿No lo entiende Vd.? me contestó. Nuestro don José que se aprovecha de la ausencia del paisano y amigo en el campo para camelarle la hermosa dama.

Don Cándido y doña Rosa cambiaron una mirada de inteligencia y de asombro, y el primero dijo:

--Don Melitón de mis culpas ¿qué tenemos que hacer nosotros con un cuento con todos los visos de calumnia?

--¡Calumnia! repitió el Mayordomo serio. Pluguiera al cielo. Nada de eso; ya verá Vd. mis trabajos, ya. No se puede negar que es el más buen mozo que ha salido de Asturias. Y su pico de oro, porque sabe hablar, que ya... Es cosa notoria que ahora años, cuando el sistema constitucional, le comparaban con el divino Argüelles, y una vez le pasearon en triunfo en esos mismos portales de la Plaza Vieja. Y, con perdón de la señora doña Rosa, todo eso le peta mucho a las mujeres, y la Gabriela que es joven y bella... ya, ya. La intención, las ausencias del marido, las galanterías, el diablo que nunca duerme...

--Don Melitón, saltó otra vez Gamboa muy molesto, ¿de quién nos habla Vd.?

--¡Toma! Pues creía que me estaba Vd. atento. Le hablo de don José, mi paisano, y de la Gabriela Arenas. No parece hija del país por lo blanca y rosada.

Doña Rosa, que era criolla y que no lo tenía a menos, se sonrió al oír la grosería de su Mayordomo, el cual prosiguió:

--Pues el señor don José ni me hizo caso, sino que le dijo de muy mal humor a don Liberato:--despache Vd. a ese mozo y no permita que me molesten. Al punto nos pusimos a revolver los entrepaños y las cajas, y con mucho trabajo conseguimos tres líos de mudas de ropa, de 50 pares cada uno. No era bastante. Corrí al baratillo de Mañero, donde sólo había 30 mudas. Sabe Vd. que por esta época empiezan las _refacciones_ de los ingenios, según se dice aquí. Los que se proveen por tierra, se adelantan hasta dos meses. Las carretas echan semanas en andar cualquier distancia, con que escasea la ropa hecha de los esclavos. Pues como decía, del baratillo de Mañero pasé al del vizcaíno ese... Martiartu, donde Aldama estuvo de mozo. Ahí conseguí 60 mudas más, y por no perder tiempo y porque juzgué que serían suficientes, llamé a un carretonero, cargué con todos los bultos y andando, andando para el muelle de Caballería, hice cinco líos, los até con unos cordeles, y al avío... Pero cate Vd. que al pasar por delante de la casilla del resguardo, sale el hombre y detiene la mula por la brida.--¿Cómo se entiende? ¿Qué hace Vd.? le grité encolerizado.--Se entiende, me dijo él con mucha sorna, que si Vd. no trae guía, para embarcar estos efectos, yo no los dejo pasar.--Guía, guía, le dije. ¿Para qué diablos ese requisito? Estos líos no son para embarcar a ninguna parte. Son _esquifaciones_.--Sean lo que fueren, prosiguió el hombre sin soltar la presa. La guía al canto o no hay paso.--¿Qué quería Vd. que hiciera en semejante aprieto? Eran pasadas las once. Ya había oído yo el reloj de la Aduana. Me registré los bolsillos, encontré un dobloncejo de a dos, le saqué, se lo puse en la mano al carabinero, diciéndole: Vaya la guía, hombre; y sin más ni más soltó las bridas y dio paso franco. La cara del rey posee magia.

--Eso es, dijo don Cándido en tono de aprobación.

--Pues es claro, añadió el Mayordomo satisfecho. Para ciertas gentes no hay mejor lenguaje. Mas aquí no pararon mis trabajos. Llegados al muelle, allí estaba el botero. ¿Sabe Vd. que el hombre es listo? En un santiamén descargamos el carretón y luego dimos con los líos en el bote. Tomé el timón bajo la carroza, y a viaje. Viramos, y en poco más que lo cuento nos pusimos en Casa Blanca, a vela y remo. Opuesto estaba el famoso bergantín sobre las anclas y con la proa para Regla, tan ufano y orgulloso cual si libre cortara las aguas del océano y no se hallara cautivo de los perros ingleses. En la cubierta se paseaban varios soldados de marina; algunos de los cuales me pareció que no era de los nuestros; pero alcancé a ver el cocinero Felipillo hacia popa, quien no tardó en conocerme y hacerme señas de que no atracara por el costado de estribor, sino por el de babor, hacia la parte de tierra. Así se hizo, corriendo a un largo la vuelta de Triscornia y luego virando por redondo a ganar la popa del bergantín, bajo la cual nos acoramos, y como quien no quiere la cosa, bonitamente fuimos metiendo lío tras lío por un ventanillo, donde el cocinero los recibía con toda seguridad.

--¡Vamos! exclamó don Cándido en un arranque de entusiasmo, rarísimo en sujeto tan grave. Esa sí que estuvo buena. ¡Magnífico!, don Melitón. Ya se puede dar por seguro que al menos se salvará una buena parte del cargamento y habrá para cubrir los gastos. No todo se ha perdido. Hecho, hecho.

Bien quisiera doña Rosa participar de la alegría y entusiasmo de su marido; pero sucedía que ella no entendía jota del bien que pudiera traer a la salvación del cargamento del bergantín _Veloz_, el hecho de haber introducido a hurtadillas por un ventanillo de popa, las mudas de ropa nueva compradas por don Melitón en los baratillos de los portales de la Plaza Vieja. Así es que se contentó con mirar primero a uno y luego al otro de sus interlocutores, como si les pidiera una explicación. Entendiolo así Gamboa, porque continuó con la misma animación:

--Ciego el que no ve en día tan claro. Rosa, ¿no comprendes que si vestimos de limpio los bultos pueden pasar por ladinos, venidos de... de Puerto Rico, de cualquier parte, menos de África? ¿Estás? No todo se ha de decir. Estos son secretos... porque... hecha la ley, hecha la trampa. Reventos, agregó con volubilidad, que le den de almorzar. Rosa, a Tirso que le sirva el almuerzo... Debe traer hambre canina, y además, quizás tenga que volver a salir. Por lo que a mí toca, a la una debo estar en casa de Gómez, quien me espera en compañía de Madrazo, de Mañero... Vaya (empujando suavemente por el hombro a su Mayordomo), despache.

--Corriendito, contestó él. No necesito que me rueguen. Apuradamente, tengo un hambre que ya... ¿Pues no ando de ceca en meca desde las nueve de la mañana? Ya, ya... Se la doy al más pintado. Lo extraño sería que no sintiese una gazuza, que ya...

Hacia el medio día don Cándido, que había hecho venir al barbero para que le afeitase, estaba listo para salir, y el quitrín le esperaba a la puerta. Antonia, su hija mayor, le puso la corbata blanca con puntas bordadas y colgantes, untándole aceite de Macastar, de olor fuerte, especie de esencia de clavo, muy generalizado entonces, y peinándole a la Napoleón, es decir, con la punta del pelo traída sobre la frente hasta tocar casi la unión de las cejas y la nariz. Adela le trajo la caña de Indias con puño de oro y regatón de plata, y Tirso, que andaba por allí, viéndole desdoblar la gran vejiga de los cigarros, le acercó el braserillo. De seguidas, medio envuelto en la nube azulosa de su exquisito habano, sin sonreírse ni decir palabra a ninguno de su familia, salió con aire majestuoso por el zaguán a la calle y se metió en el carruaje.

--¡A la Punta! fue lo único que dijo en su voz bronca al viejo calesero Pío.

No era un enigma este brevísimo lenguaje para el anciano calesero. Significaba que debía dirigirse al trote a casa de don Joaquín Gómez, que entonces vivía en aquel pedazo de calle frente a una cortina de la muralla que da hacia la entrada del puerto.

Allí esperaban el amo de la casa, el hacendado Madrazo y el comerciante Mañero. Este último era el más inteligente de los cuatro; se ocupaba en importar géneros y quincalla de Europa, que vendía a plazos a mercaderes de la plaza. Aquel era un medio muy tardío de hacer fortuna, fuera de que los vendedores no siempre cumplían exactamente con sus compromisos, de que resultaban pérdidas en vez de ganancias. Mañero, por esto, como otros muchos paisanos suyos, había emprendido en las expediciones a la costa de África, hasta allí con mejor suerte que en el comercio de géneros.

Al salir, como salieron a poco para el palacio del Capitán General, Gómez dijo a Mañero que llevara la palabra, cosa que aprobaron de la mejor gana Madrazo y Gamboa, reconociéndose incapaces para desempeñar el papel de orador siquiera con mediano lucimiento. Las dos de la tarde serían cuando entraban ellos por el ancho y elevadísimo pórtico de ese edificio que, según se sabe, ocupa todo el frente de la Plaza de Armas. A aquella hora estaba lleno de gente no por cierto del mejor pelaje, aunque no podía calificársele, en general, como de la clase del pueblo bajo de Cuba. El movimiento era incesante y activo. El rumor de pasos y de voces ruidoso y aún chillón. Unos iban, otros venían, observándose que los que más agilidad mostraban, mozos en su mayoría y nada atildados en su porte ni en su traje, llevaban debajo del brazo izquierdo, doblados por la mitad en sentido longitudinal, unos legajos de papeles del folio español. Por lo común entraban en o salían de los cuartos o covachuelas, que dicen en Cuba accesorias, cuya única puerta y acaso ventana daban al pórtico, al ras del piso de chinas pelonas de que estaba formado. A la primera ojeada, era de advertirse que esa multitud de gente no acudía a solazarse ni por mera curiosidad; porque se distribuía en grupos y corrillos más o menos numerosos, en los cuales se hablaba a voz en cuello, mejor, a veces se gritaba, acompañando siempre la acción a la palabra como si se discutieran asuntos de gran importancia, o que mucho interesaban a los principales actores. Desde luego, puede asegurarse que no se trataba de política; estaba absolutamente prohibido, y el derecho de reunión no se practicaba en Cuba desde al año de 1824 en que acabó el segundo período del sistema constitucional. Y sin embargo, aquel era un Congreso en toda forma.

Mientras esto pasaba en medio del pórtico, arrimado a una de las macizas y gruesas columnas, se veía un grupo compuesto de una negra y cuatro niños de color, el mayor de doce años de edad, la menor una mulatica de 7, todos cosidos a la falda de la primera, la cual tenía la cabeza doblada sobre el pecho y cubierto con una _manta_ de algodón. Enfrente de este melancólico grupo se hallaba un negro en mangas de camisa, y a su lado un hombre blanco, vestido decentemente, quien leía en voz baja de un legajo de papeles abiertos, que a guisa de libro sostenía en ambas manos, y el primero repetía en voz alta, concluyendo siempre con la fórmula:

--Se han de rematar: éste es el último pregón. ¿No hay quien dé más?

Cada una de estas palabras parecía herir, como con un cuchillo, el corazón de la pobre mujer, porque procuraba ocultar la cabeza más y más bajo los pliegues del pañolón, temblaba toda y se le cosían a la falda los hermosos niños. Llamó el grupo o la escena aquella la atención de Mañero, se la indicó con el dedo a Gómez, y le dijo al paño:--¿Ves? Farsa, farsa. El remate ya está hecho aquí (señalando entonces para una de las covachuelas a su derecha). Pero, tate, agregó dándose una palmada en la frente y tocándole después en el hombro a Madrazo, que iba por delante al par de Gamboa, ¿pues no es esa negra la María de la O de Marzán que tú tenías hace tiempo en depósito judicialmente? Yo que tú la remataba con sus cuatro hijos. Dentro de unos pocos años valen ellos cuatro tantos lo que te cuesten con la madre ahora.

--¿Qué sabes tú si no la ha rematado ya? observó Gómez con naturalidad.

--¿Interesa a ustedes el asunto? dijo Madrazo desazonado, contestando a Gómez y a Mañero.

--Me intereso por ti y por la mulatica, repuso este último con malicia, dándole un buen codazo a su compañero. La madre de los chicos es excelente cocinera, lo sé por experiencia propia, y luego la chica... Sobre que se me figura mucho a su padre.

--A Marzán querrás decir, dijo Madrazo.

--¡Ba! No. ¿Cuánto tiempo hace del pleito de Marzán con don Diego del Revollar y del depósito de los negros del primero en tu ingenio de Manimán? preguntó Mañero con aparente sencillez.

--Cerca de ocho años, dijo Gómez. Marzán es curro y del Revollar montañés como nosotros, y siempre han vivido como perro y gato en sus cafetales del Cuzco.

--No creo que hace tanto tiempo, interpuso Madrazo.

--Sea como fuere, continuó Mañero, el caso es que la chicuela esa de padre blanco y madre negra no tiene arriba de siete años de edad y...

No continuó Mañero, porque en aquel instante se acercó a Madrazo un hombre sin sombrero, le tocó en el brazo, le llamó por su nombre y le atrajo a una de las covachuelas de que antes hemos hablado. Madrazo con la mano abierta indicó a sus amigos que le esperaran, y desapareció entre la multitud de gente, casi toda a pie, que llenaba la pieza.

--¿No se los decía? añadió Mañero hablando con Gómez y Gamboa. Madrazo ha hecho el remate de María de la O con sus cuatro hijos, uno de los cuales, o el diablo me lleve o es la mismísima efigie del rematador, y el pregón no ha sido una farsa para guardar las apariencias y mostrar imparcialidad con el amigo Marzán. Al fin tiene entrañas de padre y se porta como buen amo: no habrá extrañamiento ni dispersión de la familia.

Según debe haberlo comprendido el lector avisado, aquellas eran las escribanías públicas de la jurisdicción judicial de La Habana. Componíanse de un saloncito cuadrilongo con puerta al pórtico y ventana de rejas de hierro al patio del palacio de la Capitanía General de Cuba. Eran unas diez o doce al frente, unas tres más había en el costado del norte o calle de O'Reilly y otras tantas o más en la de Mercaderes, entre éstas la de hipotecas. De medio día a las tres bajaba la audiencia, como se decía allí, y los oficiales de causa, junto con los procuradores, que venían a tomar nota de los autos en los pleitos a su cargo, los escribanos que daban fe, uno u otro abogado de poca clientela y aún bachilleres en derecho que comenzaban la práctica de los juicios por su propia cuenta, llenaban las escribanías hasta el exceso. Fuera de esto, el cuarto no era nada amplio y estaba flanqueado de mesas cargadas de tinta y de papeles o procesos, y detrás de ellas, arrimados a las paredes, había anchos y altos armarios, con redes de alambre o cuerda por puertas para que se viesen entre sus entrepaños los numerosos protocolos forrados de pergamino cual códices de antiguas bibliotecas.

El hombre sin sombrero llevó a Madrazo a la derecha de la escribanía, ante la primera mesa, algo más grande y decente que las demás, pues tenía barandilla, y el tintero se conocía que era de plomo, es decir, que no estaba tan cargado de tinta. El individuo que ocupaba una silla de vaqueta detrás de dicha mesa, se puso en pie lleno de respeto luego que vio al hacendado, le saludó con amabilidad y en voz alta pidió los autos de Revollar contra Marzán. Traídos por el hombre del pregón y abiertos por una hoja que estaba doblada longitudinalmente, apuntó con el índice de la mano izquierda para una providencia compuesta de unos pocos renglones manuscritos, y dijo a Madrazo que pusiera debajo su firma. Hízolo así éste, con una pluma de ganso que le alcanzó el escribano, y saludando, fuese enseguida a reunirse con sus compañeros.