Cecilia Valdés o la Loma del Ángel · Capítulo real 19 de 46
Segunda parte · Capítulo VI
Texto completo de esta unidad literaria, reunido aunque el lector la divida en 2 tramos técnicos para mejorar el rendimiento.
_¡Hola! del bergantín._ _--¿Qué dirá?--¿Cómo se llama?_ _--El Condenado.--¿De dónde procede?_ _--De Sarrapatán.--¿Qué carga trae?_ _--Sacos vacíos.--¿Cómo se llama el capitán?_ _--Don Guindo Cerezo._
Escenas a la vista del Morro de la Habana.
Como es de suponer, a las nueve de la mañana del día después del baile en la Filarmónica, con dos excepciones, todo el mundo dormía en casa de Gamboa. Hablamos aquí del mundo de los amos, en cuyo número no entraban los ocho o nueve criados de la familia, porque éstos desde el amanecer debían estar en pie, desempeñando las obligaciones cotidianas, no embargante el cómo habían pasado la noche.
Don Cándido, a pesar del poco dormir y de los graves pensamientos que le ocupaban a consecuencia de lo ocurrido en la junta en casa de don Joaquín Gómez, se levantó temprano y salió a la calle a pie, por pura impaciencia de carácter.
Su esposa, algo más tarde, tomaba café con leche muellemente arrellanada en uno de los sillones del comedor.
No carecía de objeto el sentarse doña Rosa todas las mañanas en ese sitio. Registrábase desde allí el interior de la casa, y se veía si las lavanderas preparaban la lejía para el lavado de la ropa, o el brasero con carbón vegetal para el aplanchado desde temprano; si las costureras, en vez de ponerse a coser las _esquifaciones_, perdían el tiempo en conversaciones con los otros siervos; si los caleseros lavaban los carruajes, daban sebo y limpiaban las correas de las monturas; si Aponte volvía temprano o tarde de bañar los caballos, lo que probaba que había ido al muelle de Luz o a la Punta, más distante; si Pío, el anciano calesero de Gamboa, hacía zapatos de mujer en el zaguán para uso de las criadas de la casa y a veces hasta para las amas, al mismo tiempo que desempeñaba el oficio de portero, cuando no tenía que ponerle el carruaje a su amo; por último, si el cocinero, negro de aire aristocrático, bien hablado y racional, según dicen los esclavistas, había ido o no de madrugada al mercado inmediato de la Plaza Vieja, en busca de las vituallas y hortalizas que se le habían encargado la noche anterior.
Era éste el que más madrugaba en la casa. Debía hacer el fuego y preparar el café con leche, a fin de que Tirso y Dolores pudieran servirlo tan luego como despertaran los amos. No siempre despachaba el cocinero el mercado a la misma hora, ni en breve tiempo, aun cuando la Plaza Vieja distaba poco de la casa de Gamboa. En la madrugada de que hablamos ahora, por ejemplo, salió para allá demasiado temprano. Pero andando en esa dirección con el farolito en una mano, según estaba mandado por las Ordenanzas municipales desde los tiempos de Someruelos, y un canasto en la otra, sonó el cañonazo de las cuatro, el capitán de llaves abrió las puertas de la muralla y al silencio mortal de la ciudad se sucedieron el tumulto y toda clase de ruidos tan disonantes como desapacibles.
A la vuelta del mercado había siempre ajuste de cuentas del cocinero con su ama, regaños y amenazas de castigo por el precio de las carnes, por su calidad y aun peso; porque en vez de pollos trajo gallinas, por la hortaliza, pues en vez de habichuelas trajo guisantes, y berros por lechuga, o viceversa. Porque es condición del esclavo no acertar nunca a complacer a sus amos. Para doña Rosa, en suma, siempre había motivo de queja; su cocinero pecaba a menudo por torpe, por malicia o por descuido.
--Dionisio, ¿no te encargué pollos tiernos? decía ella levantando del canasto el par de aves atadas fuertemente por los pies, ¿por qué me has traído gallinas? Tu amo no come sino pollos.
--Son pollonas, señorita, contestaba el cocinero; lo que tiene es que están gordas y parecen gallinas hechas. También no se encuentran pollos en la plaza.
--No me vengas con esas, Dionisio, que no soy boba ni nací ayer. Si tú sabes mucho, yo sé más. Vamos, ¿cuánto te costaron?
--Dos pesos, señorita. Las aves están caras ahora.
--¡Ave María Purísima! ¿A que se las compraste a tu _carabela_, la negra lucumí más carera de la plaza?
--No, señorita, se las compré a un placero del campo. Mírelas su merced bien, todavía tienen las plumas sucias de tierra colorada.
--Esa no es prueba, Dionisio, porque bien pudo tu comadre dejarles la tierra para hacer creer que eran frescas del campo, y no de segunda mano.
--Señorita, la morena de los pollos no es mi comadre ni mi _carabela_ tampoco. Ella es de nación.
--Yo sé lo que me digo, Dionisio, y no vengas tú a corregirme la plana. Si tú tienes leyes, yo sé a dónde se enderezan a los doctores como tú. Ahí está la maestranza de artillería[33] ahí está el Vedado.[34] No cuesta nada un curso de derecho en esos lugares. ¡Eh! Conque ande Vd. listo, taita Dionisio. Lo que no quiero es que Vd. se festeje ni festeje a sus comadres con mi dinero.
Al buen callar llaman Sancho, y por dolorosa experiencia de largos treinta años de esclavitud, sabía bien Dionisio que debía guardar silencio desde el punto en que sus amos empezaban a tratarle de Vd. Aquella era señal segura de que subía la marea de la cólera. Se aproximaba la tempestad y en breve estallaría el rayo. En tal virtud, el cocinero recogió a toda prisa los avíos de la comida y se refugió en su cocina, como buen piloto que busca abrigo temporal en el primer puerto que le depara el cielo.
Este esclavo había nacido y se había criado en Jaruco, en el palacio de los condes de ese título. Sabía leer y escribir casi por intuición, dones adquiridos que le revestían de mérito extraordinario a los ojos de sus compañeros de esclavitud, mucho más ignorantes que él, en general, bajo esos respectos. Era aficionadísimo al baile, gran bailador de minué, que aprendió en las suntuosas fiestas de sus amos, pues en su calidad de paje, que fue su empleo primitivo, siempre estaba en contacto con ellos; y allí conoció a la después Condesa de Merlín, a varios Capitanes Generales, al primer conde de Barreto y a otras notabilidades de Cuba, de España y del extranjero, por ejemplo, a Luis Felipe de Orleans, después rey de los franceses.
A poder de tiempo, de industria y de economía, viviendo entre gente rica y rumbosa, que visitaban personajes notables, logró Dionisio reunir dinero suficiente para _coartarse_, quiere decir, para fijar el precio en que se le vendería, si lo vendían, dando a su amo diez y ocho onzas de oro, o 306 duros. Sacáronle, sin embargo, a remate junto con otros varios esclavos, por ante el Escribano público don José Salinas, a la muerte del Conde, para cubrir las grandes costas que ocasionaron su testamentaría y división de bienes. La habilidad de Dionisio en la cocina y la repostería, a que le aplicaron apenas llegó a la virilidad, le daba más valor en el mercado que a los otros esclavos sin oficio; de consiguiente, la _coartación_ sólo le sirvió para que le vendieran en 500 pesos, en vez de los 800 en que le estimó el amo cuando le aceptó la suma arriba mencionada. En el _lote_, don Cándido le obtuvo por menos de los 500 pesos en que quedó coartado, aunque él no fue el mejor postor; pero supo untarle en tiempo la mano al oficial de causas, y no aparecieron las otras pujas. De dos graves faltas adolecía Dionisio, graves por su triste condición: era la una su afición a las mujeres; la otra ya se ha dicho, su afición al baile propio de los blancos.
Dadas las 9 de la mañana, entró don Cándido Gamboa por el zaguán de su casa. Parecía cariacontecido, cansado y sudoso, no ya por el calor, que no dejaba de sentirse, aunque estábamos a fines de octubre, sino por la agitación de las primeras horas del día y los pensamientos que ocupaban su espíritu. Sin reparar en su esposa, que inquieta le aguardaba junto a la mesa del comedor, puesta ya para el almuerzo por el ágil Tirso, de la calle pasó derecho al escritorio, donde estaba el Mayordomo don Melitón Reventos encaramado en el banquillo, con la pluma detrás de la oreja y de codos en la carpeta, meditando sobre un pliego de papel español, escrito en renglones desiguales, a manera de versos de arte mayor, que tenía delante.
--¿Qué hace? le preguntó entrando don Cándido, sin darle los buenos días, acaso porque aquél era uno de los peores de su vida.
--Hacía el apunte de los efectos que ordena el Mayordomo de _La Tinaja_ para la próxima molienda, y miraba si se me había escapado algo. El patrón Sierra estuvo aquí y dijo que salía...
--Deje Vd. eso de la mano, que no precisa, y vamos a lo que importa. Reventos, ahora mismo se pone Vd. la chaqueta y se va corriendito al baratillo de Suárez Argudín en el portal del Rosario, y recoge Vd. cuantas camisas de listado y pantalones de rusia tenga hechos, y le dice Vd. que los cargue en cuenta. Probable es que no tenga cuanto se necesita, 400 mudas; pero él puede completar el número en los otros baratillos de los paisanos. Mas en caso que ni así se consigan todas, 300, 250, 200, las que se puedan... ¿Qué remedio? Si no salvamos tantos, salvamos cuantos.
--¿Cuántos qué? preguntó Reventos, demasiado curioso para dejarlo para luego.
--Bultos, hombre, bultos, repuso brevente don Cándido. ¿No sabe Vd. que ha llegado el _Veloz_?
--¿Sí? A fe que no lo sabía.
--Pues ha llegado, mejor dicho, lo han traído al puerto. El número fijo a bordo no se sabe todavía. Las escotillas están clavadas, y dice el Capitán Carricarte que, aunque embarcó sobre 500, con el largo viaje y la atroz caza que le han dado los ingleses, se le han muerto algunos y tenido que echar al agua... muchos, vamos, la broza por fortuna. ¿Está Vd.? Ahora bien, tome las mudas de ropa, forme tres o cuatro líos, según; los conduce Vd. en un carretón al muelle de Caballería, frente a Casa Blanca, y se los entrega al patrón del guadaño _Flor de Regla_. Vd. le conoce. Bien, le entrega Vd. todo, que él está ya avisado y sabe a dónde ha de llevarse eso. Vd. le acompaña, pues que conoce al contador. ¡Eh! conque al avío. Se le guardará a Vd. el almuerzo si no da la vuelta en tiempo. De cualquier modo, la ropa debe estar a bordo antes de las once. ¿Lo oye Vd.?
El Mayodomo ido, de seguidas entró doña Rosa en el escritorio. Se paseaba su marido arriba y abajo agitado; mas al verla se detuvo por un instante esperando la pregunta, que, en efecto, no tardó ella en dirigirle:--¿Qué ocurre, Gamboa? Ahí va Reventos que se desnuca y tú aquí inquieto. Di, por caridad, ¿qué pasa?
--Lo de siempre, hija; que si seguimos como vamos, todavía los pícaros de los ingleses han de causar la ruina de este hermoso florón de S. M. C. el rey, que Dios guarde.
--No me digas.
--Como lo oyes, porque si los ingleses no nos dejan importar los brazos que nos hacen tan suma falta, no sé con qué ni cómo vamos a elaborar el azúcar. Sí, esto se lo lleva Barrabás, no me canso de decirlo.
--Tal es mi tema, Cándido; pero al grano.
--Al grano. Esta mañana a las siete señaló el Morro buque inglés de guerra a sotavento. Nos hallábamos en el muelle varios: Gómez, Azopardo, Samá, en fin, casi todos los de la junta de anoche. A poco el Morro señaló presa y media hora después se presentó en la boca del puerto la corbeta inglesa _Perla_, su comandante el Lord Pege o Pegete, según nos dijeron después los que desde la Punta oyeron la contestación que dio el práctico al vigía de señales.[35] ¿Cuál te figuras que era la presa?
--¿El bergantín _Veloz_?
--El mismo, Rosa; con casi todo el cargamento a bordo.
--Luego se ha salvado el cargamento. ¡Qué bueno!
--¿Salvado? repitió don Cándido con amargo acento. Pluguiera a Dios. Desde el punto que nuestro bello bergantín entra aquí como presa...
--Están perdido barco y cargamento, ¿no? ¡Sería una gran desgracia!
--Lo que es perderse todo no será si los que estamos interesados en la salvación de una cosa y otra no nos dormimos en las pajas. Por lo pronto, los pasos que se han dado y que se darán más adelante nos hacen abrigar la esperanza de que cuando no todos los bultos, al menos las dos terceras partes lograremos arrancarlos de las garras de los ingleses. ¿Has de creer, Rosa, que a veces se me figura que más dolor me causaría la pérdida del bergantín que la del cargamento, aunque es el más valioso de cuantos ha traído del África, según la factura del Capitán Carricarte? Pues no te quepa duda ninguna. Con mi bergantín se pueden traer con seguridad y en corto tiempo no uno, sino varios cargamentos, y no hay muchos como él. Habrá tres años que se lo compré a Didier, de Baltimore, y ya ha dado cuatro viajes felices al África. Este era el quinto viaje y ya me he reembolsado tres veces de su costo. Admírate, Rosa, salió de Casa Blanca... ¿te acuerdas? a mediados de julio y a los cuatro meses no cabales ha dado la vuelta. Eso se llama andar. ¿Quién negará ahora que es el más velero de cuantos se emplean en la carrera al presente? Ahí están el _Feliz_, de Zuaznávar; la _Vencedora_, de Abarzusa; la _Venus_, de Martínez; la _Nueva Amable Salomé_ de Carballo; el _Veterano_ de Gómez, y muchos otros de fama. ¿Qué son en comparación de mi _Veloz_? Potalas, urcas. Sí, sentiría mucho perderlo; no por el dinero, aunque no son un grano de anís los diez mil pesos que di por él, sino porque difícilmente se construye buque de más pies.
--¡Ah! Cándido, no te hagas ilusiones. Tú y tus amigos abrigan esperanzas, yo no. Cuando los ingleses agarran, no sueltan, tenlo por seguro. Cada vez me parecen más odiosos esos judíos protestantes. Vea Vd. ¿quién los mete en lo que no les va ni les viene? Yo me hago los sesos agua y no atino a comprender por qué se ha de oponer Inglaterra a que nosotros traigamos salvajes de Guinea. ¿Por qué no se opone también a que se traiga de España aceite, pasas y vinos? Pues hallo más humanitario traer salvajes para convertirlos en cristianos y hombres que vinos y esas cosas que sólo sirven para satisfacer la gula y los vicios.
--Rosa, los enemigos de nuestra prosperidad, quiero decir, los ingleses, no entienden esa filosofía, no la quieren entender tampoco; de otra manera tendrían más miramientos con nosotros los vasallos de una nación amiga y en otro tiempo aliada de la suya. Pero yo no les echo toda la culpa a ellos, a quienes culpo principalmente es a los que aconsejaron a nuestro augusto soberano don Fernando VII celebrar el tratado de 1817 con Inglaterra. Aquí está el mal. Por la miserable suma de 500,000 libras esterlinas los indiscretos consejeros del mejor de los monarcas concedieron a la pérfida Albión el derecho de visita de nuestros buques mercantes y de insultar, como insulta un día con otro, impunemente, el sagrado pabellón de la que no ha mucho fue señora de los mares y dueña de dos mundos. ¡Qué vergüenza! No sé cómo toleramos... Mas al caso, Rosa. Como te decía, la llamada repentina de Gómez ayer tardecita tuvo por objeto oír la historia de lo ocurrido con el _Veloz_, de boca del capitán Carricarte, que llegó a revienta cinchas del Mariel, y ver lo que se hacía por si era posible jugarle una buena a los ingleses; porque tú sabes que, hecha la ley, hecha la trampa. Cuando llegué a casa de Gómez, que serían cerca de las ocho...
--¿Cómo así? le interrumpió su mujer. Tú saliste de acá antes de las siete. ¿En qué te demoraste? ¿Cómo echaste más de una hora en ir a casa de Gómez?
--No me demoré en ninguna parte, no; repuso el marido, visiblemente embarazado. ¿Dije que serían cerca de las ocho? Pues cuenta que quise decir poco después de las siete, a las siete y cuarto, a las siete y media... La hora precisa no importa.
Parecía que no importaba; pero no dejó de llamar la atención de doña Rosa, que, yendo en carruaje su marido, para trasladarse de la esquina de la calle de San Ignacio y Luz, donde vivía, al extremo de la de Cuba, hacia el norte, donde se celebró la reunión, echase una hora, cuando esta distancia puede recorrerse a pie en la mitad de ese tiempo descansadamente. Natural fue que Doña Rosa, que parece no las tenía todas consigo, en tratándose de la lealtad conyugal de su marido, se callase, es cierto, mas a todas luces perdió el entusiasmo, y con éste el interés en lo que pensaba hacerse para salvar la presa y su cargamento. Advirtiéndolo don Cándido, pues harto conocía a su mujer, diose una palmada en la frente y dijo:
--¡Tate! me dilaté porque tuve que ver si Madrazo, el cual vive frente a Santa Catalina, era o no de la junta o le habían avisado. El Capitán Miranda puede decir la hora a que llegué a casa de Gómez. Esa fue la única parada que hice en el camino. Pío también es testigo. Vamos ahora al caso. Como te decía, cuando llegué a casa de Gómez, que tú sabes está allá lejos, frente a la muralla, encontré toda la gente reunida. Madrazo fue conmigo, Mañero entró después. Samá, Martiartu, Abrisqueta, Suárez Argudín y La Hera, sobrino de Lombillo, porque el tío había ido de carrera a su cafetal _La Tentativa_ en la Puerta de la Güira; Martínez, Carballo, Azopardo y otros varios que, si bien no inmediatamente interesados en el cargamento del _Veloz_, como principales importadores que son de esclavos, deseaban informarse a fondo de lo ocurrido en el Mariel y de cómo nosotros pensábamos sacar el caballo del atolladero. Carricarte se mudaba de ropa en los entresuelos de la casa de Gómez, y bajó así que todos estábamos reunidos. Formábamos una corte regular en la sala baja. Depositó el Capitán unos papeles en la mesa del centro, y luego, sin más ceremonia, comenzó la relación de lo que le había pasado desde las costas de África hasta las de nuestra Isla. Dice que desde que salió de Gallinas, a fines de setiembre, navegó de bolina y mar bonancible hasta reconocer a Puerto Rico. Allí, sin embargo, una vela sospechosa por sotavento le hizo variar de rumbo. Durante la noche, siempre con viento fresco, volvió a su derrota, esperando avistar el _Pan de Matanzas_ el día siguiente por la tarde. Hacia el oscurecer, en efecto, le avistó; pero la misma vela de antes se le presentó en lo más estrecho del canal de Bahama, empezando desde luego la caza. Dice Carricarte que su primera intención fue entrar en Arcos de Canasí. No fue posible: el crucero inglés, porque resultó serlo, como que llevaba la línea recta y más inmediata a la costa de Cuba, a pesar de los buenos pies del bergantín, siempre se presentaba a su costado, mayormente a la altura de las _Tetas de Camarioca_. Cerró la noche de nuevo, el _Veloz_ se hizo mar a fuera y luego viró con ánimo de meterse en Cojímar, en Jaimanitas, en Banes, en el Mariel, en Cabañas, en el primer puerto sobre el cual le amaneciese. Aflojó el viento, por desgracia el terral le fue contrario, así que, cuando tornó a dar vista a la tierra, ya asomaba el sol y el crucero amagaba ganarle el barlovento. Vio entonces Carricarte que no podía escapar sino a milagros, por lo que resolvió jugar el todo por el todo. Dio orden, pues, de despejar el puente, a fin de facilitar la maniobra y aligerar el buque lo que se pudiese, y como lo dijo lo hizo. En un santiamén fueron al mar los cascos del agua de repuesto, no poca jarcia y los fardos que había sobre cubierta...
--¿Los bozales quieres decir? ¡Qué horror! exclamó doña Rosa, llevándose ambas manos a la cabeza.
--Pues es claro, continuó Gamboa imperturbable. ¿Tú no ves que por salvar 80 ó 100 fardos iba a exponer su libertad el Capitán, la de la marinería y la del resto del cargamento, que era triple mayor en número? El obró arreglado a sus instrucciones: salvar el barco y los papeles a toda costa. Además, había que despejar el puente y aligerar, como te he dicho. No había tiempo que perder. ¡Pues no faltaba otra cosa! Eso sí, dice Carricarte, y yo lo creo, porque él es mozo honrado y a carta cabal, que en la hora del mayor peligro sólo tenía sobre cubierta los muy enfermos, los enclenques, aquéllos que de todos modos morirían, mucho más pronto si los volvían al sollado donde estaban como sardinas, porque fue preciso clavar las escotillas.
--¡Las escotillas! repitió doña Rosa. Es decir, las tapas de la bodega del buque. De manera que los de abajo a estas horas han muerto sofocados. ¡Pobrecitos!
--¡Ca! dijo don Cándido con el más exquisito desprecio. Nada de eso, mujer. Sobre que voy creyendo que tú te has figurado que los sacos de carbón sienten y padecen como nosotros. No hay tal. Vamos, dime, ¿cómo viven allá en su tierra? En cuevas o pantanos. Y ¿qué aire respiran en esos lugares? Ninguno, o aire mefítico. ¿Y sabes cómo vienen? Barajados, quiere decir, sentados uno dentro de las piernas de otro, en dos hileras sucesivas, cosa de dejar calle en el medio y poder pasarles el alimento y el agua. Y no se mueren por eso. A casi todos hay que ponerles grillos, y a no pocos es fuerza meterlos en barras.
--¿Qué son barras, Cándido?
--¡Toma! ¿Ahora te desayunas? El cepo, mujer.
--No me quedaba que oír.
--A todo esto y mucho más da lugar la persecución arbitraria de los ingleses. El único sentimiento de Carricarte ahora es que con el afán y la precipitación de limpiar el puente, echaron al agua los marineros una muleque de 12 años, muy graciosa, que ya repetía palabras en español y que le dio el rey de Gotto a cambio de un cuñete de salchichas de Vich y dos muleques de 7 a 8 años que le regaló la reina del propio lugar por un pan de azúcar y una caja de té para su mesa privada.
--¡Ángeles de Dios! volvió a exclamar doña Rosa sin poder contenerse. Y reflexionando que acaso no estaban bautizados, añadió: de todos modos, esas almas...
--Y dale con creer que los fardos de África tienen alma y que son ángeles. Esas son blasfemias, Rosa; la interrumpió el marido con brusquedad. Pues de ahí nace el error de ciertas gentes... Cuando el mundo se persuada que los negros son animales y no hombres, entonces acabará uno de los motivos que alegan los ingleses para perseguir la trata de África. Cosa semejante ocurre en España con el tabaco: prohíben su tráfico, y los que viven de eso, cuando se ven apurados por los carabineros, sueltan la carga y escapan con el pellejo y el caballo. ¿Crees tú que el tabaco tiene alma? Hazte cuenta que no hay diferencia entre un tercio y un negro, al menos en cuanto a sentir.
No había similitud ninguna en el ejemplo aducido, tampoco tiempo para discutir, porque en aquella sazón se presentó Tirso en la puerta del escritorio y dijo que el almuerzo estaba listo. Eran las diez y media de la mañana; por donde se ve claro que la conversación de don Cándido con su mujer había durado largo tiempo; y, sin embargo, no le había dicho los medios de que pensaba valerse para arrancar el _Veloz_ y la mayor parte de la carga, compuesta de seres humanos, diga él lo que quiera, de las garras de los testarudos ingleses.