Clemencia: Novela de costumbres · Unidad 21 de 43

CAPITULO VI. — parte 1

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No conocia D. Martin el cambio que por grados se habia efectuado en Pablo, ni era capaz de comprender el punto de cultura á que le habian ascendido la enseñanza de los libros, la direccion de su tio y la influencia del amor hácia una mujer como Clemencia. Los primeros habian enriquecido su entendimiento; la segunda formado su juicio y su gusto, y el tercero ennoblecido y afinado sus sentimientos, dotes que unidos forman la cultura de alta esfera de que muchos presumen y á que pocos alcanzan. Así era que seguia ejercitando en él su facundia, benévolamente denigrativa; era este un desahogo natural en D. Martin, de que todos eran víctimas, ménos su mujer, su hermano y su Malva-rosa.

Pero con quienes esto subia á su apogeo, era con las viejas pordioseras, las que tenian á D. Martin constantemente sitiado. Habíalas entre estas sumamente insolentes, y los coloquios entre ellas y D. Martin eran seguramente dignos de haber sido recogidos por un taquígrafo.

Figuraba entre las primeras una tia Latrana que ya conocemos, á quien D. Martin no podia sufrir por lo osada, exigente y desagradecida; lo que no impedia el que siempre la estuviese socorriendo. Llamábala D. Martin la baratera de las viejas de Villa-María. Era este femenino Cid, chica, delgada por naturaleza, y enjuta á un tiempo por su mal genio y por los años. Tenia los ojos tiernos, pero la mirada arrogante; su boca se habia sumido como para hacer mas notable la prominencia de su picuda nariz, que era de aquellas de que se suele decir que pueden servir para sacar espinas.

Databa la ojeriza que la tenia D. Martin, de una ocasion en que un sobrino de ella, que era un calavera de lugar, muy listo, muy despierto, vicioso y pendenciero, habiendo caido soldado, habia venido su tia á empeñarse con D. Martin para que lo libertase; en cuya ocasion tuvieron el siguiente diálogo:

-- Señor, dijo la tia Latrana, haciendo las mas espantosas muecas y dando los mas furibundos soponcios, á mi Bernardo le ha tocado la suerte.

-- Que manden repicar, contestó D. Martin.

-- Señor, no sea su mercé _asina_, y tenga compasion de su prójimo. Me envía aquí el alma mia á decirle á su mercé que le dé los dineros para pagar un _préfulo_; mas que sean prestados; que él se los pagará á su mercé con puntualidad en cuantito saque á la lotería.

--¡Miren la hipoteca! Vaya con el mostrenco ese, que es como los plateros, que barren para adentro! de casta le viene al galgo el ser enjuto y rabilargo. ¡Vea Vd., prestados! Todavía me está Vd. debiendo el dinero que me pidió para sembrar el habar; ¿y ha soñado Vd. acaso en pagármelo?

-- Señor, el que no tiene, ni paga ni niega.

--¡Hola!

--¡Pues si es verdad, señor!... al que no tiene, el rey lo hace libre.

-- Pues en cambio, al que no tiene, le hace el rey soldado; ainda mais; su sobrino de Vd. no tiene oficio ni beneficio; es un vago, no es del campo ni del lugar; á esos flojonazos costillones, que se pasan la vida sosteniendo las esquinas, les viene la _casaca_ como el aceite á las espinacas.

--¡Flojonazo mi Bernardo! ¡Señor! Pues si es mas vivo y mas dispuesto que un ajo.

-- Sí, sí; señor Corrin, que corriendo va, que siempre corriendo y nunca hace _na_.

-- Señor, no se chancee su mercé; sino vea de libertármele, como hizo con el hijo del tio Gil.

--¡Yo libertar á ese arrapiezo! ¡En eso estaba pensando! ¿Y va Vd. á sacar á Gil, que es criado honrado de la casa desde que Adan pecó? Pues dígole á Vd.... Bastante me cuesta Vd. ya con cada enfermedad que le costeo, que canta el misterio.

-- Señor, por eso no se apure su mercé, que ahora estoy tan buenecita y tan gordita...

--¡Gorda, sí! Parece Vd. el espíritu de la glotura.

-- Señor D. Martin, considere su mercé que mi sobrino, el _probecito_, está malito de la desazon.

-- Mejor; que hijo malo, mas vale doliente que sano.

-- Señor, á borrica arrodillada no le doble Vd. la carga. Crea su mercé que mi niño tiene el pecho desgarradito de suspirar y en la carita surcos de llorar.

-- No me venga Vd. con aleluyas. ¡Ya!... el burro que no está hecho á albarda, muerde la atafarra.

-- Señor, su mercé que es tan buen cristiano, tan caritativo..., que es el paño de lágrimas de los desdichados...

-- No me venga Vd. con gatatumbas.

-- El hijo de mi alma, no tiene chichas para el servicio del rey; es endeblito.

--¡Endeblito! ¡Por via de sanes! Y tiene un rejo como un toro.

--¡Si lo viera su mercé! ¡Está tan escuchumisado, tan flaquito!

-- Sí, sí; lo que está es rajado de gordo.

-- Pero, señor, es muy pulido y muy fino para pisar lodos.

--¡Fino, sí!... Si lo apalean, echa bellotas. ¡Fino! ¡Vea Vd., que se zamarrea de ganso!

--¡Ganso! ¿Mi Bernardo ganso? Si es un moralista, señor.

--¡Moralista! ¿Y qué es un moralista, tia sátira?

-- Es un estudiante de estudios muy hondos, que se aprenden en un libro que se llama _el moral_.

-- No diga Vd. _sinfundos_, tia sabijonda; moral no es ningun libro.

--¿Que no? ¿pues qué es, señor?

-- La moral es una buena doctrina sin Dios, como dice mi hermano el Abad.

--¿Sin Dios?... ¡Ave María Purísima, señor!

-- Pues sí señora, por eso es para el entendimiento; así como la doctrina con Dios es para el alma. Entérese Vd. para que no vuelva á decir despropósitos en tono de sentencias.

-- Pues sea la que fuere la doctrina, mi Bernardo sabe _latines_ y estudiaba para escribano, y lo hubiese sido, sino hubiesen faltado los cuartos.

--¡Ya! porque tuvo Vd. presente aquello de:

Pájaros con muchas plumas No se pueden mantener; Los escribanos con una Mantienen moza y mujer.

-- Ello es, señor, que mi Bernardo sabe mas que _Séneca_.

-- Mas valiera que se hubiese atenido al _arache_ y al _cavache_.[5]

-- Pues yo he querido que _aprienda_, señor, que el saber no estorba; y que siempre se ha dicho que el pobre puede ser rico, y el rico no compra ciencia; eso no quita que el hijo mio sea un pan de rosas.

--¡Sí, un pan de rosas! ¡Por via del atun salado! ¡Con un genio _bragado_ y _pintado por el lomo_! ¡Pan de rosas! que cuando no está preso lo andan buscando; y al que el año pasado se le formó causa por una riña, y en este por una pendencia.

-- Falsos testimonios que le han levantado, señor; lo que tiene es que unos echan agua en caldera y no suena; y otros en lana, y suena.

-- Se le cogió _fragantelito_, yo lo vi.

-- Eso fué allá en _años témporas_. ¿A qué, sin venir á cuento, saca su mercé titulitos de ayer? Cada uno en este mundo tiene su ventanita, los unos grande, los otros chica.

-- Lo he sacado para decirle que se largue su pan de rosas de sobrino de Vd.; y cuanto ántes mejor; y que Dios le ayude y á nosotros no nos olvide.

-- Señor, crea su mercé que mi sobrino es una prenda; lo crió Dios con mucha atencion; y sobre todo, Señor D. Martin, es mi ayuda.

--¿Qué habia de ser ese mamanton su ayuda, cristiana? Es la cuerda que la ahorca. Déjelo Vd. ir bendito de Dios.

--¡Ay! no señor; que vale mas comer grama y abrojos que traer capirote en el ojo. Con que... ¿nada hará su mercé por ese desdichado?

-- Desearle buen viaje.

--¡Señor, hágalo por Dios, que es buen pagador!...

-- De obras buenas, tia Cansina.

--¡Señor, por María Santísima!...

D. Martin se puso á talarear en tono de bajon, acabando por imitar el toque del tambor:

¡No hay remedio! ser soldado y marchar al batallon, en que avivan á los flojos con el pan de municion. Rrrrrran, tan, plan, plan: un cabo loco te amansará.

-- Entónces, señor, dijo abispada la tia Latrana, ¿á qué le sirven á su mercé esos dineros?

--¡Caracoles con la rala de la vieja esta! esclamó colérico D. Martin. ¡Pues qué! ¿se ha pensado Vd., so insolente, que me habrán dejado mis abuelos mis mayorazgos para invertir sus rentas en sostitutos para los vagos y macarronos de Villa-María? Ea, déjese de cuentos; deje ir al moralista de su sobrino á que _aprienda_ disciplina, que lo hará mas liberal que no aprender las letras, que ha de tener él siempre gordas como cochinos cebados; que con viento se limpia el trigo, y los vicios con castigo; y déjeme Vd. el alma en paz, que si no... perdemos las amistades.

-- El amigo que no da y el cuchillo que no corta, que se pierda, poco importa, dijo entre dientes la tia Latrana.

--¿Qué está Vd. ahí _musitando_? preguntó D. Martin.

-- Nada, señor; sino que si mi sobrino se muere ó le matan, no quisiera yo estar en el pellejo de su mercé, que lo habria podido remediar, y no lo ha hecho. El que da un mal rato, no lo espere bueno.

Y la tia Latrana se alejó, redoblando sus alharacas.

-- A Vd., es preciso matarla ó dejarla, le gritó furioso D. Martin; pero un dia acabará Vd. con mi paciencia; y mas que sea Vd. hembra y pobre, si vuelve Vd. á dar rienda suelta á esa lengua que se le debia caer de un cáncer... como soy Martin, que le tiro á la cabeza lo primero que me caiga á las manos: ya está Vd. prevenida, tia farota.

Con este antecedente, comprenderá el lector que cuando fué Clemencia, en quien tenian los pobres una eficaz intercesora, á hablar á D. Martin en favor de la tia Latrana, no le hallaria tan dispuesto á complacerla como solia estarlo.

-- Padre, le dijo una mañana, ahí está la tia Latrana, que quisiera hablaros.

-- Díle que estoy sordo, contestó D. Martin.

--¡Si nunca lo estáis cuando los pobres os necesitan!

-- Pues lo estoy para esa picaronaza y para todos los suyos; porque la madera de los Latranas ni para tacones es buena.

--¿Qué os han hecho los pobres esos?

--¿Qué me han hecho? ¡pues no es nada! La descocada esa, que pide mucho y no agradece nada; y que es como la ballena que todo le cabe y nada le llena; si no se hace lo que pide á modo de apremio, se pone hecha un basilisco. Sábete que la tia sátira esa, porque no le libré de soldado á un sobrino suyo mas malo que Geta, se me desvergonzó en mis barbas, y á mis espaldas me puso mas bajo que un caño. Porque así sucede: hazme ciento, márrame una, y no me has hecho ninguna.

-- Pero, padre, la pobrecita tiene tanto empeño...

-- Y tú tambien, Malva-rosita: ¿no es eso? Vamos, que entre esa vision; aunque hacerle bien es lo mismo que lavar los piés á un burro.

Clemencia fué á avisar á la tia Latrana, que le dijo al verla venir:

-- Por fin, señorita, vino su mercé: D. Martin no tuvo presente, «que hambre y esperar hacen rabiar.»

-- Vaya, ¿qué se ofrece, pozo airon? preguntó D. Martin á la tia Latrana al verla entrar compungida. ¿A qué se viene Vd. amparando de mi hija? Vd. no necesita vejigas para nadar, ni mas padrino que su descaro.

-- Señor, mi comadre la tia Machuca me envía aquí á decirle á su mercé que la _probecita_ está muy malita; por si su mercé le quiere dar para un pucherito, respondió la vieja.

--¿Viene Vd. á pedir para la tia Machuca? No lo estraño. Tal para cual; Pedro para Juan. Esa es otra pejiguera como Vd., y ambas peores que la Perala, que era cada dia mas mala.

--¡Jesus, señor! que tiene su mercé hoy la lengua _desbocaa_. ¡Vea Vd.! ¡mi comadre que está mas recogida á buen vivir que una cuaresma!

--¡A buen tiempo! ¡Vaya! la carne para el diablo; los huesos para Dios.

-- Ello es, Señor, que _eifica_.

--¿A quién?... ¡á mí no!... que lo que tiene es la cruz en el pecho y el diablo en los hechos. Pero en fin, la limosna no se hizo solo para los buenos; vaya una peseta para el pucherito. Malva-rosita, dí que le den garbanzos y tocino: ahora lárguese Vd. con viento en popa, y no vuelva hasta que yo la llame: ¿está Vd.?

-- Sí señor, y Dios se lo pague á Vd.

Y la vieja desapareció con una ligereza juvenil.

Al dia siguiente se apareció tan cari-pareja la tia Latrana.

--¿No le dije á Vd. que no volviese hasta que yo la llamase? esclamó impaciente D. Martin.

-- Sí señor, sí señor; pero escúcheme su mercé. La tia Machuca está peor, repuso la embajadora.

-- Le hacia daño el puchero.

-- No señor; pero el _méico_ le ha mandado una bebida con _manesia cansinada_, y el judío del boticario no quiere darla si no le llevo seis reales.

-- Tome Vd. los seis reales; que se los doy por tal de no verla.

Al dia siguiente se repitió la misma escena.

--¿Otra te pego? esclamó D. Martin. ¡Pues no es mala mosca de caballo esta!

-- Señor, repuso la tia Latrana sin dejarse intimidar, á mi comadre la han mandado administrar.

-- Al cura con eso.

-- Pero son precisas unas velitas, para adornar el altar.

-- Tome Vd. para las velitas y toque de suela, precipitada y definitivamente.

Pero al dia siguiente se halló D. Martin ante sus narices, como llovida del cielo, á la tia Latrana, con aspecto fúnebre.

-- Tia Latrana ó tia Letrina, esclamó el señor.--¡Vd. se ha empeñado en acabar con mi paciencia, caracoles!

-- Señor, dijo esta con voz lúgubre, murió mi comadre.

--¡Aleluya! requiescat in pace. ¿A qué, pues, viene Vd. ahora?

--¡Señor, por lo mismo!... para que haga su mercé la caridad de pagarle el entierro.

--¿Esa tambien? Vamos, eso lo hago con gusto; así me dé Vd. pronto ocasion de ejercer la misma obra de misericordia con Vd. Y ahora pues, tia Barrabas, hasta el valle de Josafat.

¡Vana ilusion! porque á la mañana siguiente se apareció la tia Latrana cuando ménos se pensaba.

--¡Qué es eso! esclamó D. Martin atónito. ¿Vd. por acá? es Vd. peor que una terciana doble; ¡caracoles con Vd.!

-- Señor D. Martin, vengo porque mi comadre...

--¿Qué es eso de mi comadre? dijo estático D. Martin.

-- Señor, la _probecita_...

--¿Qué me viene Vd. con la probecita? ¿pues no se murió?

-- Sí señor, pero...

--¿Qué peros ni qué camuesas? ¿pues no la pagué el entierro?

-- Sí señor, pero...

--¡Qué peros ni qué demonios! Coja Vd. el portante.

-- Sí señor: ya voy; pero... es que...

--¿Es qué? ¡Reviente Vd.! que me ha metido en curiosidad.

--¡Es que resucitó!

Clemencia y Pablo soltaron el trapo á reir en sonoras carcajadas; pero no así D. Martin, que se puso furioso.

-- Oiga usted, so embrollona, gritó, ¿y me viene usted quizas á pedir para el cordero de Pascua de Resurreccion? ¡Pues qué! ¿no hay mas que hacer los pobres burla de esta manera de los ricos, que les dan el pan, que son su paño de lágrimas y sus padres? ¡Habráse visto bruja mas audaz! Como me llamo Martin, que si pudiese andar tan vivo como ántes, la echaba á Vd. de cabeza á la calle; y si ese sobrino mio no fuese tan mandria, ya deberia haberlo hecho.

La tia Latrana, que como sabemos era valentona, y no se dejaba fácilmente intimidar, repuso muy sobre sí:

-- Pues sí, señor, resucitó; ¿y eso quién lo puede remediar? El _méico_ dijo que habia sido un _cincopiés_ (síncope).

-- Vaya Vd. al demonio con cinco ó seis piés.

-- Señor, dice el _méico_ que se le ponga una docenita de _sanguisuelas_.

--¡Una docena de culebras de vara y media!

-- Señor, si no se le ponen, se muere de una vez.

-- A bien que le tengo pagado el entierro.

-- Señor, ¿la dejará su mercé morir?

-- A bien que resucitará.

-- Señor, eso es una falta de caridad.

--¿Qué es esto, deslenguada? ¡Decirme á mí falta de caridad, cuando hasta adelantadas les tengo pagadas sus necesidades!

-- Señor, no me entretenga su mercé; que las _sanguisuelas_ urgen.

-- Lo que urge es que se me quite Vd. de delante, y baje el gallo: ¡caracoles! que si fuese usted de alambre, no habria mejor cencerro en toda la campiña.

-- Señor, si no me da su mercé el dinero para las _sanguisuelas_, tendrá sobre su conciencia la muerte de esa bendita.

D. Martin, que era violento y que ya estaba exasperado, cegó y no vió, como dice la frase espresiva y usual; cogió lo primero que se le vino á las manos, que fué un libro que habia estado leyendo Clemencia, y se lo tiró á la vieja diciendo:

--¡So insolente! no diga la boca lo que pague la coca.

Pablo, que habia visto el ademan de su tio, se abalanzó á interponerse entre el proyectil y el blanco á que iba dirigido; de manera, que el libro que era voluminoso y estaba sólidamente encuadernado, le dió en la cabeza y le hizo una herida. La sangre corrió.

La vieja habia desaparecido.

--¡Ay Pablo! ¡Pablo! esclamó Clemencia, precipitándose hácia su primo y estancando la sangre con su pañuelo.

--¡Válgame Dios, Martin! dijo Doña Brígida con su grave y sereno acento; ¡cómo te dejas arrebatar por tu genio!

--¡Mal hayan mis manos, y mal hayan mis prontos! esclamó consternado D. Martin. Pero, Pablo, santo varon, ¿á qué demonios te metiste por medio?

--¿Pues no es mejor que todo se quede en casa, tio? respondió sonriendo Pablo, dulcemente conmovido por el interes que le demostraba y los cuidados que le prodigaba Clemencia.

-- Que vayan por el médico, gritaba D. Martin. ¡Jesus! Pablo, hijo mio, ¿es cosa mayor? -- Que cojan á esa vieja maldita y le den una paliza.--¿A qué te metes á campeon de brujas deslenguadas, Pablo de mis pecados? -- Corred por el cirujano, hato de pazguatos, añadió dirigiéndose á los criados que habian acudido: ¡corred de cabeza!--¿Estais de vuelta? -- A esa vieja maldita, colgadla por los piés. -- Pablo, petate, ¿quién mete el dedo entre la cuña y el tronco?

-- El pobrecito lo hizo para libertar á la tia Latrana, observó Clemencia llorando.

-- Súmete las lágrimas, Malva-rosa, dijo D. Martin; mira que me apuras, y á él le vas á meter aprension.

-- No, no señor, esclamó Pablo; esas lágrimas no me hacen mal, me hacen bien; pero lo que tengo no es nada; tranquilizáos, señor. -- Clemencia, añadió á media voz, está pagada la sangre que derramo, y toda ella, con la prueba de interes que me has dado.

Pablo reclinó la cabeza, no sobre el hombro de Clemencia, sino sobre el hombro del criado que estaba mas cercano, y fué acometido de un ligero vértigo.

En este momento se acercó pausadamente Doña Brígida, trayendo en un cajoncito hilas, vendas y cabezales primorosamente doblados.

--¡Ay madre! dijo Clemencia temblando y agitada, ¡se ha desmayado!... ¡Dios mio! ¿se irá á morir?

-- No te aflijas, respondió la señora, esto es un efecto natural de la pérdida de la sangre; la herida ni es grande, ni está en mal sitio.

Llegó en esto el cirujano, que confirmó plenamente lo que habia dicho la señora, y se puso á curar la herida.

Volvia Pablo en este momento en sí, y abria los ojos; pero al ver á Clemencia arrodillada ante él con el rostro angustiado y cubierto de lágrimas, presentándole á oler su pañuelo empapado en vinagre, los volvió á cerrar, temiendo que al despertar se desvaneciese la celeste aparicion, cuya cercanía sentia, y cuyas lágrimas caian sobre sus manos.

-- Ahora, dijo el cirujano, es preciso que se recoja y se le dé una sangria.

Se llevaron al paciente; Doña Brígida y Juana le habian precedido para aviar su lecho. Don Martin y Clemencia quedaron solos.

-- Me cortaria la mano, dijo el primero, me la cortaria, sí ¡con tal que con el mismo cuchillo cortaran el pescuezo á esa maldita, remaldita vieja!

-- No os apureis, padre, repuso Clemencia; pues dice el cirujano que no es cosa de cuidado.

--¿Quién habia de pensar, prosiguió D. Martin, que esa cabeza de Pablo que yo creia mas dura que el peñon de Gibraltar, fuese mas tierna que una breva?

--¡Pablo la cabeza dura, señor! esclamó Clemencia. Pablo, el mas condescendiente en su voluntad, Pablo, el mas pronto y apto á la comprension, ¿tener la cabeza dura? ¡Qué error, padre!

-- Oye, Malva-rosita, quiéreme parecer que con la achocadura ha puesto Pablo contigo una pica en Flándes.

-- Sí, sí, contestó sencilla y sinceramente Clemencia, no lo niego; lo que ha hecho es una noble y generosa accion.

-- Malva-rosita, déjate de retumbancias, lo que ha hecho es una borricada. El dia aquel que se puso entre tí y el toro desbandado que se vino al camino, y le lió su capa en las astas, esa sí fué una guapeza de las que hacen los hombres de pro y los caballeros; pero salir á redentor de una pícara vieja desvergonzada, eso no lo hace sino D. Quijote de la Mancha, ó mi sobrino, que es cien veces mas Quijote que aquel.