Clemencia: Novela de costumbres · Unidad 32 de 43

CAPITULO III. — parte 2

Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.

Esta unidad sigue disponible para lectura, pero no se incluye en el índice de búsqueda porque forma parte de una continuación técnica, contiene metadatos editoriales, repite un título o no alcanza entidad suficiente como página independiente.

-- Decís bien, Vizconde, y definís la idea que en mí vivia muda. La versificacion es el arte, la poesía la inspiracion. Y así como por mas que digan nuestros _grandes jueces_, hay, segun dice Bulwer, poetas que nunca han soñado en el Parnaso, y eminentes versificadores que nos admiran, sin ser por eso poetas; así tambien hay admirables lengüistas con mal ó pesado estilo; y estilos que encantan por su gracia, su elegancia, su originalidad y chiste, sin tener la ventaja del perfecto lenguaje.

--¿Habeis visto el nuevo drama, Clemencia? dijo Paco.

-- No lo he visto, pero lo he leido, contestó esta.

--¿Y qué os parece?... ¿os gusta?

-- Me gusta y no me llena.

-- Es disparatado, opinó Sir George.

--¡Ya!... como que no es clásico. El Señor D. Jorge, Clemencia, es un clásico intolerante, como vos una creyente idem: para el señor no hay perfeccion en literatura, sino en lo clásico, como para vos no hay perfeccion en la fe sino en la del carbonero.

-- Venero las tragedias clásicas como la mas perfecta muestra del arte imitado del griego, ¿no opinais así, señora? dijo Sir George.

-- No me simpatiza ese teatro, contestó Clemencia: esas palabras religiosas sin fe, esa pasion tosca sin corazon, ese heroismo sin afectos, esas palabras tan compasadas en asuntos que lo son muy poco, me hacen mal efecto, y se me figuran Aspasias y Safos, vestidas de vírgenes cristianas. Son, á mi entender, afectadas; y todo lo que pierde la naturalidad, pierde la senda del corazon. Esta es mi débil opinion de mujer, que se forma por impresiones mas que por exámenes artísticos; mi sentir, que suena como el arpa eólica, á la ventura del aire que la penetra.

--¿Os gusta nuestra literatura, señor Vizconde? añadió Clemencia.

-- La antigua, con estremo; la moderna, casi toda mucho, siempre que no es una imitacion de la nuestra.

-- Eso pasa por señal de buen tono, dijo Clemencia con ironía.

-- Señora, contestó el Vizconde, así como se ha dicho que el mejor de los cálculos es ser hombre de bien, se puede decir que el mejor tono en España, es ser español; y con tanta mas razon cuanto que seria difícil hallar una nacionalidad mas genuinamente fina y elegante que la española. No hay cosa peor que seguir; el que sigue, se queda atras; se imita un camino de hierro, el vestir; y bien ó mal, aun una forma de gobierno; pero no se imita una nacionalidad. Lamartine llama á la imitacion el Mefistófeles del genio naciente y abortado.

Abrióse la puerta y apareció D. Galo, resplandeciente de satisfaccion, con un enorme ramo de violetas en la mano, el que puesto en la tercera posicion, doblando el cuerpo y redondeado el codo, presentó á Clemencia.

-- D. Galo, esclamó Sir George, esto pertenece á los bellos tiempos de la galantería que hacia milagros. ¿De dónde han salido esas violetas, que yo hubiese pagado á peso de oro?

-- Pues á mí solo me han costado correr hasta Rascaviejas, en donde se halla un jardin en que sabia que las habia tempranas.

-- Por las cuales os habrá rascado bien el bolsillo una vieja en Rasca-ídem, dijo Paco Guzman al oido á D. Galo.

--¡Qué! no por cierto, contestó este, aunque las habia pagado bien caras.

-- Confieso que os envidio, señor de Pando, dijo el Vizconde.

-- Es una galantería clásica, una galantería modelo, añadió Sir George.

-- Yo no llamo á esto una galantería, opinó Clemencia; lo llamo una delicada prueba de amistad, y como tal la agradezco. ¡Ir en una noche como esta hasta aquel barrio tan estraviado! Así es que estais sin aliento.

-- Es que he vuelto de prisa para llevaros á casa de la Marquesa; son ya las nueve y media; Paco se va ya.

Efectivamente, este se despedia.

Sir George y el Vizconde no se movieron.

Hubo un rato de silencio, al cabo del cual dijo Clemencia á D. Galo:

-- Amigo mio, no saldré esta noche.

--¿No? ¿Y porqué?... ¿Estais indispuesta? preguntó este.

-- No es por eso; pero está mala la noche: oid como gime el viento en el cañon de la chimenea.

El Vizconde se levantó y se despidió, saludando, sin hablar una palabra.

D. Galo se habia levantado y pegado el rostro á los cristales, interceptando con ambas manos la luz del reverbero que le deslumbraba, y observaba la noche.

--¿Con que no quereis que os acompañe, Clemencia? preguntó Sir George, volviendo á tomar su tono natural, ameno y cariñoso.

-- No señor, preciso es decirlo, pues no os basta, como al Vizconde, que lo demuestre.

-- Gracias, señora, dijo friamente Sir George.

-- Esto no merece ni agradecerse ni sentirse: los miramientos dirigen las acciones de una mujer, así como las simpatías sus sentimientos.

-- Pues... ¿no deciais ahora poco que la independencia moral de las españolas no sufria andaderas?

-- Sí señor; pero el tacto de una mujer consiste en graduar lo que son trabas, y lo que son santos yugos.

-- Clemencita, dijo D. Galo, la noche está hermosa, todas las estrellas están en el cielo ménos dos.

D. Galo ostentó su mas galante sonrisa.

-- Si en lugar de madrileño fueseis andaluz, habriais hablado de soles, dijo Sir George con su séria burla.

--¡Cómo se nos va españolizando este hijo de la noble Inglaterra, nuestra buena aliada! observó con satisfaccion D. Galo: no me inglesaria yo tan pronto en Lóndres, no.

-- Esto me hace recordar, repuso con su impasible ironía Sir George, el que en una ocasion un príncipe y un criado cambiaron sus papeles: el criado no fué reconocido al hacerse príncipe; pero este lo fué al hacerse criado, lo que prueba que es mas fácil subir que bajar.

--¡Luego dirán que los ingleses no son finos ni corteses! esclamó admirado D. Galo, léjos de notar la ironía. Lo que decís es un cumplido tan fino, que ni el Vizconde se hubiese esplicado con mas delicadeza. Clemencita, si no venís, me retiro, aunque me pesa de veras dejar tan buena compañía; pero la lotería estará impaciente con mi tardanza.

-- Mil veces os he dicho, Sir George, dijo Clemencia cuando estuvieron solos, que gastais en balde vuestra refinada ironía; por desgracia yo soy la sola á quien llegan y hieren sus tiros. Buenas noches, Sir George.

-- Señora... ¿me echais?

-- A esta hora salgo ó cierro la puerta de mi casa.

--¿No quereis hablar conmigo un momento siquiera, libre de las trabas de esos importunos, que me hacen estar en vuestra presencia frio como un estraño, cuando solo quisiera estar á vuestros piés como el mas apasionado amante? ¿Me aborreceis, pues, Clemencia?

Al ver á aquel hombre tan bello, tan superior, tan distinguido y tan altivo, á sus piés, sintió Clemencia que le amaba; pero se retrajo, como el que bajando una suave cuesta sembrada de césped, se para á ver, ántes de seguir su impulso, á dónde le conduce; ó como el joyero que al ofrecerle una alhaja que le deslumbra, se detiene ántes de pagarla para averiguar si es falsa ó no.

-- Sir George, contestó trémula, aunque sintiese un profundo amor, nunca este me llevaria á hacer una cosa que pudiese ser notada ó mal vista.

-- Eso es una cobardía, señora, esclamó á la vez irritado y desalentado Sir George.

-- Calificadlo como gusteis.

-- No me gustan las mujeres cobardes, señora.

--¿Qué os pareceria, Sir George, si yo os dijese que no me gustan los hombres valientes?

-- Que os burlabais de mí.

-- Pues puedo creer que eso mismo estais haciendo conmigo.

-- No es exacta la comparacion.

-- Son idénticos en su resultado, Sir George, la espada que defiende y el broquel que resguarda.

--¡Qué dolor, Clemencia, esclamó este, que con vuestra superioridad y talento, conserveis preocupaciones de convento!

-- No me pesan.

--¿Debo, pues, partir?

-- Sí, si no quereis mortificarme y obligarme á suspender el placer que tengo en recibiros á mis horas señaladas.

Sir George salió sumamente mortificado, culpando la pusilanimidad de Clemencia, indigna de una mujer de carácter; pero mas, no diremos apasionado, sino mas engreido que nunca.

-- Tiene, se decia, unos principios de virtud sencilla y sin ostentacion, pero fijos como el iman; nunca se dejará arrastrar por su corazon, ni atenderá al hombre en quien no mire su marido: vos lo sabeis, Vizconde, y estais en acecho; pues me creeis incasable; aguardais mi derrota ó mi desistimiento; pero ignorais que me ama, y que soy tan buen apreciador de joyas como vos. Señor Vizconde, el que ha de desistir sois vos.