Clemencia: Novela de costumbres · Unidad 33 de 43
CAPITULO IV.
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Alegría, aunque no necesitaba pretestos para salir de su casa y abandonar el cuidado de su madre á su hermana, y el de sus hijos á las amas, cuando alguno se le presentaba le acogia presurosa: así un leve resfriado que habia tenido Clemencia, fué el que le sirvió para ir á casa de esta una prima noche.
Pertenecia Alegría á la clase de mujeres desalmadas que se confiesan á sí mismas coquetas, en vista de que el espíritu de imitacion frances no solo ha adoptado la palabra, sino tambien el vano y frívolo espíritu que la erige casi en una elegante gracia social.
Pero pertenecia tambien, sin ella confesarlo, á la mas perversa variedad de la especie, esto es, á aquella que como medio mas eficaz y enérgico de atraer á los hombres, no les demuestran solo el deseo de agradarles, sino que por mas seguridad, tomando la iniciativa, les demuestran que ellos les agradan á ellas. A esta seduccion resisten fácilmente los hombres delicados y de mérito, para los que una mujer que baja de su elevado trono se desprestigia completamente; pero en hombres vulgares, en hombres vanos y sin mundo, que tienen la buena fe ó necedad de creer que ese amor puesto en feria lo es únicamente á su intencion, y nacido de un irresistible y apasionado impulso hácia ellos; hombres noveles que no conocen aun que á la mujer que pierde lo morigerado y el orgullo propio de su sexo, pocas virtudes le pueden quedar, aunque las afecte; hombres poco espertos que no conocen que los papeles están trocados, y que la que busca, es porque no es buscada; para estos, son tales mujeres temibles, por poco que valgan; pues fingen todos los caracteres, todos los gustos y hasta todas las virtudes, haciendo cometer al hombre que cogen en sus perversas redes, toda clase de maldades, dándoles un interesante colorido. Y las leyes humanas son tan cortas de vista y toman tan poco en cuenta la parte moral de los delitos, que castigan al infeliz que robó un triste pedazo de pan para comer, y no han pensado en castigar á la infame que introduce un puñal de dos filos en el corazon ajeno, y destruye la honra, la felicidad y la paz de una familia.
Alegría, como las mujeres de su especie, sentia hácia los hombres, en ludibrio de su sexo, la propension que es propia de estos hácia las mujeres, aumentada por la necia vanidad de verse rodeada de enamorados ó aspirantes, y el perverso anhelo de triunfar de otras mujeres, sobre todo si estas valian mas que ella. De esto resultaba, que cuando no bastaba para lograr sus fines el hacerse seductora, se hacia provocativa, sin que la arredrase respeto divino ni humano.
Era en tanto estremo lo que la absorbian estas innobles pasiones, á que se entregaba sin reparo, que no conocia freno, ni se cuidaba de la profunda repulsa que causaba á las mujeres honradas, ni del menosprecio que inspiraba á los hombres que lo ocultaban en frases corteses y ligeras, tanto á causa de la falta de severidad de nuestra sociedad, como por consideracion á su marido, hombre que por su posicion, y mucho mas por su noble carácter, era respetado hasta con entusiasmo por cuantos le conocian.
Entre los hombres de mérito que se hallaban reunidos en casa de Clemencia cuando entró Alegría, es de presumir que al que dirigiese sus tiros fuese á Sir George, á quien ya conocia, y que sospechaba ser el que Clemencia distinguia.
Apénas entró, cuando rehusando el asiento de preferencia que le brindaba Clemencia, buscó como el matador en la arena, el lugar mas propicio, y se colocó en frente de Sir George, mirándolo al principio con reserva, pero procurando que él lo notase; y viendo que ó no lo notaba, ó fingia no notarlo, acabó por clavar la vista en él con descaro.
Sir George era hombre que calzaba muchos puntos para que una coquetería tan vulgar y descocada lo pudiese seducir. Es probable que en otras circunstancias no habria sido tan desdeñoso un hombre corrompido, como lo era Sir George, pues la mujer que busca al hombre, tiene la fácil tarea de aprisionar al vencido; pero Sir George tenia demasiada delicadeza en su imaginacion, para dejarla impresionar ante un ser que la llenaba toda, por otro ser que no alcanzaba á ocuparla, y que aun en circunstancias normales no habria sido para él sino un ligero pasatiempo. Tampoco era bastante novel para pensar en el mezquino medio de estimular por celos el naciente amor de una mujer como Clemencia; muy al contrario, conocia muy bien cuánto perderia á sus ojos si llegase ella á comprender que acogia las provocaciones de una coqueta de la especie de Alegría.
La inalterable indiferencia de Sir George picó á esta, que pasó á otra clase de agasajos mas directos. No hubo pregunta que no le hiciese, afectando no contestar ni hacer atencion á los demas que le hablaban ó se ocupaban de ella, para atender y ocuparse única y esclusivamente de él. Le instó á ir á Madrid, poniendo á Sevilla y á su sociedad en ridículo con lo mas picante de la burla y lo mas agrio de la sátira, armas tan bien manejadas por ella; pero todos sus artificios se estrellaron contra un frio glacial, que solo se halla en los polos y en el continente de un inglés que lo quiere ostentar. Sir George, sin faltar á la mas estricta finura, propia de los hombres de la sociedad á que él pertenecia, vengó tan cumplidamente á Clemencia de las perversas y traidoras intenciones de su prima, que esta, en quien siempre predominaba la bondad, se sintió impulsada á desear que estuviese el hombre á quien amaba con vehemencia, ménos seco y rechazador con su prima.
Clemencia nunca habia sentido celos, y tampoco nunca habia comprendido que hubiese mujeres que provocasen á los hombres; y ménos, que esto lo hiciese una mujer casada.
Estas tristes cosas, que por vez primera vió y sintió, cubrieron su hermoso y franco rostro como con un velo de tristeza, pues era muy sincera para ensayar el disimular su mal estar con una alegría y animacion ficticia.
Lo que motivaba esta suave tristeza, por no estar en antecedentes secretos, nadie lo comprendió sino el Vizconde, á quien partió el corazon, y Sir George, que se dijo:
-- Mucho debo á la loquilla marquesa de Valdemar.
--¿Estais triste ó preocupada contra vuestra costumbre, Clemencita? dijo D. Galo lleno de amable interes y de intempestiva desmaña.
-- No estoy triste, D. Galo, pues gracias á Dios no tengo motivo para estarlo, respondió Clemencia.
--¿Con que, dijo Alegría á Sir George, con que decididamente no vendréis á Madrid?
-- No señora.
-- Si vinieseis yo seria vuestro cicerone, y os proporcionaria ver cuántas bellezas y riquezas tiene la corte, que son de un mérito tal, que se lo envidian vuestra soberbia Lóndres y el brillante Paris.
-- Señora, ha mucho tiempo que está estinguido en mí todo género de curiosidad. Clemencia, prosiguió dirigiéndose á esta, ¿nunca habeis estado en Madrid?
-- No señor, contestó esta.
--¡Oh! esclamó entusiasmado D. Galo, que, como sabemos, era madrileño, es preciso que Clemencia vea á Madrid.
-- Sí, sí, D. Galo, es preciso hacer que vaya, dijo Sir George, pediréis licencia, y acompañaremos á la señora en este viaje.
--¡Me place! esclamó Alegría riendo y fingiendo lo mejor del mundo benignidad y buena fe: ¿con que rehusais lo que os brindo, y le ofreceis eso mismo á mi prima?
-- Marquesa, lo he hecho, porque siendo sola la señora, podrian quizá serle útiles mis servicios.
-- Clemencia, ¿estáis triste ó preocupada? dijo por tercera vez D. Galo con inquietud: ¿os duele la cabeza?
-- No señor, contestó Clemencia sonriendo, si hablo ménos que otras noches, es porque escucho mas; no hay otra causa.
Sir George, primero que ninguno, y mucho ántes que lo tenia de costumbre, se retiró por conocer cuán penosa era la situacion de Clemencia; pues el hombre refinado en cosas de mundo y de delicadeza, aun cuando no ame con pasion, sabe con fino tacto hacer cuanto es grato y lisonjea á la mujer á quien pretende agradar; puesto que la delicadeza, aun la adquirida en la esfera aristocrática del trato, tiene sutilezas tan esquisitas y tan dulces, que pueden equivocarse con las emanaciones del corazon, como un bien pulido cristal con un brillante.
Clemencia sintió al ausentarse Sir George, un profundo sentimiento de bienestar y de gratitud hácia él, así como lo habia previsto este al irse.
Apénas se fueron las personas que acompañaban á Clemencia y esta se halló sola, cuando vió entrar á Sir George.
Clemencia lanzó un sofocado grito de sorpresa.
--¡Oh! ¡no me riñais! esclamó arrodillándose á sus piés Sir George; perdonad, perdonad. No he salido de vuestra casa; aburrido, fastidiado de esa mujer, que cual una pesada nube ante el sol, se interponia entre vos y yo: me alejé, entré en la galería que precede á los estrados, y allí pensando en vos, Clemencia, solo y sin importunos he aguardado este momento, para desearos sin testigos una noche tranquila. Nadie me ha visto, no temais.
-- Es, repuso Clemencia agitada, que no se trata de si os han visto ó no os han visto, sino de lo que habeis hecho: os habeis escondido...
--¡Oh! ¡no, Clemencia, no! No deis mal nombre á una accion sencilla, pues lo que he hecho es solo alejarme de la sombra que se interponia entre vos y yo.
-- Sin mi consentimiento...
--¿Queriais que os lo hubiese pedido?
-- Sir George, dijo Clemencia con lágrimas en los ojos, abusais de mi aislamiento: ¡no hubieseis hecho eso si yo tuviese padre ó hermano!
-- Clemencia, vuestro rigorismo escesivo os hace dar á las cosas un colorido que no tienen, y vuestra frialdad os hace juzgarlo todo con la severidad de un juez centenario. Sois libre, Clemencia; yo lo soy, os amo: ¿quién, pues, puede impedirnos, ni qué deber de moral nos puede retraer, á mí de decir que os amo, y á vos de escucharlo?
Clemencia aspiró cual si fuese á hacer una esclamacion; pero se detuvo y calló.
--¿Me aborreceis, pues Clemencia?
Clemencia no contestó y bajó los ojos.
-- Si no me aborreceis ¿á qué pues hacerme infeliz con esa impasible frialdad? ¿Qué os puede impedir amarme, si á ello os inclina vuestro corazon por simpatía ó por lástima? ¿Amais por ventura á otro, y es esa la causa de que seais tan inexorable?
--¡Ay! no, no, no, esclamó Clemencia á pesar suyo; á nadie amo.
-- Pues, entónces: decidme al ménos, ¿porqué me rechazais?...
Clemencia calló un instante, y dijo luego con voz tan queda que apénas se oia:
-- Bien veis que no os rechazo.
-- Pues decid que me amais, esclamó enajenado Sir George.
Clemencia, tan conmovida que no acertaba á hallar palabras para espresar su sentir, movió su cabeza en señal de negativa.
--¿Porqué no, Clemencia? preguntó Sir George con voz dulce y tono suplicante.
-- Porque, contestó esta, no puedo pronunciar tan á la ligera una palabra que decidirá del destino de mi vida.
Sir George disimuló á la perfeccion un movimiento de despecho, y dijo en tono suave:
-- Agradeceré ménos lo que deba á la reflexion que lo que deba al impulso del momento, Clemencia.
-- Decidme, Sir George, dijo esta al cabo de un momento de silencio, ¿qué os conduce á amarme?
-- Vuestra sin par belleza.
Sir George no daba esta respuesta aturdidamente; la creia de buena fe la mas lisonjera á la mujer.
En el semblante de Clemencia se estendió una profunda espresion de melancolía al preguntar de nuevo con suave y triste acento:
--¿Y no me amais por nada mas, Sir George?
--¡Oh! sí, contestó este, os amo ademas porque nunca hallé unidos como lo están en vos, la delicadeza en el sentir y la gracia en el pensar.
¡Cuánto lisonjean el corazon de la mujer las palabras del hombre á quien ama aunque no llene sus exigencias! ¡Cómo rechaza la voz que desde su íntimo ser le grita: _¡No es eso!_
La inocente razon de Clemencia no hallaba causa para desconfiar del amor de Sir George, y no obstante, su instintivo sentir no estaba satisfecho. En este tira y afloja en que se agitaba su alma, no hallaba ni motivo que justificase un desvío que hubiese sido para ella un sacrificio; pero tampoco hallaba concordancia que le inspirase confianza y arrastrase su asentimiento.
--¿Puedo al ménos esperar? dijo Sir George con tono triste y desanimado.
Clemencia se sentia en aquel instante tan feliz y tan conmovida, que una sonrisa tan dulce como alegre, embelleció su rostro al contestar con su gracia benévola:
--¿No podéis esperar sin autorizacion? La esperanza es un deseo consistente, que como tal no ha menester de estímulo; mas ahora, añadió con gravedad poniéndose en pié, ahora partid, Sir George, si no quereis que vuestras exigencias hagan mal tercio á vuestras esperanzas.
Sir George, satisfecho de las ventajas adquiridas, no quiso esponerse á perderlas chocando con la delicadeza de Clemencia, y obedeció.
Miéntras mas trataba Clemencia á Sir George, y miéntras mas reflexionaba, mas crecian los sentimientos encontrados que le inspiraba; y entretanto que su amor ascendia á pasion, sus recelosas zozobras llegaban á dolorosa angustia.
¿Quién decia á aquella _mujer niña_, que nada sabia de pasiones ni concebia fingimientos, en un país en que el invadiente estranjerismo no ha podido aun pervertir la franca nobleza del carácter nacional, ni introducir el horroroso arte de fingir, que las lágrimas que veia verter al hombre á quien amaba, no eran lágrimas de corazon? ¿Quién, que todas aquellas demostraciones y estremos no eran hijos de una verdadera pasion? ¿Quién, que aquellas palabras tan ardientes no eran sentidas? La gran sinceridad de su alma; pues en punto á sentimientos, nada es mas difícil de engañar que la sinceridad, puesto que desde luego echa de ménos su reflejo.