Clemencia: Novela de costumbres · Unidad 37 de 43

CAPITULO VII. — parte 2

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-- Porque tanto será exigido de la afortunada á quien cupo la dicha de abrir los ojos de la razon en un santo convento, y los del entendimiento al lado de un santo Mentor, rodeada de buenos ejemplos y santas prácticas; como mucho será disculpado al que, como vos, tuvo la desgracia de criarse entre infieles y formarse entre herejes, rodeado y embebido de la atmósfera corrompida de ese gran mundo filosófico y escéptico, que osado se erige en enemigo de la religion; que supone en los placeres el fin de la existencia, y condena la represion y la abnegacion cual mezquinas boberías solo propias de los pobres de espíritu.

-- Pero, Clemencia, -- preguntó Sir George, frio á toda la misericordia, dulzura y uncion de las palabras de Clemencia,--¿de qué goces religiosos hablais? ¿De los ascéticos, de los iluminados, de los que hallan en los cilicios y penitencias los católicos, ó de los del paraíso de Mahoma? Si sois vos la Hurí que promete en su paraíso, me inclino á la religion del Alcoran.

-- Sir George, respetad la gravedad ajena con el silencio, ó combatid sus argumentos con iguales armas como leal.

--¿Quereis, Clemencia, repuso en tono cariñoso y festivo Sir George, despues de hacerme vuestro admirador, vuestro apasionado y vuestro esclavo, hacerme vuestro prosélito?

-- No lo he intentado, Sir George; lo que decia era parte integral del asunto que tratábamos; pero está terminado; pues he visto que tambien esa primera y santa fuente de vida está exhausta en vuestra alma. ¡Dios mio! ¡Dios mio! pensó Clemencia, ¡qué! ¿nada vibra ya en su corazon? Ni la religion, ni la naturaleza, ni el amor patrio, ni el amor á la familia, ni la amistad, ni la caridad!! A pesar de los dotes que le distinguen, de ese talento, esa nobleza, esa generosidad, ese caballerismo, que le son innatos, ¡nada siente! ¡Oh! ¡qué devastado Edén! ¡Qué asolado yermo! ¡Qué arrasada floresta! Y no obstante, este hombre que tiene una inteligencia superior, que es altamente culto, y que se ha formado alternativamente en los dos países que pretenden llevar el paso á los demas en todo progreso moral y material; este hombre que ha adquirido sus aspiraciones en el hogar del nuevo sol del siglo XIX, este hombre que todo lo ha visto, todo lo conoce y todo lo ha juzgado, en esta nueva era, que se denomina ilustrada, no sé con qué títulos ni con qué derechos, ni con qué ventajas á las anteriores; este hombre, tipo del espíritu de la época, ¿este es el fruto que ha sacado del moderno adelanto del espíritu humano? ¿Así desencanta, pues, su frio escepticismo la vida? ¿Así desprestigia la necia y orgullosa sabiduría del hombre las magníficas creaciones de Dios? ¿Así despoetiza el corazon, así seca y rebaja el alma? ¡Espanta y aterra, Dios mio! Pero esto debió ser el resultado de alejarse de tí, Criador y Legislador nuestro, y querer la débil criatura crearse ella misma, como los judíos en el desierto cuando desoyeron la voz de tu enviado Moises, sus propias creencias y sus propias leyes, renegando de las que manando de tí, los habian regido hasta entónces. ¡Ay! ¡sí! Sir George es el tipo del hombre que ha abjurado y roto toda relacion con lo pasado, y que marchando sin faro hácia lo desconocido, sigue una senda que proclama por verdadera, y que no sabe dónde le lleva.

Así fué que la distancia inmensa que separaba sus almas, y que cada dia le parecia dilatarse, hoy se abria ante Clemencia como un abismo; pero su amor á Sir George era demasiado intenso para que le fuese fácil retroceder: era aquel hombre fatal su primer amor; sus lágrimas _caían por dentro_ ardientes y corrosivas. No es posible, pensó, luchar con argumentos y razones con quien tiene mucho entendimiento, mucha práctica de controversia, y en ellas guarda toda la calma y lucidez de la fria indiferencia. ¡Si pudiese vencer la detestable lógica de su razon, despertando sus buenos sentimientos! ¡Dios mio! ¿habrá acaso un corazon en que no puedan estos resucitar de entre sus cenizas?

Así fué que despues de mirar un rato á la llama que ardia tan clara, pura y vivaz como los elevados sentimientos en su alma, fijó sus francos y espresivos ojos en el hombre á quien amaba, y le dijo:

-- Sir George, ¿nunca habeis hecho el bien?

-- Creo que sí, contestó este; mas no lo tengo presente. Ya sabeis, añadió con su seriedad irónica, lo que recomienda la máxima: «Que la mano izquierda no sepa lo que hace la derecha.» Pero para tranquilizar la timorata conciencia de mi amiga, le diré que ahora recuerdo haber encargado á mi intendente afiliarme en las sociedades filantrópicas: es preciso que todos contribuyamos á poner remedio á la espantosa lepra del pauperismo.

-- No es eso, Sir George; deseo saber si habeis hecho el bien de motu propio, con vuestra propia mano.

-- No creo que esto sea preciso.

-- No digo que lo sea; os pregunto si lo habeis hecho.

-- No, ¿á qué? El pobre quiere ser socorrido; no le importa por quién ni cómo. ¿Teneis pobres? ¿Me quereis dar el placer de contribuir al bien que les hagais? preguntó Sir George, que no era capaz de comprender la causa de la preocupacion de Clemencia.

-- Os prometo indicaros la primera gran necesidad que se me presente; en este momento no sé de ninguna perentoria. Ahora sí, lo que os voy á pedir, -- en vista de que Dios pone á los pobres ante nuestros ojos, para recordarnos á cada paso la obligacion que tenemos de socorrerlos, así como para mover nuestros corazones á lástima, -- es que deis mañana limosna al pobre mas infeliz que halleis.

--¿Os complazco en ello?

-- Sí.

--¿Es una órden?

-- No, una súplica.

-- Es lo mismo.

-- Prefiero la complacencia á la obediencia.

--¿Pero para qué lo deseais?

-- Para que me digais despues si habeis ó no hallado un placer en hacerlo.

-- Desde luego os aseguro que es mayor el que tendré en complaceros, que cualquiera otro que pudiese proporcionarme lo que de mí exijais.