Clemencia: Novela de costumbres · Unidad 38 de 43
CAPITULO VIII.
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A la noche siguiente esperaba Clemencia á Sir George palpitando su corazon mas que nunca. No obstante, cuando llegó, no quiso mostrarse ansiosa en averiguar lo que saber deseaba.
Estraño era cómo una cosa causaba en una de las dos personas interesadas un interes tan profundo y latiente, miéntras que era tan insignificante para la otra, que la olvidaba. Sir George queria agradar é identificarse con Clemencia; ponia todo su anhelo en conseguirlo. Lo lograba en cuanto á su trato tan señor, á sus gustos tan distinguidos y conversacion variada, entendida y entretenida; pero no le era dado ponerse al nivel de Clemencia en la esfera del sentimiento, porque ni él comprendia los de Clemencia, ni ménos hubiese atinado á espresar en su propio nombre lo que le era desconocido.
Media hora pasó, y su interlocutor no tocaba el asunto que tanto interesaba á Clemencia: entónces esta le dijo:
-- Sir George, ¿habeis cumplido mi encargo?
--¿Cuál? preguntó Sir George con no fingido sobresalto.
--¿Con qué habeis olvidado nuestra conversacion?
--¡Ah! ya caigo. No, no, señora, no he olvidado mi promesa, y la he cumplido exactamente.
--¡Y bien!... preguntó Clemencia con el alma en los ojos.
-- Y bien, di limosna por mi propia mano cual os lo prometí. No soy hipócrita, Clemencia, y no os mentiré á vos que sois la santa de mi culto, y que me creeriais condenado por eso solo; francamente, no he sentido ningun género de placer. Era un pobre sucio y feísimo: en obsequio vuestro le metí una onza en su inmunda mano, y encima le regalé mis guantes que le tocaron; supongo que iria en seguida á emborracharse á mi salud.
Clemencia inclinó la cabeza, y dos lágrimas asomaron á sus ojos.
Sir George las notó y le preguntó:
--¿Qué teneis, Clemencia?
-- Nada, contestó esta levantando su suave y sonriente cara.
--¡Así! ¡así! esclamó Sir George, queriendo besar su mano, que ella retiró; sois un ángel de luz cuando sonreís. ¡Oh Clemencia! solo os falta para llegar al apogeo femenino, el que ameis; como faltaba el rayo de vida á la perfecta estatua de Pigmalion. ¿Porqué no amais?
--¡Pues qué! dijo sonriendo Clemencia, ¿no hay mas que amar así... á tontas y locas? ¿No hay mas que darle rienda suelta al corazon sin saber ántes á qué nos arrastra?
-- Vosotros, los españoles, dijo Sir George, que penetró las graves ideas de Clemencia, entendeis el amor como un esclavo cautivo, y no como lo que es, un hermoso genio que libremente vuela en alta esfera, y que se hastiaria y perderia su brillantez en las innecesarias trabas de la obligacion. Basta que se erija en deber el sentimiento independiente y caprichoso de la felicidad, para que deje de serlo.
-- No pensé, repuso Clemencia con gravedad, que vos, Sir George, pudieseis decir cosas tan en estremo vulgares; que pudieseis gastar el lenguaje de D. Juan, completamente relegado, no solo al mal tono social, sino al mal gusto literario; sobrepuja en ello lo ridículo á lo inmoral. ¿Estariais aun, por ventura, en ese período de lo romancesco desenfrenado, que tira piedras á una union consagrada, y lodo al amor esclusivo? ¡Oh! Aquí tenemos una opinion demasiado séria, sentida y alta del amor para degradarlo al punto de mirarlo fria y sistemáticamente como hijo del capricho y padre de la inconstancia. Aquí, Sir George, es el amor mas grave, y por lo tanto, ménos estrepitoso que en otras partes; aquí nunca pierde de vista esa obligacion de que os burlais; porque la union consagrada, eleva el amor á toda su altura y á toda su dignidad.
-- Habeis sido educada en un convento, ¿no es cierto? preguntó con todo su serio sarcasmo Sir George.
--¿Decís eso porque abogo por el amor consagrado? contestó Clemencia con su bondadosa risa.
-- No es por eso, señora; es por la admirable candidez de vuestras doctrinas.
--¿Son cándidas? repuso Clemencia: ¡cuánto me alegro. La candidez es hermana de la inocencia.
--¿No teneis, si no me engaño, en vuestras creencias un lugar propio para esas gemelas?
-- Un corazon no corrompido; ese es, segun la mia, su asilo.
-- No, no, al que yo aludo se llama el Limbo, si no me engaño.
--¡Ay Sir George! repuso con bondad Clemencia, lo que yo creo es, que ese triste lugar sin pena ni gloria, es para los que no son bastante malos para serlo de hecho, ni bastante buenos para serlo de dicho.
Sir George comprendió claramente que Clemencia le creia mejor de lo que era; pero esto paró tanto ménos su atencion, cuanto que estaba absorto en la contemplacion del magnífico brazo y mano de Clemencia, que esta levantaba en aquel momento para afianzar en su peinado una flor que se habia desprendido.
¡Pobres mujeres! ¡cuán halagado puede estar vuestro corazon de las causas que impulsan á ciertos hombres á amaros!
--¡Oh Clemencia! esclamó Sir George en un impulso arrebatado, sois mas irresistible que la mas refinada Aspasia: me enseñaréis á ser un buen marido; yo os enseñaré á ser una Lady perfecta. ¡Qué bella vida nos espera!
--¿Qué queréis decir con eso?
-- Que os ofrezco mi mano y mi fortuna; no hablo de mi corazon, Clemencia, porque harto sabeis que lo poseeis; pero como sé que no me daréis el vuestro sino ante el altar, allí os llevaré.
--¿Por eso lo haceis, Sir George? dijo con triste y herida, aunque disimulada, susceptibilidad Clemencia.
-- Por eso, sí. Y ahora, repuso alegremente Sir George, espero que no tendréis inconveniente en admitir mi amor, y que no seréis, segun una de vuestras usuales y bonitas espresiones, _premiosa_ para corresponderle y hacerme dichoso.
-- Podria tenerlo, contestó con calma Clemencia; ¡por temor de no serlo yo!
--¿Lo seriais quizas con el Vizconde? -- repuso Sir George con mal disimulada altanería,--¿y heme engañado creyéndoos sincera? ¿Será el instinto femenino mejor maestro aun en coquetería que el gran mundo?
--¡Oh! no, Sir George, contestó Clemencia con su inalterable dulzura y falta de amor propio, no seria feliz con el Vizconde, aunque me amase, lo que no creo.
--¿Ni conmigo?... ¡Sois, pues, insensible á todo amor, señora! Ya se ve, cuando se disfrutan tantas felicidades como las que vos pregonais, se puede ser insensible á las de un amor mutuo. No obstante, señora; en lo delicado de vuestra moral deberiais comprender que la mujer que á todos inspira amor, y que no lo siente por ninguno, es un ser escepcional y un tipo poco bello.
-- No he dicho que no seria feliz por no serme posible amaros, Sir George; lo he dicho porque tengo la conviccion de que unida á vos, no podria ser sino idealmente feliz ó profundamente desgraciada.
--¿Y por qué desgraciada, Clemencia? Por mí comprendo tan poco la desgracia á vuestro lado, como la oscuridad brillando el sol en el cielo. Clemencia, la felicidad del amor es tan efímera, que no debemos perder en metafísicos debates un solo dia de los que nos brinda.
--¿Y vos creeis que la felicidad del amor es efímera? ¿Pensais, pues, que el amor se acaba?
-- Clemencia, contestó Sir George con jovial sinceridad, solo un estudiante acabado de salir del colegio os sostendria lo contrario. El amor, que es lo mas transitorio de la vida, es cabalmente lo que mas pretensiones tiene á la inmortalidad; los amantes vulgares son los que tienen la romancesca candidez de jurarse ese _eterno amor_, esa utopia, ese mito, ese fénix, esa creacion fantástica.
-- Si el amor es tan efímero, si es un castillo de naipes que el primer soplo del tiempo derriba, cuando ya no me ameis, ¿qué será de esa felicidad que fundais en amarme?
-- Cuando ya no os ame, respondió Sir George en tono ligero, _vous m’amuserez_, me entretendréis con esa gracia, ese talento, esa originalidad, ese chiste, esa alegría que os son esclusivamente propias, y que os dan el encantador privilegio de interesarme, sorprenderme, entretenerme, y alegrarme.
--¿No entrais en cuenta mis virtudes, si es que creeis que algunas tengo?
--¡Virtudes... ese es otro programa! contestó Sir George, que respeto mucho, pero que pienso que modifiqueis en mi obsequio; pues hay algunas virtudes por demas pueriles, Clemencia, que dan en la alta sociedad cierto ridículo; y otras por demas severas, que hacen intolerantes, y la tolerancia es la gran necesidad del siglo; por consiguiente, mi querida Lady Percy, haremos algunas rebajas económicas en el presupuesto de virtudes.
-- Entre estas, supongo que será la primera la constancia.
-- Clemencia, acordáos de las cartas sobre Lóndres del Príncipe Pückler Muscau, ese aristocrático escritor, cuando describe el sello que halló sobre la mesa de una de nuestras reinas de la moda, cuyo lema era _tout passe, tout casse, tout lasse_; y no querais hacer de la vida real un idilio ó una leyenda de Santos, sino impregnaos de las ideas y sentimientos del mundo en que vais á entrar.
--¿Qué mundo?
-- El gran mundo de la sociedad de Paris y Lóndres, que es el único teatro en que seréis apreciada todo lo que valeis. ¿Por ventura habeis pensado vegetar siempre aquí? ¿Aquí donde no os comprenden siquiera?
-- Si no me comprenden, me sienten, lo que es muy preferible; esclamó Clemencia. Si mi nunca olvidado tio sembró en mi inteligencia flores que han florecido, tambien me dijo que era para que me hiciesen gozar, y no para lucirlas, y que era mas grato el perfume que sin procurarlo exhalaban teniéndolas ocultas. Os engañais, pues, si creeis que vegeto. ¡Oh! ¡yo vivo! vivo con el alma y el corazon, vivo con cuanto da de sí una existencia cumplida. ¿Acaso, Sir George, llamais vida al ruido, á la vanidad, al bullicio? Y si es así, ¿cómo es que la huís? será que no os satisface.
-- No llamo vida á lo que pensais, Clemencia; llamo vida á la que disfrutaréis en el elevado círculo de admiracion, simpatía y rendimiento que os formarán superiores inteligencias y encumbrados personajes, cuando en su alta esfera os hallen, y seais miembro de su jerarquía.
-- No apetezco esa vida, Sir George, y os aseguro que en ella no me hallaria bien. Y aunque os parezca imposible, no es ménos cierto que solo simpatizo con una vida quieta y tranquila, que precio mas que la agitada, donde goce de la amistad, que prefiero á la admiracion; de la paz que prefiero al ruido; de la naturaleza que prefiero al tropel del mundo.
--¿Prefeririais quizá, dijo con celoso despecho Sir George, el ir á _filer le parfait amour_, y á regar las flores de lis de la fidelidad con el Vizconde en su castillo de Belmont?
-- Os he dicho que no, Sir George; y quien duda de mi veracidad, dudará de todas mis demas virtudes.
En este momento se oyó llamar de un modo peculiar que ambos reconocieron por el Vizconde.
-- Ese hombre, esclamó exasperado Sir George, se ha propuesto trastornar mis planes y hacerme imposible estar solo con vos; es preciso, Clemencia, que de una manera decisiva le demostreis que es importuna su presencia á vos como á mí. Negáos.
--¡Imposible! ¿Desbarrais?
-- Escoged entre él y yo, dijo dando rienda suelta á todo su áspero orgullo inglés Sir George.
-- Ya he elegido, Sir George, como lo hacen las señoras, sin escandalosas y ridículas esterioridades.
Los pasos del Vizconde se oyeron en la antesala.
-- Clemencia, dijo furioso Sir George, yo no sufro rivales.
-- Ni yo exigencias despóticas, contestó en tono firme Clemencia.
-- Creo que despues de lo que acaba de mediar entre nosotros, señora, tengo derecho á ser exigente.
-- Nada ha mediado entre nosotros que os autorice á hacerme salir de mi carácter y de mi línea de conducta.
--¿Me rechazais?
-- Vos sois el que se aleja; no os rechazo yo.
En este instante saludaba el Vizconde á Clemencia.
--¿Mandais algo para Cádiz? dijo Sir George con la mas dulce y la mas fina de sus sonrisas, al coger su sombrero.
La pobre Clemencia, que no sabia disimular, palideció y sintió un dolor tan agudo en su corazon, que dijo en voz que se esforzaba en hacer firme:
--¿Os vais?
-- Sí señora, me precisa.
--¡Buen viaje, Sir George! dijo Clemencia procurando sonreir. ¿Volveréis pronto?
-- No depende de mí, señora.
Y saludando á Clemencia con frialdad, y al Vizconde con altivez, salió.