Compendio de psicología · Unidad 21 de 62
Unidad de lectura 21
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6. Estas condiciones, valederas en los hombres normales, cambian esencialmente en los ciegos, espe¬ cialmente en los ciegos natos ó en los que se han que¬ dado ciegos en tierna edad. Sin duda, el ciego conser¬ va durante mucho tiempo las imágenes mnemónicas de los objetos habitualmente vistos, y, sin embargo, las representaciones espaciales del tacto siempre con¬ tinúan siendo para él, hasta cierto punto, productos de una fusión de sensaciones táctiles y de imágenes vi¬ suales. Pero faltándole el auxilio de una renovación repetida de representaciones visuales, se auxilia, en proporción cada vez mayor, de los movimientos: pa¬ sando de una impresión táctil á otra, el ciego, en la sensación táctil producida en las articulaciones y en los músculos, que ea medida de la magnitud del mo¬ vimiento ejecutado, consigué también una medida de la distancia en que se encuentran entre sí las impre¬ siones táctiles. Esta ayuda, que, en los que han que¬ dado ciegos, se agrega á las imágenes visuales, que se desvanecen poco á poco y que, en cierto modo, las sustituye, es para los ciegos de nacimiento, desde el principio, el único medio por el cual se encuentran en situación de formarse una representación de las reía-
dones redprocas de posidón y de distanda que exis¬ ten entre las impresiones particulares. Y, en efecto, se observa en tales personas un cíontinuo movimiento de los órganos del tacto, especialmente de los dedos, sobre los objetos, á cuya aprehensión viene igualmen¬ te en ayuda la viva atención directa sobre las sensa¬ ciones táctiles y el mayor ejercicio en la distinción de las mismas. El grado inferior de desarrollo del senti¬ do del tacto relativamente al de la vista, se demues¬ tra en que la aprehensión de los contornos y superfi¬ cies interrumpidas, es más imperfecto que el de las impresiones puntiformes, dispuestas en proximidad unas de otras en orden diverso. Prueba evidente de esto es el hecho de que en la escritura de los ciegos es preciso emplear, para las letras particulares, signos artificiales, que consisten en puntos de relieve en com¬ binaciones diversas. Así, por ejemplo, en la escritura de los ciegos más usual (la de Braille),^ un punto es el signo de la A; dos, colocados horizontalmente, uno junto á otro, la B; dos puntos puestos verticalmente, uno sobre otro, la G, y asi continuando. Seis puntos bastan para todas sus letras. Con todo, los puntos de¬ ben encontrarse tan distantes unbs de otros, que pue¬ dan percibirse separados por el dedo índice. En la forma con que se lee esta escritura se pone de mani¬ fiesto el modo con que se desarrollan las representa¬ ciones espaciales en los ciegos. En general, emplean los dos índices, tanto el de la mano derecha como el de la izquierda; el índice derecho precede y toca un grupo de puntos simultáneamente (tacto sintético); el izquierdo sigue, algo más lentamente, y toca los pun¬ tos particulares sucesivamente (tacto analizador). Sin embargo, ambas impresiones, tanto la simultánea como la sucesiva, se ligan una á otra y se refieren al
mismo objeto. Este procedimiento prueba claramente que, tanto en el ciego como en el que no lo está, no se da de un modo inmediato la distinción espacial de las impresiones táctiles con las acciones de las mismas impresiones sobre el órgano del tacto; pero en los cie¬ gos, los movientes por los cuales el dedo destinado al tacto analizador recorre las extensiones particulares, desempeñan el mismo oficio que en los no ciegos per¬ tenece á las represiones visuales concomitantes.
La representación de la magnitud y dirección de estos movimientos, únicamente puede surgir por ha¬ llarse acompañado cada movimiento de una sensación interna de tacto. La opinión de que esta sensación táctil interna está ya inmediatamente ligada con una representación del espacio recorrido en el movimien¬ to, parece en sumo grado insostenible, porque, no so¬ lamente supondría en el sujeto una intuición innata del espacio que le circunda y de su posición en el mis¬ mo, sino que también implicaría la opinión singular de que las sensaciones táctiles internas, aunque con¬ formes con las externas en su naturaleza cualitativa y en los substractos fisiológicos, se diferencian de es¬ tas en que, con la sensación, siempre surge también una imagen de la posición del sujeto y del orden es¬ pacial de su ambiente inmediato. Esta opinión nos vol¬ vería de un modo necesario á la doctrina platónica de la reminiscencia de las ideas innatas. En efecto; la sensación que surge en el acto del tacto, se piensa aquí como una causa ¡ocasional externa que en nos¬ otros vuelve á despertar la idea del espacio innata y, por lo mismo, evidentemente trascendental.
7. Igualmente, no teniendo en cuenta su inverosi¬ militud psicológica, con esta última hipótesis no se podría conceder la influencia que tiene el ejercicio en
la distinción de los signos locales y de las diferencias de movimiento. Después de esto, no queda otro re¬ curso que colocar aquí, como en el caso de los ciegos, el origen de la representación espacial en las corribinacionBs (jU6 86 dcin 67npivicci'íifi67it6 por las mismas sen¬ saciones. Tales combinaciones consisten en que, al recorrer las impresiones táctiles exteriores, á dos sen¬ saciones a y ó, que tienen una diferencia determinada de signos locales, siempre corresponde una sensación interna táctil determinada á "que acompaña al movi¬ miento, y á una mayor diferencia de signos locales a y c corresponde una sensación de movimientos más intensiva,) y así continuando. De hecho, en el palpar de los ciegos se dan siempre en esta conexión regular dichas sensaciones internas y externas. Por consi¬ guiente, tampoco desde el punto de vista de la es¬ tricta experiencia se puede afirmar que cualquiera de aquellos dos sistemas de sensaciones ya lleve en sí mismo, en sí y por sí, la representación de un orden espacial, sino que simplemente podemos decir que este orden surge regularmente de la combinación de los referidos dos sistemas. Desde este punto de vista, puede definirse la representación espacial de los cie¬ gos determinada por impresiones externas, como un producto de la fusión de sensaciones táctiles externas y de sus signos locales, cualitativamente graduados, con sensaciones táctiles internas graduadas intensivamente. En este producto de fusión las sensaciones táctiles ex¬ ternas constituyen, con sus propiedades determina¬ das por los estímulos externos, los elementos predomi¬ nantes, tras las que los signos locales y las sensacio¬ nes táctiles internas, con sus propiedades particulares cualitativas é intensivas se retiran tan completamen¬ te, que, del mismo modo que los hipertonos de un soni-
do, Únicamente pueden percibirse cuando se dirige la atención especialmente á ellos. Por lo tanto, también las representaciones .táctiles de espacio descansan en una fusión perfecta. Pero diferentemente que, por ejemplo, las funciones intensivas de sonido, la parti¬ cularidad de ésta consiste en que los elementos secun¬ darios ó subdiarios son elementos de naturaleza dis¬ tinta, los cuales están al mismo tiempo entre si en re¬ laciones fijas. Mientras los signos locales constituyen un mero sistema cualitativo, las sensaciones táctiles internas que acompañan á los movimientos del órga¬ no del tacto se disponen en una escala de grados in¬ tensivos, y puesto que la energía del movimiento em¬ pleada en recorrer el intervalo entre dos puntos, crece con la magnitud del intervalo, la diferencia intensiva de las sensaciones que acompañan al movimiento de¬ be, igualmente, aumentar con la diferencia cualitativa de los signos locales.
8. De este modo, el orden espacial de las impre¬ siones táctiles es el producto de una doble fusión: de una primera que se verifica entre los elementos sub¬ sidiarios, y por la cual los grados cualitativos del sis¬ tema de los signos locales, ordenados según dos di¬ mensiones, se ordena en su recíproca relación según los grados intensivos de la sensación interna y. de una segunda, por la cual las sensaciones táctiles externas determinadas por los estimulantes externos se ligáis con los primeros productos de fusión. Naturalmente, ambos procesos no se verifican sucesivamente, sino en un solo y mismo acto; porque, tanto los signos lo¬ cales como los movimientos táctiles, deben únicamen¬ te suscitarse por los estímulos externos. Pero cam¬ biando la sensación táctil externa con la naturaleza del estimulante objetivo, los signos locales y Ift sensa-
ciones táctiles internas constituyen elementos subjeti¬ vos, cuyo orden recíproco permanece siempre él mis¬ mo frente á las sumamente diversas impresiones ex¬ ternas. En esto se encuentra la condición psicológica de la constancia de las propiedades atribuidas por nosotros al espacio, inversamente á las propiedades cualitativas variamente mudables de los objetos con¬ tenidos en el espacio.
9. Después que se han formado las fusiones entre los signos locales y las sensaciones táctiles internas que producen el orden espacial de las sensaciones tác¬ tiles externas, cada uno de estos elementos permane¬ ce, por lo demás, hasta cierto grado, es decir, tam¬ bién limitado, capaz por sí solo de determinar una localizalización de la sensaciones, y hasta de suscitar representaciones espaciales compuestas. Así, no sola¬ mente el que no está ciego, sino también el ciego, y aun el ciego de nacimiento, tienen, por el órgano del tacto en perfecto reposo, una representación de lugar del contacto, y pueden percibir dds impresiones ope¬ rantes á suficiente distancia, como separadas en el espacio. Naturalmente, en el ciego de nacimiento no surge, como en el que no está ciego, la imagen visual del lugar tocado; pero, en lugar de ésta, se forma la representación de un movimiento del miembro toca¬ do, y cuando obran varias impresiones, la represen¬ tación de un movimiento táctil que va de una impre¬ sión á otra. Asimismo, en las representaciones pro¬ ducidas de este modo con el auxilio ordinario del mo¬ vimiento táctil, con la sola diferencia de que uno de los factores de los productos do fusión, la sensación táctil interna, sólo existe como imagen de la me¬ moria.
10. También puede suceder lo contrario. Unica-
mente puede darse como contenido real de la sensa¬ ción una suma de sensaciones táctiles internas que surgen del movimiento de una parte del cuerpo sin notable mezcla de sensaciones táctiles externas, y las sensaciones táctiles internas que acompañan al mo¬ vimiento pueden, de la misma manera, constituir el súbstractum de una representación espacial. Esto es lo que acontece normalmente en las representaciones puras del movimiento de partes de nuestro cuerpo. Si, por ejemplo, con los ojos cerrados, alzamos nuestro brazo, tendremos en cada momento una representa¬ ción de las posiciones del brazo, á la cual, sin duda, hasta cierto punto, también cooperan las representa¬ ciones táctiles externas que surgen por el estiramien¬ to y contracción de la piel; éstas, sin embargo, rela¬ tivamente desaparecen frente á las sensaciones tácti¬ les internas, dadas por las articulaciones, por los ten¬ dones y por los músculos.
Como es fácil observar, en el hombre que no está ciego, estas representaciones de posición se forman porque las sensaciones producidas por el estado de la parte movida también despiertan, con los ojos cerra¬ dos ó desviados, una imagen visual oscura de la parte y del espacio que la circunda. Esta ligazón es tan ín¬ tima, que también puede establecerse entre las sim¬ ples imágenes mnemónicas de las sensaciones táctiles internas y la representación visual correspondiente, como se observa en los paralíticos, en los cuales la simple voluntad de ejecutar un determinado movi¬ miento, despierta la representación de éste como si realmente fuese ejecutado. Evidentemente las repre¬ sentaciones de los movimientos propios se fundan, en el hombre normal, sobre fusiones imperfectas análo¬ gas á las representaciones táctiles externas del espa-
cío, sólo que, en tal caso, las sensaciones táctiles in¬ ternas tienen el mismo oficio que en aquélla las ex¬ ternas. Esto nos lleva á admitir que también á las sensaciones táctiles internas pertenecen signos loca¬ les, esto es, que las sensaciones que se suceden en las diversas articulaciones, en los tendones y en los mús¬ culos presentan ciertas diferencias localmente gradua¬ das. En efecto, esto parece confirmarse por la instrospección. Si alternativamente movemos las articula¬ ciones de las rodillas, de los muslos y del hombro ó si también movemos únicamente la misma articula¬ ción de la parte derecha ó izquierda del cuerpo, no preocupándose de la ligazón, que nunca se puede su¬ primir por completo, con la imagen visual de la par¬ te del cuerpo, parece que cada vez varía ligeramente la cualidad de la sensación. Tampoco se podría com¬ prender cómo, sin semejantes diferencias, tuviera que surgir la imagen visual concomitante, á menos que se atribuya al alma, no solamente una representación innata del espacio, sino también un conocimiento in¬ nato de las posiciones tomadas en cada momento de¬ terminado y de los movimientos en el espacio de los órganos del cuerpo.
11. En conformidad á estos hechos observados en el hombre que no está ciego, es posible comprender cómo también en el ciego de nacimiento tiene origen la representación de sus movimientos. En este caso,
en lugar de la fusión con la imagen visual de la parte del cuerpo, debe entrar en acción una fusión de las sensaciones de movimientos con los signos locales, al propio tiempo que las sensaciones táctiles externas vienen á agregarse como ayuda. Parece ser que estas Ultimas tienen, en los ciegos una taraa í ^
tación en el espacio de los movimientos del cuerpo, El ciego tiene representaciones de los propios movi¬ mientos completamente inciertas hasta qiie no viene en su ayuda palpar de los objetos externos. Y á este fin se le hacen muy oportunos, lo mismo el mayor ejercicio del sentido del tacto externo, que la aguda atención directa sobre ellos. Una prueba de esto se encuentra en el llamado sentido de la distancia^ pro¬ pio de los ciegos, que consiste en la capacidad de per¬ cibir á cierta distancia, sin contacto directo, ciertos obstáculos, por ejemplo, una pared cercana. Se puede demostrar experimentalmente que este sentido de la distancia se compone de dos factores; en primer lugar, de una excitación táctil muy débil sobre la piel de la frente producida por la resistencia del aire y, en se¬ gundo lugar, de una modificación del sonido del paso. Este último factor obra como una señal que la aten¬ ción aguza suficientemente á fin de que puedan per¬ cibirse dichas débiles excitaciones táctiles. El sentido de la distancia deja de funcionar si se limitan dichas excitaciones táctiles envolviendo una tela alrededor de la frente y también aflojando el paso.
12. Además de las representaciones de las posicio¬ nes y de los movimientos de las partes especiales del cuerpo, poseemos también una representación de la posición y del movimiento de todo él cuerpo^ y sólo por su relación con este último, las primeras representa¬ ciones pasan de un significado simplemente relativo á uno absoluto. El órgano de orientación de estas re¬ presentaciones generales es la cabeza, de cuya posi¬ ción siempre tenemos una representación determina¬ da, y respecto á la cual, en nuestras representaciones, orientamos, aunque de modo únicamente indetermi¬ nado, los órganos especiales del cuerpo, según los
complejos especiales de sensaciones táctiles externas é internas. Además, en la cabeza, los tres canales del laberinto auditivo constituyen el órgano especifico de la orientación, al cual viene á añadirse, !como órga¬ no secundario, las sensaciones táctiles internas y ex¬ ternas ligadas con la acción de los músculos de la ca¬ beza. Esta función de la orientación de los canales puede explicarse fácilmente, si se admite que, bajo la varia presión de la indolinfa, surgen sensaciones tác¬ tiles internas con diferencias de signos locales, espe¬ cialmente marcadas. El vértigo que se produce á se¬ guida de movimientos demasiado rápidos de la cabe¬ za, tiene su origen muy probablemente en las sensaues producidas por los violentos movimientos de la indolinfa. Con esto concuerda la observación de que, por las destrucciones parciales de los canales, se pro¬ ducen ilusiones constantes de orientación, y la de que, con la destrucción completa de los mismos, se llega á una anulación casi completa de la capacidad para orientarse.
12 a. Las teorías opuestas referentes al origen psicológico de las representaciones de espacio suelen indicarse con los nom¬ bres de nativismo y empirismo. La teoría nativista pre¬ tende derivar la localización en el espacio de propiedades inna¬ tas de los órganos y de los centros sensitivos; la teoría empíri¬ ca, por el contrario, de la influencia de la experiencia. Sin embargo, esta distinción no explica con exactitud las oposicio¬ nes realmente existentes porgue puede combatirse la opinión de representaciones espaciales innatas, sin que por ello se afirme que surgen de la experiencia. Tal es, en efecto, precisamente él caso cuando se consideran, como se ha hecho atrás, las intui¬ ciones espaciales como productos de procesos spicológicos de fu¬ sión, que están fundados, tanto en las propiedades fisiológicas de los órganos sensitivos y de movimiento, como en las leyes