Conferencias filosóficas: Psicología (segunda serie) · Unidad 99 de 204

Unidad 99 · 230 CONFERENCIAS FILOSÓFICAS

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y cuando en distintas ocasiones volvió á tenerlas, acudió siempre á rectificar la percepción. U.; decir que ya la creencia era acogida con recelo, por más que se produjera siempre la'exteriorización de la percepción. El primer movihiiento era invencible. Al presentarse el objeto, surgía la creeencia; pero aleccionada por la experiencia anterior, ó por las circunstancias actuales, acudía á la prueba, y desaparecía el primer movimiento, sin que por eso dejara de subsistir la objetivación. Así en otro caso que le ocurrió algunos dias después:

(cLa señora vio la imagen de un amigo muerto recientemente, que se adelantaba hacia á ella, desde una ventana algo distante del salón. La imagen se acercó al fuego y se sentó en un sillón. Gomo había presentes muchas personas, la señora temió qne la creyeran loca, si refería su impresión; se dirigió resueltamente hacia él fantasma, y éste desapareció.»

La interpretación á la vez fisiológica y psíquica de estos hechos no es ya difícil para nosotros. Una excitación periférica anormal del nervio óptico, ó una excitación de igual clase en su centro correspondiente, provoca por asociación de sensaciones una percepción puramente ideal; pero el proceso habitual objetiva la percepción y provoca la creencia. Si el individuo así afectado es has tante dueño de sí para acudir al testimonio de los otros s'íntidos no excitados, éstos contrariarán el testimonio del primero, y de este conflicto surgirá el restablecimiento de la percepción normal.

Y todavía va más lejos este fenómeno. Entra por tanto el estado actual y general del organismo en el acto perceptivo, que no ya excitaciones sensoriales, una idea, una excitación cortical, puede provocar percepciones anormales, ó modificar más ó menos gravemente la existente. Uno de los hechos más curiosos que se han presentado á la consideración de los psicólogos experimentales, en estos últimos tiempos, se explica para mí en virtud de este principio.

Tratando Wundt de evaluar el tiempo que emplea en

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realizarse la percepción, dispuso una serie de experimentos en que un sonido coincidía de diversas maneras con una serie de sensaciones visuales, y encontró que cuando la atención del individuo sometido á la experiencia estaba grandemente excitada, porque se le señalaba el momento fijo en que había de producirse el sonido, generalmente lo oía antes de que se produjera. Aquí no veo, señores, sino una alucinación producida por el estímulo excesivo de la idea fija, reflejándose en la parte terminal periférica del nervio auditivo. No puede sostenerse que existiera la vibración sonora, antes deque entrara el aire en movimiento; la vibración que ha existido es la del nervio auditivo; llevado á un grado de sensibilidad en cierto modo espasmódica por la atención, es decir, por ' la idea del sonido que iba á producirse. Y no se arguya que en este caso debieran oirse dos sonidos el subjetivo y el objetivo, pues esto sería desconocer la manera de funcionar el conductor nervioso. En el sonido ilusorio vibra, y mientras esta vibración subsiste, un nuevo estímulo no viene á la conciencia como distinto; es necesario un intervalo que en este caso no existía. Lo que hay es que á la alucinación ha seguido un hecho real de la misma especie; y el sujeto los confunde, en virtud del principio de objetivación de sus percepciones.

Todavía este influjo de las ideas es más considerable cuando hay distintas personas reunidas. La idea sugerida á uno espontanea ó artificialmente, y comunicada por éste á los demás, obra con inusitada eficacia, y la percepción colectiva se produce, como si se reflejara de unos en otros. Todas esas maravillas vistas en común por diversas personas, congregadas para prácticas sobrenaturales, deben referirse á este hecho perfectamente natural. En este caso el testimonio no adquiere fuerza alguna ni por el número, ni por la conformidad de los testigos. En las grandes conmociones populares, en que se ven reunidas multitudes inmensas y sobrexcitadas sus pasiones, las ilusiones y alucinaciones colectivas, provocadas por ideas preformadas, son frecuentísimas. Estos son esos dias

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Mátéyicos de qué ha hablado Cadyle. Cluajoido se leea l^a^^^ relaciones d^ los viajeros que nos dese»iben las pnáctica^ secretas y públicas de los pifris^ del ludostan si se tieaie en cuenta este contagio instantáneo de las ilusiones y ali*- cinaciones, preparado de antemano por un régimen á la vez debilitante y excitante, ño nos sorprenderán los encantos y ensalmos públicos del fakir, ni la transfiguración gloriosa del nirvany ante los ojos deslumhrados de millares de fanáticos.

Continuamos nuestro análisis de la percepción.

Al objetivar el cuerpo que ha producido mi percepción, que es tanto como distinguirlo de mi yo, se verifica conjuntamente una de las operaciones más importantes para el psicólogo; el sujeto proyecta el objeto fuera de sí, lo exterioriza, lo localiza. Es decir, que lo percibe ocupando un lugar en el espacio. Esta conglición es inseparable del hecho de la percepción; el sujeto percibe de esta suerte todo lo objetivo, comenzando por sa propio cuerpo, que le sirve luego de punto de comparación. Tan lejos como pueda llevarnos la memoria en nuestra vida consciente, recordaremos que todo objeto se nos ha presentado localizado, y localizadas sus distintas partes, es decir, extenso. Por esta razón Kant llamaba el espacio una categoría ó forma de la sensibilidad, queriendo significar que era una forma con que se presentan invariablemente al sujeto los objetos sensibles.

Más aquí vuelve á proponerse un problema que ya hemos estudiado en sus fundamentos sensibles, al tratar . de las sensaciones del tacto. Nuestro espíritu se distingue, tiene conciencia de sí, por la diferente intensidad de dos momentos sucesivos en la serie de sus estados de conciencia. Pero este orden serial es el único posible en el sujeto; un estado sucede á otro, y á éste otro, en cadena interminable; como en el nervio se suceden incesantemente las vibraciones. El estado de conciencia es siempre único, un momento después ya es otro. ¿Cómo, entonces, adquiere el sujeto la percepción de objetos coexistentes? ¿cómo ve una superficie? ¿cómo abarca con las manos un sólidio, sa-

hiendo eii áaífdwDS citeos^ que s^us iínprésioiíe» — que han de ser seriales — réspbadeii á part^ y»xtepuestas qtie lo afec-^ tsfí simultáneamente;^ y no á partes sucesi^afe-que lo im-, presionan una tras otra? ¿Gomo distintgoe, en fin, la sucesión de la coexi^encía, si para él todo es suceáión?

O aceptamos dos categorías irreductibles (teoría de Kaht): la de sucesión ó tiempo, y la de extensión ó espacio; dadas á priorij é imposibles de explicar; como una de esas antinomias, ante las cuales la inteligencia humana confiesa su derrota; ó sustentamos que la extensión es una forma derivada de la sucesión; lo cual os ya una interpretatación científica, porque parte de un dato cierto, la forma sucesiva de nuestros estados de conciencia. '

Pues bien, si hasta ahora no nos es posible penetrar en el cómo de esta transformación, su existencia me pareconfirmada por hechos de fácil y constante observación. Tracemos dos triángulos equiláteros perfectamente iguales, y luego dividamos uno por medio de líneas horizontales, éste nos parecerá en el acto un triángulo isósceles; es decir, que sus lados nos parecerán más largos que su base. Entremos en una habitación desamueblada, nos parecerá mucho más chica que cuando contenía todos sus muebles. En el* primero, como en el segundo caso, es la misma, la causa de la diferencia. ¿En qué se distinguen las operaciones del ojo en uno y otro caso? En que en el segundo pasa por más posiciones, gasta más fuerza, emplea más tiempo; Todo es intensivo, y, sin embargo, el resultado en la conciencia es una percepción extensa. No queda duda alguna, toda aquella suma mayor de innervación necesaria para pasar de una línea á. otra desde la base hasta el vértice, y de un objeto á otro entre las cuatro paredes^ se funde en una sensación extensa: vemos prolongados los lados del triángulo, vemos una capacidad mayor entre aquellas paredes. Es indudable que la conciencia recibe impresiones sucesivas, y lo es que percibe una impresión total de* coexistencia.

Todavía cabe otro experimento más decisivo. Tómese un disco con segmentos blancos y negros, y hágasele gi-